Diseño Inteligente. Campo minado

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
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Fecha: 

Lunes, Septiembre 22, 2014
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Paso a paso, sobre el largo corredor evolutivo, fósiles intermedios  entre peces y tetrápodos deshacen el nudo gordiano de nuestra historia. Vienen primitivos, anticuados, pero nacientes. Vienen misioneros al mundo real de El Origen de las Especies.

¿Cómo llegamos aquí? Charles Darwin planteó el reto de las páginas en blanco. Y sobre el Génesis y las piedras primitivas, respondió con evidencias científicas todavía más antiguas que Adán, Eva, el gran diluvio y Noé. Entonces se hizo la polémica.

Ciento cincuenta años después, un renovado debate toca a las puertas de la historia de la ciencia, la genética, la teología y el campo de la información. Aunque investigadores como Richard Dawkins preferirían no llamarle controversia si, como se sabe, “ciencia y religión son incompatibles”.  

Cierto es que “la teoría de Darwin, como ciencia, no tiene por qué ser aceptada ni rechazada por la iglesia; porque es un asunto de la misma ciencia”, concluiría William R. Stoeger, jesuita del Observatorio Vaticano, convencido de que cualquier discusión relativa a las Sagradas Escrituras tiene su propia arena: la metafísica.

Contrario a la proyección creacionista del fundamentalismo protestante, la posición oficial de la  iglesia católica ha sido la de aceptar los mecanismos evolutivos, aunque con la acotación de que fueron dispuestos por un creador para ordenar la naturaleza

Cuestión de autonomías, añadiría el Papa Juan Pablo II, una de las almas públicas de la reconciliación entre ciencia y fe. Porque la teoría darwinista debe ser considerada como “algo más que una hipótesis”, exhortó a quienes consideran la evolución y creación como dos fuegos cruzados.

Pero ¿de dónde viene todo esto y cómo toma un camino que desemboca finalmente en el hombre? Esa es la gran interrogante filosófica que los científicos no pueden responder, presume su Santidad, Benedicto XVI.

Filosófica, y no científica: he aquí la sutil diferencia. El hecho parece obvio para la mayor parte de la comunidad investigadora, al dar por sentado que la discusión entre dogmas y hechos  comprobables no tiene sentido. Charles Darwin, ni siquiera se lo propuso.

Con todo, una exaltada corriente toma auge desde el fundamentalismo protestante, según la cual “la clave  del misterio de la vida” no yace en la evolución sintética ni en sus evidencias científicas; sino en las acciones “racionales” en la mente de un “creador determinado”, que unos llaman Dios, y otros, Diseñador Inteligente

 


Lo que Darwin no sabía

Tan antiguas como su propia teoría, parodias y estocadas acompañan a un Darwin, sin embargo, inmortal

Volaron desde América, a Madrid, Barcelona, Málaga, León y Vigo. Y con la agenda apretada bajo el brazo, pusieron pies y esperanzas sobre la tierra ibérica. ¿Qué pensaría Colón de estos mares a la inversa? Porque, digamos bien, aquello fue un viaje de conquista.

Trajeados en títulos y honorarios científicos, su misión era recibir el 2008 en universidades y prestigiosos foros de debates. Iban a contar “Lo que Darwin no sabía”, en un ciclo de conferencias que, sin embargo, no ofrecía alternativas a aquella teoría, como no fuera la idea creacionista del mundo, ahora camuflada en Diseño Inteligente (DI).

Antidarwinistas confesos, iban dispuestos a demostrar la existencia de un supuesto “plan o designio” detrás de la vida. Aunque nadie perdería la compostura si algún incrédulo miraba socarrón sus cartas credenciales como representantes de la Asociación de Médicos y Cirujanos por la Integridad Científica (PSSI, sus siglas en inglés).

Querían explicar que “a la luz de los avances científicos actuales, resulta una tomadura de pelo seguir sustentando que la teoría de la evolución es la respuesta al origen y desarrollo de la vida en el planeta”, tal y como declarara al diario El País el doctor Antonio Martínez, principal representante del PSSI en la nación ibérica.

 “No somos creacionistas”, aseguró Martínez al importante rotativo. Aunque renglón seguido delataba los vínculos del PSSI con la página Web del Servicio Evangélico de Documentación e Información (Sedin), un sitio que reconoce “mantener la postura del DI y la perspectiva de la Historia Bíblica como revelación de Dios”.

Curiosos lazos afectivos, que estrechan los fines de instituciones creacionistas y los postulados de los principales promotores del DI. ¿Con qué propósitos? “Derrotar al materialismo científico y su destructivo legado moral, cultural y político”, y “reemplazar las explicaciones materialistas por la concepción teísta de que la naturaleza y los seres humanos son creados por Dios”.

Al menos así lo expresa La estrategia de la cuña, manifiesto filtrado a la luz pública en 1999, y cuyo proyecto de “renovar” la cultura americana hace surfing en las mareas radicales del DI.

No es Darwin sino la ciencia toda, el flanco de un ataque respaldado por intereses ideológicos y económicos millonarios. ¿Qué dirían Médicos y Cirujanos por la Integridad Científica? ¿Acaso les parecería honesto, visionario e inteligente?

 


Abrir la caja negra
La armonía. La mágica certidumbre de todo en su sitio: el planeta, los astros, las constantes de interacción nucleares, las vértebras de un cuerpo sano… El universo en sí: ¡qué perfecta parece la música de su instrumento afinado!

Sus notas no podrían atribuirse a la suerte, pues un solo bemol bastaría para hacerlo dramáticamente distinto, arguyen los defensores del DI. Porque los organismos están diseñados de manera maravillosa, afirman, y ese diseño es tan complejo y tan perfecto, que no puede haber sido creado por un mecanismo tan simple y vulgar como la selección natural.

Es el argumento del universo afinado contra la evolución darwinista, columna vertebral de la Biología moderna. Pero la evocación divina luce absoluta y falta de imaginación a los ojos de los científicos, quienes afirman que si bien “la vida, tal y como la conocemos, podría no existir en condiciones diferentes”, otras “formas diferentes de vida podrían existir en su lugar”.

Por otra parte, la existencia no es el poliedro regular que algunos suponen. Imperfecta y hasta obsoleta, una estructura como el apéndice (solo localizable en monos y humanos) parece más el vestigio de un órgano atrofiado durante el proceso evolutivo, que el “error estético” de un diseñador inteligente.

Al bioquímico Michael Behe, figura pública del DI, le complace más hablar de la complejidad bioquímica irreducible, desde que reparara en la estructura y función de diminutos sistemas integrados ubicados en las células.

Se trata del flagelo bacteriano, una pequeña “máquina molecular” compuesta de varias partes que interactúan y contribuyen a la función básica, donde eliminar alguna de ellas interrumpiría las funciones de ese sistema.

Para tener una idea, las piezas del “motor flagelar” solo son visibles a través de micrografías electrónicas, donde las porciones de una célula son ampliadas alrededor de 50 mil veces. Entonces, ¿de dónde ha salido este perfecto “motor fuera de borda”? Y ¿cómo tan formidable estructura pudo desarrollarse de una población de bacterias que no la poseía?, pregunta Behe en tono retador.

La estructura y función del flagelo bacteriano han sido tomadas por los creacionistas como evidencia “científica” de la existencia de mecanismos de reproducción y de procesos celulares por Darwin desconocidos. Aunque, pretender que se trata del fin de su teoría, no pasa de ser una creencia, afirman los científicos

El Diseño Inteligente puede tener implicaciones religiosas, pero no parte de ellas, asegura Michael Behe, quien a principios de los 90 comenzó a ganar adeptos en escenarios norteamericanos tan devotos como la Universidad Metodista del Sur

El también autor de La Caja Negra de Darwin, insiste en que la creación de dichos sistemas complejos irreductibles sería imposible de imaginar por medio de la selección natural. Sin embargo, el hecho ha sido refutado por la crítica científica, al considerarlo carente de argumentos.

Ni el flagelo bacteriano ni ninguna otra estructura compleja, entra al escenario evolutivo de una sola vez, advierten los expertos. De modo que el motor flagelar pudo haber sido constituido con piezas de máquinas moleculares más simples, como parte del propio proceso evolutivo.

 Así, los argumentos de Behe parecen reeditar antiguos ataques antidarwinistas que alguna vez apuntaron a la complejidad del ojo como un enigma indescifrable. Años después, “la verosimilitud de esas vías de la evolución fueron aclaradas gracias a la anatomía comparada y a la embriología”, con ejemplos disímiles en el mundo animal.

Tiempo al tiempo, apuestan aquellos que buscan desentrañar las etapas sucesivas de la evolución del motor flagelar, para demostrar la esencia de cada una de ellas en lo concerniente a su determinación genética, desarrollo ontogenético y función. El propósito es justificar qué presiones selectivas han promovido cada uno de los pasos.

De acuerdo con las maltrechas “evidencias”, Jerry Coyne, de la Universidad de Chicago, alcanza a entender por qué la vida no resultó de un diseño inteligente sino de la evolución. O, tal vez (se esfuerza en ser tolerante) “el diseñador es un ente cósmico que diseñó todo para que luciera como si hubiera sido creado (como Darwin sospechara) por un proceso de evolución”.

 


¿Darwin al banquillo?

“Mejor combatir la superstición con ciencia que ignorar las supersticiones”, dice un editorial de la revista científica Nature, publicado en septiembre de 2008

Aunque sus principales defensores niegan todo vínculo religioso, el Diseño Inteligente apenas consigue distinguirse del creacionismo clásico, que ha vuelto por sus fueros tras su fracasado intento de implantar el Génesis en las clases de ciencias naturales en las aulas de Estados Unidos. 

En 1987, el Tribunal Supremo de ese país descartaba la instrucción creacionista, al tiempo que hacía pública la sentencia de que “enseñar una diversidad de teorías científicas acerca del origen de la humanidad a los escolares, podría válidamente hacerse si es con la intención claramente secular de mejorar la eficacia de la instrucción científica”.

Casi de inmediato, se produjo un rediseño de los textos y términos destinados a la enseñanza creacionista.  Y así como la palabra “creación” cambió por “Diseño Inteligente”, los manuales  Biología y Creación (1986) y Biología y Origen (1987), derivaron en De pandas y personas: la cuestión central del origen biológico (1989).

¡Vaya coincidencia! Resulta que sus autores, P. W. Davis y P.H. Kenyon no solo sustituyeron las expresiones “creación” y “creador” por “diseño inteligente” y “diseñador inteligente” en más de 250 espacios; sino que, en cuestión de ganchos referenciales, tampoco escatimaron parentescos con El pulgar del panda, la popular colección de ensayos del evolucionista Stephen Jay Gould.

Irónicamente, el creacionismo parecía “evolucionar” y hasta “adaptarse” a las presiones selectivas del mundo legal. Pero, cuando De pandas… se convirtió en texto obligatorio en el distrito de Dover, Pennsylvania, un grupo de padres irritados llevó a juicio a la junta escolar de la escuela de sus hijos.

Incluir el concepto de DI en el currículum escolar, alegaban, era lo mismo que enseñar religión, y un claro desacato a la separación constitucional entre Iglesia y Estado.
 
La sonada causa del 2005, derivó en una sentencia que declaró inconstitucional la enseñanza del Diseño Inteligente como alternativa a la evolución en una clase de ciencia, mientras sentaba un importante precedente en el ámbito escolar norteamericano.

“Hallamos que los propósitos seculares a los que aludió la junta escolar eran un pretexto para su verdadero propósito, que era promover la religión en las escuelas públicas”, dictó John Jones III, magistrado federal.

El hecho desató una polémica que encontró eco en los principales medios de comunicación del mundo. Sin embargo, la pretendida controversia ha sido desestimada por aquellos que no atinan a comprender cómo el DI puede tener implicaciones religiosas si no parte de esas premisas, como algunos quisieran hacer ver.

Para pesar de sus detractores, no ha sido Darwin quien ha ido al banquillo, sino el propio desconcierto de una perspectiva minoritaria que, sin embargo, convendría confrontar con argumentos sólidos. Nature, en un editorial de septiembre de 2008, resulta bastante sugerente cuando advierte: ¿superstición?, “mejor no ignorarla”. A suelo minado, pasos inteligentes.

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