Jorge Núñez Jover

Lo que sigue es la transcripción revisada de una entrevista con el reconocido intelectual Jorge Núñez Jover, fundador y tenaz impulsor del campo interdisciplinario de los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología en Cuba. Aunque el diálogo fue concertado a propósito del Premio de la Universidad de La Habana al conjunto de su obra científica (2015), apunta más a las particularidades de un pensamiento inquieto y sus relaciones con un contexto social complejo y complicado, especialmente, en términos de ideología. Una versión corta apareció publicada en el número 390 de Juventud Técnica y está disponible en ……… bajo el título Vivo… en un país… libre.

Por Daymaris Martínez Rubio

¿Cuándo y por qué decide romper con el canon profesional de la “química pura”?

La química no fue nunca un gran amor. Pero, en los (pasados) 60estudiar ciencias era estar a la altura de lo que el país demandaba de los jóvenes y no solo eso: estudiar letras, por ejemplo, parecía poco prometedor, porque el contexto era tal que ciencias e ingenierías estaban en primer lugar de importancia, mucho más que economía o ciencias sociales.

Los jóvenes vivíamos ese clima. Teníamos la idea de que, si estudiábamos ciencias o ingenierías, tendríamos buen trabajo y cosas interesantes que hacer, porque el país apostaba a eso, caminaba en esa dirección. Siempre sentí la sensación de que uno debía hacer algo que valiera la pena. La mayoría de mis compañeros del preuniversitario pensaba igual.

En el preuniversitario, por ejemplo, era monitor de literatura, de historia…. Leía bastante y no tenía mucho que ver con las ciencias. Luego, en la carrera de química lo que me gustaba era lo poquito que se impartía de ciencias sociales.

En esa época, el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana –de algún modo vinculado a la revista Pensamiento Crítico–, tenía unos cursos de Marxismo diferentes a como se organizaron después. Esos cursos incluían unas conferencias muy interesantes sobre Lenin, la Tercera Internacional, Régis Debray, Che Guevara…¡Aquello a mí me encantaba!

En 1973, comienzo a impartir clases de química general en la Facultad y hacía investigaciones sobre el fósforo con un grupo de química inorgánica, encaminadas a sustituir importaciones. Pensé que de eso iba a vivir el resto de mi vida, hasta que llega el primer congreso del Partido (Comunista de Cuba), con la decisión de extender la enseñanza del Marxismo a todas las carreras universitarias del país.

Claro, a inicios de la década, habían “levantado en peso” al departamento de Filosofía de la Universidad y desaparecido todas las estructuras. Los pocos profesores de Marxismo que quedaban no alcanzaban ni remotamente a satisfacer una expectativa de crecimiento de esa naturaleza. Fue en ese momento que la Universidad recibió el encargo de reclutar a algunos profesores, de ciencias sobre todo –cosa curiosa–, para formarse en la enseñanza de la Filosofía en dos o tres años y dar así tiempo a la llegada de jóvenes que se formaban en el antiguo campo socialista. La idea era brindar un servicio social a la Universidad y retornar luego a las carreras de origen. Era una tarea del Partido.

Nunca estudié tanto en toda mi vida. Las clases las impartían en Ciudad Libertad unos profesores soviéticos que cayeron en montones. Era El Capital “a pulso”, con traductores, una cosa muy intensa… Lo que ocurrió con la mayoría de quienes cumplieron su compromiso fue que regresaron a su ciencia. Hoy en día algunos son investigadores de primer nivel internacional. Yo, después de pasar tres años en la enseñanza del Marxismo, me di cuenta de que aquello me gustaba mucho, mucho, más que la Química; que me hacía más feliz enseñar ciencias sociales.

En esa época, no tenía todavía un distanciamiento crítico de lo que me enseñaban, si aquel Marxismo era más o menos dogmático, no­­, estaba aprendiendo; pero tenía unos profesores que explicaban un mundo ¡que no conocía!

Luego, me seleccionaron junto a otro estudiante, entre varias decenas, para ir a estudiar el doctorado directo a la URSS. Después no pudo ser y, de regreso a la Universidad de La Habana, me nombraron jefe del departamento de Marxismo de la Facultad de Ciencias.

En ese tiempo, conocí a Zaira Rodríguez, quien era por mucho la filósofa más importante que tenía el país y dirigía el departamento de Materialismo Dialéctico de la Facultad de Filosofía.

Zaira era brillante, absolutamente brillante; una persona con una formación humanista descomunal. Había sido alumna ayudante de Alejo Carpentier. Y era, sobre todo, un ser angelical que transmitía mucha seguridad.

Yo estaba ya enseñando Filosofía cuando un día me llamó y me preguntó si me sentía bien haciendo lo que hacía. Le respondí que sí, pero que estaba inseguro. “Porque yo tengo otra formación”, le dije, “yo vengo de las ciencias”. “Pero, eso es una ventaja”, me respondió ella y me dio el libro de (John D.) Bernal, en dos tomos. “Estúdiatelo y vas a descubrir que tienes unas enormes potencialidades para el trabajo en Filosofía, siendo quien tú eres”.

Esa era una de las dos cosas que me dijo; la otra, fue que montara un curso de 96 horas de Teoría del conocimiento para la carrera de Filosofía. Me dio unos pocos meses para hacerlo. ¡Menuda tarea!

Eso lo hacía un hombre privilegiado. Usted tuvo el privilegio de encontrar su vocación, cosa que mucha gente no alcanza a hacer nunca…

Sí, fui privilegiado. Porque, además, en el departamento había un asesor soviético que nos prepararía para impartir clases de Teoría del conocimiento: Nal Alexandrovich Jojlov. Era un tipo encantador. Tenía una capacidad de comunicación impresionante y una visión de los problemas que a mí me fascinaba. Entonces, entre Zaira y el soviético me atraparon y fui a partir de ese momento el ser más feliz del mundo (risas); hasta que ya para los 80 descubrí que la Filosofía no me alcanzaba para lo que quería hacer y decidí orientarme hacia este campo que llamamos Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS).

Por cierto, ¿cómo fue la relación con los profesores soviéticos? A veces, predomina la idea de un tipo de pensamiento bastante más pegado al dogma estalinista… ¿Habían tomado distancia crítica para la época?

En realidad, las cosas se parecían bastante al estereotipo que uno supone que había. La carrera de Filosofía se reabre para atender las necesidades de formación Marxista en el país. En ese momento, los planes de estudio que la Facultad asimiló eran los de la Universidad Estatal de Moscú “Lomonósov”, traducidos al español. Ahí no había nada de Luz y Caballero, nada de Martí, no... Para aquellos soviéticos, Martí era un demócrata revolucionario ruso nacido en el Caribe (risas).

Recuerdo una conferencia sobre Martí dictada por un importante especialista cubano, y a un soviético llegar detrás y hablar casi lo contrario. Entonces, decir que fue una formación filosófica que admitiera el debate entre corrientes distintas, no, eso no. Era bastante estereotipada.

Ese era el ambiente en el cual nos formamos. Pero, cuando hablabas con los profesores, cuando discutías las cosas más en detalle, encontrabas que dentro de la filosofía soviética había muchas visiones distintas sobre diversos temas. Y eso era muy enriquecedor.

Por ese tiempo, coexistieron aquí asesores de la URSS y de la República Democrática Alemana (RDA). Entonces, leías e ibas descubriendo que dentro de la filosofía soviética había diferencias importantes, serias; y que, por otra parte, en el mundo del pensamiento alemán democrático había mucha riqueza, cosas muy inteligentes.

Cuando en 1984 fui a la RDA a estudiar pude entrevistarme con D. Witich, que era el líder del grupo de la Universidad de Leipzig, el más importante en Epistemología en ese país. Estuvimos conversando dos o tres horas y me dijo cualquier cantidad de cosas sobre la distancia respecto a la academia soviética.

Los estudiosos de la ciencia en la RDA eran ¡muy buenos! Los consumí uno por uno. Estudiaba todo lo que me caía en las manos. Me fui creando mi propia visión sobre el asunto. Ya en la década de los 80, quizá por este mismo apetito intelectual, empecé a leer más de Cuba, de América Latina... Ahí es donde me encuentro con el pensamiento latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), con Sábato, Herrera, Varsavsky, Furtado…

Cuando por primera vez leí a Oscar Varsavsky no me levanté de la silla. ¡No podía separarme de aquel libro! Ciencia y política de América Latina, de Amílcar Herrera, ¡fue una revelación!

Lo leí en la biblioteca de Casa de las Américas. Recuerdo que vivía en Fontanar y agarraba la guagua todos los días y me pasaba horas y horas y horas leyendo, registrando, anotando, cuidadosamente. Porque no había fotocopias ni podía llevarme el libro a casa.

Para mí fue un enorme descubrimiento saber que América Latina podía ser objeto de estudio, que Cuba podía ser interesante, que temas de política científica podían ser parte de una agenda de discusión... Aquí, en La Habana conocí a Mario Bunge y eso me permitió estudiar en profundidad su obra.

Los soviéticos no hablaban de nada de eso. Aquello no estaba en los planes de la Lomonósov. Sus planes incluían solo problemas filosóficos de las ciencias naturales, que era básicamente la contradicción entre materialismo e idealismo con respecto a los descubrimientos de la ciencia. Eso era todo. Pero, la dimensión de temas de política científico-tecnológica, de cultura científica, de comunicación social, los debates políticos, estrictamente sobre ciencia y tecnología, no existían para nada. Esa agenda tuvimos que montarla nosotros; irla descubriendo en la medida en que fuimos leyendo, entonces sí, dentro de una plataforma que ya habíamos asimilado.

Porque aquel mismo pensamiento ortodoxo imponía una disciplina intelectual. Obligaba, por ejemplo, a unas lecturas de El Capital que eran insospechadas. Y cuando a un muchacho joven le proporcionas esa base intelectual de sistemas, categorías, conceptos…, encima de eso puedes montar otras muchas cosas.

En 1982, fui a un congreso de la Historia de la Ciencia en Puebla, México, con una ponencia, cuyas fuentes principales eran soviéticas y alemanas –de América Latina había leído menos– y recuerdo que aquello concitó mucho interés. Porque no todo lo que se movía dentro de la ortodoxia soviética era deleznable. ¡Para nada! Consumir aquella literatura espesa, asimilar todos aquellos conceptos, más el tiempo que dedicábamos a aprenderlos y luego a enseñarlos..., aquello era una gimnasia intelectual tremenda.

Muchas fórmulas filosóficas, manualescas, eran muy esquemáticas. En cambio, el contacto con la historia y la sociología de la ciencia me enriqueció bastante. Fue una manera de sacudirme de las formulas estereotipadas.

De todos modos, insisto en que sí, dogmatismo había, mimetismo también, mucho copiar y traer, pero, para jóvenes como nosotros que nunca habíamos estudiado esas cosas, que no teníamos formación marxista y estábamos viviendo una Revolución, significaba terminar la última página de un libro enorme de Ilienkov o de Mikulinskyy comprobar que tenías la cabeza más grande que antes, que habías crecido intelectualmente.

Entonces, estaba entregado en alma y vida a todo eso, cuando leo a todos estos latinoamericanos. Empiezo a hacerme preguntas y me doy cuenta de que aquello, sin embargo, no me alcanzaba. Pensé: “¿me sirve para interpretar la ciencia en Cuba, aquí y ahora? No, no me sirve”. Entonces,  empecé a buscar entre los latinoamericanos y los cubanos. Para la época, en la Academia de Ciencias de Cuba había un Centro de Estudios y Organización de Historia de la Ciencia, con personas interesantes.

Fue formulando sus propias preguntas…

Sí, fui formulando mis propias preguntas. Y encontrando los lugares donde hallar las respuestas. Hoy, aunque comprendo las limitaciones de aquel pensamiento ortodoxo y rígido, no tiro nada por la ventana. No. Aquello obligó a una disciplina intelectual que, quizás, a otras personas las atrapó y les impidió ver las cosas con más frescura. En mi caso particular, me creó una base intelectual para enfrentar preguntas y literaturas diferentes.

Si me caía un libro de Trotsky en la mano, me leía un libro de Trotsky. No veía ningún problema en eso, no tenía ninguna aversión ideológica. Tenía, eso sí,  una base de conocimiento, porque el volumen de información de los profesores soviéticos era impresionante.

Después, cuando sustituí a Zaira como jefe de departamento de Materialismo Dialéctico, tuve dos asesores soviéticos y dos alemanes, ¡todo el día a mi absoluta disposición! Nunca olvidaré el día en que le llevé a Nal Alexandrovich Jojlov mi primer texto sobre Teoría del conocimiento para valorarlo y discutirlo.

Hoy, es verdad que somos menos ortodoxos, que hay más flexibilidad, menos dogmatismo, todo lo que se quiera, pero no tienes, todo el día, gente de tanto nivel en tu departamento para atenderte, gente con muy buena formación, gente que obligaba a estudiar. Hoy no tienes ese privilegio.

Era la época en que entrábamos en contacto con el primer nivel de la epistemología alemana, ¡el primero!, a ese nivel te recibían. Era el tiempo en que un físico, como mi amigo Carlos Rodríguez, se iba a Dubna, en la URSS, y caía en un centro de investigación de lo mejor del mundo con una beca. Hoy en día ¿cómo se consigue? Es más complicado.

En esos años, para mí fue una revolución empezar a leer la revista Pensamiento Crítico. Recuerdo todo. A Régis Debray, Che Guevara, la guerrilla en América Latina… En Cuba, algo así no estaba en el algoritmo de una carrera montada en el programa de estudio de la Lomonósov (Universidad Estatal de Moscú); pero si por fuera, en las bibliotecas, y podías llegar y leer a Fernando Martínez Heredia hablando de cosas como Teoría de la revolución. ¡Cosas distintas!

Iba sumando certezas, pero también contradicciones… ¿Qué cambiaba en los planos profesional y humano?

Yo estaba cada vez más seguro de lo que me interesaba estudiar, que era la ciencia –no si el socialismo tenía dos o tres etapas– y me sentía muy cómodo con eso. Porque, no era solo que provenía de la ciencia, sino que mis amigos también y la gente con quien hablaba. Respiraba lo mismo por muchos lugares. Hoy muchos de mis mejores amigos en la Universidad de La Habana siguen siendo los científicos.

Llegó un momento en que había leído mucha literatura soviética sobre la revolución científico-técnica, y ahí decía clarito que la ciencia estaba en contradicción inevitable con el capitalismo. Que el capitalismo ponía freno al desarrollo de la ciencia. Que ese freno era insuperable y que el socialismo era el que tenía las condiciones para llevarla hasta su punto más elevado.

Pero yo me iba a la biblioteca de la Unesco, que está en la calle Calzada, y consultaba las estadísticas reales sobre el comportamiento de la ciencia y la tecnología a nivel mundial. Datos: número de investigadores, de publicaciones, resultados… O sea, la ciencia no como algo que se dice que es así, sino como datos para avalar certezas.

Hoy sigo pensando que, efectivamente, el capitalismo le da una orientación al desarrollo científico y tecnológico muy asociado a los valores, prioridades e intereses que se mueven en su sociedad, yeso es sin dudas malo. Pero decir que el capitalismo no desarrolla la ciencia y que ese matrimonio era frustrado a priori chocaba con lo que estaba pasando.

 Eso se vio muy claro más adelante, cuando la biotecnología y la nanotecnología despegaron en EE.UU. Los soviéticos, sin embargo, no fueron capaces de llegar oportunamente hasta lo que se ha llamado la Tercera Revolución Industrial, con el desarrollo de la biotecnología, la nanotecnología, la microelectrónica, la ciencia y la tecnología de los materiales… Creo recordar que cuando Gorbachov vino a Cuba, entre otras cosas, negoció la colaboración en biotecnología, donde los cubanos ya teníamos más desarrollo que los soviéticos.

Entonces, no es cierto que el socialismo sea la panacea de la ciencia perse –aunque, es verdad que el socialismo, el cubano en particular, ha hecho un gran esfuerzo por el desarrollo de la ciencia aun con todos los problemas que tenemos hoy en día–. Pero, esos estigmas de “ciencia burguesa”, “ciencia proletaria”, no encajaban en lo que iba encontrando en mi investigación.

Lo que me decían los datos era que EE.UU, de lejos, era la primera potencia mundial en ciencia y tecnología. Después, estaban los soviéticos. Porque EE.UU tenía una vanguardia científica indiscutible que estaba en primer lugar mundial y Europa occidental tenía un nivel altísimo, un gran potencial. Y todo eso pese a lo que afirmaba toda aquella literatura acerca de que, como no manejaban el método del materialismo dialéctico, no podían orientarse dentro del desarrollo de la ciencia, debido a las limitaciones de su pensamiento metafísico. Eso no era cierto.

¿Qué significó ser contradictorio para la época?*

Ser contradictorio tenía su precio. A veces alto. Uno podía ser “interrogado”, “cuestionado”, sobre los porqués de tomar este camino del estudio del desarrollo de la ciencia. Porque “era cosa del positivismo”, porque “no era lo que el marxismo preveía”. ¿Se imaginan, después de leerse El Capital completo, que alguien les diga que Marx no tenía interés en el desarrollo de la ciencia? Era como burlarse. A mí que me perdonaran, pero si había que leerse a Kedrov y Meliujin, también me interesaban Imre, Lakatos y Thomas Kuhn.

El pensamiento occidental era considerado pensamiento burgués, nadie se olvide de eso, y su opuesto era el Marxismo-Leninismo. O estabas en uno o estabas en otro. Yo fui entendiendo que debía beber de los dos lados. Tenía una formación marxista, que creo que adquirí muy bien, pero tenía que leer a otros pensadores.

Un libro como La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn, por ejemplo, era un libro revolucionario que había cambiado la visión sobre la ciencia en el mundo entero. ¿Cómo un joven cubano iba a prescindir de semejante obra? Ahí empecé a publicar sobre Kuhn en Cuba.

En un libro como Filosofía y Ciencia, compilado por Zaira Rodríguez en 1985, incluimos una valoración crítica a la obra de Kuhn, que reconocía también sus aspectos positivos. Eso a mucha gente aquí le cayó muy mal, porque entendía que “pensamiento burgués era pensamiento burgués”.

Lo que intenté hacer, en colaboración con una alumna mía, fue una lectura creativa desde el Marxismo, capaz de asimilar, entendía yo, todo lo que hubiera de bueno en aquel pensamiento, de incorporar los datos de la vida real, en términos científicos.

No sentía que hacía nada malo si hacía crecer mis referentes teóricos para entender los fenómenos de la ciencia y la tecnología en la sociedad. Para eso debía recurrir a muchas fuentes, que no podían ser solo soviéticas ni siquiera alemanas.

Y esa “otra” perspectiva de la ciencia, ¿cómo la lleva a discusión con sus jóvenes alumnos?, ¿qué le importa que aprendan en especial?

En clases me siento en la obligación de dar esa otra visión de la ciencia, que no es un grupo de definiciones arquetipadas. A mis alumnos, les insisto en que hay que estudiar la realidad. Hay que investigar cómo funciona el conocimiento y preguntarse qué relaciones económicas, políticas, culturales…, qué tradiciones, qué historia, están detrás del movimiento del conocimiento en la sociedad y cuánto puede hacerse por todo eso.

Esas son preguntas empíricas. No provienen de ningún dogma. No caen del cielo nide ninguna teoría. Hay que estudiar la realidad y para eso hace falta recurrir a los recursos metodológicos e intelectuales disponibles. Eso lo descubrí poco a poco.

Si revisan un libro de texto que publiqué en 1985, verán que incluí un último capítulo dedicado a los filósofos occidentales que estudiaban la ciencia en la época. Una alumna mía se encargó de preparar aquella síntesis. Bueno, fui recriminado por eso, y por emplear en mis clases el libro Curso de Filosofía para científicos de (Louis) Althusser.

Había leído su tesis de la “filosofía nocturna”, según la cual los científicos, aunque no se den cuenta, tienen una cierta filosofía en su cabeza; por eso, estimaba que la verdadera tarea de la Filosofía era hacer que ellos elaboraran y comprendieran mejor sus perspectivas propias, que eso los ayudaría en sus trabajos. Althusser era filósofo y marxista, pero francés. O sea, estaba “fuera de foco”.

Aquello tampoco llegó a más. Seguí en la Universidad, aunque con muchas discusiones y cuestionamientos… Pero siempre he sido una persona segura del conocimiento, un revolucionario que quiere mucho a su país y que nunca estuvo inventando nada ni rindiéndole pleitesía a ningún servicio extranjero.

Se acercaba más a la filosofía electiva…

Era un poco de filosofía electiva, sí, exactamente. Muchos vieron en eso un poco de eclecticismo. Bueno, sí, hay que leer de todo y hacerse preguntas frescas sobre la realidad. De eso estaba muy seguro.

En sus textos, su máxima de escritor no parece ser la irreverencia, más bien luce previsoramente reflexivo. ¿Por qué?, ¿qué ha aprendido?

He aprendido que uno tiene que pensar con cabeza propia, ser fiel a sí mismo y coherente con lo que ha podido aprender. Pero, también uno tiene que entender que no lo sabe todo. A la hora de hacer juicios, hay que entender que uno sabe solo una parte de lo que puede saberse sobre un asunto. No se puede creer en decir cualquier cosa “porque así es” y que tal cosa tiene que ser aceptada “porque así yo la veo”.

Hay que tener una nota de prudencia en el sentido del autocontrol sobre los propios límites de lo que uno está produciendo. En cualquier momento, uno sabe mucho sobre algo, pero también ignora otra cantidad impresionante de cosas sobre eso mismo.

Hay que tomar en cuenta que existe un público al cual te diriges. Si tu tarea es comunicar, persuadir, yen lo posible convencer para tu postura, tienes que encontrar un lenguaje para eso. Creo que las cosas más fuertes siempre pueden ser dichas en lenguajes razonables, no necesariamente agresivos.

Cuando escribí“El conocimiento entre nosotros”(inicialmente, notas sobre las complejas articulaciones entre el conocimiento y la sociedad)para la Revista Temas, un amigo me preguntó si sabía que estaba caminando por el border-line.“¿Estás claro de eso?”, me dijo. Lo publiqué de todas maneras y me sentí aliviado, porque había logrado sistematizar una perspectiva crítica que quería poner a discusión con la gente y porque vivo en un país libre –como dijera Silvio–, con todas sus limitaciones, pero libre.

Si estás seguro de lo que estás haciendo, si tienes los pies puestos en Cuba, si tu compromiso con este país está por encima de cualquier cosa y si tienes una formación intelectual que te permite juzgar, entonces, no pasa nada.

Con la década del 90,se creó un desconcierto tremendo en el mundo de la Filosofía. Hubo gente que rechazó todo. Yo no, porque creía que cada cosa había jugado un papel y lo tenía bien interiorizado. Quienes sufrieron mucho fueron los dogmáticos, los repetidores de fórmulas, los que se creyeron del pi al pa todos los manuales. Antes era cómodo ser dogmático. En los 90 se volvió frecuente ser iconoclasta. Yo no fui dogmático ni tuve que travestirme en iconoclasta.

Otra vez en el plano de la escritura, su estilo claro y directo ¿es algo que se ha propuesto o es más una reacción a toda la “densidad teórica” padecida?

La claridad creo que es un don. Hablar de esto me recuerda a un profesor como Antonio Arzola, de la Facultad de Química. El viejo Arzola había sido formado en el capitalismo, era el hombre que más química-física sabía en Cuba. Cuando al triunfar la Revolución más del 50 por ciento de los profesores universitarios se fue, él se quedó a formar gente. Pero, llegó un momento, hacia la década del 1970, en que tuvo que categorizarse y para eso debía vencer un examen de filosofía marxista-leninista.

La facultad me pidió que ayudara a los profesores a pasar ese examen. Arzola se sentaba en la primera fila y tomaba algunas notas. Al terminar el ciclo, se me acercó y me dijo algo que no olvidaré nunca: “tú eres un traductor, no un profesor, yo he entendido la dialéctica por primera vez en mi vida” (risas).

Esa frase siempre se me quedó en la cabeza. He tratado siempre de que lo más complicado pueda ser dicho de la forma más clara posible. Hay personas que confunden profundidad con oscuridad. Y hay gente que es oscura con intención, que usa palabras rebuscadas innecesariamente, con giros muy complicados. Yo he tratado de ir lo más adentro posible de los temas, pero también de ser lo más claro posible.

También fue un buen lector, según dijo… ¿Cuán propicio fue el entorno familiar?

Soy hijo de periodista. Mi padre, Humberto Núñez Lemus, fue jefe de redacción del periódico Información antes del 59. Luego del triunfo de la Revolución lo mandaron de “pistero”, de administrador de una gasolinera, porque a los periodistas viejos los largaron. Pero, en eso, Félix Sautié y un grupo de colegas lo llamaron al periódico Juventud Rebelde y le dijeron:“mire, aquí todos somos jóvenes comunistas, pero no sabemos nada de periodismo. ¿Usted podría enseñarnos?”. Así el viejo se convirtió en periodista durante muchos años. Luego pasó a Bohemia y allí se jubiló.

Creo que heredé de él una cierta claridad. Tenía pocos grados de escolaridad, pero escribía muy bien. Mi madre, María de los Ángeles –y era de veras un ángel–, también. O sea, vengo de una familia donde escribir era algo compartido.

En mi casa me inculcaron la lectura. Había un librero enorme y me comparaban sobre todo literatura para jóvenes: Verne, Salgari, Alejandro Dumas… El acto antes de dormir era leer un libro. Leía todos los días y nunca he dejado de hacerlo. Leyendo, uno aprende a escribir, y leyendo y escribiendo, uno aprende a hablar también.

Yo nunca fui bueno en química. Fui un estudiante mediano y un profesor sin grandes pretensiones –porque no me gustaba demasiado, no por otra cosa–, pero daba mis clases con una claridad impresionante. A los muchachos les encantaba, porque lo que tenía que enseñarles era capaz de dárselo con mucha claridad, sistema y organización. Creo que tenía eso de profesor, pero de profesor que pretende que lo entiendan. Viene de la familia.

Muchas veces se refiere a Cuba como un punto cardinal, de llegada y partida, y es casi inevitable que su comunidad científica ocupe en ese pensamiento un sitio importante. ¿Qué la hace singular?, ¿qué la distingue de sus similares en el mundo?

Los cubanos somos unos seres peculiares. A veces tengo miedo a exagerar en eso, porque uno puede ser chovinista, creerse lo mejor del mundo, pero, dondequiera que van los cubanos hacen lo suyo. Si para Miami, en Miami, si a Ecuador, en Ecuador. El cubano –por cierto, esa frase es muy grande, porque somos muy distintos–, hablando genéricamente, es un ser emprendedor, inteligente, luchador cuando tiene motivaciones para hacerlo.

El científico cubano, en particular, es depositario de muchas de esas virtudes. Yo les aseguro que lo que hizo Vicente Vérez junto a su grupo, eso de probarse en carne propia una vacuna para ver si funcionaba o no cuando todavía no había ninguna evidencia en humanos, eso es algo ejemplar.

Ese grupo sufrió deserciones, pero se mantuvo firme, luchando durante más de 10 años. Esa gente sacrificó su vida para lograr eso. Y ¿por qué lo hizo?, ¿por dinero? No, para nada. 

Hay una comunidad científica cubana, que seguramente no es la totalidad de los científicos, pero sí un grupo humano formado por la Revolución, que es de personas siderales. Están unos Mitchel y Peter Valdés Sosa, por ejemplo, que podrían estar en cualquier lugar del mundo, ganando cualquier cantidad de dinero... Está un Agustín Lage…, que parece de otra galaxia.

¿Cuántos Agustín Lage hay por el mundo, no solo por su capacidad intelectual, sino por su compromiso y sentido del deber?¿Eso de irse una vez por mes para Yaguajay, porque es parlamentario por ese municipio, solo para ver cómo está funcionando con el apoyo de la ciencia…? Todo eso que hacemos hoy nosotros con el desarrollo local y las universidades salió de su cabeza, en un por ciento muy alto. Un científico así, creo que no existe en ninguna otra parte del mundo.

Creo que hay un sector de la comunidad científica que se distingue por los valores que la Revolución le comunicó, por el sentido patriótico, por el orgullo de sentirse cubano. Carlos Rodríguez, ahí tenemos otro ejemplo. Fue desde decano de la Facultad de Física hasta vicerrector de la Universidad de La Habana. Ahora es vicepresidente de la ACC y anda en guagua. Ese hombre que tiene que pagar almendrones para moverse de un lado a otro, ha hecho bastante por la Física en Cuba. Una parte de su propia facultad es su obra.

Entonces, si hoy tenemos una física o química, por mencionar dos campos, mucho mejores que las que teníamos antes de 1959 es porque un grupo de muchachos fue a alfabetizar, ingresó a la juventud comunista y luego al Partido, tuvo una dedicación académica impresionante, aprendió todo lo que se podía aprender sobre algo, y formó a mucha gente.

El día que me dieron la Orden Carlos J. Finlay, yo miraba al resto de los compañeros y veía héroes. Son héroes los que allí estaban. Yo siento un profundo respeto por personas así. Ese mismo respeto podría sentirse por un científico argentino o brasileño, pero aquí se dice distinto, porque ha sido muy duro. Aquí hubo periodo especial y un agosto de 1993 en que la gente pedía trabajar para “comer” en el comedor universitario. Aquí, se ha luchado.

Entonces, una comunidad académica con el nivel de la nuestra, que ha luchado como ha luchado y ha dedicado su vida a este país para que avance…, esa comunidad es ¡extraordinaria!

Pero, como sociedad le estamos en deuda… ¿Escucharla más y mejor no sería un buen modo de premiarla?

Un sector por lo menos del mundo académico cubano quisiera poder ser más interlocutor en la toma de decisiones de cuestiones que ocurren en Cuba. La verdad es que sufrimos bastante cuando nos damos cuenta de que ese diálogo entre decisores y comunidad científica no está lo suficientemente articulado, no es todo lo fluido ni bidireccional que quisiéramos.

Entonces, el mayor sufrimiento de muchos de nosotros es ver cómo cosas que construimos están languideciendo. Cosas como la salud del sistema de ciencia y tecnología cubano, por el cual se ha trabajado muy duro. Decir que esta comunidad académica tiene todas las respuestas y soluciones y que simplemente tiene que ser escuchada no es cierto. Pero, esta comunidad académica tiene ideas y soluciones que tendrían que ser más tomadas en cuenta a través del diálogo con los interlocutores. Diálogo que tiene que ser de ida y vuelta. Diálogo donde podríamos aprender también de los decisores.

El país ha ido creando algunos espacios para esos encuentros, pero no son suficientes. Lo ha dicho Fernando Martínez Heredia, es su tesis, “este país desaprovecha la inteligencia que ha creado”. Por eso digo que el flujo de conocimiento entre comunidad científica y decisores no favorece que aprovechemos plenamente la inteligencia que la Revolución ha creado.

¿Por qué, por ejemplo, no aumentar los consejos asesores a todos los niveles y lograr que las grandes decisiones se discutan? Hay ministerios, como el de Energía y Minas, más ejemplares en esto, que están demostrando una capacidad de diálogo con universidades muy fuerte. En otros casos no lo veo tan claro.

No digo que seamos una república de científicos, pero el país debería estar organizado de modo que fluya la comunicación entre decisores y comunidades del conocimiento. Cualquier cosa que se vaya a hacer debería estar sometida a una discusión crítica colectiva, de la cual la comunidad académica debería ser parte. No digo protagonista, digo parte.

Eso también juega con el despliegue de canales de información. Porque tampoco los medios de comunicación están a punto para que esos diálogos puedan realizarse. Me han contado que la comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología del Parlamento es muy polémica, pero eso no es lo que sale en la televisión. Muchos no tenemos acceso a esos debates, cuando, a lo mejor, muy modestamente podríamos dar algún juicio.

Por las rutas que traza la emigración, Cuba es un país cada vez más trasnacional también en su ciencia. ¿Cómo imagina el futuro?, ¿cree posible un escenario de idas y retornos como se lo ha planteado casi todo el mundo?

Hemos ido transitando de una situación de antagonismo a aceptación respecto a quienes emigran. Acá en la Universidad, estamos lidiando con eso desde los pasados 90, época en que la primera reacción de gente –muy iluminada, por cierto–, era que había que renunciar a cualquier tipo de vínculo con quienes se marchaban. Sin embargo, hoy creo que estamos en condiciones de ser un poco más maduros.

Ese es un aspecto, el político. Pero no todo el que se va se convierte en enemigo de Cuba, todo lo contrario. Cuba es la Patria grande. Esos cubanos, que se prestan a la colaboración, que participan de la vida académica en congresos y publicaciones…, yo veo que quieren a su patria.

Creo que sería muy necio de nuestra parte si no aprovechamos ya las capacidades de quienes no están con los pies puestos en Cuba, pero sí conectados con ella, y quieren que la ciencia sea mejor, que la educación sea mejor, y están dispuestos a colaborar con eso.

Eso tenemos que cultivarlo. Más adelante, cuando las condiciones materiales lo permitan, podríamos intentar regresar a parte de esa comunidad, como lo hicieron los argentinos y brasileños. Pero, igual,¡no importa donde esté!, porque además del sentido de lo cubano, hay un modo de producción de conocimiento que ha cambiado radicalmente con la introducción de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Y porque el sentido de compromiso, de pertenencia, las relaciones humanas... no se disuelven tan fácilmente. Eso se da en la ciencia, pero también en el beisbol y claramente en el arte. Entonces, ¡¿vamos o no a aprovechar las capacidades creadas?!

Ampliar el sentido de lo cubano y aprovechar las redes de trabajo, donde quiera que las haya, sería una posición que yo defendería. Creo firmemente en eso.

*La pregunta se agradece especialmente a la colega Flor de Paz, periodista de la Revista Juventud Técnica, presente durante el diálogo

 


 [L1]Poner aquí la URL de entrevista ,,, si s e mantiene sería este http://www.juventudtecnica.cu/contenido/jorge-nunez-jover-vivo-pais-libre