El virus que robó el nombre a un río
Autor:
Me gusta:
Un pequeño termo azul dio crédito al primer capítulo escrito sobre uno de los virus más letales de la historia contemporánea. Estaba decorado con atributos que aludían a la cultura china y probablemente no tenía capacidad para contener más de un litro de cualquier líquido. Nunca quedó claro si antes había sido utilizado para té, café o alguna infusión, pero en 1976, cuando llegó a manos de un equipo de microbiólogos de la Escuela de Higiene y Medicina
Tropical de Londres, solo albergaba dos muestras de sangre.
El fluido provenía de una monja belga que había fallecido en Kinshasa, antigua capital de Zaire, actual República Democrática del Congo. La misionera murió de una enfermedad misteriosa, inicialmente diagnosticada como fiebre amarilla.
La rapidez con que el padecimiento se expandía alarmó a los médicos africanos quienes deseaban analizar en profundidad la nueva patología. Así llegó el termo con la sangre de la paciente a los expertos del Reino Unido.
Entre los hombres que abrieron el recipiente se encontraba el médico belga, novel investigador en microbiología, Peter Piot, quien, ante científicos del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), durante su más reciente visita a La Habana, evocó los peligros que él y sus compañeros corrieron al abrir aquel frasco. En ese momento ninguno de ellos estaba consciente de la letalidad del virus al cual se enfrentaban. Y, con fortuna, salieron ilesos.
“Aproximadamente una semana después de comenzar los estudios pudimos ver en el electro-microscopio algo que parecía un espagueti o un gusano. Hasta el momento nunca habíamos observado un virus como ese. Mientras, la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos hizo llegar un telegrama donde decía que debíamos terminar la investigación porque se había desatado una epidemia de fiebre hemorrágica fatal en África Central”, describió Piot.
Debido a la ausencia de mejores recursos para continuar la investigación, los expertos enviaron las muestras a un centro de microbiología en los Estados Unidos que contaba con tecnologías superiores.
El equipo norteamericano, encabezado por Carl Johnson, fue el encargado de confirmar que se trataba de un nuevo virus, nunca antes visto. “Pensamos entonces que, todo virus, como todas las personas, necesita un nombre”, comentó.
Un río corre, enredado en la vegetación tropical, cerca de Yambuku, lugar donde aparecieron los primeros casos. Y la afección recibió el mismo nombre del afluente: Ébola.
Peter Piot todavía considera curioso que un nombre tan hermoso identifique a una enfermedad tan mortal. El microbiólogo afirmó a Juventud Técnica que en aquel entonces quedó muy impresionado.
“No tenía mucha experiencia, solo contaba 27 años; nunca había estado en África ni investigado una epidemia. Pero buscaban voluntarios y tuve la oportunidad de unirme a un buen equipo en Zaire”, expresó el científico.
El experto también explicó a sus colegas del IPK y a la prensa, algunos de los elementos más característicos de aquel primer brote en 1976, donde fue necesario investigar todas las vías de trasmisión de la patología, desarrollar estadísticas y cuidar de los enfermos.
Durante la epidemia murieron más de 300 personas y era frecuente encontrar casos de contagio por vía directa mediante inyecciones, debido a la mala higiene en hospitales que reutilizaban agujas, entre otras causas.
Luego de ser contenido el contagio inicial, se produjeron 26 a lo largo de cerca de cuarenta años. Sin embargo, en 2014 se desató la enfermedad de forma extensiva en África Occidental. El ébola, en esta oportunidad, se esparció en gran parte del oeste y el centro del continente, pero también llegó a Estados Unidos y a Europa. Luego de casi dos años de lucha, se registraron 11 mil 300 muertes.
Según el experto, aquella epidemia demostró las debilidades logísticas en muchos países —principalmente los africanos— para enfrentar enfermedades.
Por otra parte, desde el punto de vista científico, se logró comprobar que el ébola se trasmite por vía sexual, ya que el virus puede permanecer en el esperma humano cerca de un año.
En 2016, para conmemorar los cuarenta años del brote inicial, Piot decidió viajar a Yambuku con su esposa. Visitó aquel hospital donde murieron los primeros pacientes y quedó desalentado.
De acuerdo con el microbiólogo, solo la imagen y la higiene del laboratorio del centro médico distan de ser la ideal para cualquier institución de ese tipo. Para el experto, ello constituye una prueba de todo el trabajo pendiente.
A pesar de la difícil realidad africana de la pequeña clínica, de la que mostró imágenes en el IPK, los ojos de Piot parecieron ilusionados cuando también relató que el único trabajador del laboratorio es un sobreviviente del brote de 1976.





Añadir nuevo comentario