El virus que robó el nombre a un río

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01 Abril 2017
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 Un pequeño termo azul escribió el primer capítulo de uno de los virus más letales de la historia contemporánea. Tenía dibujos que aludían a la cultura china y probablemente no podía contener más de un litro de cualquier líquido. Nunca quedó claro si había sido utilizado para contener té, café u otras infusiones. Pero en 1976, cuando llegó a las manos de un equipo de microbiólogos de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, solo albergaba dos muestras de sangre.

El fluido provenía de una monja belga que había fallecido recientemente en Kinshasa, antigua capital de Zaire, actual República Democrática del Congo. La misionera murió de una enfermedad misteriosa, inicialmente diagnosticada como fiebre amarilla.

La rapidez con que el padecimiento se expandía alarmó a los médicos africanos quienes deseaban analizar en profundidad la nueva patología y decidieron enviarlo a expertos en el Reino Unido.

Peter Piot durante su conferencia en el IPK

Entre los hombres que abrieron el recipiente se encontraba el médico belga, novel investigador en microbiología, Peter Piot.

El especialista, en su más reciente visita a La Habana, relató a científicos del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK) acerca de los peligros que él y sus compañeros corrieron al abrir aquel frasco. En aquel momento, ninguno de ellos estaba consciente de la letalidad del virus al cual se enfrentaban. Sin embargo, no les ocurrió nada.

“Aproximadamente una semana después de comenzar los estudios pudimos ver en el electro-microscopio algo que parecía un espagueti o un gusano. Hasta el momento nunca habíamos visto un virus como ese y la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos hizo llegar un telegrama diciendo que debíamos terminar la investigación porque se había desatado una epidemia de fiebre hemorrágica fatal en África Central”, describió Piot.

Debido a la ausencia de mejores recursos para continuar la investigación, los expertos enviaron las muestras a un centro de microbiología en los Estados Unidos que contaba con tecnologías superiores. El equipo norteamericano, encabezado por Carl Johnson, fue el encargado de confirmar que se trataba de un nuevo virus, nunca antes visto.

“Todo virus, como las personas, necesita un nombre”, fue el criterio de los investigadores entre los que se encontraba Piot.

Un río corre, enredado en la vegetación tropical, cerca de Yambuku, lugar en donde aparecieron los primeros casos. La afección recibió la misma denominación que este. El nombre de ese afluente es Ébola.

Peter Piot todavía hoy considera curioso que un nombre tan hermoso identifique a una enfermedad tan mortal. El microbiólogo afirmó a Juventud Técnica que en aquel entonces quedó muy impresionado.

“No tenía mucha experiencia, contaba solo 27 años; nunca había estado en África, ni investigado una epidemia. Pero buscaban voluntarios y tuve la oportunidad de poder unirme a un buen equipo en Zaire”, expresó el científico.

El experto explicó también a sus colegas del IPK y a la prensa algunos de los elementos más característicos del primer brote en 1976. Fue necesario investigar todas las vías de trasmisión de la patología, desarrollar estadísticas y cuidar de los enfermos.

Durante la epidemia murieron más de 300 personas y era frecuente encontrar casos de contagio por vía directa mediante inyecciones, debido a la mala higiene de hospitales que reutilizaban agujas, entre otras causas.

Luego de ser contenido el contagio inicial, se produjeron 26 a lo largo de cerca de cuarenta años. Sin embargo, en 2014 se desató la enfermedad de forma extensiva en África Occidental. El ébola, en esta oportunidad, se esparció en gran parte del oeste y el centro del continente, pero también llegó a Estados Unidos y a Europa. Luego de casi dos años de lucha, se registraron 11 mil 300 muertes.

outbrakes of ebola (Tomado de www.gov.uk)

 

Piot enfatizó que considera al equipo compuesto por 265 médicos cubanos como la mayor contribución realizada por cualquier país a la contención del virus. Y destacó la labor humanista de los galenos de la Isla.

El experto señaló que la epidemia demostró las debilidades logísticas de muchos países, principalmente africanos, para enfrentar enfermedades. Por otra parte, desde el punto de vista científico, se logró comprobar que el ébola se trasmite por vía sexual, ya que el virus puede permanecer en el esperma del hombre cerca de un año.

Peter Piot también se desempeña como Director Ejecutivo del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/SIDA (ONUSIDA). Durante los años involucrados en esa labor, ha abogado por el abaratamiento de los costos de los medicamentos necesarios para alargar y mejorar la calidad de vida de los pacientes infectados.

En 2016, para conmemorar los cuarenta años del brote inicial, Piot decidió viajar a Yambuku con su esposa. Visitó aquel hospital donde murieron los primeros pacientes y quedó desalentado.

De acuerdo con el microbiólogo, solo la imagen y la higiene del laboratorio del centro médico distan de ser la ideal para cualquier institución de ese tipo. Para el experto, ello constituye una prueba de todo el trabajo pendiente.

A pesar de la difícil realidad africana de la pequeña clínica, que mostró en el IPK, los ojos de Piot parecieron ilusionados cuando también relató que el único trabajador del laboratorio es un sobreviviente del brote de 1976. 

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