Los ciborgs caminan entre nosotros

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17 Abril 2017
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La mujer biónica o Tony Stark (Ironman) parecen creados únicamente para entretener o hacer un guiño a cómo la ciencia podría ponerse al servicio de la humanidad.

La existencia de ciborgs, sin embargo, es una rea­lidad palpable, que desde Australia inicia una ver­dadera revolución hasta niveles insospechados que incluyen elementos como la privacidad y los dere­chos humanos.

Pero para comprender de qué va el mejoramiento de seres humanos con la inclusión en sus cuerpos de elementos tecnológicos, es necesario hacer un repa­so a la historia del ciborg,primero como concepto, y como elemento cotidiano en el día a día.

Superpoderes veni­dos de la ciencia

No es un secreto. Algu­nos superhéroes no son impresionantes a causa de los poderes adquiri­dos por designio divino o accidente, sino por la capacidad de aprovechar las ventajas tecnológicas en pos de hacer justicia.

Con esta idea, el con­cepto de ciborg viene de las palabras en inglés Cyber(de cibernético)y Organism (organismo). Es decir, se trata de un ser vivo con elementos ciber­néticos incorporados.

En la década de los años 60 del siglo XX, el concepto se manejó por primera vez con esas im­plicaciones. Se debió a la responsabilidad de Man­fred E. Clynes y Nathan S. Kline, quienes se refirieron de esa forma a un humano que pudiera resistir la vida fuera de la Tierra.

Lo definieron con las siguientes palabras:

“Un ciborg [sic] es esencialmente un sistema hom­bre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamen­te por medicamentos o dispositivos de regulación para que el ser pueda vivir en un entorno diferente al normal.”

Sin embargo, ciborgs considerados como seres que mejoran sus capacidades mediante la ayuda de máquinas integradas en sus sistemas biológicos, ya caminan entre nosotros desde hace muchos años. Y en lugar de adaptar al ser a un entorno diferente, la meta es sortear las necesidades especiales de cada individuo mediante el avance tecnológico.

Tal es el caso de quienes poseen implantes co­cleares. En este particular, un micrófono externo se conecta al nervio auditivo de la persona sorda, y aproxima la experiencia de la escucha a la sensación real. De cierta forma, estaremos en presencia de un ciborg.

Los implantes cocleares ayudan a millones de per­sonas en el mundo entero a recuperar la audición, de manera asistida, un paso de avance que demos­tró la valía de las máquinas para mejorar la calidad de vida de los seres hu­manos.

En ese contexto, apa­recen dos tipos de ciborg: los de restauración y los de mejora.

Como su nombre lo in­dica, los dedicados a res­taurar, ayudan a recupe­rar capacidades. Se trata de emular las condiciones en que el órgano afec­tado trabajaba anterior­mente o se espera que trabaje, como el caso de los implantes cocleares o los marcapasos.

Por su parte, los de­dicados a mejorar son aquellos que toman las funciones predetermina­das y rompen sus barre­ras, y aumentan así las capacidades naturales del individuo.

En el campo médico los avances son cada vez más acertados. Por ejemplo, desde 2004 se desarro­lló un corazón artificial con las funciones naturales al cien por ciento, y la suma de campos como la nanotecnología, la ingeniería genética, así como la impresión 3D y el diseño son alentadores.

RFID: la revolución ciborg

Una tecnología de la Segunda Guerra Mundial re­voluciona el panorama actual y se pone al servicio del ciborg. Se trata de la Identificación mediante Ra­dio Frecuencia (RFID, por sus siglas en inglés). Con ella, un chip es capaz de contener toda la informa­ción personal de su portador e intercambiarlo de manera rápida con dispositivos de lectura.

Shanti Korporaal, pionera en los implantes elec­trónicos en Australia

Es decir, no es necesaria la llave del automóvil o la casa, ni la tarjeta de crédito o el celular, en el caso de que se vaya a realizar una transacción bancaria.

Australia, fue de los países pioneros en adoptar el uso común de este modelo. Al principio se utilizó en la industria vacuna, para monitorear los movimien­tos y condiciones de vida de las reses y otras espe­cies afines, hecho que demostró el compromiso de la nación con la bioseguridad y las condiciones en que se producían los alimentos.

Dado el éxito y el rápido crecimiento de su uso entre los granjeros, se extendió a otras áreas gana­deras como la ovina. Eso fue en 2009 y tras diez años de experimentación con la tecnología.

En esa época no se pensó en introducirlo en seres humanos, aunque en términos de identidad y datos ya desde 2005 los pasaportes australianos eran elec­trónicos, con un chip en la página central de más fácil escaneo en las terminales internacionales.

Por tanto, la voluntad de estandarizar los datos personales de manera electrónica ya existía, no así la de incorporarlos dentro del cuerpo del portador.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que sucediera. En 2005 Shanti Korporaal se convir­tió en una de los primeras en el planeta en contar con implantes RFID debajo de la piel de sus manos.

Aunque no se trata de una novedad en el campo ciborg, sí aporta que por primera vez los implantes introducidos no están relacionados con una condi­ción médica. Asistimos, por tanto, al inicio de una nueva era.

Desde 2012, algunos estados australianos intro­dujeron nuevas legislaciones dedicadas exclusiva­mente al uso e implementación de los dispositivos. Incluían temáticas de tipo médico, sexual y respecto a las edades para su uso.

A las alturas de 2017, tras más de una década de uso de este tipo de dispositivos, el panorama es diferente. Al principio se trató de un paso pequeño, un grupo de tecnologías enfocadas a tareas básicas como recabar información personal o bancaria.

Actualmente, pueden encontrarse chips que en­vían información mediante Bluetooth a equipos es­pecializados en el análisis de las constantes vitales; otros, que cuentan con luces LED debajo de la piel, notifican cuando entra un mensaje o llamada tele­fónica al celular; los RFID actuales cuentan con ca­pacidad mayor de almacenamiento, velocidades de recepción y envío de datos así como condiciones de funcionamiento cada vez más óptimas.

Aún en debate, y con un montón de preguntas sobre la legalidad y pertinencia de los microchips para implante subcutáneo, un aparato de este tipo cuesta entre 80 y 140 dólares. Su adopción poco a poco convertirá al hombre en una unidad potencial­mente perfecta, en total equilibrio entre sus partes: la robótica y la biológica.

No obstante, la posibilidad de usar estos elemen­tos en la industria militar, o como un facilitador para la violencia y los crímenes, es una sombra que, en el futuro cercano, deberá disiparse mediante legis­laciones efectivas y buena praxis científica y legal.

El organismo forma una del­gada capa de proteína que impide su des­plazamiento.

El microchip se implementa sub­cutáneamente con una aguja hi­podérmica de 12 G (Gauge).

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