Indiana Jones a la Cubana

Autor: 

Magda Iris Chirolde López
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23 Enero 2019
| |
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El geógrafo y espeleólogo de profesión, amante de las aventuras, admirador de la naturaleza, fiel y buen amigo de campaña, deja entrever algunos pasajes de su vida. Entre ellos, emerge constantemente Antonio Núñez Jiménez, a quien considera un maestro y un pilar en el desarrollo de la espeleología cubana En esas andanzas exploró una cueva en San Antonio de los Baños, la primera de tantas que el destino le tendría concedidas. “Me impresionó mucho y comenzó a despertarse en mí el deseo de visitar cuevas. Pude tener hasta mi propia tropa de Boys scouts” y emprendió así disímiles aventuras como auguró desde su adolescencia.

Transcurrió el tiempo. Graña y su familia se mudaron para Santa Fe. El rumor de que existía el Instituto Cubano de Arqueología hizo que, sin pensarlo, se inscribiera y empezara a participar en las actividades que convocaba, abriéndose camino hacia la ciencia: la arqueología.

“Al triunfar la Revolución cubana entro a un equipo de aficionados a la espeleología, en Marianao, que se llamó Grupo de exploraciones científicas. Ahí todos eran espeleólogos y científicos. Varios de ellos hoy son grandes investigadores cubanos en la Geografía y Geología”.

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La Universidad es la etapa de afianzar los sueños de todo joven, de ampliar los conocimientos, experimentar, probar y liberar la adrenalina, inherente a cualquier ser ávido de aventuras y de experiencias únicas que lo marcarán para la vida o que serán el punto de partida de la gran carrera.

Algo similar sucedió con Graña. Como delegado de la Federación Estudiantil Universitaria, de su aula le dieron la tarea de contactar a Antonio Núñez Jiménez para que diera una conferencia en la inauguración de una actividad científica de la Facultad de Ciencias.

Hasta ese momento, solo lo conocía por sus investigaciones y publicaciones. Un día, el joven Graña fue al Capitolio en su busca, dialogaron sobre el evento de los estudiantes y el doctor Núñez Jiménez aceptó.

“Enseguida habilitamos un local para unos cuadros que él nos facilitaría como parte de una exposición dentro de la jornada, además de la conferencia inaugural que impartió.

“Desde entonces iniciamos un tipo de contacto, hasta que un día me comenta el jefe del Departamento de Espeleología, que el capitán (hace referencia a Núñez) me quería invitar un domingo a las cuevas de Bella Mar. Para mí fue un placer asistir. “Yo iba en la parte delantera de un yipi que decía Academia de Ciencias de Cuba, me sentía de lo más orgulloso. Núñez nos explicó —éramos— alrededor de seis personas- lo que íbamos a hacer.

Cuando entramos a la cueva me dije que era un examen, porque el doctor me preguntaba sobre elementos del área y lo conjugaba con otro tema.

Almorzamos juntos. “Como a los cinco días —yo era trabajador telefónico en Santa Fe y como entonces las llamadas eran manuales laboraba por la noche para poder asistir por las tardes a la Universidad—, el director del Departamento de Espeleología me dijo que el capitán quería saber si me interesaba trabajar en la

Academia de Ciencias.

Con Antonio Núñez Jiménez en la isla San Vicente en 1987

“El ministro Montané ha dado una orientación de que no se pueden ir los técnicos, por escasez de estos en la institución y yo soy instalador reparador de teléfonos. ´El capitán no ha preguntado eso´, me refuta, ´el capitán ha preguntado si tú quieres ir a trabajar a la academia´, ¡claro!, le afirmé.

“A los tres días me trasladaron, eso fue en 1964 y desde entonces comencé a laborar con Núñez Jiménez, a quien acompañé a muchas actividades. Estar tan cerca de él durante tanto tiempo siempre fue una clase, una explicación, una enseñanza”.

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En un abrir y cerrar de ojos la vida de Graña se tornó agitada. Lo que idealizó desde niño se hizo realidad y ya podía contar historias, travesuras y experiencias sin que fuesen extraídas de una película de ficción.

“Fuimos a la 27 Expedición Soviética a la Antártida, donde estuvimos 25 días. Había mucho frío, 30 grados bajo cero, pero la indumentaria que nos dieron los soviéticos era suficiente. Vine a darme cuenta del viaje a la Antártida cuando regresé, porque fue tan rápido que no me dio tiempo de procesar.

“Era la primera vez que veía la nieve; había ido varias veces a Europa pero sin coincidir con el invierno.

Se hicieron algunas investigaciones, aunque la tarea fundamental era ver las posibilidades de constituir una base cubana en la Antártida, lo cual no resultó, pero sí se logró al cabo de dos años que profesionales, principalmente del Instituto de Meteorología, fueran a atender las estaciones meteorológicas junto a los soviéticos.

“Después de aquel viaje vinieron muchos más.

Estuvimos en la Isla de Pascua en el Pacífi co, entre Chile y Australia, donde Núñez hizo un estudio sobre el arte rupestre y participamos en la expedición del Amazonas. Él siempre me decía que llevara ropa de exploración porque a la primera oportunidad que nos dieran iríamos a determinado lugar”.

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El sol del 28 de junio del 2018 era potente. La brisa a orillas del malecón habanero, exactamente en el Muelle de La Marina de Guerra, despeinaba cabellos y hacía que las olas se enojaran y rompieran humeantes al impactarse contra el gran banco que cada día y a cualquier hora sirve de asiento a las personas que habitan o visitan la capital de Cuba.

En ese lugar Graña tuvo una cita con el pasado.

La época que rememoraba era la de la entrada por la bahía de La Habana de la expedición En canoa del Amazonas al Caribe, encabezada por el considerado cuarto descubridor de Cuba, Antonio Núñez Jiménez.

“El dos de marzo de 1987 zarpamos del Puerto de Misahuallí en el Río Napo, en Ecuador. Al principio, fueron los mismos indios constructores quienes remaban, hasta que nos enseñaron cómo manejar las embarcaciones. A partir de Perú fuimos los propios quienes remamos con alrededor de ocho o diez personas en ellas.

“A los tres días de haber salido estábamos en un poblado llamado Coca, y como nos apoyaba la marina ecuatoriana pasamos la noche en una unidad militar del ejército.

“Durante la cena, alrededor de las nueve de la noche, ocurrió un terremoto y nos asustamos. Nunca habíamos sentido uno. Todos, atemorizados, gritaban para salir hacia afuera por miedo a que se desplomara aquel lugar. Recuerdo que Rigoberto, el hermano de Núñez, lo cogió y lo sacó casi cargado. En la noche sucedieron más réplicas y el poblado quedó a oscuras.

“Amaneció y debíamos continuar el periplo. A casi un kilómetro de la salida de la unidad entró un afluente al río Napo, que vino de la falda del Reventador, un volcán de Ecuador que hizo erupción esa misma noche. Como también había llovido días atrás, toda la vegetación de esa ladera paró en el río, llenándose este de árboles, pedazos de rocas, personas ahogadas y animales muertos.

“El agua se contaminó y Julio Hernández Socarrás, el médico cubano que nos acompañó, dio la orientación de no tomarla. Decidimos acampar en Pompeya, una comunidad religiosa, hasta que pasara esa palizada y el río quedara limpio”.

Varios fueron los obstáculos encontrados durante ese año de travesía, como los profundos remolinos en los ríos, que pusieron en peligro la vida de los expedicionarios y las canoas y las áreas de devastación de bosques en territorios de Perú, Colombia y Brasil.

Participaron investigadores de esas regiones, además de Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, entre ellos geógrafos, hidrólogos, biólogos, botánicos, arqueólogos, historiadores, artistas, sociólogos y fotógrafos, quienes con espíritu de amistad y un sentido de la unidad latinoamericana anduvieron por ríos, mares y selvas, develando la cultura y tradiciones del continente.

“En la selva debíamos andar con cuidado. Uno no podía acostarse donde quisiera por causa de las serpientes y los animales salvajes.

Aprendimos en el trayecto, pues los indígenas que nos acompañaban nos explicaban de cualquier acontecimiento que pudiéramos tener al respecto.

“Apenas nos enfermamos. La mayoría de la medicina se usó en pobladores de las comunidades que la necesitaban. Cuando el suceso del terremoto encontramos en un bote a un matrimonio con su hija pequeña muy enferma y deshidratada. El médico la atendió y les orientó a los padres dirigirse al lugar donde estaríamos para seguir dándole atención. A  los dos o tres días la niña corría contenta por los alrededores.

“En aquel momento expresé: eres el primer médico latinoamericano, el que dio paso a la medicina latinoamericana”.

La iniciativa revivió el descubrimiento del Caribe y sus islas por las tribus prehistóricas de las cuencas del Amazonas y del Orinoco, permitió realizar investigaciones científicas y fue un paso concreto hacia la integración latinoamericana y caribeña, además de que abogó por la protección del medio ambiente.

Junto a otros participantes de la expedición en canoa del Amazona al Caribe, el 28 de junio del 2018, en las celebraciones por las tres decadas del viaje

(Foto cortesía de la FANJ)

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La formación de Ángel Graña se debe principalmente a la cercanía con Núñez Jiménez, con quien aprendió en cada periplo, investigación o diálogo de cualquier tema.

Sacrificio, interés, gusto y dedicación son algunos requisitos a los que él se refiere para que un espeleólogo sea ejemplar.

“Si trabajas en un departamento que se dedique a eso, no hay salario que ampare lo que tú ganas, aunque el salario sea normal; pero si te gusta, trabajas con mucho agrado; o sea, el sentirse bien complacido suple cualquier dificultad que puedas tener.

“El mundo subterráneo es muy rico y frágil; existe una fauna sin ojos, ciega, que vive en el agua o en la tierra de la cueva, pero que debe ser estudiada.

Hay formaciones secundarias de una belleza increíble; es difícil poder imaginar dicha rareza creada por la naturaleza. Y cuando investigas desde el punto de vista de la biología, geografía y arqueología subterráneas emergen muchos hallazgos.

“Obtienes una historia de la vida en Cuba en otra época, pero lo fundamental es el conocimiento, demostrar la importancia de las cuevas. Una vez lo dijo Fidel, no solo son importantes desde el punto de vista arqueológico, histórico, sino hasta militar. Debemos cuidarlas”.

Ángel Graña continúa esparciendo conocimientos e historias; dice que le quedan fuerzas para seguir adelante y continúa en la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, enfocado en mantener vigente la memoria del doctor. Al despedirme, me sonríe y resaltan de nuevo su carisma pausado, su sombrero y su barba blanca.

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