El desarrollo impetuoso de la Ciencia cambió nuestra forma de vivir y pensar. Legendarios héroes, hadas bondadosas o perversas, traviesos gnomos y fantasmas terroríficos fueron feneciendo a golpe de saber y raciocinio. Pero la frivolidad se alimenta del misterio. Surgieron así, para repoblar el imaginario mítico, toda suerte de fantasiosas "teorías" vestidas, o más bien disfrazadas, de ciencia, para hacerse más creíbles en las condiciones actuales. Cuando hoy se afirma haber visto algo raro en el cielo, por poner un ejemplo, no se dice que fue un santo, un ángel o un demonio, sino una nave extraterreste.

Estrategas del sistema universitario cubano han enfilado los destinos de casi todas las carreras nacionales para su culminación en cuatro años y no ya en cinco. Pero solo la cuarta parte del total de estas se ha sentido en condiciones de comenzar a experimentar el cambio de programa en este curso 2016-2017, y equipararse así a esa tendencia mundial en los altos estudios.

La poca difusión de los pormenores sobre la ejecución de ese proceso y las preeminencias y detrimentos que conlleva, así como las diversas y contrapuestas opiniones que el asunto ha generado entre profesores y la población, hace que Juventud Técnica ofrezca a sus lectores un primer acercamiento al tema.

Acumuladas las primeras experiencias en las aulas, una segunda entrega ahondará en las opiniones que se asienten, así como en la visión que del proceso van teniendo –y participando– los futuros empleadores del nuevo profesional, graduado en cuatro años.

Se asoma el 2015. Demasiado rápido han transcurrido 50 años desde la apertura no imaginada de Juventud Técnica, cual boletín divulgativo de las BTJ. Pero pronto creció su cuerpo y dejó atrás la niñez. Con el tiempo multiplicó ejemplares, revolucionó diseño e ilustraciones, propuso cómo hacer, cómo construir, hasta que por un período, duramente especial, enfermó y a punto estuvo de  entonar su réquiem. Mas, sobrevivió.

Dossier dedicado a Charles Darwin en el bicentenario de su nacimiento.

Los libros son puentes inmateriales que nos trasportan a anchuras remotas. Todo desaparece a nuestro alrededor y caemos, como la vehemente Alicia de Lewis Carroll, por una especie de agujero, para ser testigos de una historia atrapada por los siglos.

Un día de noviembre experimenté ese salto. Sentada ante una mesa de oficina, leía una autobiografía con el propósito de escribir este trabajo periodístico. Y de pronto ya no estaban las cuatro paredes, ni las interrupciones del teléfono, ya no era La Habana de los 2000, sino los primeros atisbos del siglo XIX, en Inglaterra, donde dos niños alborotan en los límites de un bosque.

Uno de ellos se llama Charles Darwin; luego pasará a la historia de las ciencias naturales, pero en estas páginas es apenas un chiquillo que juega y muestra vivo interés por las plantas. Con orgullo se vanagloria frente a su amigo Leighton de sus habilidades para producir primaveras de diferentes colores con líquidos teñidos, lo cual, por supuesto, constituía una monstruosa mentira, mas el pequeño Darwin era ducho en artimañas y en narrar falsos relatos que le permitieran despertar la admiración de los demás.

Una isla del trópico asombró al mundo el 18 de septiembre de 1980, cuando uno de sus hijos se convirtió en el primer cosmonauta de Latinoamérica. En un viaje al espacio de solo ocho días, ejecutó más de veinte experimentos científicos, diseñados y alistados por talentos autóctonos, que demostraron las alturas que había alcanzado en muy poco tiempo la ciencia del patio. A treinta años de aquel suceso, reverdecen historias en boca de sus protagonistas.

A pesar del arraigo de las lidias de gallos en varios sectores de la población cubana, crece el debate sobre la legitimidad de ese fenómeno en el proyecto social del país.

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