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Copérnico vibró en su tumba. Aquel 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre en orbitar la Tierra. Cuatro siglos después de postulada su teoría, Nicolás hubiera querido vivir, solo una vez más, para jugarse el pellejo en una de esas navecillas de ensueño.
Sin embargo –sopesó–, no debía maldecir su suerte. Al arranque de envidia siguió la vanagloria; a fin de cuentas, había sido el precursor, el maestro. Otras lumbreras de la ciencia mundial supieron de honores gracias a su gran descubrimiento: el sol es el centro del universo. Por generaciones, un mar de dudas sobre la misteriosa manera en que los planetas orbitaban alrededor del astro desató increíbles revelaciones científicas que llevaron a la especie humana a “conquistar” el cosmos.
Regio, y mirando sonreír al soviético, le satisfizo imaginar que, en su fuero interno, le agradecía por abrir caminos a aquella proeza.
Del otro lado del mundo también resonaba el acontecimiento. En Cuba, convulsa entonces por los profundos cambios políticos y sociales de inicios de los años 60, impactaban las imágenes de aquella conquista.
Dos décadas después, el 18 de septiembre de 1980, el ascenso de un hombre al espacio ultraterreste volvía a constituir un suceso mediático: por primera vez, el nombre de un humilde cubano, negro, Arnaldo Tamayo Méndez, entraba en la lista de la historia espacial.
Cargado de numerosos instrumentos y de una apretada agenda de trabajo, salió el guantanamero en misión, a bordo de la nave Soyuz 38, comandada por el ruso Yuri Romanenko. En su estancia, de apenas ocho jornadas, debió ejecutar más de una veintena de experimentos científicos, diseñados y alistados por cubanos.
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- COSMOS [1]
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