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El camino aleatorio de un físico cubano en Trieste

Autor: 

Dr. Roberto Mulet
  • La Opinión [1]

Fecha de publicación: 

04 Febrero 2015

Crédito de fotografía: 

flickr.com
El Centro Internacional de Física Teórica de Trieste, Italia, cumplió 50 años en 2014. Uno de sus asiduos visitantes de este lado del océano comparte los recuerdos de sus estancias en ese centro.

Hay lugares que dejan marcas. A veces, porque los vivimos durante años; otras, porque los conocemos en el momento preciso. El Centro Internacional de Física Teórica (ICTP) dejó en mí una de esas marcas. Pero de su valor universal no hablaré aquí. Quien quiera saber de él mejor visite su página web [2]  o busque en la red las decenas de artículos publicados sobre este centro, pensado –tal vez como ningún otro– para impulsar la ciencia del Tercer Mundo. La Física cubana sería otra, mucho menor, sin su existencia.

El pasado 2014 el ICTP celebró su medio siglo y una amiga de Juventud Técnica me pidió describirlo a través de mis vivencias. Al inicio me negué; no lo creí oportuno. Pero 50 años es mucho tiempo y hay agradecimientos que son ineludibles.

Visité el ICTP por primera vez a los 25 años, casi recién graduado. Fui a un curso de Física computacional. Un vuelo larguísimo a Milano, dos horas en la estación, la entrada por tren a la ciudad y la correspondiente vista nocturna del puerto, desde lo alto del carzo, son imágenes que aún me acompañan.

A Trieste llegué después de las 10 pm y perdí la última 36 —porque, sí, también allá hay “confronta”(1). No tenía dinero para un taxi italiano, así que algo perdido caminé desde la estación hasta el centro, con un gusano(2) pesado y grande a la espalda –por qué, no lo recuerdo, y la verdad es que siempre he viajado ligero.

Cuarenta minutos por el lungo mare: subir la colina, bajarla, tocar a la puerta del Hotel Adriático... 2:00 am. Con el portero había un cubano, Jose Luis Cáceres, que no lograba dormir y había bajado a inventarse quién sabe qué “cubaneo” madrugador.

Cáceres me recibió como los cubanos que te encuentran fuera de la Isla: como si me conociera de toda la vida o como si me esperara. Me daba las primeras orientaciones sobre el funcionamiento del Centro y me explicaba, al mismo tiempo, algo raro de no sé qué ecuaciones dinámicas para describir el comportamiento del corazón o el cerebro... o eso creo. Después, fue un mes de Metropolis, Sweden-Wang, Wolf, Dinámica Molecular, cálculos Ab-initio... Recuerdo la vista desde la habitación al Adriático, los botes y yates en el muelle. Recuerdo también que hacía frío.

Regresé, seguramente, al menos una vez más en los años siguientes; quizá dos, pero mi Alzheimer precoz me impide ser preciso. Volví en el 2000 a un año de post-doc que marcó decisivamente mi vida científica.

Llegué y durante una semana fui acogido por Yamir y su mujer, quienes, quizá preocupados por mi delgadez hereditaria y tropicalmente sostenida durante el Período Especial (3), intentaron “matarme” (alimentándome, cada dos horas, con exquisitas combinaciones de comida española, italiana y cubana; todas en porciones campesinas).

Yamir se había graduado un año antes que yo en Cuba y recién había comenzado un post-doc ahí. Ese año, estaba también Alexei, “el Bolo”, que se había graduado conmigo en La Habana y terminaba el Doctorado en la  SISSA  (Scuola Italiana Superiore di Studi Avanzati). [3] Es una pena que no firmáramos nada los tres juntos durante ese tiempo.

Una semana después de llegar alquilé un apartamento que el ICTP me ayudó a buscar. Estaba situado prácticamente sobre el Viale, que es algo así como el boulevard de la ciudad, y tenía la mejor acústica que he visto nunca en una casa. Durante los fines de semana, gracias al casi total abandono del edificio por parte de sus habitantes, se convirtió en la plaza principal para las fiestas del grupo. Lídice había encontrado no sé qué conferencia internacional en Trieste sobre celdas solares y aprovechó para ir a verme. Antes de su llegada estuve siete días botando botellas y limpiando. Vimos juntos Venecia.

En mis primeras 120 horas en Trieste, el ICTP se ocupó de mi permiso de residencia, mi seguro médico, mi cuenta bancaria y me adelantó parte del salario para que pudiera instalarme. Todo con una eficiencia y una facilidad que nunca más he vivido, ni siquiera en la organizadísima Alemania. Porque en el ICTP la burocracia y la administración apenas te rozan. Ahí, haces ciencia.

Tomada de: rappunesco.esteri.it [4]

Algunos espacios del Centro se convirtieron en refugios vespertinos. Cuando el almuerzo pesaba en el estómago y la computadora tiraba abajo los párpados, la biblioteca era lugar obligado. Llegó un momento en que podía decir, exactamente, dónde iban colocados todos los libros de la sección de Mecánica Estadística sin revisar los índices del catálogo. En esas sesiones soñolientas, estudié algo del Cormen de Microeconomía, varios libros de Teoría de Juegos, el Papadimitrou de Complejidad Computacional; aprendí a apreciar los libros de Knuth y comprendí finalmente qué querían explicar en ese monumento lleno de erratas que es “Spin Glass Theory and Beyond”. Porque, si algo te enamora del ICTP, es esa biblioteca donde los libros y las revistas, todos, se tocan.

Ahí también tenía mi butaca para leer “Science” y “Nature” una vez a la semana, el último número o uno viejo, no importaba. Aún recuerdo un trabajo que me impresionó mucho: alguien había modificado genéticamente a unos ratones haciéndolos más inteligentes. Aprendían más rápido que otros cómo salir de un laberinto o cómo encontrar comida. El principio del fin, pensé.

Otro refugio fue el Bar, que en Italia es sinónimo de café y no de alcohol. A las diez de la mañana, un segundo desayuno con los italianos –que siempre llegaban más tarde que yo– y se organizaba el trabajo: discutíamos la última idea de la noche o revisábamos el paper de la competencia, caliente todavía de amanecer en cond-mat. A las cuatro de la tarde, regresábamos a despejar mientras se hablaba de vidrios, espines y teoría de juegos.

Yo trabajaba en la Sección de Materia Condensada, donde había una pequeña “isla” de físicos estadísticos que impulsó (Miguel Ángel) Virasoro, [5] por aquella época director del Centro. En esa “isla” crecí y todavía pienso que durante esos años fue una de las capitales mundiales de la Física Estadística [6].

Todo el mundo pasó por ahí. Y con todo el mundo comimos pizza en Barcola o en el Barattolo. Quienes compartimos ese espacio somos hoy, sin excepción, investigadores o profesores establecidos en instituciones de países desarrollados o de Cuba. Muchas de mis colaboraciones actuales, incluso las latinoamericanas, provienen de ese período; casi todos mis amigos también. Pero de ninguno hablaré aquí, porque no pienso morirme pronto y porque esto hay que acabarlo, si no JT, aunque me lo pidió, no lo publica.

Otros personajes de la época me rondan mientras escribo. Milena, la mítica secretaria del grupo, temida y querida por todos; más de diez años después aún me dedica dos horas de su tiempo cada vez que visito el centro. Bastaría solo eso para atarla a esta historia. También estaba la sueca Ana Delín, que en ese oceáno de físicos nerds era casi un personaje de ficción –a lo The Big Bang Theory–; solo que sabía hacer cálculos Ab-Initio.

A las 6:30 am, la muchacha que trabajaba en el Bar era la única alma que, conmigo, tomaba la 36 para llegar al Centro. Yo, por el hábito habanero –a esa hora o nunca–, ella, quizá para recordarme que de aquel lado del Océano también hay quien trabaja muy duro para llevar el pan a la casa. Siempre que regreso a Trieste es de esas búsquedas y saludos obligados.

En mi imaginario, el ICTP está ligado también a (Juan) Vela, por esa fecha rector de la Universidad de La Habana y el humano que aprobó aquel viaje a pesar de la periódicamente disimulada necesidad ministerial de frenar las relaciones internacionales y de mi irreverencia patológica —ya para entonces ampliamente documentada y que él conocía muy bien.

Vela hizo más. Me escribió personalmente, al menos, tres veces, para saber cómo estaba y para contarme de la Universidad. Cada vez que eso ocurría me hacía la misma pregunta: ¿qué m… hace el rector escribiéndome correos… a Trieste además? Diez años después, lo entendí de verdad y es la cosa más importante que he aprendido de un dirigente universitario. Nunca he tenido la oportunidad de decírselo. Sirva este texto también para eso.

Regresé durante unos años más a trabajar, pero períodos más cortos, de uno, dos o tres meses y encontré tiempo para hacer nuevos amigos (el refugio de Piazza Venezia con los omnipresentes Marzia y Michi); ver Trieste con la seguridad de la madurez (me diría alguien más viejo); querer Il Porto Vecchio; descubrir Chocolat y nuevos bares y restaurantes; ir al Gimnasio; apreciar el agua del Adriático; encontrarle defectos al Centro; enseñarle Roma a Lídice; impartir seminarios; asistir a conferencias; abrir nuevas líneas de trabajo; pedir dinero para eventos en Cuba, para una red latinoamericana… También para ofrecer nuestra ayuda.

Siempre que atravieso el Océano trato de llegarme. Porque el ICTP es sobre todo eso: un lugar a donde vuelves; un lugar que quisieras tener en Cuba, que deberíamos tener.

* Profesor  de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana

Notas:

(1) Nombre con que se conoce en Cuba el autobús que circula después de concluido el horario de servicio regular de transporte (Nota de la editora)

(2) Maletín, así apodado por su forma similar a la de ese animal. (N. de E.)

(3) Término local para identificar la crisis económica de los años noventa (N. de E.)

Juventud Técnica © 2014


URL de origen: http://www.juventudtecnica.cu/contenido/camino-aleatorio-fisico-cubano-trieste?page=0

Enlaces:
[1] http://www.juventudtecnica.cu/materiales-period%C3%ADsticos/la-opini%C3%B3n
[2] http://www.ictp.it
[3] http://www.sissa.it/
[4] http://www.google.com/url?q=http%3A%2F%2Frappunesco.esteri.it&sa=D&sntz=1&usg=AFQjCNGDCP3vgzw5d7ZMmDXHUZRyC2KkuA
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_%C3%81ngel_Virasoro
[6] http://es.wikipedia.org/wiki/F%C3%ADsica_estad%C3%ADstica