Ocho veces ocho

Autor: 

Redacción JT
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Fecha: 

Jueves, Octubre 30, 2014
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Ocho días de viaje, ocho horas de sueño, ocho de trabajo y ocho para rendir cuentas. Todo estaba perfectamente cronometrado. Arnaldo Tamayo Méndez había sido rigurosamente preparado para lograr el éxito de la misión. 


Cuatro años antes del aconteci­miento, había comenzado la labor de selección de los pilotos adecuados para realizar este viaje espacial. 

En el Hospital Militar se eligió el primer grupo –cuenta el actual General de Brigada y Héroe de la República de Cuba. “De 50 quedaron 19, que se convirtieron en nueve durante la segunda eliminatoria. Nos concentraron en la base aérea de San Antonio de los Baños. Allí estudiamos idiomas, Matemática, Física y recibimos cono­cimientos básicos para enfrentar una preparación exigente desde el punto de vista teórico.

“Solo cuatro viajamos a Moscú para someternos a exámenes médicos y a algunas pruebas de rigor que tantearan la capacidad de adaptación a las condiciones especiales del cosmos. Finalmente el capitán José Armando López Falcón y yo fuimos designados y comenzamos el entrenamiento en la Ciudad Estelar”.

Narra el Dr. Altshuler en su libro Vuelo espacial conjunto Cuba-URSS, una victoria del socialismo, que los candidatos a cosmonautas tuvieron que incorporar a su preparación teórica estudios sobre dinámica y aerodinámca, balística, astronomía y astrofísica, medicina y biología cósmicas, cálculo electrónico, geología, cartografía, fotografía, navegación, construcción de la estación y de la nave y control de sistemas de a bordo, entre otras especialidades. 

La preparación práctica incluyó ejercicios físicos y entrenamientos bajo el agua y en alturas. En la centrifugadora, aviones laboratorios y piscinas especiales, se simulaba el estado de impesantez.

La nave Soyuz 38 se unió al complejo orbital “Soyuz 37 – Saliut 6” el 19 de septiembre de 1980. De izquierda a derecha: Valeri Riumin, Arnaldo Tamayo, Yuri Romanenko y Leonid Popov. El primero y el último se encontraban en órbita desde el 9 de abril de 1980.

 

“Tuve que estudiar mucho”, recuerda Tamayo. A las sesiones con los equipos de médicos, ingenieros y entrenadores seguían largas horas de estudio individual, y todo en idioma ruso. “La fecha del vuelo había sido fijada con suficiente tiempo de antelación y no podíamos fallar, debíamos trabajar duro. Fueron dos años de esfuerzo y sacrificio, de acercamiento a teorías complejas, relativas a los movimientos de los cuerpos en el espacio, en el campo de la física cósmica, la medicina y las comunicaciones”. 

Por fin, el 18 de septiembre de 1980 despegó el cohete desde la base de Baikonur. En la Isla daban las tres y once minutos de la tarde. Cada cubano estuvo pegado al televisor. “Trabajamos mucho ese día comprobando la órbita, para conseguir ponernos cerca de la estación espacial en la noche del 19”, rememora Tamayo. 

A la velocidad de un hombre caminando, la Soyuz 38 acopló con la nave laboratorio Saliut 6. Valeri Riumin y Leonid Popov recibieron a los invitados con pan y sal, como exige la tradición rusa. Después, ¡a trabajar!

Más rápido que una bala

El día del encuentro con estudiantes del preuniversitario vocacional Vladimir Ilich Lenin, como parte de las celebraciones por el aniversario treinta del vuelo, Arnaldo confesó que durmió poco durante el viaje, a pesar de la férrea disciplina que debía observar. 

“Apenas cumplíamos con las horas de sueño. Porque teníamos que acometer el trabajo científico y porque era emocionante ver el planeta desde una altura de 450 kilómetros. ¡Esa oportunidad no podía escapar! 

“Cada segundo del vuelo fue una experiencia bonita. Íbamos a 29 mil km/h; es decir, a 8 km/s, una velocidad superior a la de una bala. Circundábamos la Tierra cada noventa minutos. En 24 horas veíamos el día y la noche 26 veces. Los días duraban 53 minutos y las noches 37. 

“Pudimos observar las ciudades grandes, la unión de los continentes y los océanos, las obras ingenieriles de gran magnitud hechas por el hombre, en un panorama asombroso. Sobrevolando África, vimos trasladarse las descargas eléctricas, que se originaban en los cúmulos, a cientos de kilómetros de distancia. 

“Fuera de la atmósfera terrestre, la noche es más oscura, la luna es más brillante, y se observa con más nitidez el parpadeo de las estrellas. Pero después de todo, trepado allá arriba, uno se da cuenta de que nuestro planeta no es tan grande, por eso hay que protegerlo”.

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