En El Bote. Cercados a cielo abierto

Autor: 

Henry Acea Ana Margarita Martín Guerrro y Eliana Labarca Harris
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23 Octubre 2019
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Cinco horas antes, la niebla había borrado los caminos, las casas y el sueño de casi todos. Un par de ventiladores se batían en la puerta para amansar la humareda negra, la peste. Poco resistieron los dos aparatos el golpe de vientos contaminados. Al amanecer, el hollín ya estaba impregnado en las paredes y en los nailon y tejas que forman el techo.

1:00 PM



Estaban todos escurridos en la sala de la casa. Adentro, las voces de Raúl y Marco Antonio Solís se disputaban los oídos de María Elena. El primero repasaba en voz alta el procedimiento para espantar moscas con chorros de combustible:

—Mientras los bichos se sofoquen con la basura hay que seguir echando petróleo. Un poquito ahora y otro después; ellos no se mandan.


Poca atención ponía aquel hilillo de mujer a los empeños del marido. De los 60 años que lleva viviendo en el Central Manuel Martínez Prieto, hace 43 que las moscas no se van.

A pocos metros de su casa se divisa el destino final de los residuos sólidos de gran parte de La Habana.

Entrada al primer conjunto de viviendas del barrio. (FOTOS DE LOS AUTORES)


El Vertedero de calle 100, con una extensión de 104 hectáreas, es el mayor depósito de residuos registrado en el país. Situado en las inmediaciones de las calles 114 y Autopista Este-Oeste, del municipio de Marianao, el terreno es una especie de tragadero para los más de 10 mil metros cúbicos de desechos sólidos que produce la capital a diario.


En el año 1976, con su inauguración, “El Bote” —como se conoce popularmente— era una explanada de tierra expuesta a las inclemencias del tiempo. Hoy la basura alcanza las proporciones de un edificio con más de cinco pisos de altura.

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“Cuando mis padres se casaron, vinieron a vivir con mi abuelo paterno; así creció la familia. Al año de yo haber nacido comenzó el vertedero y desde entonces, no respiramos más que humo y suciedad”, asegura Yanelis Pérez Castillo.


Según recuerda Pedro Hidalgo Hernández, vecino de la comunidad, el caserío pertenecía a los trabajadores del Central Manuel Martínez Prieto. “Vine a vivir con mi papá en el año 1981. En ese tiempo el basurero era una llanura, se podía ver detrás del sembrado de caña”.

“Al eliminar el central, Comunales cogió toda esa zona, la preparó y amplió sus terrenos hasta bien cerca de nuestro poblado”, dice Olga González Blanco, mientras señala las tierras que rodean su propiedad.


Con el tiempo, el panorama empeoró y aquel terreno liso se convirtió en una loma inmensa de basura.

Según el administrador de la entidad, Osvaldo Leyva Sablón, “el nivel normativo para el vertedero es de 20 a 25 metros de altura. Actualmente nos encontramos sobre los 40”.


En tiempos de lluvia —especifica— no pueden trabajar en el montículo usual, se vuelve cenagoso y el equipamiento resbala. Como alternativa, utilizan otras áreas cercanas dentro del mismo perímetro.

 Sobre la complejísima circunstancia Illimani Lafargue Oliva, especialista en Primer Grado de Higiene y Epidemiología, explica que “la disposición final de los residuales sólidos debe realizarse en un área que cumpla los requisitos de sanidad y no en cualquier espacio”. Sin embargo, hoy “el vertedero no cuenta con las  condiciones higiénicas pertinentes”, como opina Rosa Ledesma Montano, subdirectora de Salud Ambiental del Centro de Higiene y Epidemiología del municipio de Marianao.

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En La Habana existen cuatro lugares para depositar la suciedad tirada por la población, ubicados en las Ocho vías, Campo Florido, Guanabacoa y Calle 100.


Este último da entrada a carros recolectores de ocho municipios. Durante 24 horas reciben todo tipo de basura, desde balitas de gas hasta vidrios, pilas y plásticos. Anteriormente, esos desechos eran catalogados y trasladados a una fábrica de reciclaje que en la actualidad permanece cerrada.


La también profesora de la Facultad de Ciencias Médicas Victoria de Girón, Lafargue Oliva aclara que “El Bote”, en términos epidemiólogos y de servicios comunales, se clasifica como vertedero a cielo abierto y, por su característica de recopilar objetos de todo tipo, debe cumplir como requisito primero una distancia considerable con respecto a los asentamientos de personas.
 

Pero en el contexto del año 1976 no existía la situación habitacional actual, ni esa zona tenía el desarrollo constructivo de hoy. Por eso, la doctora Ledesma Montano supone que se decidió escoger ese lugar y no otro.

Ella insiste sobre la importancia de llevar a cabo un correcto relleno sanitario, proceso altamente imperioso en una zona con población a los alrededores. “Primero, los desechos deben aplastarse para luego ser dispersados y cubiertos con tierra hasta formar capas.


Actualmente, el procedimiento apenas se realiza”.

En el año 2007, en entrevista para el diario Juventud Rebelde, Israel Saborit, investigador del Instituto

Superior de Tecnología y Ciencias Aplicadas (Instec), refirió que lo ideal sería realizar el procedimiento con arcilla compacta o con geotextil (material plástico utilizado como manta de fondo).

Sin embargo, Osvaldo Leyva Sablón, administrador del vertedero, revela la falta de dispositivos suficientes para hacer ese trabajo:
 

“Hay seis buldóceres para trabajar a tiempo completo. En la mayoría de las ocasiones, funcionan dos. Los equipos son viejos, con largos años de explotación, necesitan ser reparados frecuentemente”.


Las maquinarias se deterioran con mayor periodicidad porque cumplen doble función: cubrir la basura y, de manera simultánea, apagar el fuego, lo que impide el óptimo cumplimiento de ambas tareas, añadió.

Ledesma Montano aclaró cómo el vertedero internamente funciona tal cual horno encendido, producto de la descomposición de la basura, provocando grandes concentraciones de metano.
 

“Las constantes deficiencias han provocado que la materia orgánica se libere y, en contacto con el aire combustione. Tanto así, que el vertedero estuvo ardiendo desde noviembre de 2018. Lógicamente esto perjudicó las zonas periféricas de La Lisa, Boyero, Marianao y Playa”.

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“Al Partido municipal y provincial, al Gobierno de Marianao, Vivienda, Salud Pública y otras organizaciones, les consta la situación ambiental que sufrimos los moradores cercanos al

“Bote”. En tiempos de sequía, con los incendios, el humo es insoportable y cuando llueve la fetidez inunda los alrededores. Aquí las infecciones corren”, agrega Olga González Blanco.

En declaración de Lafargue Oliva, las enfermedades más recurrentes en espacios con esta tipología son las digestivas y respiratorias. Por su parte, Víctor Ramos Valdés, vicedirector de Higiene y Epidemiología del Policlínico 27 de Noviembre, reconoce los riesgos a la salud de los vecinos del área. No obstante, su contenido de trabajo se restringe a enviar técnicos de fumigación en casos de brotes de dengue, veneno para erradicar las ratas y a socializar información en los  consultorios.

“Mi esposo debutó con asma hace unos pocos años y los niños de la comunidad también padecen esta enfermedad”, revela, quejosa, la señora Olga, a quien le preocupa el nacimiento y desarrollo de su nieto que viene en camino Para atenderse en el policlínico Hidalgo Hernández debe recorrer varios kilómetros, coger varias guaguas o pedir favores en la carretera. “Cuando el humo empieza no sé dónde meterme ni qué hacer, el pecho se me aprieta”.

Igualmente, los pobladores sufren la presencia de insectos y otros animales perjudiciales: moscas, mosquitos, hurones… Estos últimos “han agredido a niños y adultos”, narra la joven moradora Yenisey Villamonte Pérez, mientras Olga insiste en que las quejas no son emitidas, únicamente por los pobladores de la comunidad, pues también conoce casos de denuncias desde instituciones y otros barrios de alrededor.

Víctor Ramos Valdés, vicedirector de Higiene y Epidemiología del policlínico correspondiente a la comunidad, recomienda a los moradores comprar insecticida para erradicar las moscas

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El Instituto Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae) es el más grande de su condición en el país. A unos escasos metros de su oficina, Maylin Moreno Espino, vicedecana de la carrera de Ciencias Informáticas puede divisar los terrenos de Yanelis, María Elena y Olga.


También los del vertedero.

“Cursos atrás una estudiante con cáncer de pulmón solicitó traslado de carrera en una época donde el hollín negro manchaba hasta las mesas. Hay días en que aquí se dificulta la respiración”, nos dice Moreno Espino, quien además funge como pedagoga curricular en el centro.
 

“Desde el primer día de clases sentí que el aire era diferente. Mi edificio y el de Informática son los más afectados, sobre todo este; aquí han parado la docencia por el tizne y la peste”, es la queja de Royman Rodríguez

Thompson, estudiante de segundo año de Ingeniería Mecánica. Siremia Lovato, vecina de la residencia de profesores y administradora de la institución, corrobora que en reiteradas ocasiones, estudiantes y trabajadores becados presentaron afectaciones de salud por la constante exposición al clima del entorno.

Y Jorge Díaz, Doctor en Ciencias y subdirector del Instituto de Ciencias Básicas, aporta su testimonio: “cuando las secuelas de la deformación del tabique se me unen con la alergia es difícil pararse frente a

un aula”. También la Doctora Glanda de Jesús O’Farril Dinza,  subdirectora de Investigación del Instituto de Ciencias

Básicas, comparte la preocupación de su colega: en sus 34 años dentro del claustro de la Facultad, la aspiración de gases tóxicos no termina con la jornada laboral, cuando los vientos son más fuertes el aire contaminado llega hasta su casa en Ciudad Libertad.

Por otra parte, Yaniel Cancañón Rodríguez, jefe de área de la finca “La Margarita”, ubicada a menos de cien metros del vertedero, detalla: “A veces llego y lo único que veo es humo, y eso, evidentemente, influye en la producción de los cultivos”.


A la interrogante de cómo perjudica el entorno a las áreas cultivables, Nancy Sánchez Pérez, máster en Ciencias Agropecuarias explica que, al llover, el agua drena y afecta los sembrados, mientras que los componentes tóxicos pueden erosionar el proceso de fotosíntesis en las plantas.

Al respecto, Cancañón Rodríguez añade que para cumplir el plan de entrega a la cooperativa debe sembrar en el perímetro completo cuando, en condiciones normales, podría emplear solo una porción.

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Décadas atrás, las tierras del Central Manuel Martínez Prieto se fundían con las de “El Bote”. En una misma área convivían trabajadores y moradores.


El muro limítrofe que hoy divide a ambos espacios no hace diferencia considerable. “¿Para qué quiero un contenedor si yo vivo dentro de la basura?”, cuestiona Raúl Cancio Crespo.

“El muro se construyó hace como 12 años, iba a ser recto, pero un cooperativista de aquí mismo, el único con casa de mampostería, no quería irse. Habló en el Gobierno y desviaron la pared; de no ser así viviríamos en otro lugar”, recalca Hidalgo Hernández.

“Aquí han hecho un millón de levantamientos para sacar a las familias; supuestamente, esto es un barrio insalubre. Me cansé de ir a vivienda: ¡cuántas entrevistas tuve con los directores de turno! Y todo el tiempo la respuesta fue:

«Ahora no se puede, hay muchos casos, no es solamente el tuyo...» Entonces no fui más”, recuerda González Blanco.


—¡Tomen: las llaves de sus casas!— grita en una irónica imitación Villamonte Pérez mientras rememora lo sucedido:

“Hace diez años apareció una comisión, nos montaron a todos en una guagua y nos llevaron a unos terrenos que supuestamente iban a ser nuestros. La gente se volvió loca: desmontaron las tablas, el techo, la cocina… y los llavines nunca llegaron”. Sin embargo, González Blanco precisa que a la entrada del camino se asentaron personas de manera ilegal.

“A ellos sí los sacaron, no por la afectación real del vertedero, más bien por conflictos y otras indisciplinas sociales graves y nosotros…”.


María Adelaida Tamayo, jefa de Inspectores de la Dirección Municipal de Planificación Física de Marianao comentó al respecto que “los ilegales requieren prioridad para evitar la propagación de acciones arbitrarias”, por lo que dicho organismo en el 2015 decidió la demolición y reubicación de la treintena de casas pertenecientes al asentamiento ilícito próximo a la zona.


En 2016, las disposiciones generales del último levantamiento archivado en la entidad alertaban sobre la estrecha cercanía entre el vertedero y la comunidad, así como el impedimento para acometer labores constructivas.
 

Sobre esto, Leonardo López, especialista de la Dirección

Municipal de Vivienda de Marianao, aseveró que las comunidades dictaminadas como espacios en levantamiento no tienen permiso legislativo para realizar cambios ni adiciones a su estructura general.
 

“Las familias han crecido, los padres hemos cedido un pedacito a nuestros hijos, muchos ya tenemos hasta nietos y seguimos en la espera”, sentencia González Blanco.


Según Ledesma Montano hay proyectos para la creación de un nuevo vertedero, pero no es un paso sencillo, exige la participación de Recursos Hidráulicos, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Salud Pública, Planificación Física, Vivienda y otros organismos.

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Aquí Raúl no para: los bichos en el aire son su prioridad y el pomo con petróleo sigue recorriendo los rincones.
 

María Elena lo mira, se sacude los hombros. Roza con rapidez las palmas de las manos.


—¡Niña, ponle la tapa al puré que mira cómo están las moscas!— vocifera a la nieta de nueve años. La niña que sigue caminando.


—Los que tenemos tiroides somos así: yo grito, yo ofendo, yo me altero— le dice ella a Raúl que sigue agachado en un rincón, repitiendo el mismo gesto del brazo que se estira, vierte petróleo, se contrae, vuelve.
 

—El día en que yo me muera, cuando me hagan la autopsia, seguro que sale un cocodrilo, un alien, ¡qué sé yo!— dice María Elena y mira a cualquier cosa: allá arriba, por las nubes, huele a humo.

 

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