Dossier dedicado a Charles Darwin en el bicentenario de su nacimiento.

Los libros son puentes inmateriales que nos trasportan a anchuras remotas. Todo desaparece a nuestro alrededor y caemos, como la vehemente Alicia de Lewis Carroll, por una especie de agujero, para ser testigos de una historia atrapada por los siglos.

Un día de noviembre experimenté ese salto. Sentada ante una mesa de oficina, leía una autobiografía con el propósito de escribir este trabajo periodístico. Y de pronto ya no estaban las cuatro paredes, ni las interrupciones del teléfono, ya no era La Habana de los 2000, sino los primeros atisbos del siglo XIX, en Inglaterra, donde dos niños alborotan en los límites de un bosque.

Uno de ellos se llama Charles Darwin; luego pasará a la historia de las ciencias naturales, pero en estas páginas es apenas un chiquillo que juega y muestra vivo interés por las plantas. Con orgullo se vanagloria frente a su amigo Leighton de sus habilidades para producir primaveras de diferentes colores con líquidos teñidos, lo cual, por supuesto, constituía una monstruosa mentira, mas el pequeño Darwin era ducho en artimañas y en narrar falsos relatos que le permitieran despertar la admiración de los demás.

por Ana Lilian Lobato Rodríguez | 22 Septiembre 2014 | 0 Comentarios
Un carácter hermético e ingenuo y una salvaje curiosidad modelaron la vocación de coleccionista y escudriñador de la naturaleza de Charles Darwin. A pesar de la polémica que desataron sus investigaciones, fue un individuo tímido y poco dado a la discusión. Este mes de febrero se cumplen 200 años de su nacimiento

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