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Batiendo alas

Autor: 

Yanel Blanco Miranda
  • Agricultura [1]

Fecha de publicación: 

16 Enero 2018

Crédito de fotografía: 

Foto tomada de: www.naturalezaviva.com
La importancia de las abejas va más allá de producir miel, cera o jalea real. Su capacidad para polinizar las plantas y constituir un indicador de calidad ambiental las convierte en un valioso recurso para el ser humano

Siendo niños, mis amigos y yo muchas veces cazábamos abejas. Las colectábamos en un frasco  de boca ancha con huecos en la tapa para que pudieran respirar. En nuestra inocencia creíamos que mientras mayor cantidad de estos insectos atrapáramos, más rápido conseguiríamos miel.

Presumir de sabichosos sin poseer noción sobre las costumbres de estos animales, ha provocado más de una decepción; porque  la  apicultura,  heredada de tiempos pasados, requiere paciencia y técnicas precisas para conseguir todos los bienes posibles.

Una alianza creada entre los científicos y productores cubanos, como parte de un programa de desarrollo apícola que incluye la genética y selección de las abejas, los productos de la colmena y un mejor aprovechamiento de la flora melífera, provee las herramientas para obtener buenos resultados y evitar las enfermedades.

En el mundo se suelen emplear químicos para contrarrestar los efectos de parásitos como el Varroa destructor, que ocasiona grandes pérdidas en la apicultura. En cambio, en Cuba, se adopta un sistema de manejo integrado, en el cual se usan trampas para capturarlo, que reducen la infestación, sin dejar residuos indeseables en la miel.

Declaraciones hechas por Adolfo Pérez Piñeiro, director del Centro de Investigaciones Apícolas (CIAPI), a Ana Ivis Galán, comunicadora del Ministerio de la Agricultura (MINAG), revelan que “a las abejas en la Isla no les aplicamos medicamentos ni químicos para el tratamiento de las enfermedades.  Ello  garantiza que los productos tengan óptima calidad y sean naturales, según las exigencias del mercado mundial. Además de ser inocuos para el ser humano”.

Reinas con carnet de identidad

Los productos extraídos de la colmena, en especial la miel, son cotizados a un alto valor en el mercado internacional, por lo cual requieren para su venta de una rigurosa calidad.

Los investigadores y apicultores cubanos conscientes de la preferencia por productos libres de antibióticos y otros químicos, laboran en la búsqueda de abejas resistentes o tolerantes a las enfermedades.

De acuerdo con lo expresado por Adolfo Pérez Piñeiro en el I Simposio de Apicultura celebrado duran- te la Convención Internacional  Agro-Forestal  2017, “es imposible hacer un trabajo de selección genética si no se crean condiciones de crianza óptimas.

“Del programa de mejora depende el crecimiento, la productividad y la eficiencia de la apicultura. La edad de la larva y su alimentación es lo que va a determinar la manifestación de los caracteres genéticos de la reina que estemos criando”.

Una de las cuestiones discutidas durante el Simposio fue cuál es la edad ideal para una reina. Pues, aunque en Cuba existe una norma que estipula cambiarlas cada 12 meses, estas abejas pueden durar hasta dos años.

En tal sentido el máster Adolfo Pérez comentó, “la edad es resultado del proceso de selección. Cuando producimos una reina en el criadero, para que la colmena sea hija de ella tienen que pasar al menos tres meses. Es el tiempo que este insecto demora en repoblar con su propia descendencia. Solo así se puede saber cómo es esa reina, cuáles son sus hábitos higiénicos y productividad.

“Al final, después de todo el proceso de cosecha, periodo de hambre (baja de floración), pruebas y certificación han pasado 17 meses de edad. Es una abeja vieja que tiene más de un año y ha estado poniendo todo el tiempo sin parar. Pero ya sabemos qué es lo que ofreció, cómo respondió a las enfermedades y por tanto tenemos que cuidarla. Darles un manejo diferenciado para no perder ese pie de cría”.

Miel ecológica, una alternativa apetecida

Con precios notoriamente altos se venden las llamadas mieles orgánicas en el mercado. En la Isla hay colmeneros dedicados a este renglón, con destaque para los de las provincias orientales.

 “En el país hay alrededor de 350 abejeros certificados y al cierre del 2016, la producción de miel ecológica alcanzó las mil diez toneladas”, dijo a JT

Osvaldo López Paneque, jefe del Sistema de Control

Interno de Mieles Ecológicas del CIAPI.

Sin embargo, lograr la certificación para la cosecha y comercialización es difícil. Además de medir parámetros de calidad, comunes con la miel convencional, existen aspectos relacionados a las buenas prácticas ambientales, el elevado nivel de biodiversidad y la poca intervención humana, sobre todo en el desarrollo agrario.

López Paneque reconoce que los estatutos básicos establecidos para la manufactura orgánica deben ser inviolables y que el área acreditada necesita ser inspeccionada regularmente.

“Los estándares avalados por el Reglamento Orgánico Europeo (Norma UE 834/2007 y UE 889/2008), reflejan que lo que se evalúa generalmente es la región donde se encuentran las colmenas o apiarios y no el productor. No pueden usarse agroquímicos ni cultivar organismos genéticamente modificados en las áreas donde aquellos estén ubicados”. Estoes posible gracias al trabajo conjunto con Sanidad Vegetal, que tiene un registro detallado de lo que sucede en esos terrenos, e informa si están libres de labranzas intensivas.

Por supuesto, no es una tarea tan sencilla como parece. Hay campesinos que no trashuman sus colmenas y las dejan siempre en el mismo espacio, pero otros van en busca de una mejor floración para obtener mayores producciones al final de año, y las cambian de sitio.

“Es ahí donde nuestro trabajo se complica, porque también tenemos que acreditar ese nuevo lugar y ver que no haya agricultores convencionales”, aclara Osvaldo López.

— ¿Existen diferencias en la comercialización de las mieles ecológicas y las convencionales?

— Sí, radica fundamentalmente en la diferencia de precio. El de la miel orgánica es superior, oscila en unos tres mil 600 euros la tonelada.

Óigame compay

En la provincia de Sancti Spíritus está la UBPC apícola Antonio Díaz Fleites. Dedicada a la producción de miel, cera y propóleos, cuenta con cuatro centros de cría de reinas que abastecen a todo el territorio.

Luis Antonio Quintero Álvarez sabe que llevar los papeles forma parte de su contenido diario de trabajo como administrador, pero confiesa que su lugar está en el campo. Jefe de una de las brigadas, sale cada mañana junto a sus compañeros a hacer la labor que ha desempeñado durante 29 años.

— ¿Cómo se lleva un lugar donde hay tantas colmenas?

— El secreto está en organizarse. En una UBPC como la nuestra, donde tenemos 39 colmenares dispersos por el municipio, lo primero es conocer las tareas a realizar durante el día y no perder el tiempo.

“En el caso de mi equipo, somos siete, no podemos relajarnos porque cobramos por resultados finales. Y el plan que nos impusimos este año es de 51 toneladas de miel con mil 25 colmenas. Por tanto, hay poco espacio para el ocio”.

— ¿Cuál es el destino de la miel que producen?

— Tenemos un contrato con la empresa apícola, por lo que todo lo que cosechamos va a la exportación.

“Para ello debemos entregar una miel de calidad.

Velar por la limpieza del personal, del transporte y de los implementos de castra es muy importante porque nuestra labor se hace directamente en los apiarios, debido a lo alejado que están unos de otros.

“Del mismo modo, es esencial mantener el control biológico de la masa. Vigilar que no aparezcan enfermedades, y cambiar la reina cuando sea necesario, cada doce meses”.

Una de las preocupaciones de Luis Antonio es el acelerado cambio en el clima y la repercusión que tiene sobre la flora melífera. Debido a la falta de lluvia o al exceso de esta en épocas de seca, la fenología de las plantas se ve afectada.

“Está demostrado que la variable meteorológica no va a volver a ser como antes. En diciembre teníamos frío, y ahora podemos observar que es en marzo y abril cuando refresca. Entonces si esperamos una buena campanilla en noviembre y hace calor, no será lo mismo”.

La licenciada Iala Polo, especialista de Medio Ambiente y Bioseguridad del Centro de Investigaciones Apícolas, coincide en esto. La variación de los ciclos de las floraciones obliga, en muchas ocasiones a que los apicultores trasladen sus colmenas en busca de lugares donde las abejas puedan alimentarse.

“Sabemos que el cambio climático es una realidad y por eso en el CIAPI tenemos este tema insertado en diversas líneas investigativas. Una de las más avanzadas es la de las plantas melíferas. Observamos cada factor que atenta contra las zonas de estudio, cómo influye en la ubicación de los apiarios, la incidencia en los rendimientos finales y qué medidas aplicar para contrarrestar los efectos negativos”.

Laboratorio adentro

Con más de 35 años de experiencia, el CIAPI tiene el objetivo de crear, adaptar y transferir el conocimiento científico tecnológico para optimizar el proceso de desarrollo de una apicultura sostenible en Cuba.

Un vínculo estrecho con las entidades empresariales y la base productiva, asegura un constante flujo de información y retroalimentación.

Entre sus perfiles se encuentra la mejora y selección de las abejas para lograr un insecto de elevada productividad y tolerante a enfermedades y plagas, así como el aprovechamiento de la flora melífera.

Sus laboratorios de Control de la Calidad, acreditados desde el 2013, están capacitados para realizar los ensayos físico-químicos y microbiológicos de la miel y otros productos de la colmena.

Al respecto, Mirta López Berta, directora de calidad comenta, “en estos momentos existen siete pruebas certificadas; entre ellas, el contenido de humedad, acidez, sólidos insolubles y color. Asimismo, trabajamos para incorporar en el 2018 la de residuos de antibióticos, que se hace actualmente en Alemania”.

Por su parte, la licenciada Giselle Rodríguez, investigadora del CIAPI aclara, “estamos implementando técnicas complejas y que llevan tiempo. Son metodologías analíticas donde necesitamos certificar que el producto esté libre de residuos”.

Explica que ya iniciaron el desarrollo de los métodos de sulfonamida (sustancia química) y tetraciclina. Y que para el año próximo pudieran estar analizando las mieles cubanas.

“Por supuesto, requeriría de la evaluación de todo el sistema de calidad del laboratorio para poder acreditar la técnica y brindar un servicio confiable, que cumpla la normativas a nivel nacional e internacional”, apunta Giselle Rodríguez.

Un proyecto dedicado al “Fortalecimiento de las capacidades para la producción sostenible de miel de abeja y otros productos apícolas”, realizado durante el bienio 2014-2015, e impulsado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), fue decisivo en la capacitación del personal de los laboratorios del control de la calidad, en cuanto a las técnicas para determinar residuos de antibióticos.

“Además, pudimos adquirir equipamiento nuevo, llamados determinadores de evidencia, que permiten determinar en poco tiempo una amplia gama de antibióticos en caso de estar presentes en la miel”, señala Giselle Rodríguez, quien fuera también la coordinadora del proyecto.

“Esto posibilita delimitar cuál es la miel contaminada, de qué apicultor proviene y tomar las medidas pertinentes, pues está totalmente prohibido el uso de cualquier sustancia química o medicamento”.

La apicultura tiene un rol importante en la producción de alimentos y la biodiversidad, pues las abejas polinizan el 80 por ciento de las plantas, elemento imprescindible para el equilibrio en los ecosistemas.

Además, constituye la actividad más extendida de la agricultura cubana.

Incrementar su valor agregado mediante el aumento de la calidad, comercializarlos en disímiles formatos y aprovechar los beneficios y servicios secundarios es hoy uno de los objetivos de esta forma productiva que ampliaría en gran medida los ingresos por este concepto.

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