Desempolvar una tradición tan vieja como la existencia misma de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fundada hace más de 150 años: la tradición del debate. Hacia el principio de la década de 1870, la convulsión social del país y la epidemia del cólera catalizaban la aparición por doquier de supuestos remedios que, abusando de la credulidad popular, se anunciaban como «capaces de curar cualquier mal». La actividad vigilante y hasta condenatoria de aquella Academia se vislumbra en el informe de sus actividades emitido por Antonio Mestre el 19 de mayo de 1871, donde se leía: «…es deber de esta corporación protestar, cada vez que la ocasión se ofrece, contra ese inmenso arsenal de panaceas que forma el más triste espectáculo a nuestro alrededor: la ciencia de las indicaciones terapéuticas, aplicables a condiciones precisas y a casos particulares, desapareciendo por completo ante el incentivo de curarlo todo y a poca costa por un solo medicamento».2

Más de un siglo después, especialmente durante la primera mitad de los años noventa, nuestro país se vio sumido en una crisis económica, asociada –en buena medida– a la caída del llamado Campo Socialista.

Durante esos años, Cuba se volcó hacia la búsqueda de «soluciones de emergencia» en muchos campos –especialmente el de la salud–. Con toda lógica, se trabajó por recuperar parte de la cultura popular asociada a la llamada medicina natural y tradicional. Además de su costo prácticamente nulo, esta medicina constituía una alternativa refrescante respecto a la «medicina occidental».

Pero la medicina natural y tradicional, al combinarse con la psicología social asociada a la crisis, también abrió una verdadera caja de Pandora. Toda una pléyade de tratamientos exóticos penetraron en tropel, y por las más diversas vías, en la sociedad cubana –desde la «orinoterapia» hasta las «terapias piramidales»–. Su rasgo más común era –podríamos decir– la «universalidad».

La energía piramidal podía, según sus defensores, lo mismo curar una bursitis que reparar una fractura de tibia; además de «dar # lo» a las cuchillas de afeitar, hacer que la carne se conservara fresca y una variopinta lista de efectos beneficiosos. Resulta evidente el paralelo histórico entre este ejemplo y «las panaceas» mencionadas en el informe de la Academia de Ciencias de La Habana de 1871.

Lo cierto es que en la Cuba de hoy –como en la de 1871– la medicina resulta tener apellidos: la natural y tradicional (a veces apellidada alternativa) se encuentra en un bando, la medicina occidental (científica o basada en la evidencia) se parapeta en la trinchera opuesta. El título de este libro sugiere que la medicina no debería tener apellidos. Háyase originado en larga tradición o no, háyase utilizado en ella un producto natural o no, la medicina debería ser medicina, a secas: aquella avalada por el método científico riguroso.

Aunque suelen las medicinas con apellidos coexistir, más o menos pacíficamente, en la consulta de los policlínicos, alguna que otra vez han cruzado armas, como ocurrió en las sesiones del taller Pensamiento Racional y Pseudociencia, convocado por la Facultad de Física de la Universidad de La Habana los días 17, 18 y 19 de diciembre de 2007, cuyas memorias se publicaron en un número especial de la Revista

Cubana de Física.3

1 Doctor en Ciencias Físicas, profesor titular de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, editor de la Revista Cubana de Física.

2 P. M. Pruna-Goodgall (2002): La Real Academia de Ciencias de La Habana, 1861- 1898, Consejo Superior de Investigaciones Cientí#cas, Madrid.

3 Revista Cubana de Física (2007): «Memorias del taller Pensamiento Racional y Pseudociencia», vol. 15, no. 1.

Nota: Este Dossier apareció en el sitio  web en  diciembre de 201, desencadenó una avalancha de correos electrónicos que se extendió a lo largo del período enero-abril de 2012. Por su actualidad publicamos nuevamente los artículos.

 

La influencia de Fidel Castro en el desarrollo de la ciencia en Cuba.

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