El túnel oscuro de la tierra plana
Autor:
- Dilemas [1]
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“¡Sal de ese cuerpo, demonio fornicador!”, exorcisa febrilmente el pastor de una nueva iglesia creada por él mismo en La Habana, y con la gracia divina libera del jineterismo u otros males a sus feligreses. Dice también que los idólatras, las políticas que han desplazado a Dios, los homosexuales y las mujeres que abortan, son culpables del tornado que atravesó La Habana el 27 de enero de 2019, las recurrentes inundaciones costeras y el meteorito que cayó en Viñales.
El “elegido” afirma tener ya su propio currículo milagrero. Ha sanado, afirma, una leucemia fulminante y ha creado en una mujer un ovario removido quirúrgicamente por un quiste 17 años atrás. Bastó que renunciara al “satanismo” de ser santera y palera.
Obras como estas agradecen sus fieles, las cuales han sido posibles a cambio de casi nada: si acaso, por ejemplo, la recarga de celulares por la acción del Espíritu Santo y el reemplazo de viejos empastes de amalgama por otros de oro.
Mientras, otra secta no cree en dones milagrosos, que consideran terminados tras la muerte de los doce apóstoles. Y si bien defienden que es una decisión personal de sus seguidores la aceptación o donación de órganos, en ningún caso puede usarse una transfusión de sangre, aunque de esta dependa la vida. Obviamente, esto ha conducido a numerosas muertes evitables.
Inescrupulosos patriarcas de cultos afrocubanos se ganaron un lugar en el cancionero popular con sus recomendaciones para sanar o resolver problemas personales mediante costosas ofrendas que solo ellos disfrutarán, ya sean animales para hornear, según unos cantantes, o cazuelas de teflón, como ilustró un trovador.
Lo peor es que algunas prácticas se están apoderando de los espacios públicos, y no es raro ver en La Habana una cabeza de puerco podrirse ante un árbol con valor mitológico. Si el fin es, digamos, “salvar” un alma, quién sabe cuántas vidas pudieran ponerse en riesgo al propagar potencialmente una epidemia.
No solo determinados representantes de algunas religiones trafican, ya sea con fines mercantiles o sentimientos loables, con el desconocimiento científico. No es preciso refugiarse en una deidad para corromper el pensamiento piadoso de las personas.
Otras vías también conminan a los incautos a conseguir salud, dinero y amor tan sencillo como es tirar los dados. Sirven también desde cadenas de desinformación propagadas en las redes sociales, preparados que son pura agua y hasta manuales de autoayuda que hoy ganan espacios en librerías callejeras e, incluso, de alcurnia (sin mencionar la anual Feria Internacional del Libro, a la que se le escapó momentáneamente una enjundiosa argumentación a favor del machismo).
Nada de esto fuera peligroso si lograra mantenerse estancado en su propio envase, como cuando vemos una película de terror a sabiendas de que es pura ficción, un resorte de divertimento.
Pero cada vez son más los que sucumben ante los encantos del verbo que se vierte desde un púlpito, porque muchos de esos que ante sí tienen el poder de un micrófono o la imprenta, no se sienten moralmente responsables de la formación de aquellos que les escuchan o leen, al menos para que no sean estafados por las ideas.
No es difícil ver que ha crecido la cantidad de personas que con gran facilidad cae en las redes de estos vendedores de la suerte o la “cura” fácil, del decálogo del éxito, del alejamiento del mal con solo un chasquido de dedos. Y engatusar a quienes seguramente están necesitados de respuestas coherentes y prácticas probadas, y venderles una pócima milagrosa, es un abuso que deja el sabor a atraco con paliza, encapuchado, dentro de un túnel oscuro.
Menudo aprieto tendría un tribunal al juzgar a un salteador que se esconde tras una fe para desarrollar su delito, físico o moral. Es un acto sucio, sin duda, tomar de rehén a una creencia que está protegida, cualquiera sea esta, por las leyes y el respeto social.
Parecía que en las últimas décadas la población, religiosa o no, había ganado en cultura para comprender mejor su entorno, para exigirle a la sociedad investigación y ciencia ante las deudas de conocimiento que aún acumula la civilización, para disfrutar activamente de su derecho a la información veraz. Parecía, sí.
Tal vez no sea tan grave y fuera apenas un efecto pasajero, como el mareo de un marinero al tocar tierra, debido a la inserción en la globalización. Y quizás nunca nos traguemos de nuevo, como ya ocurre en muchos lugares, que el planeta es plano y la Antártida es un gran muro de hielo, igualito que en Juego de tronos.