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Coloretes importados

Autor: 

Dania Ramos Martín
  • La Opinión [1]

Fecha de publicación: 

28 Octubre 2014
Calentamiento global, agotamiento de fuentes energéticas, crisis económica, pérdida de la biodiversidad, migraciones masivas…, palabras que se repiten como llamado de campanas a misa dominical.

Calentamiento global, agotamiento de fuentes energéticas, crisis económica, pérdida de la biodiversidad, migraciones masivas…, palabras que se repiten como llamado de campanas a misa dominical. De tan cotidianas ya suenan a “teque”, igual que la pareja que espera algún día gestar los grandes remedios para esos males: desarrollo sustentable.

Redundante mote ha asumido en las últimas décadas una práctica ancestral de “co-vivencia” con el medio natural. Hoy parece hibernar –obnubilada aún con los destellos de una lejana revolución industrial– en espera de tiempos mejores.

Las ciudades del Sur, prestas a emular en la carrera por la modernización primermundista, desafían las reglas del orden y la civilidad. En su lugar, se entroniza el saqueo desenfrenado de recursos venidos quién sabe de dónde –ostentar una megaestructura al estilo neoyorquino parece justificar los medios–, y el envío de desperdicios a receptores desdichados que ya no saben cómo manejar tanta basura.

Pero el planeta, sigiloso, les pasa la cuenta por debajo de la mesa en medio del jolgorio. Y apenas tiene a qué echar mano una sociedad que, en nombre del progreso y el bienestar, ha obviado los ciclos naturales y violentado los procesos de regeneración.

La Habana, con sus siglos de arrogancia, se pavonea luciendo “sus” íconos de desarrollo. Edificios que titilan a lo lejos, de tanto cristal expuesto a la intensa luz, del Caribe, y metrocontadores que se disparan apenas comienza el día, son solo algunos de los “retoques” de ese look que está ya pasando de moda, por ser un capricho incosteable. Entonces tambalea, mientras se desangra en intentos infértiles para dar una imagen de progreso a la usanza de los que pueden pagar sus lujos.

¿Por qué tendría un país tan estrecho, tocado con el don de una brisa envidiable, que encerrar sus habitaciones para disfrutar a toda costa de un aire acondicionado? ¿Para qué abusar de la luz artificial si allá afuera el sol sale a diario, con todo su ímpetu? ¿Debemos olvidar per se los tiempos aciagos de aquel “período” en que aprendimos a crear con nuestros recursos? ¿Cuántas soluciones de entonces han sido abandonadas por asociarse a prácticas forzosas de probreza?

Acostumbrados a querer hacer más con menos, nuestros arquitectos, proyectistas y constructores concentran sus esfuerzos en la etapa inicial de la obra. Decenios de carencias formaron una conciencia de ahorro a ultranza, que es a ratos dañina, al querer reducir a cálculos fríos, ganancias que retornan al bolsillo solo con el paso de los años.

¿Cuánto podría ahorrarse el país si se tuviera en cuenta el consumo de un edificio durante toda su vida útil, en energía, materiales para mantenimiento, pintura de exteriores? ¿Cuánto podría aliviarse el medio ambiente si se previera qué hacer con los desperdicios diarios y se aprovecharan, por ejemplo, la lluvia o la intensidad del calor?

La vocecilla de los ancestros repite tercamente en los oídos de instituciones y pueblo, que urge retomar prácticas constructivas que potencien el autoabastecimiento, la explotación de recursos locales y el aprovechamiento de fuentes naturales de energía, de cara a la solución de problemas futuros.

Dejar de poner los ojos en el “primer” mundo y gestar soluciones viables, que no magnifiquen la tecnología o copien modas foráneas, puede ser un buen comienzo. Potenciar la gestión ciudadana y moldear conciencias, sin imposiciones, seguirá siendo la meta deseable para lograr que nuestro entorno construido se parezca más a lo que queremos y necesitamos, sin falsos coloretes importados..

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