Publicado en Juventud Tecnica (http://www.juventudtecnica.cu)

Inicio > Pienso, luego habito

Pienso, luego habito

Autor: 

Toni Pradas
  • Tecnología [1]

Fecha de publicación: 

23 Julio 2017
Si antes se creía que un fuerte componente tecnológico bastaba para garantizar la eficiencia de las urbes, hoy el reto además es cómo hacerlas sostenibles económicamente, potenciar su desarrollo y poner al ciudadano en el centro

Haga memoria: a los ciudadanos del Metrópolis no se les escuchó jamás decir palabra alguna. Claro, en 1926 el cine era silente. Pero de no saber que se trataba de una ficción, los artistas hubieran enmudecido al ver tal futurista desarrollo tecnológico, como el que proponía el vienés Fritz Lanz para una megalópolis del año 2026: Rascacielos que realmente rascaban el cielo, autopistas a diversos niveles, fuentes de energía casi sideral, controles automatizados y hasta una antropomórfica robot de cordiales curvas.

Lanz estaba profundamente emocionado por deslumbrar con sus propuestas técnicas. Pero su esposa y guionista del filme, Thea von Harbou, prefería enfrentar el marxismo y el concepto de la sociedad dividida en clases antagónicas, sonriéndole sutilmente a la emergente ideología del nacionalsocialismo, que uniría amistosamente a trabajadores y propietarios una vez venido “el redentor” (Lanz, ateo de origen judío, terminó separándose de su colaboradora y amante poco después de esta afiliarse al partido nazi).

Pero ninguno de los dos pudo imaginar que en esa utopía ulterior –tecnológica o política, según el ojo de cada quien– la sociedad podría contar con metrópolis no solo altamente industrializadas, sino también hondamente eficientes, eso que hoy llamamos “ciudad inteligente” o su equivalente inglés, smart city.

Digamos que la residencia de Mundobit no es una posibilidad reservada para un futuro lejano, ni está más cerca de la ciencia ficción que de la realidad. De hecho, muchas empresas están invirtiendo miles de millones de dólares para erigir un paradigma con servicios públicos más sofisticados y eficientes que los tradicionales, mediante la aplicación de las nuevas tecnologías, mientras sus habitantes, al despertar con un bostezo mañanero, inhalan grandes dosis de bits que circulan invisibles ante sus ventanas.

El término ciudad inteligente todavía no parece estar listo como para tatuar. Es que a pesar de ondear como un recurso de mercadotecnia, su puesta en marcha aún incita la evolución del concepto.

Con el auge de la Internet de las Cosas (IoT, acrónimo inglés), prácticamente todos los asuntos, elevados o pedestres, tuvieron la posibilidad de introducir sensores y chips en los objetos físicos de uso cotidiano. Estos se encargan de recopilar y transmitir información valiosa que ayuda a la mejora de los bienes y servicios que consumen día con día los lugareños.

La aplicación de las nuevas tecnologías a gran escala permite mejorar significativamente los servicios públicos, al monitorear en tiempo real información importante.  Ver: (Infografía: Axedra.com)

La aplicación de estas tecnologías a gran escala, como es una ciudad, permite mejorar significativamente los servicios públicos al monitorear en tiempo real información importante como tendencias de uso y fallos. Es, en principio, la urbe interconectada

Las ciudades que con mayor rapidez comenzaron a involucrarse en esta transformación apostaron a un conjunto de beneficios como pueden ser puntos de recarga de energía para vehículos eléctricos y sitios de microgeneración solar y eólica, la instalación de lámparas de LED con zonas de luz telegestionadas, redes inalámbricas gratuitas de acceso a Internet, centros de recogida de basura reciclable, eincluso duchas eficientes en las playas.

El sistema nervioso de la ciudad

Desde sus orígenes, teóricos y promotores de esta política social han coincidido en que es preciso que exista una movilidad sostenible y eficaz. Para ello se deben crear líneas de autobuses más eficientes (en menor tiempo llegar a más sitios), con sensores de tráfico que ayuden a regular la circulación, o con sistemas de alquiler público a través de puestos estratégicos electrónicos ubicado en los centros, arrabales y suburbios.

Asimismo debe sistematizarse el tejido administrativo, desde los semáforos hasta la iluminación de las escuelas, desde los paneles solares hasta las puertas y ventanas del ayuntamiento.

Primordial es el tema ambiental para hacer sostenible y eficiente la ciudad, mayor culpable de la emisión de CO2 en el planeta. Los estrategas proponen disminuir la dependencia del vehículo privado y que se promueva el uso de medios menos contaminantes.

Las ciudades serán más sostenibles cuando se les realicen rehabilitaciones energéticas, se fomente el uso de energías renovables y se creen espacios naturales interconectados, entre otras medidas.

El conocimiento, dicen, debe fluir por todos los actores de la ciudad con programas de sensibilización y concienciación de los ciudadanos, así como el desarrollo de la diversidad de usos y heterogeneidad de espacios. Todo ello fomentará la creación y la innovación, claves para la transición hacia la ciudad inteligente.

Ciudades abiertas a la innovación, al desarrollo, a las nuevas formas de producción, de comunicación y conocimiento, permitirán flujos de información interurbanos y urbanos.

Hoy el rendimiento de la ciudad se mide por la dotación que posea su infraestructura física (capital físico). También, y cada vez más, por la disponibilidad y calidad de la comunicación del conocimiento y de su infraestructura social (capital intelectual o social). Vamos: como mismo las personas, para dotar a una ciudad de cerebro es preciso trenzar un binomio intelectual y físico.

La clave no está en la tecnología

Ya empiezan a surgir voces que niegan el componente digital como el centro de esta revolución. “La fiebre tecnológica roza el absurdo en algunos casos.

A menudo los congresos de ciudades inteligentes son un mercado de tecnología precocinada”, espeta el arquitecto e investigador en el laboratorio Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts(MIT) de Estados Unidos, Luis Alonso, quien asegura que cada ciudades diferente y que para hacer innovación no siempre es necesaria la tecnología.Es más: no le gustan las etiquetas inteligente, sostenible, digital o verde. “Son términos muy quemados y limitados a una fracción de lo que debería ser la ciudad”. En su visión, propone el desarrollo de urbes “más humanas, habitables y sostenibles para las personas, que tengan un alto rendimiento y un entorno vibrante”.

Quienes veneran la corriente “humanista”, esgrimen que existen desafíos con los que una smart city debe lidiar a dentelladas, como el aumento de la población y la concentración, la polución, la escasez de recursos, la gestión del agua o la eficiencia energética.Y deben sortear, de paso, el crecimiento económico generador de desigualdades, el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, los presupuestos públicos disponibles y los diferentes modelos urbanos, de gobierno y tamaños de las urbes.De manera que el reto es cómo hacerlas sostenibles económicamente, potenciar su desarrollo y poner al ciudadano en el centro.

La escala humana

Alonso defiende la necesidad de devolver la escala humana a las urbes, en términos de distancias, movilidad o diseño. Tal como expone, esa escala se perdió en el siglo XIX, cuando se estimuló la producción de automóviles en serie para hacerlos accesibles a las masas. “Esto se convirtió en el sueño americano y la ciudad pasó a tener una escala de coche”, comenta malhumorado.

Para Pilar Conesa, fundadora de la consultora española Anteverti, especializada en el tema, es preciso impulsar un cambio de cultura. Cree que también hay que mirar atrás y volver a integrar los sistemas urbanos que confluyen en la calle para una mejor planificación, pues la gestión actual de las ciudades está dividida en departamentos: movilidad, gestión de residuos, mobiliario…

“Necesitamos compartir la información de todos ellos para optimizar procesos”, defiende como su visión transversal.

Por su gestión de servicios de forma integrada y por facilitar la participación de los ciudadanos, Conesa cataloga la ciudad inteligente de Barcelona como “referente internacional”. Destaca, entre otros aspectos, una iniciativa de seguimiento de los residuos urbanos para decidir dónde enviar camiones, según estén llenos o vacíos los contenedores, y para concienciar a los ciudadanos del recorrido de su basura y la cantidad de toneladas que se genera.

Otras urbes aplaudidas por ella son las hispanas Santander y Sant Cugat del Vallès. Estas, dice, han puesto énfasis en redes de sensores para mejorar el transporte o sistemas de riego inteligente, y recogen datos para una mejor gestión.En Sant Cugat, resume, esto se ha traducido en ahorros de más de 30 por ciento en agua y energía.

Según el canal estadounidense de noticias económicas CNBC, en California, donde por años las sequías han sido su sambenito, se ha usado el IoT para recopilar información sobre el uso del agua e identificar fugas y otras fuentes de desperdicio. Con tal suerte se logró reducir el consumo del líquido en más de 20 por ciento.

La misma televisora dio a conocer que Singapur, la ciudad-estado que es quizás –vista en ese concepto– la más “inteligente”, colocó cámaras que monitorean la densidad de las multitudes y el tráfico en las calles. Estas podrían ayudar al gobierno a predecir cómo se comportaría la gente en caso de un ataque terrorista, o cómo se diseminaría una enfermedad infecciosa.

Por su parte, Cities in Motion advierte que las ciudades más inteligentes son Nueva York, Londres, París, San Francisco y Boston. Entre las diez primeras se encuentran cuatro estadounidenses y cuatro europeas, y entre ellas levantan su testa Seúl y Sidney.

Sin embargo, no es adecuado hablar de si una ciudad es o no inteligente en términos absolutos. “No hay blancos y negros", concluye Conesa. "Es un proceso en construcción donde lo que importa, más que el destino, es cómo se recorre el camino”.

El recorrido cubano

Cuba, reconocida internacionalmente por la inteligencia de su gente, ha iniciado modestamente su maratón para conformar las futuras ciudades inteligentes.

“No somos tan pretensiosos. Por ahora les llamamos barrios tecnológicos”, afirmó a JT la doctora Ailyn Febles Estrada, presidenta de la Unión de Informáticos de Cuba (UIC), la más joven asociación profesional de la Isla.

La UIC desarrolla planes que buscan contribuir con la transformación de la vida de los ciudadanos. Según su presidenta, la idea es concebir proyectos que integren todos los factores del territorio, para cambiar desde un vecindario hasta un edificio.Uno de esos es el barrio tecnológico del apacible reparto Versalles, en Santiago de Cuba. Con la creación de una zona Wi-Fi, se busca brindar acceso a redes sociales, aplicaciones para móviles, informaciones de medios de prensa, centros de producción y servicios, cuentapropistas, o la realización de trámites en los 41 objetivos económicos presentes en ese barrio.

Otro proyecto, La ciudad mira a sus ríos, se ubica en Camagüey y concibe la protección de los afluentes Tínima y Hatibonico. Mediante un puente vehicular y peatonal busca enlazar el centro histórico con la zona político-administrativa de la villa. Y con la creación de unazona Wi-Fi, similar a la de Versalles, podrá aplicar el uso de las tecnologías a la vida cotidiana de la gente.

Así, con flema cartesiana podríamos decir: Pienso, luego habito.

Juventud Técnica © 2014


URL de origen: http://www.juventudtecnica.cu/contenido/pienso-luego-habito

Enlaces:
[1] http://www.juventudtecnica.cu/materiales-periodisticos/tecnologia