Memorias

Autor: 

Claudia Alejandra Damiani Cavero
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24 Octubre 2014
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Yury Díaz Caballero

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    Regresas en medio de la oscuridad que compite a intervalos con las luces enfiladas de faroles; tu sombra te acompaña, larga y delantera va menguando hasta crecer a tus espaldas. En tu mente un torrente de imágenes, de recuerdos de hoy y de ayer; las personas son eso: combinación de colores y es todo lo que se guarda cuando las vivencias se enfrían. Por eso te gustan las noches, porque todo tiende a negro y se  reduce a la misma esencia penumbrosa.

    Llegas a la fachada descuidada que la falta de alumbrado corrige, atraviesas el umbral de la puerta como una sombra más y sobre la cama hay otro cuerpo, una forma oscura que se estremece levemente al respirar. Te desvistes y acomodas a su lado.

    Entonces recuerdas, enumeras el pasado y allí estás, preguntándote por qué.

-Me interesa su trabajo -repites sugestionándote. Ella mira desde arriba -siempre desde arriba- como el Olimpo; eso es, su forma indiferente de mirar; por eso la odias, lo merece. Te vuelves y ves a la otra durmiendo junto a ti, animal sumiso y poco inteligente, ¿por qué la dejaste quedarse?-para tenerla de fetiche, como  a un cuerpo de mujer sobre la cama.

   Vuelves a hacer memoria… te habla del proyecto: “copiar el cambio sináptico de las neuronas y llevarlo a otra cabeza, sustituir sus recuerdos por ajenos; el cerebro sigue teniendo las mismas cualidades que ha heredado, solo los recuerdos cambian; ¿para qué?, para saber qué tiene más peso en la personalidad: genética o experiencia”. Frente a su cara mechones de pelo que se mueven con su aliento y Ella explicando, convenciendo. Todo un año de trabajo, nanorobots  que llegan al interior del cráneo a través de las fosas nasales y tú su programador -te usa como a un esclavo-, tu puño se crispa… Hoy, finalmente el éxito, sólo queda probarlo. Recuerdas su voz llegando desde el cielo y el reflejo de tu rostro en sus pupilas: “Necesitamos de alguien en quien experimentar, alguien sin importancia: un mendigo, una puta”; tú no entiendes, lo programaste para recopilar y guardar los cambios sinápticos, sería un proceso inofensivo. Entonces habla de posibilidad de error en tu trabajo –¡te cree estúpido!-, “una metida de pata destroza la mente de alguien, mejor no correr riesgos y buscar seres prescindibles”.

     No quieres afligirte, buscas consuelo al otro lado de la cama, dormida y en penumbras la otra parece, Ella; silueta a contraluz -el ángulo perfecto-, le acaricias el pelo y te conmueves. Despierta, no tiene el sueño pesado, sonríe y empieza a hablarte… ¡destrucción!: tu idílica imagen transformada en vulgar estupidez, no puedes soportarlo… “¡Cállate, cállate!, una y otra vez el puño hundiéndose en su cara, grita y tiembla; eso aumenta tu asco, “! Maldita perra!”…

    Ya no gime, solo yace como las heces sobre el pasto. Algo duele por dentro, pero sólo un instante, al mundo no le importa su existencia. Un rostro desfigurado y  manchas rojas sobre la sábana: rosas amorfas en tu jardín de hastío.

     Respira…sus labios amoratados silbando con su aliento, entonces está viva. “Al mundo no le importa su existencia” -sí, tan prescindible-…

    Te alejas y tomas el teléfono, una voz al otro lado de la línea. Ya lo tienes, que traiga su proyecto, no la llevarás al laboratorio en esas condiciones… la voz acepta, irá a tu casa…

     Vas de un lado a otro intentando contener la ansiedad de esperar y maldices a ambas para no culparte.

    Desde tu puesto no ves el rostro que golpeaste, solo el cabello pegoteado de sudor y sangre coagulada. Te preocupa que despierte antes de tiempo, tomas precauciones, una vieja jeringa de cristal y algún tipo de anestesia disociativa…  entonces, la puerta: la recibes.

    Examina el cuerpo casi inerte, “¿qué le hiciste?”, no importa, no es más que una ramera; “una puta”, dice con una sonrisa pueril y cruel como burla de niño. Realiza la copia con éxito,  pero necesita de otro cuerpo, alguien en quien poner aquellos recuerdos;  debes ser tú, Ella es la necesaria, “¿no confías tanto en tu programación? Es un proceso reversible…”, te hará los tests, te estudiará unos días y luego introducirá de nuevo los nanorobots en tu mente y sustituirá la memoria ajena por la tuya. “Ella es la necesaria”, la rabia se extiende como una infección y tu puño se aprieta, se abraza a algo, una forma cilíndrica que termina en aguja.

   No puedes detenerte, has perdido el control y la descubres cayendo en un estado cataléptico con la inyección asida a su antebrazo; ves el dispositivo con la mente de la otra y la imaginas recordándose acostada a tu lado. La conviertes. La otra suspira y se queja, está volviendo en sí, no dejarás que lo arruine otra vez: la sofocas con la almohada hasta la asfixia… Ahora sólo queda esperar que pase el efecto de la droga, al fin te mirará desde la misma altura. Destrozas el delicado artefacto de un golpe -nunca más será aquel monstruo con figura de ángel- y acomodas tu sien sobre su pecho.      

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