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Supersticiones: Mirar al abismo

Autor: 

Redacción de JT
  • La Opinión [1]

Fecha de publicación: 

23 Febrero 2015
Nuestra sociedad ha recorrido un largo camino desde que Fidel abogara por crear un país de hombres de ciencias.

Nuestra sociedad ha recorrido un largo camino desde que Fidel abogara por crear un país de hombres de ciencias. La consecución de tal objetivo parecía entonces, como tantas otras cosas, a la vuelta de la esquina.

Cincuenta y cinco años después no lo somos aún, pero hemos adelantado muchísimo. Allá el que no quiera verlo. Sin embargo, hoy entendemos que basar el desarrollo en el avance del pensamiento científico es más complejo que lo que se avizoró en aquellos inicios.

Ya sabíamos que no bastaba con crear enclaves con personas formadas en un rigor científico altísimo. El conocimiento científico tenía que ser necesariamente parte de la cultura social.

Revolución educativa y una política cultural en el terreno de la divulgación científica, caracterizaron la segunda mitad del siglo XX en el país. Los resultados fueron impresionantes, no solo en logros tangibles sino en términos sociales de penetración cultural. La ciencia entró en las conversaciones de los hogares cubanos y los científicos se convirtieron en uno de los grupos con mayor reconocimiento social.

El periodo especial hizo retroceder dramáticamente buena parte de lo conseguido. Retroceder, no como un regreso a etapas previas, sino a un estado mucho más complejo, a todos los efectos prácticos anterior en términos dialecticos a lo que se había alcanzado.

Al margen de los esenciales factores económicos, debemos reconocer que subestimamos la permanencia latente de sombras retrógradas del pensamiento humano. Supersticiones y otros dogmas,  a veces disfrazados de ancestrales, han ido recuperando terrenos que habían sido conquistados por la ciencia. En ocasiones de manera abierta,  pero las más, con un ingenioso sentido de la adaptabilidad, camufladas con los ropajes de esa misma ciencia a la que escamotean espacios.

A ello ha contribuido un enclaustramiento de la mejor práctica científica detrás de los muros de las instituciones de avanzada del país. Urgidos de dar respuestas rápidas a necesidades económicas y sociales en un contexto de vida o muerte de la Revolución, muchas de esas instituciones, y con menos justificación la Academia de Ciencias de Cuba y los ministerios correspondientes, fueron relegando las dimensiones no tangibles del desarrollo de la ciencia a otros actores o  a  nadie. 

El resultado es que la estrategia de avance del pensamiento científico está casi desarticulada. Incluso, en la propia práctica educativa el pensamiento racional y científico ha sufrido importantes retrocesos.

A ello se suma la prevalencia de un discurso que pretende reducir la ciencia a mero potenciador de las fuerzas productivas. ¡Un papel aún más estrecho que el que le otorga el capitalismo! Como resultado se induce a eliminar, por acción o por omisión, cualquier dimensión cultural de la actividad científica. Poco o casi nada participan nuestros actores de la ciencia en acciones de divulgación, más allá de lo instrumental. Poco o casi nada influyen las instituciones científicas en elaborar  una estrategia de comunicación de la ciencia en el país.  

Decía el premio Nobel de Física, Murray Gelman, en el Aula Magna de la Universidad de la Habana, que la alternativa a la buena ciencia no era la mala ciencia, era la superstición.

Algunas de las mismas entidades que se creían inmunizadas del virus de la superstición y la pseudociencia, hoy ven cómo sus muros han sido franqueados por tales prácticas, con el consiguiente deterioro. Más aún, resulta lamentable que el defensor de la racionalidad científica ha de andar cuasi clandestino, tratando de arrebatar pequeños espacios públicos frente a la hegemonía mediática de la irracionalidad supersticiosa.

Hoy se publica casi de manera inmediata cualquier desatino que proclama sin evidencia científica los más increíbles efectos; la refutación del desatino, en cambio, es censurada casi por oficio, por temor a regaños o  bajo el argumento de atentar contra el prestigio del país. 

Digámoslo claramente; no es quien denuncia prácticas supersticiosas quien atenta contra el prestigio de nuestra ciencia, sino quienes realizan tales prácticas, las promocionan o las avalan.

Quizás deberíamos recordar aquello que Nietzsche advertía: mirar el abismo mucho tiempo provoca que este nos devuelva la mirada.  Estamos urgidos a dar batalla, desde todas las instituciones y los medios, a la superstición, no importa el disfraz que se ponga.

La ciencia, en su dimensión más integral, es profundamente humanista y parte integrante de la cultura nacional. Fijarnos el objetivo de lograr una sociedad de hombre y mujeres de ciencia, implica que esta se constituya en un arma contra toda enajenación del ser humano. A esa batalla bien vale la pena dedicarle la vida con un optimismo irrefrenable.

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