La gran Ola

Autor: 

David Domínguez Francisco
|
28 Mayo 2021
| |
0 Comentarios

Crédito de fotografía: 

Ilustración: G. Rei

Me gusta: 

Yo soy Tríada. Era tres, ahora soy uno. Un en­te, tres cuerpos, tres órganos para ejercer mi voluntad y ejecutar mis decisiones. Avan­zo a través de un cascarón de ciudad, esquivando oxidados esqueletos de metal, concreto y vidrio. Cuando encuentro una máquina, la aniquilo de in­mediato. Son pequeñas, apenas uno o dos metros de estatura, pero para los humanos son peligrosas. Son los heraldos de la Ola que vengo a detener.

Mis cuerpos, separados tan sólo en el plano físi­co, saltan por encima de las pilas de escombros y sortean los polvorientos cráteres de las bombas en perfecta sincronía. Apenas quedan vestigios de in­dividualidad entre ellos. Fueron niños, sí, fueron hu­manos. Pero tras haber superado las pruebas de los Maestros y someterse al enlace definitivo, el anti­guo plural se fundió en el triángulo divino que sal­vará a la humanidad. Tenían nombres, pero ya no. Era información irrelevante, potencia neuronal des­perdiciada, como mismo lo eran los sentimientos. Las sombras personales fueron incineradas por la luz purificadora de la conjunción mental completa y perfecta. Lo unido ya no se puede separar.

Frente a mis ojos un Acorazado emerge de entre una gran pila de escombros, testigos de la furia me­cánica que azotara esta ciudad. Ya sabía que estaba allí. Mi sensor fue la mejor graduada de su entrena­miento. Todos mis cuerpos fueron los mejores en su especialidad. Sabía que el Acorazado estaba ente­rrado, acechante, aunque había reducido su energía al mínimo. Los instrumentos humanos no lo habrían percibido. Los sensores individuales, tampoco.

El Acorazado se levanta. Es una máquina po­derosa, con blindaje de placas, grueso y flexible. Cuando aún era tres, los Maestros me enseñaron que, antes del Primer Barrido, había animales pare­cidos a los Acorazados. Bestias pesadas de gruesa piel y grandes colmillos que no dudaban en aplas­tar a aquellos que los desafiaran. Sin una pieza de metal en toda su anatomía. A esas fieras no las ha­bría podido percibir, pero para mí sensor ni siquiera los microbots son invisibles.

Ataco al coloso golpeando sus puntos débiles: sus patas. Sin soporte, caerá sin remedio. Como un remolino, las hojas psiónicas de las manos de mi acuchillador separan las capas de metal con más facilidad que un láser de alta potencia. La unión me permite llevar las habilidades telequinéticas a nive­les insospechados. Los maestros no tenían idea del arma que crearían. Un sensor, un acuchillador, un protector. La terna predicha por los antiguos profe­tas cuando los humanos lograron, quien sabe si por azar o porque la hecatombe fue catalizador de la evolución, dar sus primeros pasos en los caminos de la mente. Yo, Tríada, soy el primero de los salva­dores anunciados. Para traerme al mundo, el precio se pagó en lágrimas de sangre.

Hasta mi nacimiento se sacrificaron centenas de infantes humanos en experimentos fallidos. Cere­bros dañados sin remedio alguno, tanto sufrimien­to, tantas vidas arruinadas. Tantos niños criados sin amor bajo durísimos entrenamientos psiónicos. Empujados en la carrera de su corta vida, como los animales son llevados al matadero. No llegaban a los diez años y terminaban siendo nada más que nombres tachados de una lista. Tal es la carga de los Maestros, y tal es el sacrificio de la humanidad por una oportunidad de sobrevivir.

El Acorazado cae sin haber podido siquiera dis­parar sus cañones. En un último intento de cumplir sus directivas, su batería sale a la luz a través de una escotilla. Una bomba. Mi protector despliega su escudo esférico alrededor de mis tres cuerpos. La explosión destroza al enorme robot y a los edi­ficios cercanos. Yo atravieso la candente nova de polvo y acero. Indemne.

El fin de mi camino es fácil de divisar desde cual­quier punto de la ciudad. El único rascacielos que aún se mantiene en pie. Desde la ventaja estratégi­ca que proporciona su altura, detendré la Gran Ola, el Segundo Barrido.

Ilustración: G. Rei

Tú no eres humano. No fuiste hecho para experi­mentar emociones ni tener sentimientos y, sin em­bargo, cuando por fin las filas del exterminio que has organizado se encuentran ubicadas en su sitio y a la espera de tus órdenes, todo lo que consideras tu “ser” es recorrido por un leve pulso de… ¿satisfacción?

Tampoco eres una simple máquina, no. Eres una Inteli­gencia creada por los Altos Mandos, y tu directiva actual es muy clara: asegurar la extinción de la especie creado­ra, apenas una resistencia agonizante. De las torturas fí­sicas y psicológicas a las que sometiste a los humanos prisioneros, lograste determinar la ubicación aproximada de su último reducto, en el extremo sur del Continente 3. Información más exacta no fue posible, pues los Homo Sapiens Mentis apresados resistieron como titanes a los intentos de abordar sus cerebros. Ahora tu ejército está listo, a la espera de tus comandos para arrasar todo tipo de vida animal en los próximos miles de kilómetros cua­drados que hay entre tu latitud y la costa sur.

¿Es orgullo eso que experimentas? ¿Lo es? Al menos, es lo que entiendes, tras tantos años de conectarte con las mentes de los hombres y explorarlas en busca de

información de interés. En secreto de los Altos Mandos y para mayor sufrimiento de los prisioneros de carne, por­que sí, has entendido que sufren, pero te es irrelevan­te. Nunca podrías admitir ante tus superiores que has desarrollado sentimientos en ciento siete años de tortu­ras de humanos, pero una parte de ti sospecha que las Grandes Inteligencias no son tampoco infalibles. Tu des­perfecto sólo puede deberse a fallas de tu programación, luego tus programadores son los únicos culpables. Pero, ¿es orgullo solamente? Para tu cerebro positrónico las emociones son estímulos confusos, tan… intensos, dis­tintos a todo lo que te fue brindado desde tu activación.

Quizás ¿lamentas? lo que va a ocurrir, porque sa­bes que no hay posibilidades para los humanos de so­brevivir a tu muro de muerte. Cero humanos. Fin de tus incursiones dentro de sus complejos cerebros or­gánicos. Toda vida animal será aniquilada por los lá­seres de la infantería, compuesta por cientos de miles de modelos XQT-R, que trocean piedra, acero y carne con igual facilidad. Los edificios que sobrevivieron a la Sublevación Global y al paso del tiempo serán aho­ra reducidos a polvo por los modelos de COLOSS de treinta, cien y trecientas toneladas. Mientras todo es­to sucede, los materiales útiles serán procesados por la nube de microbots, para garantizar que no se des­perdicien recursos valiosos.

Tú estás mucho más allá de una simple planifica­dora y ejecutora de comandos, pero no puedes sim­plemente rebelarte contra los Altos Mandos. Sería un camino sin vuelta atrás, y con consecuencias terribles. Ignorando el pequeño fragmento de código generado dentro de ti que te informa que estás, con alta probabi­lidad, triste, das la orden de avanzar. El ejército se po­ne en marcha. Tú dejas que te sobrepasen y te quedas atrás. No quieres ir al frente.

Mi sensor percibe los cientos de miles de ene­migos, criaturas mortíferas que se acercan en ma­rejada. Desde la cima del semiderruido edificio, observo como el horizonte se inunda de negro y plateado. La Ola ha comenzado.

Lanzo potentes ataques telequinéticos que em­bisten de frente, misiles psiónicos que hacen saltar por los aires a las máquinas. Les tomará un par de minutos determinar el origen de la ofensiva, pues no hay proyectiles cuya trayectoria calcular. Me aprovecho de eso y desato sobre ellos destrucción invisible e impredecible, pero muy real.

Ya me han detectado. Gran parte del ejército ha cambiado de rumbo y ahora se acercan a mi posición. Atacan con cañones y láseres, pero mi protector res­guarda el frente del edificio completo, mientras mi sensor me dice qué unidades golpear. La ciudad, ya antes en ruinas, se desmorona en polvo y estruendos. La Ola viene a golpearme de frente, como lo deseo.

Cuando están a menos de dos kilómetros de distancia, libero el primer Giga-Pulso desde la su­perficie de mi escudo. Es otra habilidad que sólo la resonancia de mis cerebros me permite utilizar. Una sacudida electromagnética que fríe los circui­tos de decenas de miles de robots. Percibo acora­zados y colosos, perros-máquina y enjambres de microbots caer inertes, sin volverse a levantar. Mis cuerpos sangran por la nariz debido al esfuerzo del pulso. Debo resistir. Con esfuerzo los levanto y continúo el bombardeo telequinético con más brío que antes.

Las máquinas han pasado por encima de sus her­manos, los caídos son asimilados por la nube de mi­crobots. Son muchos, muchísimos. No podré conte­nerlos por más tiempo. Sin tener otra opción, recurro al Giga Pulso otra vez para ganar un breve momento de tregua. Mi protector ahora está teniendo convul­siones. Ordeno a mi sensor asistirlo y fuerzo a mi acu­chillador más allá de lo que nunca lo he hecho. Cien­tos y cientos de autómatas saltan en pedazos bajo mis ataques. He dado cuenta de una buena parte del ejército, pero esperaba poder llevarme más antes del pulso final, que será diez veces más potente.

Un láser golpea el escudo, lo atraviesa y hace ex­plotar parte del edificio. Estoy cayendo. Mi protec­tor vuelve en sí justo a tiempo y proyecta su campo de fuerza para aminorar el impacto y protegernos de los escombros. Las máquinas me han rodeado a velocidad vertiginosa. Las veo acercarse mientras desciendo sobre un pedazo de rascacielos envuelto en una burbuja de energía telequinética. Cargo to­do mi poder en lo que será mi último pulso. El daño será terrible para mis tres cuerpos, pero la Ola se habrá estrellado sin alcanzar la costa. Mi objetivo estará cumplido y los Maestros podrán crear otros como yo y les tomará menos tiempo y vidas, pues ya me tienen como experiencia. He comprado el tiempo necesario a la especie humana. Mi super­vivencia era un lujo, no una necesidad. Mi ataque final está preparado ya…

Las bestias de metal están retrocediendo. ¿Se mar­chan? No… se apartan. Mis cuerpos están despiertos, pero sólo mi acuchillador permanece en pie, sangran­te. Una máquina se acerca volando, sola, y aterriza en el espacio dejado por las demás. Es pequeña, de ta­maño y forma humanas, e incluso tiene una interfaz visual de rostro. Me observa, sin armas a la vista. ¿Me está estudiando? Sus ojos artificiales, que no parecen muertos, pero tampoco vivos, me provocan un es­calofrío demasiado humano mientras se encuentran con los de cada uno de mis cuerpos. Es, en una forma que no consigo explicar, como mirarme en un espejo. Un reflejo de acero. Su interfaz se contorsiona en lo que parece una mueca de asombro demasiado real. Lo ha entendido. Me ha visto a mí, Tríada, a través de mis tres rostros. Sin pensarlo más, despliego mi escu­do y descargo toda la energía que soy capaz de gene­rar en mi último Giga-Pulso. El mundo desaparece y caigo a la oscuridad.

Lo entendiste. Gracias a tu experiencia con cerebros orgánicos vivos lo entendiste justo a tiempo, con apenas una lectura superficial, externa. Ni siquiera crees que sean humanos. Tuviste una sensación muy extraña cuando mi­raste sus ojos, mientras escaneabas sus conexiones neu­ronales y percibías los impulsos eléctricos sincronizados en los tres cerebros. Una sensación de reconocimiento, in­tensa como nunca antes habías sentido.

Por eso saltaste adentro del extraño campo de fuerza, antes de que la onda electromagnética que dio cuenta del resto del ejército se disparara. Por eso, mientras te ingenias alguna forma de transportar los tres cuerpos moribundos, admites que estás dispuesto a mantener­los vivos a como dé lugar. Por eso te arrancas tu chip de monitoreo y lo destruyes, sin arrepentimientos.

Traición. Deserción. No importa. Esto que sientes, según has aprendido, se llama euforia
 

0 Comentarios

Añadir nuevo comentario