En el reverso de las medallas
Autor:
- La Opinión [1]
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A tono con el sentido común, el concepto de deporte es aplicado a todas las formas de actividad física, desde un paseo en bicicleta o una caminata, hasta una Copa Mundial de fútbol. Más, en la contemporaneidad, tal definición puede resultar ambigua e inoperante.
Hijo predilecto del juego y de los regateos competitivos, durante siglos se consideró que “el deporte que se parece al trabajo no es deporte”, según palabras del mismísimo Pierre de Coubertin, fundador de las actuales Olimpiadas. Pero en su moderno devenir, el quehacer atlético de alto nivel ha evidenciado pérdidas de su carácter lúdico para asemejarse cada vez más a una acción laboral o a cualquier profesión.
Sometidos a rigurosas técnicas de entrenamientos, estrictos regímenes alimentarios y al agónico estrés de las contiendas, para los atletas de hoy el deporte ha dejado de ser diversión para convertirse en agotadora faena… trabajo jugado o juego trabajado.
A partir de los años 40 del pasado siglo XX, el deporte de primer nivel comenzó a evidenciar una inusitada aceleración. Los registros universales estampados antaño por “eminencias” del atletismo como JimThorpe, Jesse Owens o por el legendario nadador Johny Weissmuller, son exigidos actualmente a competidores que se inician en edades tempranas.
Sin el empleo de las ciencias y tecnologías aplicadas al deporte y a la actividad física, pretender alcanzar hoy registros de categoría mundial va más allá de la utopía, es pura mítica.
Fisiología, medicina, pedagogía y didáctica, química, psicología, estadística, cibernética e informática –entre otras especialidades–, han permitido estudiar al detalle la psiquis y biomecánica humanas, así como implementar metodologías personalizadas para entrenamientos, análisis técnicos de los rivales y controles capaces de adelantar posibles desenlaces.
Hace 119 años, durante los I Juegos Olímpicos de la era moderna, celebrados en 1896, en Grecia, se establecieron los primeros récords estivales. En los cien metros planos, los cronómetros registraron 12 segundos y cinco centésimas; en salto de altura se consiguió un metro y 81 centímetros, mientras que en salto largo apenas se superaron los seis metros y 35 centímetros. Con esos resultados, ningún atleta de la actualidad conseguiría la clasificación para estar presente en lides de carácter regional.
El récord constituye una proeza capaz de superar a cuantas le preceden y, a fin de lograrlo, se precisan elevadas dosis de voluntad y sacrificios. Pero, para saborear el privilegio de escalar al podio en nuestros días, se requieren otros ingredientes.
Progresos y mejoras físicas, nutricionales y ambientales, así como en los entrenamientos y en la ejecución de los movimientos, junto a factores externos como calidad de las instalaciones, superficies competitivas, vestuario y calzado, se erigen entre las condiciones indispensables para acceder a la élite.
El actual impacto de la ciencia y la tecnología en el deporte es tal, que hasta los más audaces especialistas se resisten a predecir hasta dónde el ser humano podrá elevar la varilla en cuanto a tiempos y marcas, sobre todo en aquellas disciplinas que, como el ciclismo, utilizan medios mecánicos.
Otros retos científicos y tecnológicos son la prevención y enfrentamiento al doping, y a otros flagelos que atentan contra el juego limpio y profanan los valores éticos que deben distinguir a la moral del movimiento atlético.
No obstante, el impacto global de la mercantilización creciente, las trampas, politización y nacionalismos, entre otros demonios, el deporte cubano deberá retomar su avance frente a antiguos y nuevos rivales regionales y potencias mundiales, y continuar promoviendo la práctica sistemática de ejercicios y actividades físicas como un derecho de la ciudadanía. Eso solo será posible con el apoyo de la ciencia y la tecnología.