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“La aventura es mi vida ”

Autor: 

Yamilet Pérez Peña, estudiante de Periodismo
  • Entrevistas [1]

Fecha de publicación: 

27 Septiembre 2014

Crédito de fotografía: 

Cortesía del entrevistado
Conversador contumaz y eficiente comunicador de las ciencias, este investigador del Museo Nacional de Historia Natural ha recorrido como pocos la geografía caribeña y es de los pocos cubanos que puede hacer gala de haber tenido en sus manos el cráneo de uno de los reptiles que poblaron el mar Caribe hace millones de años.

De pequeño alimentaba su imaginación con la lectura de los libros de Emilio Salgari y Julio Verne. Años más tarde, aquella afición por la aventura le llevó a explorar cavernas, a andar por bosques, ríos y montañas. Fue así que lo desconocido se convirtió en el móvil perenne de su oficio de investigador.

Una mezcla de erudición y curiosidad infinita han sido las más importantes vocaciones de Manuel Iturralde Vinent, que lo movilizaron desde la época en que era estudiante del Instituto del Vedado, cuando formó parte del grupo espeleológico Murciélago y comenzó sus indagaciones en el Bosque de la Habana.

En ese hábitat natural tuvo contacto con fósiles, que le despertaron expectativas todavía insatisfechas. El afán de aprender y descifrar los acertijos de la naturaleza aún le persigue.

Inmerso en el mundo de las ciencias naturales conoció a Antonio Núñez Jiménez, en la época en que la Academia de Ciencias de Cuba se instaló en el Capitolio de La Habana. Una visita al entonces Museo de Ciencias Naturales sirvió para que el destacado científico encausara sus inquietudes.

Luego necesitó trabajar y transformó sus episodios explorativos en medio de subsistencia. Comenzó como ayudante de micropaleontología (estudio de los fósiles pequeños), en el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH). Fue ese su primer paso hacia las geociencias.

En la escuela primaria en 1957

En esa época recorrió Cuba junto a la doctora china Hao Yi Chun, con quien aprendió los secretos de la paleontología y el idioma inglés. Después dirigió el Departamento de Geología Aplicada del INRH.

Las responsabilidades que asumió entonces hicieron impostergable su regreso a la escuela, abandonada por sus afanes de explorador. Así, venció la Facultad Obrera y matriculó Ingeniería Geofísica, para luego graduarse de la especialidad de Geología en 1975. Desde ese momento se entrega a la cartografía geológica en La Habana y Camagüey, hasta que en 1989 el Museo Nacional de Historia Natural le abre sus puertas. Allí parece haber encontrado el sitio ideal para verter su magisterio comunicativo.

El hombre orquesta

Es febrero de 2009 cuando asumo el desafío de adentrarme en la vida de Iturralde. Pocas veces se puede dialogar con alguien que ha caminado entre las pirámides egipcias, por las arenas cercanas a El Cairo.

Pero es un gigantesco mapa de Cuba lo que cuelga en una de las paredes de su oficina. Del buró emerge el olor característico de viejos libros y documentos que soportan la prueba del tiempo. Deduzco el largo andar de este hombre por la historia de la naturaleza. Aunque es Doctor en Ciencias Geológicas no se ha conformado con una sola especialidad.

–¿Por qué?
–Quise estar preparado para resolver problemas disímiles. He investigado sobre dinosaurios, reptiles marinos, monos y tiburones fósiles; es necesario que haya científicos capaces de mirar los distintos fenómenos como un todo.

“De esa manera he descubierto especies de animales prehistóricos e investigado el origen y evolución de la flora y la fauna de Cuba y el Caribe, una contribución a la historia de la formación de esta zona geográfica.

“Me especialicé en paleontología, paleogeografía y carstología ambiental de Cuba y el Caribe. Y al placer de investigar se sumó siempre el de excavar en busca de fósiles y explorar cuevas de República Dominicana, Puerto Rico, Jamaica, Estados Unidos, Argentina, Venezuela y, por supuesto, nuestro archipiélago”.

En un momento de su vida, Iturralde sintió que debía relacionar en la práctica sus conocimientos científicos con el desarrollo de la sociedad. Y estudió fenómenos como los terremotos, la erosión de los suelos y el efecto de los cambios climáticos en las transformaciones costeras. Como resultado de ese quehacer surgieron varios documentales producidos por Mundo Latino; a ellos incorporó siempre el punto de vista geológico y su provecho social.

A partir de esa iniciativa elaboró una serie de folletos educativos, cuyo espíritu ha sido trasmitir a la familia cómo protegerse de los terremotos, de las penetraciones del mar, las aguas contaminadas y otros fenómenos naturales.

La presidencia de la Sociedad Cubana de Geología ocupa buena parte de su tiempo, mas Iturralde no abandona sus múltiples proyectos. “Quiero terminar para el 2012 un texto de geología de Cuba que recoja un importante volumen de información útil a la sociedad”.
 

Cruzando el río Cuyaguateje en el año 2008

–¿Es dura la vida de un geo-naturalista?

El laboratorio donde guarda muestras de rocas y fósiles.

–Sí, hay que trabajar tenazmente en la oficina y en el campo. A veces me levanto, miro por la ventana y digo: qué día más lindo. Al instante, cierro y empiezo a trabajar hasta las 12 de la noche. La ciencia requiere sacrificios: hay que leer mucho, estudiar y analizar para llegar a un buen resultado.

Entregarse a la investigación en ciencias naturales significa exponerse a no pocos rigores: a embarrarse de fango y mojarse con la lluvia, a caer en un río y ser picado por los mosquitos. “Es estar en contacto directo con la vida.

“Una vez me invitaron a buscar fósiles de dinosaurios en el desierto de Neuquen, en Argentina. Me dijeron que debía tener cuidado porque el día era muy caliente y la noche, gélida. Sorpresivamente, ocurrió todo lo contrario. De día hacía frío y mucho viento, y en una ocasión, en medio de la nada arenosa, comenzaron a caer unos granizos que parecían limones, acompañados de un aire helado. No había cómo protegerse. Casi nos congelamos, pero encontramos un enorme cráneo de plesiosaurio, reptil marino que vivió hace 140 millones de años. Valió entonces la pena. Son muchas las anécdotas, algunas francamente simpáticas.

“En una ocasión estaba trabajando en Holguín y mandé a un amigo en La Habana una muestra para que determinara su antigüedad. Un buen día llega un telegrama que decía ´urgente para Iturralde´ y viene un compañero muy serio y me anuncia: ´tenemos malas noticias, ya tiene el pasaje de regreso´. Cuando abro el sobre leo: ´fauna mala, probable mioceno´. Aquel hombre pensó que fauna era alguna persona, y mioceno, una enfermedad”.

Al haber de este científico cuentan innumerables proyectos concluidos. Entre ellos, estudios sobre las prin­cipales cuencas de aguas subterráneas de Cuba y el levantamiento del mapa geológico y tectónico del país. De los premios recibidos, en especial aprecia la Orden Carlos J. Finlay y la medalla Felipe Poey, aunque cree que el mayor reconocimiento al que se puede aspirar es ver convertido en cultura el resultado de sus investigaciones.

–¿Su mayor satisfacción después de décadas de in­tensa labor científica?
–Sentirme maduro de pensamiento y joven de corazón. Y continuar buscando en todo lo desconocido, lo insólito y cotidiano de esa gran aventura que ha sido y es mi vida profesional.

 

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