Ángeles del Cementerio de Colón

Autor: 

Gabriela Orihuela
|
22 Febrero 2022
| |
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De la autora

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Si creen que esta historia es sobre La Milagrosa o Jeannette Ryder se equivocan; resulta una historia que mezcla la magia de la primera con la fuerza y voluntad de la segunda. Cuando entras el Cementerio de Colón, más allá de la nostalgia o tristeza que puede aflorar, están los sonidos invisibles o apagados: los árboles, la brisa, el propio silencio y las paticas de los perritos comunitarios.

Pero Cojito, las Jimaguas, Pocholo, Tumba, Risita, Jibarito o Canela no se mantienen sanos y felices por sí solos. Tienen ángeles guardianes. Ellas, Eliza y Marina, son las luces de un sitio histórico.

Marina, rubia, ojos claros, sonrisa tenue y semblante gentil. Conversa con sus animales con la misma naturalidad que con un amigo cercano. Tiene ocho en casa y diez en el Cementerio.

“La gente piensa que esta tarea es de personas locas, de personas sin hijos y sin amor, pero no. ¡Si supieran!”, dice.

La amante de los animales llega a casa sobre las siete de la noche — hora en la que termina de atender a los perritos del Cementerio — y comienza su rol fundamental, el de cuidadora. Aunque su madre, de 93 años, “está entera”, Marina la atiende como a un tesoro. “A mí madre le podrán decir vieja, porque lo es, pero jamás estorbo”.

En cambio, Eliza — de 79 años de edad — es más noble, delgada, con una voz fuerte y frágil a la vez. “Puede que repita mucho las cosas. Ese es mi problema más grande: la memoria”.

Efectivamente, Eliza, repite frases o ideas en varias ocasiones, a veces, con segundos de diferencias. No obstante, entra feliz todas las tardes al Cementerio de Colón, se mantiene activa y hasta añora trabajar con la computadora; dice que, un día de estos, va a retomar — cuando “arregle ese cacharro” — sus dibujos animados utilizando la tecnología.

I

Miércoles, 27 de octubre

Una página en Facebook refleja la noble labor de estas mujeres imparables. La curiosidad nos llevó allí, donde la tarde significa felicidad.

“Vengan muchachos. ¿Me extrañaron?”, vocifera Marina al entrar al sitio histórico que tiene como entrada principal una gran puerta en Zapata y 12. Los custodios, las personas de la zona, todos saben a qué viene la señora. Los perros, a su vez, la asaltan como si hace años no la vieran. Ella, sonriendo, acaricia a aquellos que el destino no ha llevado bien.

Su faena comienza cuando coloca todos los platos en un banco cercano a la calle principal; separa rápidamente la comida de los amigos peludos de ese lugar. “Es que atrás hay más”, me mira y dice, enorgulleciéndose de sus hijos de cuatro patas.

Les sirve con gusto el festín del día, el agua y se sienta a esperar a que terminen a la par que mira extasiada. “Puede decirse que nací para cuidar. Cuido la casa en la que trabajo, cuido a mis animales y a estos y cuido a mi madre”.

Eliza llega unos minutos más tarde, saluda y trae consigo una delicadeza impensada. La observo curiosa por sus rápidos movimientos. ¿Quién dijo que las personas mayores han de caminar despacio?

Luego de algunas risas, la señora nos cuenta la historia de Cojito, aquel perro carmelita que un carro chocó y se escondió en el propio cementerio para recuperarse solo.

“Nadie sabe cómo sobrevivió porque la pata se le hizo pedazos y no se dejó atender. A las semanas salió de su escondite, con hambre y sin pata. Pero vivo”, narra Eliza.

Cojito en su horario de comida

A Eliza no le importan los achaques de la columna o que las rodillas no le funcionen bien, ella se agacha y recoge pozuelos, sirve el agua y corretea detrás de cada perrito. Pasado unos minutos, vuelve a contarnos quién es Cojito.

“El proyecto comenzó cuando, hace cinco años, la antigua dirección del lugar le pidió a María que les trajese comida a los animales porque estaban flaquitos y lleno de bichos”, apunta Marina.

María tiene más de 80 años y actualmente es una sobreviviente de la COVID-19, enfermedad que la separó de esta labor por unos meses. Eliza la acompañó desde el inicio del proyecto. Juntas alimentaban día tras día a los peludos. Lograron sanarlos y dar a varios en adopción. Marina se unió hace solo tres años, pero su trabajo es más que admirable.

II

Jueves, 4 de noviembre

Minutos antes de que Marina llegase, Eliza y yo nos sentamos para conversar de cuando trabajó en el Instituto Cubano de Radio y Televisión y en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos; no puede precisar los años. La memoria, como ella comentó, es su peor enemigo. “Los años no pasan por gusto”.

Durante muchos años se dedicó a crear dibujos animados para estas instituciones. En ellos sacaba el tema animalista. Recuerda con cariño el de aquel perrito que estaba detrás de la puerta de una casa, llovía y, luego de unos minutos, la familia, que veía entretenida el televisor, se percató de esto y decidió ayudar al indefenso animalito.

“Cuando me jubilé jamás pensé que el mundo se me caía encima o que no servía. Por mi mente eso no pasó. La idea era tener más tiempo para mí. Decidí estudiar más cómo se dibuja en computadora para hacerlo por mi cuenta. Además, me adentré en la fotografía. Antes, por 20 o 30 pesos los medios compraban tus fotos o caricaturas. Hice algunas para Bohemia. Todas mis caricaturas las ligué al humor porque me encanta reír”.

A Eliza es difícil derrotarla.

Cuando más interesante estuvo la conversación, uno de los custodios del Cementerio de Colón nos dio la mala noticia del fallecimiento de Sebastián. Un conductor imprudente pensó estar en la pista de carreras y olvidó que aquel perrito dormía detrás. Sebastián no tuvo tiempo de reaccionar o llorar, murió al instante.

Marina, que llegaba, quedó impactada por el suceso. La tarea de alimentar al resto tuvo que continuar.

Cuando llegamos a la parte más alejada del cementerio donde se encuentran otros diez perritos, Eliza sale buscando a los peludos, pese a que todos ya están. “Tal vez no se percató, pero ella hace muchas veces”, comenta Marina.

Minutos después Eliza llega con una botella de alcohol en sus manos.

— ¿Qué es eso, Eliza? –le pregunta Marina.

— Me quedé tomando con unos amigos.

— ¡Pero tú eres una vieja ya! — exclama la rubia de ojos azules y a la vez ríe a carcajadas.

— ¡Vieja, sí! ¡Viva también! — contesta la señora. Luego me mira y dice:

— Es más, tíranos una foto así y sin nasobuco para que vean lo bella que somos sonriendo.


 

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