Dossier dedicado a Charles Darwin en el bicentenario de su nacimiento.

Los libros son puentes inmateriales que nos trasportan a anchuras remotas. Todo desaparece a nuestro alrededor y caemos, como la vehemente Alicia de Lewis Carroll, por una especie de agujero, para ser testigos de una historia atrapada por los siglos.

Un día de noviembre experimenté ese salto. Sentada ante una mesa de oficina, leía una autobiografía con el propósito de escribir este trabajo periodístico. Y de pronto ya no estaban las cuatro paredes, ni las interrupciones del teléfono, ya no era La Habana de los 2000, sino los primeros atisbos del siglo XIX, en Inglaterra, donde dos niños alborotan en los límites de un bosque.

Uno de ellos se llama Charles Darwin; luego pasará a la historia de las ciencias naturales, pero en estas páginas es apenas un chiquillo que juega y muestra vivo interés por las plantas. Con orgullo se vanagloria frente a su amigo Leighton de sus habilidades para producir primaveras de diferentes colores con líquidos teñidos, lo cual, por supuesto, constituía una monstruosa mentira, mas el pequeño Darwin era ducho en artimañas y en narrar falsos relatos que le permitieran despertar la admiración de los demás.

Desempolvar una tradición tan vieja como la existencia misma de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fundada hace más de 150 años: la tradición del debate. Hacia el principio de la década de 1870, la convulsión social del país y la epidemia del cólera catalizaban la aparición por doquier de supuestos remedios que, abusando de la credulidad popular, se anunciaban como «capaces de curar cualquier mal». La actividad vigilante y hasta condenatoria de aquella Academia se vislumbra en el informe de sus actividades emitido por Antonio Mestre el 19 de mayo de 1871, donde se leía: «…es deber de esta corporación protestar, cada vez que la ocasión se ofrece, contra ese inmenso arsenal de panaceas que forma el más triste espectáculo a nuestro alrededor: la ciencia de las indicaciones terapéuticas, aplicables a condiciones precisas y a casos particulares, desapareciendo por completo ante el incentivo de curarlo todo y a poca costa por un solo medicamento».2

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