Soy lo que ves
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- Entrevistas [1]
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A sus 17 tenía el garbo y misterio de un retrato de Nadar. Llevaba el pelo corto. Era delgada. Y con sus 1,70 de estatura, lucía aún más convincente que aquella esquelética modelo de las minifaldas de Mary Quant.
Cuando por primera vez llegó a La Habana, comprendió que la revolución juvenil de los 60 la había sorprendido, tal vez, dormida. Atrás quedaban Holguín, las reuniones de domingo y los ecos de un pasado receloso de esa “plaga” cosmopolita llamada libertad.
Cuatro décadas después, en el desorden de una oficina repleta de libros, la doctora Lilliam Álvarez disfruta recordar “aquellos contradictorios, utópicos, pero felices años sesenta”, cual si leyera en las memorias casi fotográficas de un cubano “conflictivo” de apellido Paz.
Es 18 de septiembre del año 2008. Y Yiya -para sus cercanos y también para nosotros-, nos recibe como a viejos amigos, posa para unas “fotos coquetas” y conversa largo y tendido, sin echar de menos al reloj.
Mujer de capa y espada
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Apasionada, tenaz, incansable, en la batalla por la divulgación de la cultura científica Yiya se olvida de su timidez
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Cientos de páginas tiene el libro de su vida. Hojas brillantes que cambiarían el curso de esta misma historia. “Para eso está el currículum”, se excusa elegante, mientras salva su modestia de tantos premios y títulos.
Entonces hablamos de todo. Del lado humano de sus empeños y miedos; del colegio cuáquero, de sus libros primeros y de Laurencio, el profesor de secundaria que encantaba a todos con su cartabón de madera y sus rectas infinitas sobre el pizarrón.
“Mi pasión por el conocimiento se la debo a mi familia, en especial a la materna: seres sencillos y brillantes a la vez. Fue en casa donde aprendí el valor de la cultura, que es la verdadera plenitud del ser. Porque lo que no ha entendido mucha gente es que no basta con saber de Astronomía, lo preciso es comprender el universo.
“Vengo de una estirpe de mujeres avanzadas para su tiempo. María Dolores Ortiz, mi prima hermana, tiene la sospecha de que en los Díaz, ellas siempre fueron las más fuertes y avanzadas: emprendedoras, estudiosas, difíciles de vencer…”
Sus pupilas brillan ahora y descubren que su desvelo por la revalorización del papel femenino en la historia, ya no es solo una conciencia adquirida con el ejercicio de una profesión con predominio de hombres, sino también una sensibilidad aprehendida en un entorno de humanos admirables.
La ciencia es una dama con camisa de patriarca. Con los años, ha ido despertando a esa preocupación. Y es usual que en cada evento o congreso de ciencias exactas, repare en esas pocas colegas solitarias y evasivas; extrañas, diría, en su mundo de renuncias.
“En nuestra escuela de Física… ¿Acaso no es notable? Las muchachas llegan femeninas, y hasta presumidas. Ya con el paso del tiempo, algunas pierden esa delicadeza. Incluso, tengo la impresión, lo he dicho y lo he escrito muchas veces, de que en Cuba para que una mujer logre acceder a planos de poder, tiene que asumir esquemas masculinos.
“No es mi caso. Porque en primer lugar soy como soy, y nadie me hará cambiar. Recuerdo que en el primer año de la carrera de Física, yo era una muchacha sin historia, una provinciana más para algunos egresados de un preuniversitario de excelencia como el Raúl Cepero Bonilla, aquí en la capital. Era un clan bien autosuficiente. Nunca antes viví tan de cerca la pugna entre géneros convertida en rivalidad.
“Un día casi estallaron: ¡¡¿Quién es Lilliam Álvarez?! Acababan de publicar las primeras notas de Análisis Matemático. Miré la tablilla. Había varios suspensos, unos cuantos 4, y muy sorprendentes 5. Entonces contesté satisfecha: Compañeros, ¿a quién tengo el placer de ayudar?”.
De qué callada manera...
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“Los hijos son un premio, que ganamos a base de esa fórmula inequívoca llamada ejemplo personal”.
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Cuentan que disfruta el silencio de su casa, que descree de los discursos moralistas y que tenía una gracia indiscutible para hacer “botellas” hacia ese barrio remoto que es Alamar.
Sus amigos le agradecen tenerla todos los días. Y cuando en las mañanas también llega sudorosa a su oficina del Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente, los trabajadores, especialistas, custodios y toda la gente sencilla, saben bien por qué llamarla una mujer excepcional.
A veces puede avergonzarle su oficina, pero ¿a qué organizar su místico desorden? Después de unos cuantos años frente a la dirección de Ciencias del CITMA, da gracias por no haber aprendido. Su caos, asegura, le avisa y la salva de las poses burócratas.
“Mi discurso no es de consignas. Hablo lo que me dicta el pensamiento. Además, soy “zurda” completa. Y esa vocación de izquierda es el resultado de una convicción. Quien viaja por el mundo se da cuenta: en Cuba hay talento, hay una obra hecha. Yo siento orgullo de ser cubana y patriota”.
Vive en un apartamento modesto, donde a ratos armonizan la austeridad y el eco casi taciturno de algún tema de Silvio, Caetano, o Serrat. No tiene lujos… Ni tampoco teléfono, paradojas de esta vida que no se cansa de amar.
“Mi familia es mi fortuna. Mi esposo, mi madre, mis hijos, mis hermanos y yo. Gente hogareña. A menudo, los amigos de la juventud se asombran de que aún estemos casados: mi generación no suele estar al lado de la misma persona que entonces. Pero él y yo aprendimos la vida en retaguardia. Hasta hicimos nuestros doctorados al mismo tiempo, bajo el acuerdo de no descuidar nunca a los niños.
“Con sudor hemos andado. Ese ha sido el ejemplo que hemos dado a nuestros hijos. Ellos optaron por seguirnos y hoy la hembra es licenciada en Matemática y el varón, ingeniero industrial. A la distancia de los años, lo pienso y celebro; después de todo, la fórmula no estuvo tan mal”.
Un sueño sí le queda postergado: volver a investigar, como lo hiciera por treinta años en el Instituto de Cibernética, Matemática y Física (ICIMAF), hasta que en el año 2002 la entonces ministra Rosa Elena Simeón la distinguiera con su actual responsabilidad.
“Espero ese día. Sería como caminar descalza por el suelo pelado, ¡y mira que ese gusto me llena con creces! Porque he aprendido todo cuanto he querido, pero aún siento ansias de estudiar y guiar a otros por esos caminos.
“La ciencia cubana es un edificio ascendente, sin techo, y sus científicos no somos millonarios, pues ese afán de saber y aprender muchas cosas en la vida no reporta nada material. Pero el premio espiritual es incomparable: la sabiduría abre un espacio vital siempre indescriptible.
“Ahora seré nadie. Pero si volviera a nacer, a tener otra oportunidad en la Tierra, volvería a estudiar, volvería a ser científica. Mi virtud es ser lo que ves”.

