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Del almendrón al taxi-dron

Autor: 

Por Toni Pradas
  • Tecnología [1]

Fecha de publicación: 

20 Febrero 2018
Un vehículo volante, dirigido a distancia por radio, fue probado en Dubái y apunta hacia un futuro revolucionario

En los exóticos Emiratos Árabes Unidos, en la ciu­dad de Dubái —la Venecia del Golfo—, donde el turismo regatea protagonismo al petróleo y se erige, más alto que una torre de perforación, el hotel Burj Al Arab en forma de vela; allí donde no se riñen las carreras de camellos con las competencias de autos en el desierto, las palmeras datileras con los servicios financieros, y los bailes tradicionales de la ayyalah con el festival Dubai Desert Rock, se cuece uno de los centros tecnológicos más galopantes de nues­tros días y se acaricia la idea de tener para 2030 la cuarta parte del transporte local de pasajeros vincu­lada a la movilidad autónoma.

Con tales bríos y con sus túnicas blancas, los dubaitíes vieron planear el pasado 25 de septiembre no un tapiz mágico, sino un dron autónomo, pues­to a prueba como posible medio de transporte de alquiler. Este ensayo forma parte de un ambicioso plan con el que la urbe emiratí quiere liderar al mun­do árabe en innovación.

El espectáculo tecnológico —a golpe de ojo, casi helicóptero y algo de ovni— fue contemplado por el príncipe de la Corona local, el jeque Hamdam bin Mohammed bin Rashid Al Maktoum. Sonriente y quizás espantado al imaginarse en el aire sin pilo­to observó el vuelo experimental sin pasajeros, en círculos alrededor de un punto de arena costero, a una altura próxima a los 200 metros.

Aquellos cinco minutos de acrobacia aspiraban, querían, la eternidad, pues el emirato evaluaba la instauración del primer servicio de taxi-dron del mundo, todo un sueño futurista, a lo Fritz Lang. Fabricado por la compañía E-volo, por encargo de la firma especializada alemana Volocopter, el apara­to posee una cabina de dos asientos y está remata­do por un aro con 18 hélices.

Como serpiente encantada por la música, el mul­ticóptero cobra vida por control remoto a una velo­cidad de 100 kilómetros por hora, con autonomía para volar 30 minutos entre modernísimos rascacie­los de cristal, acero y arabescos. Y si la situación se pone fea, echa mano a baterías de repuesto, rotores y dos paracaídas.

Equivalente a frotar la lámpara maravillosa, una aplicación instalada en el teléfono inteligente llama­rá al genio del taxi, que se desplazará al “Voloport” más cercano. “El Volocopter vendría, te recogería autónomamente y te llevaría a tu destino”, dijo, como un chasquido, el responsable de la compañía alemana, Florian Reuter.

El Volocopter, silencioso y respetuoso con el me­dio ambiente, hoy vuela siguiendo rutas definidas por GPS, pero la empresa quiere implementar el arte de la plena detección del dispositivo, y que sea capaz de sortear obstáculos desconocidos que apa­rezcan en el camino. Solo así sería viable el servicio de taxis-dron que, según sus sueños, cristalizaría en cinco años y con 18 equipos.

Mientras, seguirá con su cronograma de pruebas, despegando cada vez que, como un califa, haya en­gullido su carga rápida eléctrica mediante un plug-in, cena que le tomará apenas dos horas.

Pero Volocopter no las tiene todas consigo, aun cuando Daimler, propietaria de Mercedes Benz y Smart, invirtió 29 millones de dólares en su proyec­to. La germana compite con más de una docena de compañías europeas y estadounidenses, en la carre­ra por desarrollar un transporte urbano que ofrezca las características de un coche eléctrico sin conduc­tor y un vehículo aéreo de cortas distancias, capaz de garantizar el despegue y aterrizaje vertical.

Empresas como Amazon o Google ya han comen­zado a trabajar en sus dispositivos, aunque sin planes de un próximo lanzamiento. En Israel, la compañía Urban Aeronautics ha anunciado el desarrollo de su propio dron de pasajeros, previsto para 2020 y uso exclusivamente militar. Por entonces, Airbus, Kitty Hawk o Uber, escondidas tras las dunas del desierto y disfrazadas con el tradicional zaub, miran el aconte­cimiento dubaití y andan al acecho, cejijuntas, cada una con un prototipo tan filoso como un alfanje.

Ábrete, sésamo

Lo cierto es que Volocopter supo antes que to­dos la clave “ábrete, sésamo”. De hecho, su dron ya había sido probado en Alemania el pasado abril, dejando muda, entre el eco de la gruta, a la firma china rival eHang, que debió ser la primera en lanzar una flota de taxis en Dubái, pero sus planes parecen haberse retrasado.

El cuadricóptero eHang 184 (tiene dos hélices por cada una de las cuatro patas), el primer dron para pasajeros de la historia, tras tantearse con éxito en China y superar en 2016 sus primeros vuelos de prueba en Nevada, Estados Unidos, había prometi­do surcar los cielos de Dubái en julio de 2017.

A diferencia de su contrincante tecnológico, el eHang 184 puede transportar un solo pasajero de hasta 100 kilogramos de peso, por un tiempo máximo de 30 mi­nutos a una velocidad de 160 ki­lómetros por hora. El cliente elige su destino —no más de 50 kiló­metros— a través de una pantalla táctil, y mediante controles en la cabina puede regular la tempera­tura, la ventilación y las luces.

Las zonas de despegue y aterri­zaje se ajustan automáticamen­te gracias a una cámara y varios sensores. Por supuesto, el artilugio está conectado permanentemen­te por radio con el centro de man­do, para evitar los vuelos en con­diciones climatológicas adversas.

Como deportistas fatigados, después de cada viaje los taxi-dro­nes necesitan recargar sus bate­rías. No son como los “almendro­nes”, esos populares autos que se alquilan por distancias en Cuba. La mayoría nació en la primera mitad del siglo XX en Detroit y milagrosamente siguen rodando, y aunque el costo ambiental es alto, ayudan a no quebrar el sistema público de transporte.

Muchos se quejan del precio del viaje en almen­drón, pero sépase que el costo de un vuelo en el no­vedoso armatoste se calcula en 600 euros. Es caro, pero, eso sí, permite evitar retenciones y atascos, así como una magnífica vista de alfombra voladora.

El almendrón volador

“Anota mis palabras: una combinación de aero­plano y auto está llegando. Podrás reírte, pero esto vendrá”, auguró, en 1940, Henry Ford, padre de la producción del famoso Ford-T en serie, lo cual revolucionó el transporte y la industria en Estados Unidos.

Fue Ford, en 1926, el primero en intentar hacer un auto volador. Experimentó con un aeroplano mono­plaza, el “Sky Flivver” (cubanizando la traducción del inglés: “Almendrón del Cielo”). Dos años después abandonó el proyecto tras estrellarse y morir el pi­loto en un intento por alcanzar un record de vuelo.

El Flivver no era un auto del todo, pero permitió pen­sar un aeroplano personal que pudiera producirse en masa y salvaguardarse como un automóvil.

Entre 1956 y 1958, los ingenieros de la Ford cons­truyeron el Volante Tri-Athodyne, de tres ventiladores entubados con sendos motores. En ese entonces Hiller Hellicopter hizo su prototipo, más fácil de pilotar y más barato que un autogiro tradicional, en tanto el Ejército estadounidense investigaba sobre jeeps voladores.

Chrysler, Curtiss-Wright, Piasecki y otros también se afiebraron. Ninguno tuvo éxito, si acaso el Aero­car de los 60, un vehículo simple, bonito y pequeño, con alas que se podían quitar.

A mediados de la década de 1980 se reactivó el entusiasmo, pero no fue hasta marzo de 2013 que la corporación Terrafugia voló su prototipo —el Terrafugia TF-X— durante una exhibición aérea en Wisconsin, Estados Unidos.

Necesitar de un piloto, el gasto de combustible y otras, han sido las mayores trabas para desarrollarse el auto volador. Hasta que con sus túnicas blancas los dubaitíes vieron planear un taxi-dron.

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