Regalo de reyes
Autor:
- Entrevistas [1]
Fecha de publicación:

Crédito de fotografía:
Con tantos mirones encima, los cachetes inflados, y esas terribles enaguas de tuercas y metal exprimiéndole las piernas, su suerte parecía la de la infanta Margarita, en una criolla versión de Las Meninas.
A los nueve años, lo único bueno de estarse quieta es que la calma aviva los sentidos y pone los ojos de almendra de tanto mirar a todos lados. Y ahora, antes de la foto, quiere dejar bien claro que los suyos no vinieron de China, sino de España, en la misma maleta que un molino de viento.
Como nació un 6 de enero, Olga Marina, su mamá, sospecha que ella es su regalo de reyes. Y desde siempre, muy a pesar de sus rodillas enfermas, vive fascinada con haber venido al mundo gracias a unos magos, y envuelta en un turrón.
Muchos años después, su retrato no evoca ya a la infanta Margarita, sino a una muchacha dulce, de ojos almendrados, y una extraña timidez que, sin embargo, infunde una confianza de antigua conocida..
Nadie, nunca, nada
“Es que no sé si merezca esta entrevista”, me dijo con tanta franqueza que, por un instante, me desarmó.
“Hay quien precisa una vida para consagrarse, pero en tu caso ya no sería una entrevista, sino un libro entero”, repuse. Y la broma funcionó.
Ayudaba el hecho de ser coterráneas, y compartir ese fervor fanático por la ciencia y el agua de tinajón. Conversamos por casi dos horas, a saltos, porque las escenas acudían a su mente como en un cinematógrafo, algunas con tanta fuerza que le quebraban la voz.
“Mi infancia es el mejor recuerdo de mi vida: una niñez feliz, como solo pudo serlo rodeada de tanto afecto y humanos buenos. Viví el idilio de una familia sagrada: padres, hermanos, abuelos, y bisabuelos, juntos en la misma casa. ¡Te imaginas qué privilegio!
“Aquel era un hogar de costumbres deliciosas, como el ritual de sentarnos a la mesa servida con todos los cubiertos, así hubiese solamente sopa; y también los dulces caseros, sin los cuales el menú estaba incompleto.
![]() |
| En La Josefina, la finca de sus sueños de la infancia, junto a su madre y uno de sus tres hermanos |
“Mis tíos abuelos eran productores agrícolas, y tenían una finca, La Josefina, situada a unos pocos kilómetros de Vertientes, el pueblo donde nací. En muchas de mis vacaciones regresaba a aquel lugar donde aprendí casi todas las labores domésticas:a coser, a bordar, a cocinar, y, por supuesto, a trabajar la tierra. “Mi delirio era pasar largos ratos en el frutero. Recuerdo como momento favorito el final de un buen aguacero, por ese olor a tierra fresca, tan parecido al del amanecer, cuando la hojarasca rebosa de rocío.
“Siempre me gustó seguirle la huella a lo desconocido, o por lo menos a aquello menos visible a los ojos: el insecto más pequeñito, la hoja diferente, el curso de un hormiguero... Eso, hasta que tropezaba con una rana. ¡Mi temor de toda la vida!
“Aquellas temporadas en la finca me convencían de una verdad cada vez más definitiva: las matemáticas eran el pasatiempo preferido, pero mi vocación era el mundo vivo.
“Como me inclinaba por las asignaturas de ciencias, mis padres quizá soñaron con que fuera ingeniera civil o arquitecta... Ya en el IPVCE Máximo Gómez, participé de manera activa en concursos de conocimientos y consolidé una vocación más fuerte por los números, gracias también al empeño de mi profesor César.
“En un momento llegué a interesarme por la Medicina. Pero siempre guardé el temor
de enfrentarme al dolor humano. Había vivido muy de cerca una deformación ósea en las rodillas, por la cual fui tres veces al salón de operaciones siendo niña.
“Entonces, aposté por la Agronomía, a pesar de que el promedio me alcanzaba para soñar con otro futuro, ,supuestamente mejor. Solo yo podía explicarme por qué vivía fascinada con aquel mundo y por qué sería aquella mi primera opción, y punto.
“Mis padres no pusieron reparos, salvo el de mis limitaciones físicas. Y ¿sabes?, no me arrepiento en lo más mínimo. La agronomía es una de las carreras más completas que existen y una de las más definitivas en la historia de este siglo. Cada vez que pienso en la misión de los agrónomos, me va pareciendo una profesión más bella, aunque no se diga en los periódicos ni salga en la televisión”.
Todos los caminos
![]() |
| Aunque su género literario preferido es el policiaco, Lisbet ha leído mucho y de todo. En la vitrina, “patrimonio personal”, guarda una bien conservada colección de enciclopedias UTEHA para la juventud |
Por aquellos ojitos náufragos en un mar de sollozos, habría dado el abuelo más que sus libros, la vida misma. Al final, todo su caudal: libros y vitrina, no eran más que polvo y bostezos abandonados en un rincón. Pero don José, que era un gallego tozudo y bien plantado, resolvió que heredarlo en vida lo convertía en un muerto. “Nada de eso”, dijo. Y san se acabó.
Durante mucho tiempo, los lomos parduscos y dorados de aquellos libracos habían desatado el cuchicheo indiscreto de los muchachos. Pero en Lisbet, que adoraba el suspense de los cuentos policíacos, el misterio del armario se había vuelto una obsesión.
La casa, inmensa por cierto, de pronto quedó reducida a un único salón. Y todo el universo parecía girar en torno a la anacrónica vitrina, plantada en medio del taller donde el abuelo concentraba sus trastos de mecánica menor.
“El día que mudé aquella reliquia conmigo, temblé emocionada de pies a cabeza. Toda mi vida había formado tanto alboroto alrededor del asunto, que luego no supe exactamente qué hacer. Aquello que comenzó siendo fantasía de niños, terminó en una gran lección: soñar y perseverar siempre, es el único camino para gente como yo”.
Secretos del alma
Con los sentidos atentos, para no llamarse a engaño, recorrió de punta a cabo los pasillos de aquella mansión. Y ya no sabe si fue su apego por el campo, o los inmensos corredores, pero a primera vista, el Instituto Superior de Agronomía de Ciego de Ávila, la enamoró.
Nadó como pez en el agua, sin hacerse notar para mantener a raya el sonrojo, hasta
el día en que todo su año se reunió con el rector.
“Carlos Borroto, nada menos que ese gran maestro, comenzó por ofrecer una panorámica de lo acontecido durante el primer semestre, y no tardó en mostrarse inconforme con ciertos resultados. La gente sudaba frío. En eso se detuvo y preguntó quién era Lisbet Font...
“Pensé que el destino me jugaba una mala pasada, y lo peor era que no sabía por qué”. Pero el rector, hombre sabio, solo pretendía destacar sus cinco puntos de promedio. Aunque trabajo le costara explicárselo después.
“Cuando caí en la cuenta, ya era tarde para reponerme, y la tensión se me escurrió en un mar de lágrimas. Lo que más le agradecí a aquel instante fue el modo en que me atrajo la amistad de mucha gente; una relación muy curiosa, porque me convertí en profesora, cosa que en mí era una excepción.
“Aquel semestre había convalidado todas las asignaturas, pero algunos de mis compañeros (sumaban casi un aula), llevaban deudas en Matemática.
Entonces, decidí quedarme en la universidad durante los dos meses de examen. Hoy muchos de aquellos muchachos me ven por ahí y vuelven a evocar aquellos momentos, con tanto cariño que me hacen sonrojar”.
En quinto año, a pesar de sus limitaciones físicas para el deporte y determinadas labores agrícolas, Lisbet fue seleccionada por sus compañeros la alumna integral de esa promoción. Tal vez porque hay almas, más discretas que públicas, merecedoras del mundo por su hazaña de amor.
Lennon, los sueños y yo
![]() |
|
Lisbet y Lennon, protagonistas de una misma canción |
“Hay un mundo vivo bajo cada paso, y nuestro aporte como investigadores es vital en su supervivencia ante los cambios globales. Con esa visión hemos incursionado en agroecosistemas frágiles, como la zona de la costa sur de Camagüey, dedicada en gran parte al cultivo del arroz. Y ya han surgido soluciones para atenuar los efectos de la deforestación, el sobrehumedecimiento, y la indisciplina tecnológica de muchos años allí”.
En este punto, la charla se anima, y comprendo que ni todos los premios dicen más que la pasión de un ser humano.
“Mi primera satisfacción es el trabajo. Aunque en lo personal, mis años en las Brigadas Técnicas Juveniles fueron de una riqueza extraordinaria. Aquí mismo, éramos tan entusiastas con el movimiento que un día calculé cuántos premios Forjadores del Futuro podría alcanzar empleándome de a lleno. “No es broma”, aclara sonriendo. “La cuenta me dio cinco. ¡Y los cinco los gané!
“Porque hay algo cierto en todo sacrificio y es que deja de serlo cuando se vuelve un placer. Al graduarme en la Universidad, viajé durante cinco años de Vertientes a Camagüey. Día tras día. Recuerdo que me levantaba bien temprano, a eso de las tres de la madrugada, para alcanzar el único transporte que salía a las seis. Eran más de treinta kilómetros. Y nunca llegué tarde”.
“Todo cuanto he logrado ha sido a costa de abnegación: la casa donde vivo aquí mismo en mi trabajo, construida a retazos en un antiguo almacén; también mi doctorado; y la crianza de mi hijo. Sin embargo, sería ingrato decir que toda la gloria, si existe, cuelga de mí.
“Sin la ayuda de mis compañeros habría sido imposible hacerme doctora, por ejemplo. Sobre todo en las condiciones materiales de este centro, con pocas computadoras y escasa base material para la investigación. Y qué decir de mis tutores Bernardo Calero y Olegario Muñiz, son como ídolos para mí.
“También está Raulito. Recuerdo que cada noche, después de la novela, mi niño y yo cruzábamos la pequeña explanada que separa nuestra casita del Instituto. Siempre alrededor de las diez de la noche, tendía un pequeño catre con un colchón pequeño, y mientras él dormía, yo escribía mi tesis. Así, hasta las seis de la mañana, hora en que levantábamos el campamento.
“Por tanto y tanto sacrificio, me he ganado el cartel de soñadora entre mis compañeros y, ¡claro que no me molesta! Un día fui y abracé a John Lennon, el del parque de La Habana, como quien dice: ‘tú sabías que no eras el único, pero ¿cómo supiste que también estaba yo?!’”.
Del cielo viene esta luz
“El amor maternal es un instinto, y también el reflejo de una formación. Perdí a mi padre y entrañable amigo a los 13 años. Desde entonces aprendí de mi madre el mismo sacrificio que he empeñado en educar a mi hijo. Por fortuna Raulito es un premio, lo mejor que me ha sucedido hasta hoy.
“A causa de mis tantas responsabilidades, creció yendo a todas partes conmigo, y en muchos ámbitos se volvió conocido por sus ocurrencias y carácter afable. Sospecho que aquel sacrificio moldeó a un humano independiente, justo, bondadoso. A veces, con sus 12 años, me sorprende con consejos de amigo.
“¿Ves este jardín?, me indica con un brillo especial en los ojos. “Lo sembramos juntos. Aquí tenemos limón, aguacate, chirimoya, mango, guayaba, plátanos, y rosas, porque a él le encanta regalar siempre alguna que otra flor. También le gusta escribir versos, y dedicarme postales por fechas señaladas”.
![]() |
|
La situación de la tierra y las plantas ante los cambios globales merece la mirada atenta y esmerada de todos, insiste Lisbet.
|
El día estaba calmo, aunque algunas nubes presagiaban la cercanía del agua. “Qué buena la lluvia, ojalá fuera mucha después de tanta sequía”, dije, y a juzgar por la leve mueca de sus labios, no con toda la razón.
“No, no es eso”, sonrió. “Contrario a lo que algunos piensan, una intensa sequía seguida de períodos lluviosos intensifica los procesos de degradación del suelo. Ese contraste trae aparejados problemas de salinidad y erosión. Sabes qué es lo ideal, mirar a la tierra y buscar el equilibrio; algo así como el gusto de un buen rizado de chocolate, mi helado preferido: ni cacao ni vainilla, sino un mejor sabor”.



