Dossier dedicado a Charles Darwin en el bicentenario de su nacimiento.

Los libros son puentes inmateriales que nos trasportan a anchuras remotas. Todo desaparece a nuestro alrededor y caemos, como la vehemente Alicia de Lewis Carroll, por una especie de agujero, para ser testigos de una historia atrapada por los siglos.

Un día de noviembre experimenté ese salto. Sentada ante una mesa de oficina, leía una autobiografía con el propósito de escribir este trabajo periodístico. Y de pronto ya no estaban las cuatro paredes, ni las interrupciones del teléfono, ya no era La Habana de los 2000, sino los primeros atisbos del siglo XIX, en Inglaterra, donde dos niños alborotan en los límites de un bosque.

Uno de ellos se llama Charles Darwin; luego pasará a la historia de las ciencias naturales, pero en estas páginas es apenas un chiquillo que juega y muestra vivo interés por las plantas. Con orgullo se vanagloria frente a su amigo Leighton de sus habilidades para producir primaveras de diferentes colores con líquidos teñidos, lo cual, por supuesto, constituía una monstruosa mentira, mas el pequeño Darwin era ducho en artimañas y en narrar falsos relatos que le permitieran despertar la admiración de los demás.

Una isla del trópico asombró al mundo el 18 de septiembre de 1980, cuando uno de sus hijos se convirtió en el primer cosmonauta de Latinoamérica. En un viaje al espacio de solo ocho días, ejecutó más de veinte experimentos científicos, diseñados y alistados por talentos autóctonos, que demostraron las alturas que había alcanzado en muy poco tiempo la ciencia del patio. A treinta años de aquel suceso, reverdecen historias en boca de sus protagonistas.

Desempolvar una tradición tan vieja como la existencia misma de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fundada hace más de 150 años: la tradición del debate. Hacia el principio de la década de 1870, la convulsión social del país y la epidemia del cólera catalizaban la aparición por doquier de supuestos remedios que, abusando de la credulidad popular, se anunciaban como «capaces de curar cualquier mal». La actividad vigilante y hasta condenatoria de aquella Academia se vislumbra en el informe de sus actividades emitido por Antonio Mestre el 19 de mayo de 1871, donde se leía: «…es deber de esta corporación protestar, cada vez que la ocasión se ofrece, contra ese inmenso arsenal de panaceas que forma el más triste espectáculo a nuestro alrededor: la ciencia de las indicaciones terapéuticas, aplicables a condiciones precisas y a casos particulares, desapareciendo por completo ante el incentivo de curarlo todo y a poca costa por un solo medicamento».2

Más de un siglo después, especialmente durante la primera mitad de los años noventa, nuestro país se vio sumido en una crisis económica, asociada –en buena medida– a la caída del llamado Campo Socialista.

Durante esos años, Cuba se volcó hacia la búsqueda de «soluciones de emergencia» en muchos campos –especialmente el de la salud–. Con toda lógica, se trabajó por recuperar parte de la cultura popular asociada a la llamada medicina natural y tradicional. Además de su costo prácticamente nulo, esta medicina constituía una alternativa refrescante respecto a la «medicina occidental».

Pero la medicina natural y tradicional, al combinarse con la psicología social asociada a la crisis, también abrió una verdadera caja de Pandora. Toda una pléyade de tratamientos exóticos penetraron en tropel, y por las más diversas vías, en la sociedad cubana –desde la «orinoterapia» hasta las «terapias piramidales»–. Su rasgo más común era –podríamos decir– la «universalidad».

La energía piramidal podía, según sus defensores, lo mismo curar una bursitis que reparar una fractura de tibia; además de «dar # lo» a las cuchillas de afeitar, hacer que la carne se conservara fresca y una variopinta lista de efectos beneficiosos. Resulta evidente el paralelo histórico entre este ejemplo y «las panaceas» mencionadas en el informe de la Academia de Ciencias de La Habana de 1871.

Lo cierto es que en la Cuba de hoy –como en la de 1871– la medicina resulta tener apellidos: la natural y tradicional (a veces apellidada alternativa) se encuentra en un bando, la medicina occidental (científica o basada en la evidencia) se parapeta en la trinchera opuesta. El título de este libro sugiere que la medicina no debería tener apellidos. Háyase originado en larga tradición o no, háyase utilizado en ella un producto natural o no, la medicina debería ser medicina, a secas: aquella avalada por el método científico riguroso.

Aunque suelen las medicinas con apellidos coexistir, más o menos pacíficamente, en la consulta de los policlínicos, alguna que otra vez han cruzado armas, como ocurrió en las sesiones del taller Pensamiento Racional y Pseudociencia, convocado por la Facultad de Física de la Universidad de La Habana los días 17, 18 y 19 de diciembre de 2007, cuyas memorias se publicaron en un número especial de la Revista

Cubana de Física.3

1 Doctor en Ciencias Físicas, profesor titular de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, editor de la Revista Cubana de Física.

2 P. M. Pruna-Goodgall (2002): La Real Academia de Ciencias de La Habana, 1861- 1898, Consejo Superior de Investigaciones Cientí#cas, Madrid.

3 Revista Cubana de Física (2007): «Memorias del taller Pensamiento Racional y Pseudociencia», vol. 15, no. 1.

Nota: Este Dossier apareció en el sitio  web en  diciembre de 201, desencadenó una avalancha de correos electrónicos que se extendió a lo largo del período enero-abril de 2012. Por su actualidad publicamos nuevamente los artículos.

 

La influencia de Fidel Castro en el desarrollo de la ciencia en Cuba.

Estrategas del sistema universitario cubano han enfilado los destinos de casi todas las carreras nacionales para su culminación en cuatro años y no ya en cinco. Pero solo la cuarta parte del total de estas se ha sentido en condiciones de comenzar a experimentar el cambio de programa en este curso 2016-2017, y equipararse así a esa tendencia mundial en los altos estudios.

La poca difusión de los pormenores sobre la ejecución de ese proceso y las preeminencias y detrimentos que conlleva, así como las diversas y contrapuestas opiniones que el asunto ha generado entre profesores y la población, hace que Juventud Técnica ofrezca a sus lectores un primer acercamiento al tema.

Acumuladas las primeras experiencias en las aulas, una segunda entrega ahondará en las opiniones que se asienten, así como en la visión que del proceso van teniendo –y participando– los futuros empleadores del nuevo profesional, graduado en cuatro años.

El desarrollo impetuoso de la Ciencia cambió nuestra forma de vivir y pensar. Legendarios héroes, hadas bondadosas o perversas, traviesos gnomos y fantasmas terroríficos fueron feneciendo a golpe de saber y raciocinio. Pero la frivolidad se alimenta del misterio. Surgieron así, para repoblar el imaginario mítico, toda suerte de fantasiosas "teorías" vestidas, o más bien disfrazadas, de ciencia, para hacerse más creíbles en las condiciones actuales. Cuando hoy se afirma haber visto algo raro en el cielo, por poner un ejemplo, no se dice que fue un santo, un ángel o un demonio, sino una nave extraterreste.

Páginas