De la nada, un mundo
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El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo, advertía Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), atusándose la perilla mientras amasaba versos.
¿Pensaba quizás en el enjuto Arquímedes, desnudo en su bañera, en el instante preclaro en que, mirando el agua vertida por la pesadez de su osamenta, vislumbró la ley del peso específico y resolvió el dilema de si en la corona del rey de Sicilia se había usado todo el oro dado al orfebre?
Acostumbrado a la gloria de los versos, perfectamente podría el ibérico entender cuánta creatividad debió derramar el sabio griego para llegar al Eureka trepidante, alegoría contemporánea del triunfo del talento y la iniciativa.
Imaginación y ciencia han sido percibidos, sin embargo, como totales extraños, o antagónicos. En las tinieblas que engordan los estereotipos ha permanecido por demasiado tiempo la imagen del científico como un individuo frío, metódico hasta la exageración, desapasionado, amarrado a su laboratorio o materia, cuasi encorvado de tanta seriedad, en contraposición con el artista, equivalencia viviente de la inspiración o la ruptura con lo establecido.
De ignorancia, o malicia, se visten quienes han contribuido a tal percepción. La imaginación es intrínseca a la condición humana, en tanto conceptualiza la capacidad de crear dentro de nuestras mentes universos y escenarios distintos a los que vivimos u ocurren cotidianamente.
En la compilación de artículos Sobre la imaginación científica, publicada en 1990, su editor, Jorge Wagensberg, advertía que “el científico solo tiene una manera de explorar la naturaleza, justamente imaginándose primero cómo podría ser, e inventando explicaciones posibles de la realidad, para confrontarlas luego en forma crítica y rigurosa con la realidad misma”.
La ruptura que en el desarrollo de la aeronavegación establecieron los hermanos Wrigth a inicios del siglo XX ilustra ese proceso. A contrapelo de la oficina de patentes, que argumentaba la imposibilidad de volar con una máquina pesada y poco estable porque iba contra las leyes de la física, ellos demostraron, a riesgo de sus vidas, que el aparato tenía la inestabilidad adecuada para volar por las corrientes de aire que atravesaban las alas.
Siglos antes, entre el 580 y el 500 a. n. e., Pitágoras había exprimido su creatividad para intentar comprender el mundo por intermedio de la lógica matemática, desechando las religiones en nombre de la racionalidad
Esas dos tendencias aparentemente contradictorias impulsan al científico y ambas le serán necesarias en algún momento de su trabajo. Una lo lleva hacia la libertad de pensamiento; la otra le permite analizar sus ideas con un método coherente y lógico, el sendero históricamente consensuado para llegar a un fin entendible o reproducible por el resto de la comunidad científica.
Imaginación y creatividad, flexibilidad cognoscitiva y curiosidad, junto a la búsqueda de verdades, encarnan los ideales de la ciencia; permiten formular las hipótesis, relacionar observaciones irregulares o aparentemente desconectadas, descubrir hechos ocultos a partir de alguna información faltante o combinar hallazgos de diferentes ramas en una idea nueva. En resumen, motivan las preguntas, las dudas, que son la base del camino hacia el conocimiento.
Es conveniente, claro, que el científico sea culto, en el amplio sentido del concepto. Poseer y disfrutar otros saberes, más allá de la especialidad particular, servirá de acicate para propuestas originales. Es el deseo que nunca se colma el que inspira a descubrir, a develar, a comprender
Nota: Publicado en JT el 28 Febrero, 2011








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