El paraíso tiene su precio
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- Dilemas [1]
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En el jardín del Edén los pusieron y, para que demostraran su fidelidad y obediencia, se les dio permiso para comer de todos los frutos, excepto uno. Al estar prohibida, “la manzana” era demasiado codiciable, tentadora… y los jóvenes no vacilaron en probarla.
Hoy, el mundo “degusta” otra clase de manzana, una tan elegante y sofisticada que pocos se resisten al "pecado original" de probarla: los efectos eléctricos de alta tecnología. Si bien su uso ha revolucionado casi todas las actividades humanas, su costo se hace notar en el medio ambiente.
Productos líderes del mercado de la información y las comunicaciones, fabricados por compañías como Apple, Samsung y Microsoft, por mencionar algunas, han cambiado la forma en que las personas se relacionan y dependen de la tecnología en las sociedades de consumo. Un síntoma claro de esta dependencia es que la interacción diaria con más de uno de los siguientes dispositivos: computadora personal de escritorio o portátil, smartphone, tableta, asistente digital personal (PDA) y otros, se hace indispensable en las actividades más ordinarias.
La articulación de los ciclos contemporáneos de producción y consumo alrededor del concepto de obsolescencia programada o planificada, fue una idea que muchos calificaron de mito o leyenda urbana, hasta que en 2011 fue llevada a la pantalla documental por Cosima Dannoritzer bajo el título Comprar, tirar, comprar.
Dannoritzer indaga en las causas de la terminación abrupta de la vida útil de algunos efectos eléctricos como impresoras o iPods y la relación que esto tiene con la garantía comercial que ofrece el fabricante.
Otros conceptos redireccionan la mirada hacia las empresas. El hecho de que sea programada marca la intencionalidad del fabricante para que tenga una durabilidad predeterminada. De este modo el propósito de la obsolescencia es lucrar.
El potencial de la obsolescencia planificada es considerable y para los fabricantes una fuente de demanda de sus productos. Dado que en algún momento este fallará, el consumidor se verá obligado a reemplazarlo con uno nuevo y muchas veces se deshará del aparato antes de que falle, por uno más nuevo.
La cultura del deseo
La creación de una “cultura del consumo” apareció en los años 30 del siglo pasado impulsado por Edward Bernays, el hombre que aplicó principios y conceptos de la psicología –como el psicoanálisis de Sigmund Freud– en la persuasión de la opinión pública con fines comerciales.
Su principal aporte fue el concepto de relaciones públicas, con el cual trazó estrategias empresariales, y después políticas, enfocadas en convencer al consumidor de que necesita adquirir determinado producto, mientras más actual, mejor.
“Las relaciones públicas fue el invento que desvió a los Estados Unidos de una cultura de necesidades, a una de deseos –narra el documental El siglo del Yo (The Century of the Self; BBC, 2002)–…entrenó a las personas para desear, para querer cosas nuevas incluso antes de que las viejas hayan sido enteramente consumidas”. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, la cultura del deseo comenzó a extenderse al resto del mundo.
El consumismo y la obsolescencia programada son los engranajes que mueven el mecanismo económico contemporáneo. Desde el momento de concepción de un producto, se proyecta su fin prematuro y, muchas veces, al que será su sucesor; así, estimula la demanda e incita a los consumidores a comprar el siguiente “último grito” de la tecnología.
Otro punto negativo de la obsolescencia programada es el gasto económico que supone para el usuario. Ya sea de forma directa o indirecta, obliga a la compra de nuevos productos cada poco tiempo, y eso afecta directamente al bolsillo.
Desechos electrónicos: el costo del deseo
La obsolescencia programada es hoy una de las consecuencias de la proliferación de tecnologías de corta vigencia, con mayor impacto negativo sobre el equilibrio de la naturaleza, pues cada producto que se vuelva obsoleto implica desecho y contaminación.
El desarrollo tecnológico ha favorecido el aumento de la variedad y complejidad de los desechos que contaminan el medio ambiente. La sustitución continua de teléfonos, computadoras, electrodomésticos, equipos de oficina y automóviles, genera anualmente hasta 50 millones de toneladas de chatarra electrónica en el mundo, según un artículo publicado en el año 2012 por el diario argentino La Nación, donde también se asegura que la tendencia del problema es a empeorar hasta proporciones difícilmente calculables.
La Convención de Basilea sobre el control de los movimientos transfronterizos de los desechos peligrosos, un tratado multilateral de medio ambiente firmado en 1989 por 170 países, define la chatarra electrónica como todo equipo o componente electrónico incapaz de cumplir la tarea para la que originariamente fueron inventados y producidos.
Estos desechos son altamente contaminantes debido a los elementos empleados en su producción; por un lado están los compuestos orgánicos policromados o retardadores de flama (bifeniles polibrominados o éter difenil hexavalente) que se usan como aditivos en los plásticos, y por el otro los metales pesados como plomo, mercurio, cadmio, selenio y cromo.
Además, contienen oro y arsénico, lo que trae consigo que la contaminación por residuos electrónicos esté adquiriendo una dimensión preocupante, pues dichos componentes afectan el suelo, el agua, el aire y la salud de los seres humanos.
En México, un estudio del Instituto Nacional de Ecología reportó en 2006 que la contaminación del agua con metales pesados como plomo, cadmio o mercurio fue 190 veces más alta que los niveles que la Organización Mundial de la Salud considera inocuos.
Los expertos afirman que esta situación resulta más alarmante en los países del tercer mundo, receptores de la basura electrónica que descartan los países industrializados.
La ruta de la basura tecnológica
India, China y África reciclan la mayor parte de los desechos electrónicos que genera Estados Unidos. Allí, se sacan plomo, oro y otros metales; pero, en el proceso, elementos como el cadmio o el mercurio contaminan el suelo y el agua.
La realidad es que el reciclado de dispositivos es imperceptible y la mayor parte van a los vertederos a cielo abierto; el más grande de todos está en Guiyu, ciudad de China, país que admitió en 2011 ser receptor del 70 por ciento de los desechos tecnológicos del planeta, según el diario español El Mundo.
En el otro extremo están naciones africanas como Nigeria, que no posee la infraestructura para reciclar componentes electrónicos y a donde llegan toneladas de aparatos destrozados provenientes de Estados Unidos, Canadá, Japón y Corea del Sur, porque resulta más rentable que procesarlas.
Según estudios del año 2010, a Lagos, ciudad nigeriana, arriban cada mes 500 contenedores con equipos electrónicos usados; cada contenedor lleva alrededor de 800 computadoras, para un total de 400 mil mensuales. De ellas, un 75 por ciento es inservible y la práctica común es quemarlas, por lo que pueden verse espesas columnas de humo negro en los alrededores de Abuya, la capital.
Las quemas liberan componentes tóxicos que contaminan el subsuelo y el agua subterránea. Esta actividad la realizan niños, quienes están expuestos al cromo usado para las cubiertas de metal, que es cancerígeno.
El cadmio, componente de baterías recargables, daña los huesos y los riñones, y el mercurio, imprescindible para producir iluminación en monitores, es nocivo para el sistema nervioso y el cerebro.
Actualmente existen convenios para atender esta situación, como el de Basilea, que exige a los países desarrollados informar a las naciones receptoras de la chatarra tecnológica la llegada de embarques con desechos peligrosos, pero en la práctica esto no siempre ocurre.
El 40 por ciento de los residuos electrónicos consiste en metales, el resto se divide a partes iguales entre polímeros y óxidos refractarios. Aunque las cantidades más significativas están entre el hierro y el cobre, también hay que tener en cuenta al niobio y el tantalio, más importantes en la fabricación de componentes específicos y que, a diferencia de los anteriores, no son reciclables.
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| Composición de los residuos electrónicos. |
La guerra del coltán
La obsolescencia tecnológica no solo implica la acumulación de desechos electrónicos que podrían procesarse para su reutilización, sino también la sobreexplotación de recursos naturales no renovables.
El coltán no es un mineral ni una materia prima propiamente dicha, sino el término para referirse a la aleación de dos minerales de gran demanda en la industria electrónica, que cada vez precisa más de componentes pequeños de gran consumo para dispositivos móviles, computadoras portátiles, consolas de videojuegos, implantes, centrales atómicas, misiles y fibra óptica.
Se trata de la columbita (óxido de niobio con hierro y manganeso [(Fe, Mn) Nb2O6]) y la tantalita (óxido de tantalio con hierro y manganeso [(Fe, Mn) Ta2O6]).
El tantalio, que alcanza la fusión a temperaturas muy altas (3017 °C), es un superconductor muy resistente a la corrosión, empleado en la fabricación de cámaras digitales.
El niobio, por su parte, es esencial en aleaciones para maquinaria y gasoductos que trabajan a altas presiones, así como en las súper-aleaciones de los tubos de escape de automóviles y turbinas de aviones a reacción por su resistencia a las altas temperaturas. También está presente, junto al titanio, en electroimanes para los equipos de resonancia magnética nuclear.
Desde junio de 2010, la Comisión Europea XXX incluyó al niobio y al tantalio entre las 14 materias primas con riesgo de escasez, otorgando a estas el mayor impacto económico por desabastecimiento. El análisis prevé, además, que la demanda de estos minerales podría triplicarse en los próximos 20 años.
El monopolio del coltán se concentra entre China, Rusia, República Democrática del Congo, Tailandia, Australia y Brasil. La nación africana, por sí sola, posee el 80 por ciento de las reservas de este material en su subsuelo. El volumen de bosques arrasados para su extracción es desconocido; sin embargo, las ganancias por este concepto rondan los 200 millones de dólares.
Lejos de revertirse en beneficios para los congoleses y la reforestación, los ingresos obtenidos con el coltán pertenecen a Ruanda, Uganda y a transnacionales de occidente, las cuales financian grupos paramilitares que protegen el territorio de las minas, reclutan a niños en sus tropas y utilizan mano de obra semiesclava.
Allí, las pugnas por el control de los yacimientos de coltán resultaron en un conflicto armado que, desde 1997, ha causado la muerte de seis millones de personas, según el sitio en Internet del Instituto Jane Goodall (www.janegoodall.es [2]), así como abuso de los derechos humanos, contaminación ambiental y la reducción drástica de la población de gorilas, una especie en extinción debido a la tala de los bosques donde habita.
A pesar de las reservas congoleñas, desde inicios de 2000 se acumula una escasez de tantalio y niobio, motivo por el cual Sony, gigante japonés de la electrónica, se vio obligado a aplazar el lanzamiento de la consola Play Station 2 en 2001.
Materiales estratégicos del siglo XXI
Minerales como el niobio y el tantalio han ascendido a la categoría de estratégicos para el desarrollo industrial en el siglo XXI. Sus propiedades prometen aplicaciones fabulosas en la producción de tecnología de punta, aleaciones de calidad superior y en los sectores militar y aeroespacial; sus reservas son codiciadas y su exportación deviene en ingresos nada despreciables.
La falta de programas de reciclaje adecuados y el hecho de que no existen productos sintéticos ni otros minerales menos conflictuales que sirvan de sustituto viable al niobio y al tantalio, entre otros, son factores importantes en el impacto de la basura tecnológica sobre el medio ambiente.
Aunque varios países industrializados han iniciado programas de reciclaje de oro, cobre y cinc para sacar provecho de la tecnología obsoleta, en muchos casos estos metales no han sido tratados óptimamente, lo cual crea importantes secuelas económicas, ecológicas y de control ambiental. Por ejemplo, en aplicaciones donde tales materiales aparecen en forma sólida, solo una parte de la chatarra electrónica se recupera y una importante cantidad se descarta.
Además, están las operaciones minero-metalúrgicas, generadoras de efluentes líquidos altamente contaminantes que contienen oro y arsénico disueltos. Su recuperación por métodos como la cementación, la electrólisis, la precipitación química y las resinas de intercambio iónico se ha estudiado; sin embargo, la dificultad técnica que implica ponerlos en práctica y el bajo potencial de recuperación y pureza del resultado final hace pensar a las grandes empresas en la balanza costos y beneficios antes que en el impacto ambiental de los desechos.
Si el reciclaje resulta insostenible para la industria, por motivos económicos más que tecnológicos, ello no implica una autorización para evadir su cuota de responsabilidad ambiental sobre lo que produce.
Los cambios en los ciclos del sector industrial se imponen. Si no es en la prolongación de la vida útil de los objetos, al menos su disposición final debía pensarse desde la concepción del producto. Así lo propone el concepto cradle to cradle (de la cuna a la cuna), donde se dibuja un esquema de consumo tecnológico sustentado en la eficiencia industrial y el respeto al medio ambiente.
Uno de los objetivos de cradle to cradle es lograr el cierre completo de los materiales que se empleen en determinado producto; en otras palabras, que este sea totalmente reciclable y se pueda reintegrar en el ciclo natural al concluir su vida útil. En este sentido, la India aprobó en 2011 una Ley de Basura Electrónica, que obliga a las empresas a responsabilizarse de todo el ciclo de vida de los productos electrónicos, desde el diseño hasta su reciclaje.
Alternativas prácticas
La disminución del impacto ambiental de la obsolescencia programada no puede depender exclusivamente de la modificación de modos de hacer en la industria legitimados a través del tiempo y gracias a la presión de fuertes grupo económicos. Existen otras alternativas que parten de la iniciativa individual de tomar lo que ya existe y extender su utilidad al máximo. Existen proyectos comunitarios como el de Cerro de Patacón, en Panamá, donde cada año se acumula basura electrónica resultado de la actualización tecnológica del sector empresarial.
El proyecto, promovido por la Universidad Tecnológica de Panamá, consiste en recolectar parte de la basura tecnológica, diagnosticar si puede reutilizarse y reensamblar los componentes útiles en un todo funcional, luego se reinstala con un sistema operativo con código de fuente abierto y se dona a escuelas.
Chile, Argentina, Colombia, Guatemala, Uruguay, Brasil y México han puesto en práctica iniciativas de inclusión digital bajo principios similares a los del proyecto de Cerro Patacón, donde emplean tecnologías obsoletas recicladas, importadas o donadas por países con mayor ventaja tecnológica.
También en el espíritu de aprovechar dispositivos de comunicación reutilizables, Google y Motorola presentaron el Proyecto Ara, un smartphone modular en el que se pueden reemplazar piezas como la batería o el procesador en vez de desechar todo el dispositivo si estos dejan de funcionar.
