El alma de Cuba

Autor: 

Yanel Blanco Miranda
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20 Septiembre 2014
| |
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Crédito de fotografía: 

Luis Pérez. Ilustración: Yury Díaz Caballero

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“Apiñábanse ante la puerta de Bacteriología los alumnos en espera de la llegada del Profesor y tras de él, que entraba con los brazos cruzados en la espalda con paso teutón, corrían en tumultuoso tropel para coger los mejores puestos. A la tercera vez se paró en la puerta guardada por el criado, diciéndole con voz de mando: ‘Cábalo, abre la talanquera’. Desde entonces se terminó el tropel”.

Así describe el doctor Pedro A. Bosch uno de los sucesos ocurridos en su curso de Bacteriología, que muestra el impetuoso carácter del profesor Arístides Agramonte Simoni, uno de los grandes hombres en la historia de la medicina cubana.

Hijo de Matilde Simoni (hermana de Amalia) y Eduardo Agramonte (general de brigada del Ejército Libertador y primo segundo de Ignacio), Arístides, nacido en la ciudad de Santa María del Puerto Príncipe, actual Camagüey, el 3 de junio de 1868, fue el primer cubano en ser nominado a un premio Nobel.

Lejos de su patria por el destierro que le impuso su glorioso apellido, Arístides cursó sus primeros estudios en Mérida, México, donde se refugió la familia Agramante Simoni, por su vínculo directo con la Guerra de los Diez Años.

En el año 1880, junto a su madre, se trasladó a la ciudad de Nueva York, donde se graduó de Bachiller en Artes seis años después. Para junio de 1892 obtenía su doctorado en Medicina en la Universidad de Columbia, con honores especiales como el premio Harsen. Comenzaba así la excepcional carrera de este camagüeyano.

El triunfo de Finlay frente a la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla, y de la que Arístides formaba parte, fue magistralmente llevada al óleo por el pintor Esteban Valderrama.Posteriormente Agramonte colaboró con Finlay en diversas ocasiones

En busca de un sueño

De imponente estatura, física y moral, y con ojos cerúleos como el mar de su patria, Arístides supo honrar el apellido de sus padres al ser un activo conspirador por la independencia de Cuba en los clubes revolucionarios de Nueva York; a la par que desarrollaba una brillante labor médica en distintos hospitales norteamericanos y lograba así una sólida base como patólogo y bacteriólogo.

Al iniciarse la guerra Hispano-cubano-norteamericana regresó a Cuba como médico agregado al ejército de Estados Unidos. Habían pasado 8 años desde que dejara la tierra que lo vio nacer. Sin embargo, sería esta la poseedora de todos sus méritos. Encargado del Laboratorio de Anatomía Patológica y Bacteriología, establecido en el hoy Hospital Clínico Quirúrgico Docente General Calixto García, realizó allí una brillante labor como patólogo.

En la Universidad de La Habana revalidó sus estudios y el 25 de enero de 1900 recibió su título de licenciado en medicina. Ese mismo año se presentó a los ejercicios para el grado de doctor, con la tesis La parasitología del paludismo en el hombre.

Cuando se crea la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla en la Isla, se le incluyó como patólogo, junto al Mayor Walter Reed, que la presidió, el bacteriólogo James Carroll y el médico entomólogo Jesse W. Lazear.

Según Agramonte, los experimentos llevados a cabo en el campamento Lazear (denominado así en honor a aquel, luego de que muriera a causa de la enfermedad) confirmaron definitivamente los postulados de Finlay en relación con el origen y el desarrollo de las epidemias de fiebre amarilla, sobre todo en lo referente a su manera de propagación, a su período de incubación y a su gravedad relativa.

Sin embargo, el mérito estaría empañado por el intento del doctor Reed de adjudicarse tales descubrimientos. En el Tercer Congreso Médico Panamericano, celebrado en La Habana en febrero de 1901, el norteamericano se agenció el crédito de aquellos hallazgos y omitió la participación de Finlay. Ello dio lugar a una de las más conocidas controversias en la historia de la ciencia.

Entonces la balanza se inclinó injustamente a favor de Reed y esta confirmación le llevó a obtener una nominación al tercer premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1903.

Aunque para el lauro habían sido propuestos junto a Reed los doctores Agramonte y Carroll, luego fueron desestimados debido a la repentina muerte del militar en noviembre de 1902, ya que el Comité del Premio concluyó que solamente eran colaboradores y no coautores de los trabajos de confirmación del descubrimiento de Finlay.

Lágrimas por la Patria
Los nuevos planes de estudio para la universidad, conocidos con el nombre de “Plan Lanuza”, debido a su creador, el doctor José A. González Lanuza, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (1899), lo estimularon a ocupar un puesto como profesor titular de Bacteriología y Patología Experimental en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana (1900- 1930).

Conservada por el Museo de Historia de las
Ciencias Carlos J. Finlay, La parasitología
del paludismo en el hombre fue la tesis que
Arístides Agramonte presentó en 1900 para
obtener el grado de doctor.

Primera página de Compendio de Bacteriología. Técnica Bacteriológica, La Habana, (1924), uno de los libros que el doctor Agramonte escribió comoapoyo para sus clases

Estaría 30 años dedicado a la enseñanza, lo que le valdría merecidos reconocimientos y diversas críticas por su carácter “nada simpático”, según algunos de sus alumnos.

“Tiene poca memoria para ser un buen conferencista, pero su método, orden, buen juicio y carácter justiciero lo hacen un excelente profesor. Hace estudiar a sus alumnos sin cargar la mente de palabrería bella e inútil”, dejaría escrito en sus remembranzas de estudiante, el doctor José A. Martínez-Fortún, quien fuera discípulo de Agramonte al comienzo del ejercicio docente de éste, en 1901.

Su amor por las asignaturas que impartía lo llevaron a publicar dos libros de texto: Lecciones de Patología Experimental y Compendio de Bacteriología. Técnica Bacteriológica, y cerca de 50 monografías y artículos científicos, sobre todo, en temas de medicina tropical.

El 4 de julio de 1931 Agramonte cerró sus libros, y en acto de rebeldía renunció a su puesto de maestro debido a la situación política en la que se encontraba Cuba.

“Cuando la clausura universitaria de 1930 por la dictadura machadista lo lleva al exilio, de la baranda del barco agitaba, no un pañuelo sino una pequeña bandera de la estrella solitaria, símbolo de la Patria que no volvió a ver más. Y por las mejillas de aquel hombre adusto, fuerte y recio, quien estuvo cerca vio correr una lágrima, quizás de angustia y desconsuelo” expresaría el doctor Reinaldo Márquez, notable médico bacteriólogo y veterinario, profesor titular de Bacteriología de la Universidad de La Habana, en un acto de recordación a Arístides en 1953, donde se develó, frente a la Cátedra de Bacteriología, una tarja en su honor.Al final de este viaje
Sin dudas, Arístides Agramante Simoni fue una de las personalidades más importantes de la medicina cubana de los últimos años del siglo XIX y el primer tercio del XX. Su fructífera carrera, y los disímiles reconocimientos alcanzados así lo demuestran.

Altos honores como el Premio Brent de la Academia de Ciencias de Francia en 1912 y el Doctorado en Ciencias (Honoris Causa) de la Universidad de Columbia, EE.UU. en 1914, son solo algunos de ellos.

Su destacada labor como Vocal de la Comisión de Enfermedades Infecciosas, perteneciente a la Jefatura Nacional de Sanidad, la cual extendió su radio de acción al examen y diagnóstico de todas las enfermedades transmisibles, lo sitúa entre los hombres que sentaron las bases de la organización sanitaria en Cuba.

Fue fundador de la Sociedad Cubana de Medicina Tropical, así como Miembro de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y de sociedades científicas de diversas partes del mundo. Por su destacada trayectoria como médico e higienista, en 1929 es condecorado con la Gran Cruz “Carlos J. Finlay”.

Murió en agosto de 1931, a los 63 años de edad, en la tierra que lo acogió gran parte de su niñez y juventud, Estados Unidos. Sin embargo, Cuba fue siempre su hogar, el que por derecho propio, hizo suyo.

(Publicado por J.T. 22 Octubre, 2008)

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