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Luz y perfume

Autor: 

Redacción JT
  • La Opinión [1]

Fecha de publicación: 

02 Septiembre 2014
Se ha hecho tan común que ya es normal ver en nuestras esquinas, aceras, entradas de edificios, parques y calles, animales sacrificados, comidas y huevos reventados por causas religiosas. Pasmoso: lo sucio se vuelve normal, y lo normal, como es normal, se vuelve cultura.

Todo el mundo quiere vivir bien. Y a pesar de que la expresión se presta para mil estiramientos, cierto es que este anhelo de siempre está interceptado por dardos de todos los colores.

Pero algo muy enfermo hay en el alma de aquellos que para vivir y sentirse bien gustan que otros vivan y se sientan mal. Es algo torcido que corroe este mundo.

Cuba se propone ser una sociedad saludable. Programas integrales, cobertura médica general, vigilancia epidemiológica, control sanitario lo testifican. Sin embargo, todo se hace insuficiente sin el cortejo de la conducta personal adecuada; esto es, un comportamiento vinculado a una conciencia de responsabilidad individual con alcance colectivo.

En realidad, lo que hace actuar a alguien en una u otra dirección, de una manera u otra, es su escala de valores, la cual refleja una cultura, es decir, un modo de ser y de vivir: pensamiento, actitud… conducta.

Por eso de la cultura de un pueblo brotan sus valores y de sus valores se edifica la cultura (¡la vida!) de la nación. Urgencia suficiente para fomentar valores éticos y estéticos que neutralicen esa otra cultura, que incentiva lo banal, los bajos instintos, lo sucio.

Vamos con un ejemplo: Se ha hecho tan común que ya es normal ver en nuestras esquinas, aceras, entradas de edificios, parques y calles, animales sacrificados (en ocasiones hasta con la sangre visible), comidas y huevos reventados por causas religiosas. Pasmoso: lo sucio se vuelve normal, y lo normal, como es normal, se vuelve cultura, en tal caso insana, dañosa para la higiene y la estética. Sea para la divinidad que sea, ¿por qué sus  practicantes perjudican el buen orden y la salud social?

Es ya ciencia el cruzamiento entre enseñanza, cultura y salud, dado que esta última se genera más allá del ámbito médico; también, desde la agricultura y la industria alimentaria (tiene que ver con lo que comemos); desde el transporte (tiene que ver con lo que respiramos); educación (tiene que ver con lo que aprendemos, pensamos y hacemos); economía (tiene que ver con todo).

A propósito, una tarea para sociólogos: ¿Se podrá cuantificar la chapucería (en todo lo mucho que esta palabra pueda abarcar) a la que ha sido expuesto un joven cubano durante su existencia? ¿Cuánto puede incidir en su carácter y proceder y luego revertirse hacia todos? ¿Se habrá vuelto crónica una cultura del desprecio, que conduce al maltrato mutuo? ¿Acaso la suciedad pública e individualista ya forman parte de nuestra identidad nacional? Somos lo que hacemos.

 Otra vertiente. Existen funcionarios públicos, especializados en dificultar el necesario fluir de la sociedad cubana, que no tienen la mira sincera en el bien común, sino en el propio, cuya ineptitud se manifiesta chupando el tiempo y la energía de tantos, convirtiendo en problema lo sencillo, elevando montes en terreno llano, torciendo en vez de enderezar, haciéndole áspero el camino de la vida a los muchos.

Estos inventan colas evitables,  propician servicios que no funcionan como se anuncian; fabricaciones y arreglos que no se terminan como deben; decisiones que no rinden frutos…, todo lo cual inyecta frustraciones al tejido social cubano, engrosando así la fétida cadena viciosa del agravio.

No bastan las buenas nuevas leyes en áreas diversas, ni el financiamiento externo, ni la tecnología más avanzada, ni siquiera el crecimiento que genera desarrollo. No bastan porque la clave está en la cualidad del que toca todo eso. Apremia la constante luz que enseñe a todos a pensar para que se piense bien el bien; a reconocer en la convivencia el fino borde donde termina tu derecho y empieza el ajeno: para que, de tal modo, Cuba nos despierte cada día con sano olor fragante.

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