A un año de las conversaciones semanales con Agustín Lage

Autor: 

Kenneth Fowler Berenguer
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14 Julio 2022
| |
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“De la ciencia y la tecnología necesitamos no solamente para desarrollar nuestra economía, sino también para preservar y solidificar su carácter socialista”

Así como históricamente ha cambiado el papel de la ciencia, ha cambiado también el papel del científico dentro de las sociedades. Mucho hemos avanzado desde los tiempos de la Ilustración europea, por ejemplo, en que cultivar el conocimiento científico estaba reservado para las castas aristocráticas de la sociedad (en 1662, al momento de la creación oficial de la Royal Society en Inglaterra, una de las academias más influyentes de la época, solo tres de sus 21 miembros fundadores no ostentaban títulos nobiliarios).1

Fueron los dos siglos subsiguientes, escenarios de la Primera Revolución Industrial, los que vieron a la ciencia terminar de consolidarse como una actividad humana en sí misma, proceso que había comenzado en el Renacimiento.

Durante todo este tiempo, y pasando por el siglo XX con su gran impulso a la ciencia a partir de la segunda posguerra, ocurren cambios también en la manera de comunicar los sucesos científicos y el papel que tiene el investigador en esta comunicación. La segunda mitad del siglo trae cambios disruptivos en la visión de la ciencia y la sociedad. Cada vez más se entiende a ambas en constante co-construcción. La relación del científico y sus instituciones con el “gran público” también pasa por un proceso de metamorfosis, donde se mueve el foco de categorías como “alfabetización científica” a otras como “ciencia abierta”, “ciencia ciudadana” o “democratización del conocimiento”.2

Hoy tenemos la certeza de que el conocimiento debe ser una fuerza fundamental para el desarrollo sostenible de las naciones, tanto el económico como el social. La dirección de la Revolución, con Fidel a la cabeza, compartía dicha certeza desde el inicio, y así quedó patentizado en la política científica del país que amplió considerablemente el acceso al saber y la participación popular en el hecho científico. Como me gusta decir, la ciencia es en Cuba un espacio de realización revolucionaria. Recibimos el siglo XXI, y su tercera década, con nuevos retos, en los cuales la ciencia tiene también importantes y renovadas «responsabilidades».

La consolidación de una sociedad del conocimiento que presente una alternativa contrahegemónica al capitalismo cognitivo, exige poder concatenar de manera efectiva el sector del conocimiento con los ciclos productivos, con la agilización de los servicios, con las políticas públicas, con el fomento y la participación cultural, con las dinámicas de acceso y permanencia a la educación, etc. Todo con una mirada en la que la soberanía nacional y la mayor justicia social posible sean ejes transversales. En pocas palabras, lo que estamos urgidos de desarrollar es una sociedad socialista del conocimiento.

La frase que da inicio a este texto lo resume de manera perfecta y su elección, claro está, no es gratuita. Pertenece al comentario “Apropiarnos de la Ciencia (Todos)”, publicado el 29 de noviembre de 2021 por el Dr.C. Agustín Lage Dávila en su blog.

Hoy, dicho espacio, que lleva el profesor Lage con una constancia envidiable para muchos — para mí seguro — y una sagacidad muy particular, llega a un año de existencia. En varias ocasiones Lage ha mencionado que es cada vez más usual la participación de científicas y científicos cubanos en el debate público del país. Y es cierto, tanto en los medios de comunicación, como en los espacios de toma de decisiones se observa una creciente afluencia de profesionales de las diversas ciencias.

Esto nos lleva a hacernos la pregunta de cuál debe ser el papel de científicas y científicos en la construcción de nuestra sociedad. ¿Basta hoy con su trabajo abnegado en centros de investigación, laboratorios y universidades? ¿Llegaremos a desarrollar la sociedad que nos proponemos, una en la que la ciencia desempeñe un papel primordial, si unos solo la “hacen” y otros solo la “usan”? En la hora actual es más necesario que nunca que se propague por todo el país una cultura científica que llegue a todas las esferas en sus distintos niveles. En eso la divulgación del saber y las experiencias científicas tiene un rol fundamental y los profesionales del ramo han de tomar el protagonismo.

Es por eso que un esfuerzo como el de Agustín Lage es digno de total admiración. Pero no es solo su experiencia como científico al frente del Centro de Inmunología Molecular la que pone sobre la mesa semanalmente en su blog. Temas de economía política y gestión del conocimiento y la innovación se mezclan con la historia, la cultura y el pensamiento revolucionario cubanos.

Agustín Lage habla desde el compromiso de estar en la trinchera y quien consulte su blog debe saber que no encontrará allí discursos trasnochados ni reflexiones huecas hechas desde torres de marfil. Más bien es una guía, una hoja de ruta trazada por alguien que escribe desde el frente de batalla de estos tiempos, que es, entre otros, el económico, pero también el cultural. No hay aquí llamados abstractos a la mercantilización de la ciencia, ni tampoco las recetas preconcebidas del desarrollismo. Hay crítica aguda, eso sí, y clarificación de principios.

Vale decir que no está solo en estos empeños; otras científicas y científicos han escogido el camino del diálogo diáfano que acompaña el clásico trabajo sacrificado de la ciencia. Pero no caben dudas de que sus comentarios semanales constituyen armas preciadas en esta “guerra de pensamiento”. Solo queda desear más, llamar a que sean más, y que nuestro ejército de científicas y científicos viertan sus criterios sobre la ciencia que hacen y sobre la sociedad que con ella buscan transformar. Si algo podemos sacar de la experiencia leyendo a Lage en su blog es que tales pensamientos críticos son ya por muchos aclamados y serán bien recibidos.

Para terminar, una nota más personal. Al profesor Agustín Lage lo he visto solo una vez en persona; presentaba su libro La Osadía de la Ciencia en la Universidad de La Habana cuando yo todavía era estudiante. Para mi pesar, poco sensibilizado y preocupado por estos temas (los del libro) como estaba entonces, no contaba con un ejemplar — que no se vendió en esa ocasión — para que él me lo firmara. Años más tarde, tengo copias “en duro” de la mayoría de sus libros, que se vuelven, además, lecturas obligadas para un “pichón de cetesista” — por aquello de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Me asusta pensar el tamaño de la mochila que tendré que llevar ahora si tengo la oportunidad de volver a cruzarme con él.

Mi formación es de químico “puro” y no bioquímico, y mi labor investigativa no estuvo relacionada al campo de la biotecnología, así que tampoco me precio — como otros amigos míos sí — de haber contactado con él por esa vía. Pero pudiera decir sin temor al exceso que durante el pasado año he tenido la suerte (compartida, que es como mejor se tiene) de contar con Agustín Lage como maestro a través de su blog.

Referencias

1. Peters, M. A., y Besley, T. (2019). The Royal Society, the making of ‘science’ and the social history of truth. Educational Philosophy and Theory, 51(3), 227–232. https://doi.org/10.1080/00131857.2017.1417180

2. Levin, L., y De Filippo, D. (2021). Evolution of the public understanding of science field based on a bibliometric analysis of two major journals, Tapuya: Latin American Science, Technology and Society, 4(1). https://doi.org/10.1080/25729861.2021.1954381

 

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