Recordar es vivir
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A la entrada de la Fundación Antonio Núñez Jiménez, un hombre espera. Con una flema inhabitual hace su trabajo, mientras aguarda por la entrevista pactada para conversar sobre los 30 años de aquella expedición del Amazonas hasta el Caribe que hizo historia.
“Buenos días”- digo- ¿Ángel Graña González?”
Sí, adelante, buenos días… y advierto su carisma pausado, del que me han hablado sus colegas.
Mientras buscamos el espacio perfecto para iniciar el diálogo, conversamos sobre los tesoros arqueológicos guardados en urnas de cristal, colgados en las paredes o documentados en los múltiples libros que se custodian en el lugar.
Sentados en la biblioteca de la Fundación, donde se respira un ambiente científico, Graña comienza, a desentrañar algunos pasajes y anécdotas de la reconocida expedición liderada por Antonio Núñez Jiménez.
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| Ángel Graña rema por el Río Napo (Foto: Archivo) |
En un evento de Arte Rupestre en el Palacio de Convenciones, Antonio Núñez planteó la posibilidad de hacer una expedición internacional organizada por los cubanos, que recorriera en canoas, con la misma construcción de milenios atrás, los grandes ríos suramericanos y el Mar Caribe.
La iniciativa reviviría el descubrimiento del Caribe y sus islas por las tribus prehistóricas de las cuencas del Amazonas y del Orinoco, permitiría realizar investigaciones científicas y sería un paso concreto hacia la integración latinoamericana y caribeña, además de abogar por la protección del medio ambiente.
“En el año 1984 el pintor colombiano Osvaldo Guayasamín invita a Núñez a su cumpleaños en Quito, y al otro día en su estudio le muestra los proyectos de logotipos pensados para la excursión”; uno de ellos se convirtió luego en el estandarte “Era un gran pájaro de colores volando hacia el sol, indicando, sobre una canoa, el camino a seguir. Según Guayasamín una leyenda ecuatoriana cuenta que el ´descubridor´ del Amazonas todas las mañanas veía un pájaro colorido mostrarle una ruta, la cual siguió y esa fue la interpretación que el célebre pintor le transmitió a Núñez”.
Desde entonces Guayasamín, padrino del viaje, le prometió al líder de la expedición hablar con los indios de Misahuallí para la construcción y el pago de las cincos canoas que se usarían en la proeza náutica.
“El dos de marzo de 1987 zarpamos del Puerto de Misahuallí en el Río Napo, en Ecuador. Al principio fueron los mismos indios constructores quienes remaban hasta que nos enseñaron cómo manejar las embarcaciones. A partir de Perú fuimos los propios tripulantes quienes remábamos con alrededor de ocho o diez personas en ellas.
Participaron investigadores de Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba,entre geógrafos, hidrólogos, biólogos, botánicos, arqueólogos, historiadores, artistas, sociólogos y fotógrafos, quienes con espíritu de amistad y un sentido de la unidad latinoamericana andarían por ríos, mares y selvas, develando la cultura y tradiciones del continente.
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Fue un año fructífero para muchos estudios, aunque también duro, porque el recorrido enfrentó a los expedicionarios a a no pocosriegos y situaciones donde también experimentaron miedo. “A los tres días de haber salido estábamos en un poblado llamado Coca y como nos apoyaba la marina ecuatoriana pasamos la noche en una unidad militar del ejército.
“Durante la cena, alrededor de las nueve de la noche, ocurrió un terremoto y nos asustamos. Nunca habíamos sentido uno. Todos, atemorizados, gritaban para salir hacia afuera por miedo a que se desplomara aquel lugar. Recuerdo que Rigoberto, el hermano de Núñez, lo cogió y lo sacó casi cargado. En la noche sucedieron más réplicas y el poblado quedó a oscuras.
“Amaneció y debíamos continuar el periplo. A casi un kilómetro de la salida de la unidad entró un afluente al río Napo que vino de la falda del Reventador, un volcán de Ecuador que hizo erupción esa misma noche. Como también había llovido días atrás toda la vegetación de esa ladera paró en el río, llenándose este de árboles, pedazos de rocas, personas ahogadas y animales muertos.
“El agua se contaminó y Julio Hernández Socarrás, el médico cubano que nos acompañó, dio la orientación de no tomarla. Decidimos acampar en Pompeya, una comunidad religiosa hasta que pasara esa palizada y el río quedara limpio”.
Varios fueron los obstáculos encontrados durante ese año de travesía, como los profundos remolinos en los ríos, que pusieron en peligro la vida de los expedicionarios y las canoas y las áreas de devastación de bosques en territorios de Perú, Colombia y Brasil.
“Al estar en el Mar Caribe nos sobrevolaron aviones norteamericanos y un submarino salió al sur de Puerto Rico en la noche. Nuestra actitud en ese momento fue pasiva. Nos identificamos con la actividad que hacíamos y la nave volvió a sumergirse. Todo transcurrió con tranquilidad.
“Pero en la selva debíamos andar con cuidado. Uno no podía acostarse donde quisiera por las serpientes y los animales salvajes. Aprendimos en el trayecto, pues los indígenas que nos acompañaban nos explicaban de cualquier acontecimiento que pudiéramos tener al respecto”.
El día 28 de junio serán treinta años desde que culminó el viaje en la Bahía de La Habana, donde cientos de habaneros saludaban a los expedicionarios, quienes felices y sanos se aproximaban, agitando los remos de las canoas como expresión de un hola.
Los resultados y acontecimientos de tal hazaña histórica quedaron plasmados en los libros En canoa del Amazonas al Caribe y En canoa por el Mar de las Antillas, escritos por Antonio Núñez Jiménez; de igual manera, otros investigadores latinoamericanos publicaron las vivencias en sus respectivas naciones.
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Por un instante, en la climatizada biblioteca de la Fundación Antonio Núñez Jiménez, Ángel Graña respira, bebe agua y retoma los senderos de su memoria.
“Algo que caracterizó la travesía fue la fraternidad que existió no solo entre los cubanos, sino también con el resto de los expedicionarios de otros países.
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| Graña junto a otros expedicionarios (Foto: Cortesía de la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre) |
“De ahí nació una gran amistad, el primer enlace y hermandad latinoamericanos. Núñez lo dijo en una ocasión, ´nosotros debemos ser capaces de ponernos en botas de siete leguas, caminar rápidamente y ser nosotros mismos quienes estudiemos nuestra América y no tengan que venir investigadores de Europa o Estados Unidos a examinarnos´.
“Apenas nos enfermamos. La mayoría de la medicina se usó en pobladores de las comunidades que la necesitaban. Cuando el suceso del terremoto encontramos en un bote a un matrimonio con su hija pequeña muy enferma y deshidratada. El médico la atendió y les orientó a los padres dirigirse al lugar donde estaríamos para seguir dándole atención. A los dos o tres días la niña corría contenta por los alrededores.
“En aquel momento expresé: Allí eres el primer médico latinoamericano, el que dio paso a la medicina latinoamericana”.
Sin tiempo para más, casi dos horas de conversación, Graña queda pensativo. Su risa delata una idea que le vino a la mente. Mirando a un punto fijo recuerda en voz alta cuando el año pasado asistió a una actividad en Ecuador por los treinta años de iniciada la expedición.
Dos jóvenes al verlo caminar por la orilla lo invitaron a dar un paseo en canoa. Los mira, les pregunta la edad, casi la misma que la del viaje y les responde orgulloso: “ya he montado todas las canoas que iba a montar en mi vida. Yo era uno de los expedicionarios”.







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