8 minutos

Autor: 

Janelle Pumariega
|
26 Marzo 2021
| |
0 Comentarios

Crédito de fotografía: 

Ilustraciones G.Rei

Me gusta: 

Carlos acaba de despertar y no tiene la respuesta para la extraña oscuridad con que lo recibe la mañana: el cielo de un gris jamás visto, un gris limpio, sin nubarrones de lluvia, pero que a la vez arroja una iluminación escasa, como de eclipse. Sí, quizás sea un eclipse, se dice, y busca el sol. Al mirar a través de la ventana no lo encuentra. Lo que sí logra divisar, a lo lejos, en el citadino panorama, es una aglomeración de personas al centro de la calle, la calle de tráfico detenido, de puertas de carro abiertas, de asientos de choferes sin choferes y sin demás pasajeros. Todos se han bajado y caminado hacia la aglomeración.

Hace memoria. No recuerda haber presenciado jamás a tanta gente asaltando aquella calle de tal forma. Parece una marcha, una manifestación… Pero no, no se trata de ninguno de esos actos. Se debe al cielo y su inusual gris, se debe a la oscuridad que lo ha cubierto todo en pleno amanecer. Carlos se cambia de ropa. Lo hace rápido. Nunca ha sido de los que se mete en líos ni en multitudes, nunca ha sido de los curiosos que se acercan tan solo a ver qué pasa. Siempre termina diciendo que no es problema de él, que allá los demás. Pero esta vez es diferente. Le importa a él y les importa a todos. Por eso la gente se congrega a mirar lo que sucede. Él camina hasta allí y se les suma.

Finalmente puede ver el sol, desde ese tramo de la calle. ¿Es realmente el sol lo que ve? El astro se levanta por encima de las construcciones de la ciudad y lanza sus rayos sobre estas, distante en el cielo más profundo y lejano, como cualquier día normal. Sin embargo, esos rayos no iluminan. Y al centro del sol se distinguen manchas, manchas negras, tupidas, como si el propio sol se estuviese quemando.

Carlos sabe que los eclipses hay que mirarlos con gafas, pero este no es un eclipse y todos miran hacia arriba sin preocuparse de si ello les causa algún daño. Se hacen viseras con las manos en la frente, entornan los ojos y miran, porque tienen que mirar, porque las manchas que le han salido al sol, de un día para otro, sin previo aviso científico, no son los cambios de tonos habituales gracias a los que se elaboró la célebre frase hasta el sol tiene sus manchas, no: son manchas repentinas y, aun horribles, aun señales de que algo no anda nada bien, aun presagios de un funesto destino, hay que verlas.

Carlos se acuerda de su escuela. Hay prueba hoy. O había. El sol ha amanecido con manchas y todo cambia ahora en función de ello y de lo que pueda venir después. Se lamenta por la prueba de Matemática que no se hará. Le encanta la Matemática, sentirse capaz de jugar con números y variables, con ángulos y logaritmos, con problemas de álgebra y figuras geométricas, y dar siempre la respuesta correcta.

¿Cuál será la respuesta correcta ahora?, se pregunta y siente impotencia: nadie contesta, todos, en medio de un intercambio interminable y atolondrado, lanzan hipótesis imposibles, mientras se hace cada vez más y más grande la aglomeración de personas y crecen también los clamados por un científico capaz de explicar el fenómeno. Pero ni los propios científicos pueden dar una explicación, se dice Carlos, esto ha ocurrido de la noche a la mañana, cuando han fallado todos los cálculos, todas las mediciones astronómicas, todas las variantes meteorológicas…Alguien gritaante el impacto repentino del sonido de una alarma, la misma que acostumbraba a sonar mucho tiempo atrás para anunciar ejercicios de defensa, la misma que despertaba al niño que Carlos era y le ponía en su corazón un gran sobresalto. Ahora suena también, retumba con más fuerzas, se propaga por toda la ciudad, por sus confines de actividades paralizadas y vidas detenidas que contemplan el sol. Carlos siente el mismo sobresalto de su niñez, con la diferencia de que ya no descansa en el alivio de que todo será un simulacro.

Los gritos de mucha gente alterada secundan el sonido de la alarma. Habladurías sobre la culpa de las empresas trasnacionales que son las que le han hecho eso al sol, los gases contaminantes que emiten al ozono, los extraterrestres y las bombas atómicas, los secretos que siempre se ha guardado la estación espacial, el SOHO…habladurías en una avalancha de incongruencias. Un hombre habla de refugios subterráneos. ¿Dónde quedan los refugios subterráneos?, se preguntan todos. Carlos supone que pocos prestaron atención a los viejos simulacros de la defensa. Él tampoco lo hizo: le daban miedo y pensaba que eran tan solo preparación para una utopía. Ahora que la utopía se había vuelto realidad, ¿cómo enfrentarla?

No puede ponerse a correr como las hordas desesperadas que van de aquí para allá. Tiene que guardar la calma, averiguar qué es realmente lo que está pasando, si de veras hay que trasladarse a un refugio, preguntar dónde es que está el más cercano. Las fuerzas militares deben recoger a los civiles y conducirlos hasta los lugares indicados, eso dice alguien por ahí. Otro alega que esto ha cogido de sorpresa a todos, incluidas las fuerzas militares. Por eso cunde el pánico, por eso ya la aglomeración no está compuesta por cientos sino por miles, por unos cuantos miles. La ciudad entera se bota a las calles, hay gritos y confusión por todas partes. Imposible un traslado organizado a los refugios, ni a ningún sitio: una ciudad entera se ha vuelto loca aún sin saber exactamente qué es lo que pasa, o peor: qué es lo que pasará.

Una mujer levanta un radio portátil por todo lo alto. Mueve el dial, intenta buscar una señal, mas todo lo que capta es el ruido blanco de la estática. Carlos hace lo que muchos: saca el teléfono móvil… Nada. Las comunicaciones se han caído, como para volver más dramático el momento, como para aumentar más aún la impotencia y la histeria de todos. Carlos experimenta la sensación de fin inminente, y tal sensación se vuelve insoportable. Desea cambiarla por la sensación irreal de los sueños, pero la realidad golpea a puño cerrado y dice no.

Las conjeturas se propagan: La Tierra se quedará a oscuras para siempre, habría vida durante un tiempo, una vida de noche perenne y carente de luna, una vida con los días prácticamente contados porque, te lo dicen desde que eres niño: sin el sol no se puede aguantar mucho… Pero será una vida, en definitiva, una remota esperanza, no como con la segunda conjetura, la cual avisa que el sol, de un momento a otro, también podría estallar. ¿Quién lo ha dicho? ¿Los científicos? ¿Los militares? ¿El gobierno? ¿Quién lo ha dicho? Nadie sabe exactamente quién. Pero es lo que han dicho. Carlos intenta reconocer ese indicio que siempre dicta es un sueño y despertarás cuando quieras; intenta con todo excavar en los resquicios de su mente y sacarlo a flotar. Pero el indicio no aparece ni aparecerá. Entonces piensa de nuevo en su escuela, en la prueba de Matemática, el más normal y seguro de los días que tuvo por delante y que simplemente ahí caía, ahí se derrumbaba, junto al resto de los días, de los planes, de las metas, de todo.

¿De qué le valía ser tan bueno con los números si solo era capaz de darle solución a los que no representaban nada? ¿De qué le valía el haberse propuesto ser un brillante matemático o físico para desentrañar misterios de la existencia todavía ocultos? La línea de sus apresurados pensamientos cambia repentinamente: ¿Dónde están sus padres ahora mismo? Carlos no quiere escandalizarse, quiere guardar la calma, borrar esa sensación de espera irremediable por la noche perenne, o por morir abrasados en el fuego de balas solares que caerán como lluvia para quemar una evolución de milenios, así como si nada. Pero no puede quedarse tranquilo, y al escuchar que vuelven a resonar las sirenas de la defensa, se lanza a correr en dirección a su casa. Debe llegar e intentarlo con la telefonía fija, llamar a sus padres al trabajo, decirles que esperen por él, que si definitivamente es el fin lo que más quiere es estar en el fin junto a ellos. Piensa también en sacar de la casa algunas de sus pertenencias más preciadas: los álbumes de fotos, el disco duro en donde guarda sus archivos más importantes, algún que otro juguete que le recuerde a su infancia…No piensa en alimentos, ni en ropa, algo muchísimo más necesario. Piensa en los símbolos de lo que fue su vida y que dejará de ser porque, pase lo que pase, estalle el sol o llegue la noche para siempre, nada será lo mismo.

Atraviesa la muchedumbre y consigue colocarse a pocos metros de su casa, pero no llega a entrar. Unas manos se salen del tumulto que corre calle abajo, lo empujan hacia la puerta trasera de un camión de carga y lo obligan a subir. Con él entran también otras personas. Todas piden a gritos que detengan el camión. Algunos lanzan patadas, golpean las ventanas, pero el conductor, que dice trabajar para las fuerzas militares, habla alto y claro a través del sistema de audio que conecta la cabina de carga con la sección del chofer: de ahí no saldrá nadie, irán directamente al refugio, es una evacuación de máxima prioridad, el mundo entero se encuentra en alarma, la más alarmante de todas las alarmas jamás vividas en siglos y siglos de historia, por lo tanto, solo se vale obediencia.

Carlos ve, a través de la ventanilla, cómo su casa se aleja, con todos esos símbolos de su vida dentro. Es inevitable la lágrima que rueda por su mejilla, el estremecimiento que siente en el estómago.

El camión vuelva a detenerse y monta un niño que no para de llorar, de estrujar su cara en el más horrible de los gestos que Carlos ha visto: un gesto que describe terror, incertidumbre, soledad, inocencia… El rostro de aquel niño implora: dónde está mi mamá y no quiero morir.

Carlos acoge al niño entre sus brazos e intenta calmarlo. Pero de nada vale. Piensa en el resto de los niños del mundo, en el resto de las madres, de los abuelos, de los amigos, en el jodido resto del mundo… o quizás en la mitad del mundo porque en el otro hemisferio es de noche… ¿sabrán allí lo que está sucediendo? Lo sabrán, a ellos también les toca la extinción del sol, aunque no lo vean, aunque ahora estén durmiendo. Sí, lo mejor sería que el mundo entero se pusiera a dormir, y despertar cuando ya el peligro hubiese terminado, o no despertar.

El tiempo durante el trayecto en el camión transcurre distinto a cualquier tiempo posible: pasa y a la vez no pasa, se detiene en una interminable acumulación de presente entre las quejas de los pasajeros, las cuales van menguando hasta quedar solo resignación. Carlos recuerda lo que una vez leyó: si el sol se apagara por completo, en la Tierra tardaríamos ocho minutos en darnos cuenta. Recuerda la impotencia que sintió mientras leía al imaginar un escenario así. Entonces se pregunta: ¿cuánto tiempo llevamos de viaje? No hay respuesta, solo silencio, absoluto silencio –incluso el niño ha calmado su llanto– cuando el camión se detiene, cuando el chofer abre las puertas y ordena que se bajen. Todos obedecen. Salen a la calle y ven la mancha negra, sí, es ya una sola mancha negra, grande y compacta, que se va tragando la pequeña porción de sol que aún existe.

Un segundo más tarde sienten que todo a su alrededor se estremece, que el resto de los colores –ya no es solo el color del cielo– se trastocan. Todos llevan un halo de gris, un halo de negro, una neblina antes inadvertida y también cierto resplandor, último intento que hacen los rayos del astro por incidir en la Tierra. En la mente de Carlos un pensamiento habla: Desde hace ocho minutos no estamos aquí.


 

0 Comentarios

Añadir nuevo comentario