La máquina H. G. Wells

Autor: 

Barbarella DAcevedo
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01 Enero 2021
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: G. Rei

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Llueve. Siempre llueve en La Habana. No importa si es en la de Hoy, en la de Ayer, o en la de cien o más años atrás. También va a llover después, o mañana. Es por eso quizá que ves el mundo como a través de un velo. Según las teorías es también consecuencia de sentirte alienado. Y desconfío del presente, lo rechazo. Más ahora que apare-ció una opción, con esa máquina de marca H. G. Wells.

La que luego de mil confirmaciones a tu cargo ha de usarse como un juguete más en la feria de diversiones de la corporativa japonesa, para la cual trabajas, cerca del Malecón. Y tal vez sea solo un juguete, y no otra cosa, pero aun así es necesario probar, inventar un pasado distinto a ver si me cambia el hoy, un pasado, o varios, con múltiples alternativas. Porque no estás conforme con tu vida. No hay manera de que te resignes. Comprendes que no eres el único en tal situación, pero eso no evita que te sepas solo, a fin de cuentas hace siglos que no tienes familia para compartir tu miseria. Y te sientes basura como ellos quieren, los japos, los que mandan en todo con sus grandes inversiones y te obligan a labores menores de echar a andar los aparatos del parque, a ti que eres un cerebrito, un ingeniero informático, un hacker, el tipo que en otro tiempo habría podido tener el mundo a su servicio con dar un click, o apretar un botón.

El artefacto acaba de llegar hace unos días. Y es a ti a quien le toca ocuparse de su desembalaje, de armarlo, hacer ajustes y ponerlo a prueba antes de su estreno oficial. Permite viajar en el tiempo, por supuesto. Al menos eso es lo que anuncia su manual de instrucciones. No en el espacio. Solo ir y venir en La Habana a partir de su fecha fundacional.

Y voy a ir y virar cuanto quiera, porque este ingenio no va a salir de mis manos hasta que pueda resolverse la cuestión nacional.

Desde hace días lees todo tipo de libros, artículos y documentos sobre el tema, aunque has-ta ahora no llegas a tener una opinión definitiva. Abundan los relatos de ciencia ficción. Para empezar, aquel del autor H. G. Wells, de donde toma nombre el artilugio. También divagaciones científicas sobre múltiples paradojas. Pero esa no es la cuestión aquí. Esto es un parque de diversiones y sabes que los japoneses no son bobos. Si tan solo supieras su maldito idioma, tal vez podrías probar a extraer información. Pero por más que pretendieras aprenderlo, no lo conseguiste. Es muy distante del español, a no ser por su fonética. No, de bobos ellos no tienen un pelo, para tu desgracia. Por lo general, hasta buscan un beneficio extra en cuanto hacen. Y aunque la altísima noria cuenta con restricciones para enfermos cardiacos, rara vez sale alguien de ella rumbo al hospital o al cementerio. Si la fatalidad ocurre se las ingenian para probar fallas en las víctimas, nunca en su sistema.

Así que el aparato frente a ti debe ser seguro. Y no ha de poder realizarse en él ningún paseo por hechos históricos de relevante envergadura, que pongan en riesgo a los usuarios de la máquina, o de paso, a los creadores de esta.

La H. G. Wells no debe servir para cambios dramáticos, pero quizá sí para algunos pequeños y quién puede imaginar lo que eso implique a largo plazo. Al menos debo buscar salir como sea de mi vida de mierda. Provocar una variación.

Ya se halla lista en tu taller. Es una cápsula con un asiento y un tablero analógico para escoger fechas en el rango previsto. Ese es entonces otro dilema. ¿Qué día seleccionar a fin de cuentas? ¿Qué año? ¿Cuál suceso? Ninguno que sea de una preeminencia marcada debe ser estimable. Repasas tus cono-cimientos históricos y revisas la edición de la guía La Habana de bolsillo que siempre traes contigo.

Y sí, encuentras uno, que tal vez resulte conveniente. Habrá que intentarlo. Un hecho de una cierta envergadura desde el aspecto cultural para los cubanos, pero sin relevancia manifiesta ante ojos extranjeros. A poco tiempo del inicio de la guerra del 68, un grito de libertad desde un teatro le trajo días de horror a La Habana. 22 de enero de 1869. Noche. Subes hasta la intersección de Morro y Zulueta. Aquí también llueve, como era de esperarse. Pero, incluso así, puedes notar diferencias con respecto a tu época. La máquina, funciona. La vieja Habana es nueva y muchos se aventuran por las calles en calesas que guían negros de pintorescos trajes. Ya estás ahí, en una silla más de la fila de butacas del Teatro Villanueva. Solo te preocupa que tu imagen del futuro realce en demasía. Aunque la opción de vestir siempre de negro quizá resalta aquí menos que en tu época, donde te llaman un churroso y un rarito. Además, el beneficio que ofrece la compañía de los Caricatos se antoja concurrido, casi convulso para que cualquiera pueda detenerse en prestarte atención. Abundan las mujeres con trajes en blanco, azul y rojo. Estudiaste lo que ha de ocurrir al detalle. La programación anuncia el pot pourri de las piezas Perro huevero, Ataques de nervios de Narciso Valor y Fe y El santo de la lotería, la canción La crisis, el estreno de la danza La insurrecta, la pieza musical bufa Los caricatos y una rumba para el cierre.

De manera previa conoces lo que debes hacer. Y en el instante que el personaje de Matías grita en el Perro huevero, “No tiene vergüenza ni buena ni regular ni mala, el que no diga conmigo: Viva la tierra…”

Ahí mismo, sin pensarlo apenas, le doy un golpe en plena cara al hombre a mi derecha y lo que debía ser un acto patriótico subversivo se convierte gracias a tu intervención en una trifulca de las grandes. Lo sientes por tu compañero de platea, quien quiera que fuese. Pero al menos nadie coreará: “¡Viva la tierra que produce la caña!”, o “¡Viva Céspedes y Cuba libre!”, “¡Muera España!”. No habrá disparos de revólver, ni muertes, solo un pleito apenas memorable poco digno de aparecer en los libros por venir. Sales del teatro con el alivio de que los voluntarios no han de hallar un pretexto para asolar las calles como bandas armadas por varios días y eso en algún sentido debe modificar lo que está por venir, o mi mañana.

Regresas al presente y rezumas humedad, olor a viejo. La niebla puebla siempre a La Habana. Te sabes distinto, y un poco traidor. Como si te pesara en la conciencia interrumpir el grito, como si esa historia, de cuyo flujo pretendías trastocar la continuidad, tuviera que ver directamente contigo. Pero tranquilo, eres todavía un diseñador industrial, viudo, que busca un hoy mejor para sus dos hijos. Estás desconcertado, y piensas que tal vez se trate de un ligero efecto secundario, como cuando al bajar de la montaña rusa se tienen ganas de vomitar. Sí, hay cambios y puedes percibirlos. El embalaje de la máquina anuncia que esta fue fabricada por Japón, pero en cooperación con la India. Rastreas en los computadores del parque los acontecimientos dignos de memoria de tu nación y puedes ver ciertas variables que por segundos te asombran. No entiendes los motivos causales exactos, pero no es ya Martí el apóstol de la nación cubana sino un amigo suyo, Fermín Valdés Domínguez y cumple él también con el designio de la muerte en Dos Ríos. Si bien de ahí en adelante todo parece continuar el mismo orden. La Protesta de los Quince y el Asalto a Radio Reloj, otros dos hechos relevantes también acaecidos en tu ciudad. Sales del taller al calor reverberante, solo para comprobar que es ahora un indio quien te ladra, en lugar de un nipón, y al dar una vuelta por la ciudad intuyes que en este momento a los del país del sol naciente, incluso, les va mejor al lograr convertir, gracias a ti, en esta unidad de tiempo alternativa, a sus competidores en vasallos. Sin embargo, tu posición sigue igual. Y has de vivir en esta porquería por siempre si no consigues modificar eso, al tantear otra variable.

De vuelta al Villa nueva ya pretendes introducir un nuevo cambio, iniciar antes el efecto mariposa. E imbuido de un sentimiento patriótico que nunca antes sintiera y que no deja incluso de resultarme extraño, gritas con una voz que apenas reconoces: “¡Viva Cuba Libre!”, previo a que Matías comience su incitación. Y después de todo, eso es lo que quieres, una Cuba que pueda ser libre, autónoma, donde cada uno sea respetado en lo que vale. El teatro entero te hace coro. Comienzan los disparos. Entran los voluntarios dispuestos afuera de antemano. Una mujer tremo-la una bandera. Y apenas si logras salir del lugar y regresar a tu tiempo.

Si pudieras, rezarías. Aunque no estás seguro de quién debería hacerlo si el tú de ahora, en el pretérito al que no perteneces, o el del futuro, que es tu presente, o ambos, ni cuándo sería más propicio que presentaras una plegaria al cielo, ayer o mañana. Ni siquiera estás seguro de a quién dirigirte, a Dios, a las máquinas.

A tu regreso reflexionas en lo increíble de que nunca llegara a ocurrir la explosión del Maine, a causa de unos minutos de antelación en los sucesos del Villanueva. Y te emociona que Cuba a inicios del siglo XX no conociera la intervención norteamericana y sí un presidente que fraguó su apostolado desde antes, en las guerras de independencia. Son cambios dignos de considerar, aun-que ninguno resulta trascedente para el hoy. Ya ni siquiera te asombras. Los japoneses no son bobos, y ellos siguen ahí sin que tú logres hackear su sis-tema. Aunque debo poder, si me esfuerzo una vez más. Solo que tu confusión aumenta otro tanto. En tu mente se agrupan nombres y eventos, Martí, Valdés Domínguez, el Maine, la República, el Asalto a Radio Tiempo y te preguntas a cada rato: ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Quién eres? ¿Es que acaso puedo seguir siendo el mismo si el pasado cambió? ¿Qué persigues con usar este simple aparato de parque de atracciones como algo diferente, para cambiar el mundo? Quizás deberías tan solo desistir. ¿Por qué insistes, si la historia lucha por la conservación de los eventos y sustituye a uno por otro, para llegar a idéntico punto, una y otra vez? Padeces una suerte de mareo. Debo conservar la calma frente a las secuelas. Soy un rarito físico cuántico, recién casado, que hace trabajos de miseria para los japoneses porque aquí solo cuenta sobrevivir, en medio de sus devaneos inversionistas y conquista del mundo. Resuelves por instinto salir del taller a tomar un poco de aire fresco. La nieve cae afuera en copos diminutos. Siempre nieva en La Habana. No importa si es Hoy, o Ayer. Ya está todo bien y quieres intentarlo una vez más, aunque sea la última.

 

22 de enero de 1869. Todavía tu cabeza es un lío y notas la garganta seca. En la cantina del teatro, pides un té casi con vergüenza, pues la mayoría bebe café o licor y te escabulles para evitar pagar. El Villanueva arde en furores patrióticos. Esta vez sí llevas un lugar esencial en los sucesos. Y por eso no te asombra al ser el primero en interrumpir cuando Matías pronuncia su “¡Viva la tierra…!”, con un alto y sonoro “¡Qué viva Japón!”, mientras otros cien rostros amarillos como el tuyo repiten la exclamación “¡Viva la tierra que produce el arroz!”. Sientes, incluso, el alivio de saber que ya no llegarán los voluntarios por-que está vez sí el futuro cambió.

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