Bruno Henríquez: Y todo lo contrario
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- Entrevistas [1]
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Fue cosa suya lo del retrato con pose “como de Frank Kelly” para aquella famosa portada de Locus, un magazine sobre el mundo editorial de la Ciencia Ficción. Era otra prueba fehaciente: el capricho es un vicio marciano. Y tras la “abducción” de cuatro horas de diálogo, ya no tuve dudas de su exótica historia: se había caído en Roswell (1947) de un platillo volador.
Encima, aquella ubicuidad de héroe de Bulgákov y esa pinta burlesca que, si se examina bien, no es precisamente señal de ironía, sino una secuela en su faz de alienígena, a causa del desastre donde perdió su cuerpo y tuvo irremediablemente que meterse en algún lado.
Demasiadas evidencias, demasiados atajos: ¿fecha de nacimiento?, 1947, cercana a la del siniestro; ¿llanto al nacer?, bajo (casi le dieron por muerto); ¿autonomía literaria?, a la edad de tres años; ¿otros datos de interés?, capacidad de sobrevida sin teléfono.
El sábado que lo sorprendí “ahorcando” a un racimo de plátanos, había entrado al cráter mal asfaltado y de charcas –magnífico para ficciones – que es San Miguel del Padrón. A unos pasos, dispuesta como un hallazgo, estaba lo que en secreto he llamado su (es)casa, por esa apabullante austeridad del espacio; y donde, si todavía no ha muerto de asfixia, es porque sus alergias dependen de los pollos y no de los libros, las sencilleces, los ácaros o esos borgeanos anaqueles desbordados por “precisas leyes” o algún “vago azar”.
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Con algunos de sus entrañables compañeros del preuniversitario especial “Cepero Bonilla”, en tiempos en que intercambiaba cuadernos con Mirta Yáñez, Rafael Hernández, Carlos Peniche, y una pléyade de nombres esenciales de las ciencias, las letras y el pensamiento cubano contemporáneo. (Foto: Cortesía del entrevistado |
Cuatro horas de entrevista sin señal de cansancio era un sospechoso récord para seres humanos. Encima, una curva de interés casi al máximo y alta frecuencia de episodios de risa… Diga ya de una vez –reclamé–: ¿quién es cuando no está bromeando? “Un niño incesante”, alegó sosegado; y una duda indeleble y… todo lo contrario
Aventura en el laboratorio*
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A la edad de cuatro años. En la instantánea escenifica a Tarzán… ¿de los monos? ¡Menuda coincidencia! (Foto: Cortesía del entrevistado). |
“Mi infancia transcurre en tiempos de la posguerra. Estaba en auge el desarrollo tecnológico y en el cine ponían esas películas de la serie B, muy buenas, por cierto. Entonces yo era Supermán, y si me caía y me rompía la cabeza, para que no llorara bastaba que me dijeran: ‘¡pero mira el piso cómo se quedó!!!’.
“Era muy maldito. Aprendí a leer a los tres años y como para mí la hache tenía que sonar ‘che’, entonces yo veía ‘el cochete’. Era el momento en que me rectificaban: Brunito, se dice cohete. Y yo, pero, ¿por qué? Bueno, porque la hache no suena. Ah, ¿entonces para qué la ponen?
“Siempre fui deportista, jugaba a la pelota, y si integraba el equipo de gimnástica de la escuela, ganaba medallas y todo. ¡Y eso que los espejuelos y la altura no me acompañaban! Me decían ‘el marcianito’, pero eso sí me encantaba. Además, no había nadie que supiera más de Marte que yo.
“Cerca de la adolescencia armé un laboratorio de química con mis amiguitos del barrio, y ya no solo era ‘el suicida’ de los paracaídas, sino también el responsable de los cortocircuitos. Pero no de los que destrozaban el fusible de la casa, sino de los que se llevaban el transformador de la esquina. Me di cuenta de que los vecinos ya no me tomaban por loco cuando empezaron a reclamarme el arreglo de sus radios y planchas.
“Éramos muy atrevidos, y en sexto grado, como en la primaria no se daba álgebra, nos dio por resolver los problemas matemáticos ‘con la x que tenía más swing’. Era otra forma de ver el mundo y se convirtió tanto en un hábito que ya en secundaria no paramos hasta averiguar cómo se distribuían los electrones según la Teoría Cuántica. Porque, los libros de texto ¿qué decían?, que el éter lo llenaba todo; pero yo me había leído una enciclopedia según la cual un tal Einstein había cogido al éter y –puf– lo había desaparecido del mapa.
“El asunto era que no salíamos de la biblioteca y teníamos un encargado, un viejo viejísimo de apellido Albanés, que tal vez inauguró con nosotros algo no usual en la época: las charlas literarias. Entonces descubrimos El tesoro de la juventud ¡y ahí sí se acabó el mundo!
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Un “hueco negro” supermasivo “se traga” a la estrella: David Blanco. Para Bruno, conocer, bromear y fotografiarse con amigos, son de esos hobbies “vitales” que disfrutará para siempre. (Foto: Cortesía del entrevistado). |
“Con El tesoro… aprendimos a hacer tinta invisible, un radio de galena; descubrimos el Esperanto y la razón por la cual los copos de nieve se forman de modo hexagonal. Con cada página, la sensación que quedaba era de total avidez y una idea cada vez más terrible de nuestra ignorancia.
“Todavía la ciencia no era la ‘culpable’ de que el mundo estuviera echado a perder, sino la esperanza del desarrollo. Y, de algún modo, mi generación fue la consecuencia de aquellas noticias sobre conquista del espacio, satélites artificiales, ruptura de la barrera del sonido por aviones cada vez más rápidos... La URSS, por ejemplo, era un misterio.
“En aquella época las vacaciones de primaria duraban tres meses, que me pasaba en Santiago de Cuba, de ahí que hable el idioma local (risas). De hecho, me crié en dos ciudades. Además, ¡Santiago en carnavales! Era lo más parecido a una feria y aprovechaba para montar tranvías.
Recuerdo que mi madrina vivía en la parte más baja de la ciudad, junto a la Alameda bordeada por raíles de línea y eso guarda relación con mi primer reporte geofísico de terremotos. Tenía como cuatro años y en la casa había una vitrina que temblaba cada vez que se acercaba el tren, hasta el día en que vi sacudirse las copitas, me asomé a la puerta y no lo vi aparecer.
“Crecí con los cuentos de misterio del tío Ignacio; tremendos porque las casas de la familia eran de madera y algunas tenían paredes falsas. Por cierto, sirvieron de escondite a un primo durante la lucha clandestina, pero lo interesante fue descubrir su identidad real: Antonio Fernández Curbelo, hijo de Antonio Fernández ‘Ñico Saquito’. Así que imagínate cómo debimos divertirnos, porque aquel Ñico era un vacilón.
“Así conocimos a medio mundo. Al trío Los Panchos, a Los Chavales de España… Y mira, de ahí me ha quedado ese trauma con el acento de los españoles, porque siempre me pareció que la manera en que hablaban, ‘posh azí’, con ese tono afectado, era una forma de burlarse de todos.
“Es que era un fabulador empedernido. Tanto, que había un entretenimiento que disfrutaba mucho y era el viaje de vacaciones con el tío Méndez, chofer de la compañía de guaguas La Cubana que cubría la ruta nacional Habana-Santiago de Cuba. Porque, ¡¿qué es una guagua rodando de madrugada, si no un espectáculo visual increíble?!
“Mi imaginación se disparaba cada vez que veía a aquellos bichitos –¡fuiiuunn!– chocar con el foco de las luces, pero sobre todo con el amanecer en medio de la Sierra Maestra. Fueron vivencias que me marcaron desde niño, y ya nunca tuvieron que explicarme en la escuela cómo es la dispersión de la luz en la atmósfera, ni por qué lucen azules las montañas a lo lejos ni por qué tiembla la tierra, o cómo es la crecida de un río…
“Fui un niño que tuvo el privilegio de ser escuchado, de ser tomado en serio. Ayudaba el hecho de que en la familia había mucho respeto por la sabiduría, y cuando uno despuntaba precoz, ya era suficiente orgullo para los mayores. Influía aquel ambiente cultural donde la mejor inversión del tiempo se hacía en conocimiento. La teoría de la relatividad, por ejemplo, era un tema de discusión popular, aunque en casa lo más común eran las adivinanzas, las damas chinas, los crucigramas...
“Cuando a los 12 años llegó la fiebre del ajedrez, ya había descubierto las matemáticas, así que comparé: el ajedrez me pareció que no llevaba a ningún lado, pero las matemáticas infinitamente sí. Claro, si ahora se revela que jugarlo evita el Alzheimer, tal vez me decida y hasta consiga algún ELO. Entonces,… ¿eh?… ¿qué venía diciendo?”.
Yo, Bruno…
Por los fotogramas de su imaginación, habría sido Stendhal, Ciro Smith, Galileo, la leyenda de Camelot, o incluso aquel trozo de guión no censurado (“travesura, horror, deshonor…”) que le recuerda a sí mismo en el Club de los Poetas Muertos. Pero es un científico, un humilde escritor [2] –bromea–, y un ateo como Buñuel, también “gracias a Dios”.
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Junto a una “exquisita hornada” de escritores de ciencia ficción en la Isla. A veces, para renacer, vuelve sobre los grabados de esos pórticos de libros: “Para Bruno Henríquez, superhéroe del género, amigo del corazón y un antologado de siempre. Yoss (tercero de izquierda a derecha)”. (Foto: Cortesía del entrevistado). |
La amenaza real de esas pifias es su alto potencial de toxina: “Pasa con la pseudociencia y también con gente dogmática que piensa, por ejemplo, que un científico escritor de ficción no es capaz de tomar en serio su ciencia. Me burlo de eso en un cuento, cuyo protagonista no tenía suficiente imaginación para la Física y tuvo por tanto que dedicarse a la poesía. Ahora dices que en Internet me presentan como un ‘poeta’. Da igual, no me preocupa… ¿ves que en los científicos nadie se fija?”.
Pero “es mi tamaño”, se burla entre risas, y pone esa cara de quien juega a los dados y sorprende con su diestra de ingenio y humor. “Yo digo como el sabio de Augusto Monterroso: ‘la ventaja’ de la gente bajita, es que puede hacer cofradía de un solo golpe de vista”.
Le recuerdo que el año que lo conocí, aún no había cumplido los 60 y ya lo desvelaba la hermosa obsesión de hacerse muy viejo divulgando la ciencia: “Porque es compartir el mundo como uno lo entendió, pero al punto de maravillarse. El divulgador de ciencia hace con ella lo que un músico con su arte; es decir, le añade sentimientos de forma que el público pueda entender aquello que, casi por fuerza, los científicos solo podemos conversar con nuestros colegas. A mí me basta saber que hay quien es incapaz de tocar un instrumento, pero puede ser un virtuoso en su apreciación”.
¿Relegado? “¡Bah!”, protesta, en ese tono compasivo de los buenos adversarios, “tengo enemigos que han querido hacerme daño, pero nunca me he sentido relegado; además sé lo que valgo, y si alguien no me usa entonces se lo pierde”. Pero los brazos no están ahí para cruzarlos, “es la gran ironía”, suelta con sarcasmo: “por eso hay que meter la cuchareta (en el caos editorial, la burocracia energética, la ortodoxia científica…). Ahora mismo, enfrentamos un cambio de época donde el peligro de la institucionalidad, por ejemplo, es que conlleva demasiadas prohibiciones.
“Mi punto es que vivimos una Revolución, no una institución. Y Revolución, lo dijo Fidel que es un buen político, es reconocer que todo está en constante cambio y si hay una ley burocrática que lo impide, entonces hay que quitarla, porque no se puede arrastrar lo mal hecho solo porque esté escrito. Hay que confiar más en el pensamiento colectivo. No en los que dicen siempre sí, sino en los que ofrecen más variantes posibles, y pienso especialmente en los científicos.
“En Cuba, por ejemplo, es preocupante cómo la ciencia actual se toma más como una fuerza productiva que como un factor de desarrollo cultural. Últimamente he escuchado a funcionarios decir que no se destinarán recursos a investigaciones de ‘entelequia’, según lo cual Galileo no habría comprobado la aceleración de los cuerpos, porque era ‘inservible’ para su época.
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Con Ana (esposa), su “sostén y única verdad de todas las cosas”, y con su nieta Isa, cuando pone esa expresión de “niña de sus ojos”. (Foto: Cortesía del entrevistado). |
“¿Dónde está el peligro de eso? En las grandes pérdidas. Porque después de todos los contratiempos que ha habido con la educación, ponerse a jugar con limitaciones de la ciencia solo a la producción, a la investigación aplicada, es perderse la riqueza del pensamiento”.
Pero la clave, sospecha, está en perseverar: “Por eso, mi equivalente a persona admirable es esa que tiene una idea y hace cualquier cosa por conseguirla; aquella que ve en los obstáculos solo una excusa para pasarles por encima. Porque ¿qué cosa es una frustración, sino la consecuencia de aspiraciones demasiado cerca? Si lo que quieres es un Rolex en tu brazo, de seguro estarás en problemas; si lo importante para ti es saber la hora, entonces empéñate en un reloj de sol, en alguna obra colectiva”.
Ya casi es crepúsculo, y sobre la diminuta mesa familiar se estira gatuno, más bien se arrima, en esa pose casi confidencial que usa para las bromas capciosas e indiscretas: “Espero que sepas ‘evitar’ esta entrevista. ¿Recuerdas?..., ¿las leyes de Clarke?: ‘cuando un científico distinguido pero anciano dice que algo es posible, probablemente esté en lo cierto. Cuando dice que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado’”.




