Commentariolus: cuando la Tierra abandonó el centro del Universo

Autor: 

Osvaldo de Melo*
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17 Febrero 2015
| |
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Supongamos que somos completamente desconocedores de los más básicos temas de astronomía, que nunca hemos estudiado ni leído nada sobre el movimiento de los astros, y que en esas condiciones de total ignorancia, nos disponemos a hacer observaciones del cielo.

Después de algún tiempo dedicados a este ingente trabajo, seguramente llegaremos a la conclusión casi obvia a primera vista de que los astros giran alrededor de la Tierra. Es esta hipótesis lo que se conoce como modelo geocéntrico del Universo y que primó en la inmensa mayoría de los astrónomos y filósofos desde la Antigüedad hasta el Renacimiento. Sin embargo, como dice el dicho, “las apariencias engañan.”

En efecto, si continuamos las observaciones con atención, empezaremos a notar que el movimiento de los astros no es tan simple, que no todos giran de la misma manera. Diferenciaremos la supuesta rotación del Sol de la de la Luna, y también de la de unos pequeñísimos objetos que se ven solo de noche (las estrellas), así como de otros que a  simple vista se parecen a las estrellas (después sabremos que son los otros planetas), que, de una forma difícil de explicar a partir del modelo geocéntrico, a veces parecen frenarse y comenzar a moverse hacia atrás.

Todo parece indicar que ya desde la antigua Grecia hubo quienes apoyaron una teoría diferente, la teoría heliocéntrica, según la cual es el Sol y no la Tierra el que está en el centro. En particular, se sabe (por escritos de terceros) que Aristarco de Samos que vivió en el tercer siglo de antes de nuestra era, había ya adelantado una teoría de este tipo.

Pero la primera vez que apareció escrita y razonada la teoría heliocéntrica fue hace justo 500 años en un trabajo de pequeña extensión que es conocido con el nombre en latín de “Commentariolus”. Escrito por un canónigo polaco llamado Nicolás Copérnico (1473-1543), este trabajo fue un precedente para su obra mayor titulada "Las Revoluciones de las Esferas Celestes".

Copérnico tenía una sólida formación, estudió derecho canónico, medicina y astronomía en Italia. Había realizado un estudio profundo y detallado de las teorías precedentes que trataban de explicar el movimiento de los astros y en particular de la teoría del griego Ptolomeu, que era la más completa teoría geocéntrica del momento. Y le pareció que la suposición de que la Tierra estaba en el centro, era demasiado complicada, que era posible una explicación más natural y simple que, por ejemplo, no contuviera el extraño movimiento retrógrado de los planetas. En efecto, su argumento principal a favor de la teoría heliocéntrica era la simplicidad y la elegancia.

En los “Commentariolus”, Copérnico deja establecidas varias de las características del modelo geocéntrico que hoy han sido largamente demostradas. Entre ellas que las estrellas están mucho más distantes de la Tierra que el Sol y que la Tierra tiene tres movimientos: describe una rotación alrededor del Sol, da una vuelta sobre sí misma, y su eje de rotación está cambiando continuamente. También propuso el orden de los planetas en relación a sus distancias al Sol: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter. Él descubrió que con esta teoría el movimiento retrógrado de los planetas no existía, era simplemente una ilusión por el hecho de observar el cielo desde la Tierra.

Fue una obra de gran importancia, no sólo para la astronomía, sino probablemente, como la primera piedra de la ciencia moderna y del método científico. El hombre ya no era el centro, sino un observador más de la naturaleza. Debemos tomar en cuenta que eso ocurrió cerca de 100 años antes de los trabajos de Galileo y Kepler sobre el mismo tema.

Los “Commentariolus” no se publicaron oficialmente sino que fueron distribuidos por el autor, pero así y todo llegaron a muchas personas. En la época, la teoría no fue aceptada ni mucho menos, aunque tampoco fue criticada severamente. De hecho la Iglesia, que más adelante la prohibiría calificándola de herética, en aquel momento se mostró interesada.

Sus principales seguidores, un siglo después fueron Galileo Galilei en Italia y Johannes Kepler en Alemania. Galileo, con el uso de telescopios observó montañas en la Luna y manchas en el Sol, con lo cual se evidenció que los cielos no eran perfectos como predecían las  teorías en boga en la época.

También observó que Júpiter tenía satélites que giraban a su alrededor lo cual demostraba ¡que no todo giraba alrededor de la Tierra!. Este fue un golpe duro contra el geocentrismo, pues uno de los argumentos de tal teoría era que, de moverse la Tierra, la Luna se quedaría atrás y no seguiría en torno a ella. Según las observaciones de Galileo, Júpiter se movía y los satélites seguían orbitando en torno a él. También observó las fases de Venus, que parecían indicar el movimiento de este planeta alrededor del Sol.

Por su parte Kepler, que había sido asistente del gran astrónomo Tycho Brahe, usó las observaciones de este para describir matemáticamente las trayectorias de los planetas y encontró que no eran círculos sino elipses. Constató el aumento del período de rotación con la distancia al Sol así como la dependencia entre la velocidad de los planetas y su posición.

México y Polonia han dedicado este año a Copérnico por su importante teoría que ha dejado un inmenso legado. La astronomía ha permitido poner en órbita satélites, enviar personas a la luna y naves a Marte y a partir ella existe hoy una teoría del origen del Universo que se conoce como Big Bang.

Como Copérnico, que encontró extraño el movimiento retrógrado de los planetas, los científicos de hoy se enfrentan a otras anomalías en el movimiento de los astros. La primera, que se conoce como el problema de la materia oscura, es que hay muy poca masa conocida en el Universo para explicar la gran velocidad con que giran las galaxias y los grupos de galaxias.

La otra, que se conoce como el problema de la energía oscura, tiene que ver con que el Universo se está expandiendo aceleradamente. Parece que en la solución de estos problemas, la astronomía nos depara nuevas y grandes sorpresas en el futuro próximo; quién sabe si tan revolucionarias como las propuestas de los “Commetariolus”. Habrá que esperar, pero algunos dicen que estamos en la época de oro de la astronomía. 

*Facultad de Física, Universidad de La Habana

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