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Los libros son puentes inmateriales que nos trasportan a anchuras remotas. Todo desaparece a nuestro alrededor y caemos, como la vehemente Alicia de Lewis Carroll, por una especie de agujero, para ser testigos de una historia atrapada por los siglos.
Un día de noviembre experimenté ese salto. Sentada ante una mesa de oficina, leía una autobiografía con el propósito de escribir este trabajo periodístico. Y de pronto ya no estaban las cuatro paredes, ni las interrupciones del teléfono, ya no era La Habana de los 2000, sino los primeros atisbos del siglo XIX, en Inglaterra, donde dos niños alborotan en los límites de un bosque.
Uno de ellos se llama Charles Darwin; luego pasará a la historia de las ciencias naturales, pero en estas páginas es apenas un chiquillo que juega y muestra vivo interés por las plantas. Con orgullo se vanagloria frente a su amigo Leighton de sus habilidades para producir primaveras de diferentes colores con líquidos teñidos, lo cual, por supuesto, constituía una monstruosa mentira, mas el pequeño Darwin era ducho en artimañas y en narrar falsos relatos que le permitieran despertar la admiración de los demás.
De aguda inteligencia y carácter un tanto hermético e ingenuo, Darwin practica aficiones poco comunes entre los de su edad: disfruta al dar paseos solitarios, sentarse en las márgenes de los ríos, pescar, cazar y recolectar infinidad de insectos.
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En septiembre de 1842, Darwin y su familia se instalan en Down, en el condado de Kent, buscando una de vida más adecuada a las frecuentes recaídas de su enfermedad. En las imágenes una vista exterior de la casa y del despacho donde trabajaba
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Es el verano de 1818 y Charles, ya un adolescente, frecuenta la escuela del Doctor Butler, en Shrewsbury, donde permanece hasta cumplir los dieciséis años. El joven piensa que la enseñanza clásica de su colegio es insuficiente, pero la lectura de Wiliam Shakespeare y de materiales científicos siempre le entusiasmó. Y no le faltaba tiempo para pasar largas horas con su hermano en un laboratorio químico improvisado en la casa paterna.
Siete años más (1825) y Darwin finaliza el colegio. Su padre, Robert W. Darwin, médico afamado de la localidad, lo envía a estudiar medicina, junto a su hermano, en la Universidad de Edimburgo.
A menudo, el señor Darwin censura el comportamiento disipado de su hijo Charles en el colegio y le reprocha su predilección por los animales. Y tiene razón. En las mañanas invernales, cuando la nieve se acumula en el alféizar de la ventana, puede verse al joven bostezar durante las clases de medicina. Se aburre terriblemente y lo abruman las prácticas de disección de cadáveres o acudir a la sala de operaciones.
En una ocasión asiste a la intervención quirúrgica de un niño, pero es tal compasión por el paciente que su carácter nervioso e hipocondríaco no le permite permanecer en el salón hasta el final.
Dos años de estudios no surten efecto, aunque por un momento, quizás parapetado en la ceguera de su propio deseo, el padre cree el hijo se convertirá en médico eminente. Pero Charles continúa interesado por las ciencias naturales y ha encontrado en su propia familia el asidero necesario, al sucumbir admirado ante la lectura de Zoonomia, una obra en verso escrita por su abuelo paterno, Erasmo Darwin, médico y naturalista.
Transcurridas las vacaciones de 1826, el padre termina por comprender que el joven detesta la idea de convertirse en médico y le sugiere hacerse clérigo en la Universidad de Cambridge. Tampoco resulta. Otras ansiedades mueven el corazón de Charles: el arte del coleccionismo y la observación hervían en su sangre.
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Enma y Charles se amaron con tensa calma. Se especula que él demoró la presentación de sus estudios para no molestar el sentimiento religioso de la madre de sus hijos |
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La mañana es fría y Charles ha salido temprano de excursión. Arranca viejas cortezas de los árboles y se percata de la presencia de dos raros escarabajos. Toma uno en cada mano y continúa la exploración, pero el corazón le da un vuelco cuando observa que un tercero, mucho más extraño, se desplaza por la hierba. Entonces, con el deseo de no dejarlo ir, se introduce en la boca el que sostenía en la mano derecha y de inmediato lo escupe: un fluido ácido excretado por el insecto le quema la lengua. Asimismo pierde al tercero.
El coleccionismo se convierte en su pasión y consigue especies de insectos muy raras. Tanto que logra que su crédito (Capturado por C. Darwin) aparezca en un libro de grabados ingleses.
Pero lo que más determina en su carrera como naturalista será la amistad con el profesor y reverendo John Henslow, quien le inclina a estudiar geología y botánica. Más tarde, Henslow le proporciona a Darwin la oportunidad de embarcarse como naturalista con el capitán Robert Fitzroy, a bordo del Beagle, en un viaje alrededor del mundo que cambiará el rostro de la biología.
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Los primeros 1250 ejemplares del “El origen de las especies” se vendieron el mismo día de su aparición, el 24 de noviembre de 1859. |
Desde su regreso de la expedición, en octubre de 1836, hasta comienzos de 1839, Darwin vive los meses más activos de su vida. Trabaja diariamente en la redacción de su diario de viaje (publicado ese mismo año) y en la elaboración de dos textos que contienen sus observaciones geológicas y zoológicas.
Instalado en Londres, hace vida social y ocupa el cargo de secretario honorario de la Sociedad Geológica. En esta etapa, empieza a escribir su primer cuaderno de notas sobre sus nuevos puntos de vista acerca de la modificación de las especies, la clasificación, las afinidades y los instintos de los animales.
Es entonces que Emma Wedgwood, su prima, entra definitivamente en su vida. Un día frío de enero de 1839 contraen matrimonio y casi en seguida tienen su primer hijo, de un total de diez, seis varones y cuatro niñas.
En 1842 la familia Darwin se traslada de Londres a Down, en busca de una vida más adecuada a los frecuentes períodos de trastornos nerviosos que afectaban a Charles. A ratos la tranquilidad del hogar se conmociona. Todas las mañanas escribe y perfecciona el libro que le hizo inmortal, “El origen de las especies”: trece meses de duro trabajo y de conflictos con su esposa, debido a las creencias religiosas de ella.
Mucho antes del casamiento, Emma le había manifestado sus recelos sobre la ciencia y el temor a que creciera su escepticismo por la religión. En una carta mencionaba “el doloroso abismo” que significarían sus ideas científicas en contraposición con su fe a lo largo del matrimonio. Probablemente, con el deseo de no herir los sentimientos de su esposa, Darwin decidió aplazar la publicación de su inmortal obra, aunque algunos biógrafos achacan a sus inseguridades, tal posposición.
Las implicaciones teológicas de la teoría darwinista, que atribuía a la selección natural facultades hasta entonces reservadas a la divinidad, fueron causa inmediata de una enconada oposición encabezada por el paleontólogo Richard Owen. En una memorable sesión de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, realizada en Oxford en 1860, el obispo Samuel Wilberforce intenta ridiculizar la tesis evolucionista. Una fuerte polémica surge entonces entre el zoólogo Thomas Henry Huxley y la oposición religiosa de las tesis de Darwin. Cuando el obispo pregunta a Huxley si le hubiera sido indiferente saber que su abuelo había sido un mono, este le responde: “Estaría en la misma situación que su señoría”.
Darwin no era aficionado a las polémicas personales. Participaba con los argumentos expuestos en sus obras, casi con timidez, amparado tras su luenga barba blanca. Sus seguidores hablaban por él.
A finales de 1881, el padre de la estirpe de los evolucionistas comienza a padecer de graves problemas cardiacos y el 19 de abril de 1882, un definitivo ataque al corazón cierra sus ojos. Acaba de entrar en la historia de las ciencias naturales Charles Darwin.
Dossier:
- Charles Darwin [1]
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