Publicado en Juventud Tecnica (http://www.juventudtecnica.cu)

Inicio > Mis realidades están en Cuba

Mis realidades están en Cuba

Autor: 

Flor de Paz
  • Entrevistas [1]

Fecha de publicación: 

24 Diciembre 2015

Crédito de fotografía: 

cortesía de la entrevistada
Heredera de una tradición científica, Lochy Batista Le Riverend se ha dedicado a la problemática de los cítricos en el país. Numerosos resultados le han hecho merecer reconocimientos en el ámbito profesional, entre ellos el de ser Miembro Titular de la Academia de Ciencias

Julio Le Riverend nunca imaginó que su estirpe de científicos dedicados al universo de las humanidades no fuera sucedida por su nieta Lochy. Y lo dudó tanto que mantuvo esa esperanza hasta el mismo instante en que descubrió el suspirar de la joven por el estudio de la composición de los cuerpos.

La química le había robado a una de las soñadas depositarias de su acervo como investigador histórico.  Pero lo tranquilizó la idea de que la ciencia continuaría decidiendo los destinos de una parte de la familia, aunque como su hija Eloísa, la nieta enrumbara hacia los predios de la bioquímica y las aplicaciones biotecnológicas.

Era una adolescente cuando ya lo había decidido. Y el abuelo asintió ante el convencimiento enunciado. Pero ella no olvida la expresión de renuncia en la pupila añosa. Ni la de orgullo ante el avance de sus primeros pasos como investigadora.

Lo cuenta y revivo la mirada del anciano. La de sus últimos años. Época en la que Lochy Batista Le Riverend entró al entorno de los seres más cercanos a mi existencia. Desde entonces, la he visto erguirse, como las plantas a las que ella acaricia sus hojas. Y mudar a experta viróloga, naciendo desde aquella estrenada “doctora de maticas”, como alguna vez la llamó mi padre en un intento apurado por mostrarle su afecto.

De cierto modo él tenía razón. Inmersa en el diagnóstico del virus de la tristeza de los cítricos, casi recién graduada, Lochy fue la autora principal de un anticuerpo monoclonal imprescindible para la prospección de la enfermedad en el país. Ella lo rememora con la sencillez que caracteriza a todos sus actos, aunque junto a su equipo científico consiguió poner al alcance de la agricultura nacional un anticuerpo que aún es diferente a los de su género en el mundo.

Habían transcurrido pocos años de su primera entrada a un laboratorio en el que, para sorpresa suya, las probetas estaban salpicadas de tierra. Una breve experiencia previa en el entorno aséptico de la biotecnología de las vacunas contrastaba con aquella visión “poco estética” del cristal embadurnado. 

Pero la extraña impresión de los utensilios “sucios” le duró poco, porque el lodo de las probetas no inhibía la efectividad  de los procederes investigativos. Y a su cargo quedó enseguida un liderazgo que asumió durante alrededor de una década: encabezar el departamento de Virología del entonces Instituto de  Investigaciones de Cítricos y otros Frutales (IICF). Además de la atención a una red de laboratorios creada en el Centro Nacional de Sanidad Vegetal, encaminada al diagnóstico del virus de la tristeza en las poblaciones cítricas cubanas.

Fue en medio de aquella marea cuando la conocí. A fines de la década de los años 90. En la época en que también hacía su doctorado y las horas no le alcanzaban para tanta labor. Entonces Lochy no podía permanecer en vigilia más allá de las diez de la noche y se quedaba dormida donde estuviera, aunque la velada nocturna en la que se hallara fuera de las más animadas.

Largas jornadas en el campo extremaron la faena de aquellos días, coronados en 2001 con la defensa de su tesis doctoral. Un fatigoso esfuerzo requirió alcanzar esa meta. Si bien, como ocurre con los sueños que forjan caminos, se hizo realidad.

El refugio de la naturaleza

Las salas del Museo Nacional de Bellas Artes abrigaron muchas veces los pasos de una niña que hizo suya la virtud de apreciar las manifestaciones de la plástica, en compañía de su abuela Mercedes. Porque Lochy creció en un ambiente de convergencias culturales derivadas de una sociedad en proceso de cambio. Y en dicho entorno quedaron enraizadas sus inquietudes por la percepción artística y su búsqueda constante de la satisfacción espiritual a través propuestas creativas de toda índole: cinematográficas, teatrales, plásticas.

A ese universo regresa cada mañana, durante el desayuno, cuando escucha una revista radial que la pone al tanto de las propuestas en cartelera; minutos antes de irse a su oficina para estar ocho horas delante de la computadora. De frente al mundo mediante el correo electrónico. O de marchar a los campos de cítricos, donde también es feliz. Otra cosa es el refugio que halla en la naturaleza, en ese alejarse de la estresante dinámica de lo cotidiano.

Pero el retiro ocasional hacia las “periferias” de la urbanización no significa un distanciamiento efectivo del entorno social. Ella disfruta de las conversaciones que trasciendan lo superfluo, sin reparar en la edad, sexo o nivel intelectual de su interlocutor. Y valora en las personas sus positivas percepciones de la vida. Escucha. Tiende la mano y su mirada solidaria.

La capacidad de darlo todo a cambio de nada, es una virtud que le impresiona. Y también la sencillez de quienes regalan su sabiduría, esos que son capaces de enseñar mucho a los que “tenemos titulaciones”.

Hacia la prevalencia de la generosidad por encima del egoísmo, Lochy inclina la balanza entre el bien y el mal. Porque tiene la suerte de conocer a muchas personas bondadosas. O quizás es que ella busca a las buenas y a las otras les pasa por el lado.

Y fue en esa armonía que concibe al mundo cómo se desenvolvió su primera experiencia con el grupo del que formó parte en el departamento de Virología, durante los años iniciales de trabajo en el IICF. Entonces, faena y diversión eran tomadas con el mismo entusiasmo y responsabilidad. Pero ella descubrió lo singular de aquella fortuna con el paso de los años, al darse cuenta de lo excepcional de una circunstancia que había dado por sentada en el terreno de las probabilidades vivenciales.

La salud de los cítricos: un desafío

A la suerte forjada por el trabajo le acompañó entonces una formación académica en el Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias, solo un año después de graduada. Esta preparación fue crucial. A su regreso a Cuba, tres jóvenes asumieron simultáneamente la conducción del Laboratorio de Virología del entonces IICF, sin que ninguna se decidiera a ser la guía, hasta que Lochy aceptó.

Fue la época en que dio vida al anticuerpo monoclonal para el diagnóstico del Virus de la Tristeza de los Cítricos. Y en la que arrancó la prospección sobre la enfermedad en todos los campos del cultivo en el país, basada fundamentalmente en dicho aporte científico.

El desafío fue grande. En medio del periodo especial no había lo necesario para la aplicación de las técnicas requeridas, pero la investigación fue hecha con la amplitud y calidad deseada. Su impacto fundamental consistió en los aportes que hizo al conocimiento teórico acerca de cómo se diseminaba el patógeno en nuestro territorio. Su aplicación inmediata fue el perfeccionamiento de la estrategia de manejo de la enfermedad.

Con la llegada del nuevo milenio la situación de  los cítricos en Cuba no fue más indulgente. Apareció Huanglongbing, la llamada enfermedad del brote amarillo (en chino), de origen bacteriano, que transformó el panorama de forma aún más desfavorable. Y Lochy comenzó a dedicarse a la epidemiología. Desde esta disciplina ya había estudiado antes cómo se manifestaban las epidemias y qué puede hacerse para retrasar su impacto y el avance de las enfermedades.

“Porque si la tristeza es la enfermedad viral de los cítricos con mayor impacto económico, Huanglongbing, es la que más afecta a estos cultivos”. De manera que ahora los empeños de Lochy están encaminados a la atención de las dos enfermedades “para evitar que esté ocurriendo una epidemia de tristeza y no la estemos viendo, mientras enfocamos la mayoría de los esfuerzos a la otra”.

Y a la vez que continúa su labor científica, con todas las implicaciones que incluye, ella fue seleccionada como Académica Titular (para el periodo 2012-2018) de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) y es también la Secretaria de la Red Interamericana de Cítricos (RIAC).

Como Académica, ha podido dar continuidad a la tradición familiar. Su abuelo, Julio Le Riverend, fue vicepresidente de la ACC. Pero ella piensa que esta es, sobre todo, “una oportunidad para llevar a dicha institución los problemas y las necesidades que tiene la ciencia en Cuba, de manera que tales requerimientos de nuestra realidad puedan encaminarse según aspiran los investigadores”.

En la RIAC, sin embargo, su labor es trabajar en la búsqueda de financiamientos para proyectos, realizar coordinaciones entre los países para el desarrollo de eventos conjuntos, además de atender un sitio web y la publicación de una revista bilingüe. Y es con este quehacer que se mantiene todo el día conectada con colegas de todas las latitudes.

— ¿Gratificantes y realización profesional?

— Muchos. El primero, la transcendencia que tiene obtener varios premios Academia. Además, el reconocimiento de laboratorios e investigadores de primera línea en el mundo. También viajar, conocer los labrantíos de otros países. Y visitar  los campos de Cuba.

“Las capitales no dan la dimensión real de una nación. Es la vida en el campo la que permite comprenderla mejor. Ver su cultura, ver cómo vive la gente, cómo trabaja, cómo se gana la vida. Porque en todas partes hay cosas buenas y malas. Pero tengo claro que mis realidades están en Cuba”.

Es hora de concluir el diálogo, y para hacerlo le pido a Lochy una anécdota. Decidirme a escribir esta  entrevista me ha costado casi dos años, porque muchas veces es difícil hablar en primera persona y hasta en segunda. Ella sonríe pensativa ante mi nueva demanda. En varios “interrogatorios”, la he hecho evocar toda su historia, la que en algunos momentos compartimos. Y nos hemos reído, emocionado, y algunas veces también nos quedamos en silencio, por las palabras que no hizo falta pronunciar.

Pero finalmente decide contar su experiencia en Turquía, “donde una mujer es casi nada. Ni para rezar puede ponerse en la mezquita junto a los hombres”. ¿Cómo se puede vivir de una forma tan diferente en un mismo planeta?, se ha preguntado. Pero comprende que aquella es también una realidad válida. Y allí, en ese sitio sagrado, Lochy, como las turcas, tuvo que cubrirse el pelo. Aunque de Estambul también la impresionó observar la danza del vientre que bailan sus mujeres. A tal punto, que se compró un cinturón de moneditas y lo guardó hasta hace unos años, cuando entró en los talleres de la compañía Belly dance.  Este es su hobby. El que además de constituir un magnifico ejercicio le ha permitido entender lo que es perder el miedo escénico. Y lo ha hecho para siempre. Lo puedo asegurar.

Juventud Técnica © 2014


URL de origen: http://www.juventudtecnica.cu/contenido/mis-realidades-estan-cuba

Enlaces:
[1] http://www.juventudtecnica.cu/materiales-period%C3%ADsticos/entrevistas