Atletas de la erudición

Autor: 

Redacción JT
|
15 Enero 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilutración Roberto Javier Quintero Gutiérrez

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Son los competidores de las olimpiadas de cono­cimientos, quienes se enfrentan en competencias donde el rival no es un fornido coloso, sino un difícil, a veces críptico, examen de asignaturas como Física, Química, Matemática, Biología e Informática. Los músculos están tensos,  más las mentes forcejean.

Con tales bríos, y aun bajo un silencio bastante espeso en la mayoría de los medios, los chicos de cuellos anudados han hecho que Cuba retorne paulatinamente, como arroyo que ensancha caudal, a los primeros lugares del medallero iberoamericano y que deje su marca en otras competiciones.

Un reporte publicado por esta misma revista que ahora lee (No. 394, enero-febrero de 2017) daba fe de los resultados alcanzados por estudiantes cubanos, tan solo en 2016. En Olimpiadas de Conocimientos Centroamericanas, Iberoamericanas e Internacionales, en asignaturas como las anteriormente citadas, los sesudos lograron acaparar un total de cuatro medallas de oro, siete de plata y trece de bronce. Nada mal.

Esto ha sido posible, desde luego, gracias al esfuerzo personal de esos participantes, bien conducidos por sus profesores: los del tópico diario y también sus entrenadores para la gran competición.

Entre todos han hecho que lo arduo les sepa a miel, que las horas no se cuenten como gastadas, sino empleadas.

También ha sido tangible el éxito luego de una labor intencionada del Ministerio de Educación (Mined), que como en sus equivalentes deportivos han apostado por mantener a toda costa la cancha de preparación para su élite: el Centro Nacional de Entrenamiento para Olimpiadas Internacionales (CNE) –y no es broma: de alto rendimiento–, y también por perfeccionar los planes de adiestramiento desde el primer problema en la libreta hasta el abordaje del avión.

Así, el principal rédito para el Mined es cumplir con una de sus más sagradas y costosas misiones: formar tempranamente el relevo científico del país y potenciar el futuro liderazgo de ambiciosos proyectos en ciencias. Y, quién lo cuestionaría, encumbrar internacionalmente el nombre de la nación, esa que un día lejano ya se propuso saborear un futuro de hombres de ciencias.

Pero los talentos no se fabrican añadiendo sus­tancias y los laboratorios pueden crear falsas expec­tativas.

Nueve de cada diez competidores nuestros proce­den de los Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas (IPVCE) que, se sabe, aplican mayores exigencias con sus estudiantes y solían emplantillar profesores con mayor experiencia. Pensemos que para la permanencia en ese plantel, cada joven debe cumplir al menos con una cota de 85 puntos de aprovechamiento en las llamadas asignaturas de ciencias. Asimismo, practican con más asiduidad y ri­gor fórmulas competitivas como los concursos.

De ahí el prestigio de esas escuelas (incluso de al­gunos profesores, con su nombre y apellidos), cuyos egresados son alabados como los de mejor prepara­ción al llegar a las universidades e, incluso, poste­riormente, a los centros de investigación.

Como mismo se ambiciona un puesto alto a nivel mundial, ese que permite al sistema de educación del país caminar orondo con sus medallas al cuello, todas las escuelas pueden tener igual sueño.

Hoy se aplauden en el planeta a aquellos colegios que han incubado a más premios Nobel o donde se enseñaron los teoremas que desencadenaron gran­des patentes. Y aunque la brecha económica inclina la balanza hacia los centros ubicados en el Primer Mundo, esto no parece ser tan determinante como los métodos y programas; al menos eso parecen decirnos otros chicos con corbatas y medallas; por caso pensemos en iraníes, hindúes…

De manera que cada escuela cubana debería repensarse y convertirse en un calefactor de genios, más allá de los a veces incomprendidos y desde hace un tiempo insuficientemente priorizados IVPCE. No solo elevarían su prestigio y distinción como centro, sino que harían un mejor tributo –que en sí es una inversión– con el único camino que tiene Cuba para saltar del subdesarrollo: apostar con todo el soplo de sus pulmones y de sus atletas de la erudición por la economía del conocimiento.

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