El viaje

Autor: 

Dania Ramos Martín
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Fecha: 

Miércoles, Septiembre 24, 2014
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Crédito de la imagen: 

Carlos Alberto Macías y Archivo

Darwin partió en su viaje en el Beagle como creacionista y volvió siendo evolucionista. Dejó de creer porque había empezado a pensar.
Eudald Carbonell

El viento del sur trae el olor a carne cocida. Al muchacho se le hace la boca agua. Lleva ya varias horas de camino junto a otro inglés residente en la Patagonia, un guía y cinco gauchos. En un descampado deciden pasar la noche. Es, por demás, su primera noche al aire libre.

Sorprendido con la destreza de los gauchos para matar y descuartizar una vaca, Charles Darwin no atina más que a disfrutar el aroma del asado. De pronto, como por instinto, se lleva las manos a la nariz.

¡Caramba! –piensa- qué caprichos tiene la vida. Era el 11 de agosto de 1833. Casi dos años antes, el saliente en su rostro estuvo a punto de incapacitarlo para la expedición. Robert Fitzroy, capitán del HMS Beagle y seguidor de las teorías fisonómicas del sacerdote suizo Johann Caspar Lavater, pensó que un sujeto con aquellas características físicas no tendría carácter para soportar tanto tiempo en tierras desconocidas.

El Beagle.
Características técnicas.
Viajes realizados.
Tripulación del segundo viaje

Afortunadamente, la elegancia, el porte, la afabilidad y rango social del joven Charles ganaron la simpatía del capitán, solo cuatro años mayor que él.

Mas ese había sido solo el segundo de sus escollos. La ilusión de Darwin de enrolarse como naturalista voluntario en una expedición para recoger datos cartográficos en América del Sur había sido anteriormente truncada por su padre, dispuesto a ceder solo si podía encontrar “una persona con sentido común” que le recomendara hacer el viaje.

Esa misma tarde el muchacho había escrito rechazando la oferta del reverendo John Henslow, donde le informaba que Fitzroy andaba a la caza de un naturalista para su viaje. Josiah Wedgwood, tío y futuro suegro de Darwin, intercedió ante la autoridad paterna, bajo la promesa del chico de no dilapidar el dinero durante la travesía.

Un tercer impedimento pareció inducirlo a creer en la predestinación. El barco no logró zarpar en la fecha acordada: algunos desperfectos técnicos lo mantuvieron en Plymouth por espacio de dos meses, en espera de reparaciones. El joven voluntario debió pues desandar las calles, en lo que él recordaría a sus 72 años como uno de los períodos más tristes de su vida: la nostalgia por la familia lo había hecho poner en duda su decisión.

Vuelve el olor a carne asada y Darwin piensa nuevamente en lo fantástico que resulta el sentido del olfato; gracias a él puede imaginar la forma y sabor de esa carne fresca que se coce a fuego lento. Tras muchos meses de observación en tierras sudamericanas, una percepción similar transforma sus paradigmas: presiente que las teorías existentes acerca de la inmutabilidad de los seres vivos son falsas.

Se tambalean así las convicciones adquiridas con la lectura de Evidences of Christianism, de William Paley, su libro de cabecera en los años del Christ's College de Cambridge, donde realizó su carrera eclesiástica
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Levando anclas

Robert Fitzroy, capitán del HMS Beagle. Tras cuatro años de viaje a bordo del bergantín, compartiendo camarote, traba con Darwin una amistad entrañable. Diferencias de ideología los llevan, sin embargo, a entablar discusiones enconadas acerca de las teorías creacionistas y la esclavitud

Las celebraciones por el nuevo año de 1832 de nuevo sorprenderían a Darwin en un camarote del Beagle. Cuatro días antes, y luego de dos intentos de desembarco frustrados por los vientos, el 27 de diciembre, había comenzado la aventura científica más importante de su vida.

Recostado en su camarote, mientras repasaba algunos pasajes de Principles of Geology, de Charles Lyell, recordaba a ratos sus días de estudiante de medicina, las juergas con sus amigos y sus temporadas de caza, las que sin dudas le habían aportado los momentos más plenos de su existencia.

Con veintidós años era capaz de sospechar la trascendencia que tamaña expedición podía tener en su carrera. Junto al ondular de las velas del Beagle, había echado a andar la realización de un preciado sueño, nacido con la lectura de Personal Narrative, del alemán Alejandro de Humboldt: “aportar aunque fuera la más humilde contribución a la noble estructura de la ciencia natural”.

In situ…

Pies en tierra firme es una sensación que Darwin ansía sentir nuevamente; terribles mareos lo han hechos sufrir durante la corta travesía. Porto Praia, en la Isla de San Iago, la más importante del archipiélago de Cabo Verde, había sido la primera parada. Sus ojos azules recorren por primera vez un paisaje completamente nuevo; este es el primer contacto con personas de otra raza y cultura.

En lo adelante, el Beagle atraca en los puertos brasileños de Bahía y Río de Janeiro; la Patagonia, Islas Malvinas y Tierra del Fuego; las Galápagos, Nueva Zelanda, Australia, Tasmania, Maldivas;  recorre toda la costa occidental de América del Sur, de Chile y de Perú, y también las islas Keeling, Mauricio y Santa Elena.

El ñandú del norte, suri, choique, ñandú petiso, o ñandú cordillerano (Pterocnemia pennata, sin. Rhea pennata) es un ave no voladora nativa de Sudamérica, considerada uno de los “tesoros” descubiertos por Darwin en su periplo, junto a las iguanas de las Galápagos.

Su espíritu se estremece en la pluvisilva brasileña, sus sentidos vuelven una y otra vez sobre el paisaje paradisíaco, entre un follaje cerrado y el ruido de los insectos, tratando de aprehender cada detalle. Pero ese no sería el único recuerdo memorable. Un misterio que solo guardaba la naturaleza hacía de las tierras de la Patagonia un espectáculo que recordaría hasta su muerte.

Los largos viajes a caballo fascinan a Darwin desde pequeño. Por eso, gran parte de la travesía la realiza por tierra, con la ayuda de amigos, guías nativos, o agenciándose con su propio dinero el transporte animal, mientras el resto de la tripulación del barco recoge datos en las costas. Su afición por la caza, que en los dos primeros años de travesía realiza de manera casi compulsiva, lo provee de una colección preciadísima de animales, plantas, rocas y fósiles.

El joven naturalista lamenta ahora no haber sido un brillante estudiante de medicina: su casi nulo conocimiento de anatomía limitó el resultado de sus investigaciones. Sin embargo, su acendrado poder de observación le hizo notar en cada sitio los detalles más insospechados. Todo cuanto le rodea le provoca largas disertaciones acerca de la formación de la vida y las condiciones naturales en las que ella surge.

Sobre la mesa del estrecho camarote que comparte con Fitzroy, o a la luz de las fogatas en las noches en que debe dormir a la intemperie, escribe todo cuanto ve, seguro de que la memoria no podrá luego rehacer las sensaciones, reconstruir cada matiz.

La vida en las selvas, llanos, desiertos, pantanos, ríos, deslumbra a Darwin; ya sea en las salmueras (pantanos salados) o entre la nieve más absoluta, hombres, animales y plantas encuentran el modo de sobrevivir, utilizando los más increíbles recursos. Desentrañar el mecanismo será en adelante una obsesión para el investigador.

Es durante la estancia en la singular geografía de las Islas Galápagos -donde puede encontrar gran variedad formas y ecosistemas únicos- el puntillazo final para la elaboración de la teoría de la evolución de las especies.

 


La vuelta al mundo

Mapa del viaje

Seis de agosto de 1836. La tripulación del Beagle, luego de zarpar del puerto de Bahía, se enrumba nuevamente a las Islas de Cabo Verde, última parada antes de atracar en Falmouth, Inglaterra.

Han pasado cuatro años y nueve meses desde que saliera de Davenport a vivir “el acontecimiento más importante” de su vida.

Darwin sabe que le esperan días de arduo trabajo. Recuerda aquella tarde en que a la sombra de los árboles en las costas de Valdivia, “la tierra, el símbolo mismo de la solidez, tiembla como una cáscara delgada que descansara sobre un fluido”, dejando tras sí terrenos desplazados y una destrucción sin nombre en los poblados vecinos; rememora la erupción del volcán Osorno, en la isla de Chiloé, con sus “espléndidas llamas rojas”.

Vuelve a estremecerse ante la imagen de los salvajes desnudos de la Tierra del Fuego; y evocar los lamentos de los esclavos en Brasil le renueva la cólera.

Le parecen ya lejanos los veinticuatro días que debió pasar en su camarote, mientras el barco era zarandeado por las tempestades más violentas que había visto, allá por la Tierra del Fuego. ¡Y qué difícil aquella noche en las Pampas, en la que tuvo que quitarse de encima a un batallón de chinches que, caprichosas, interrumpían su sueño necesario!

La salud del naturalista llevaría después de este viaje una marca definitiva. Se presume que adquirió en la travesía el mal de Chagas. Sin embargo, otras profundas huellas harían que valieran la pena todas las adversidades. Ya casi sintiendo los olores de su tierra natal, Darwin sabe que el viaje ha sido vital para sus investigaciones; pero es quizás la experiencia humana lo que lo hace singular, y escribe en su diario: “también enseñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón excelente, dispuestas siempre a servirnos aun cuando no se les haya visto jamás, ni deban volverse a encontrar nunca.”

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