Nació en la Escalinata, tiene 14 años y quiere ser cibernética

Autor: 

María Lucía Expósito
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26 Abril 2019
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Luis Enrique Aparicio Pérez-Delgado

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Es cualquier día de abril y ella tiene en las manos una caja táctil, por donde desliza sus dedos con la habilidad de un director de orquesta experimentado. Pero, realmente, no tiene prisa con la última notificación de Facebook; más bien lucha por abrir en medio del microclima online de La Habana Vieja o Alamar un nuevo tutorial de tecnología.

Maricarla Padrino tiene 14 años y quiere verse entre los ceros y unos más allá de las perspectivas surrealistas. Internet es, quizás, la más dadivosa de sus nodrizas. Su primer teclazo ocurrió a los seis años de edad. Aprendió muy rápido mucho más que la teoría primaria del juego de la serpiente que jamás podía tocarse la cola. La forma de eludir el algoritmo fue entonces su primera cosquilla digital.

Hoy puede saber a tiro de móvil cuál fue el último hito de la cibernética, el lenguaje de programación de moda o leer, en sus ratos de ocio, reseñas bien posicionadas de las series asiáticas que sigue.

“Usé Facebook desde que tenía nueve años para hablar con mi papá”.

Por la forma en la que los ojos azules se movían por la sala de la entrevista, supe que en esa otra cita con la virtualidad había algo más que intercambiar caracteres en tiempo real. Maricarla intentaba saber cómo recibía órdenes su teclado a partir de mandatos en texto plano.

Tal vez las horas frente a aquel monitor, ya no tan cóncavo como los de otras generaciones, le hizo rascarse la cabeza. Él síntoma no le viene de lejos. Es un buen padecimiento que haría graduar de Ciencias de la Computación a otras chicas de su familia.

Aquello creció y no se cortó las puntas, justo como el pelo dorado de Maricarla: “Me creé después una cuenta en Google”. Ahora quería saber qué polvos mágicos hacían la diferencia entre Infomed made in Cuba y el ciberespacio. También comenzó a hurgar cuanto recoveco web le oliera a códigos y lenguajes de programación. Jugó con suerte. Encontró por fin los sitios oficiales de la Facultad de Matemática y Computación de la Universidad de La Habana.

Luego llegó Youtube y allí calmó su sed con los tutoriales. Aun así, prefirió la colección impresa de Carlo Frabetti para valerse de trucos de multiplicación. En esta suerte de terapia, ella me pide regresar atrás la coordenada temporal, desde su primer retrato hasta la amante frenética de las matemáticas que está frente a mí.

Contó cuatro años con los dedos para indicarme cuándo le empezaron a gustar las matemáticas. Frabetti al timón de los cantos de sirenas. Malditas matemáticas, el mejor de los anzuelos por aquellas ferias del libro.

“De aprender a leer y entender quise rápido pasar a las tablas y otras vías para calcular. Esa es mi vida desde pequeña. Creo que con un nueve, en vez de diez, echaría a llorar. La relación que tengo con la tecnología tiene su raíz ahí”.

La Matemática ha sido algo más que su asignatura cúspide. Ganar un juego de la hora del Código en 30 minutos de MATCOM y el Proyecto Sigma de las mujeres programadoras le han certificado de nueva gana estas bases. Es por demás un mixto entre monitora de Matemáticas y adicta al funcionamiento interno de las consolas de videojuegos. La lógica vive cada uno de los enunciados de su escasa década de vida. Y como es natural está consciente de la diferencia con otros contextos que ni de cerca son adyacentes:

“No hay información general de muchos de estos proyectos universitarios hacia otras edades. Aunque hay tantas iniciativas como falta de interés. En mi secundaria la profesora hace ‘semana de Matemática’, que consiste en demostrar cómo clases de otras asignaturas comparten elementos con la aritmética. Es curioso, porque coincide muchas veces con los días en que en Biología llegan las unidades de Genética, ricas en datos numéricos. Me decepciona un poco que los turnos de matemática no funcionen como clases para hacer hipervínculos culturales ligados a la historia de esta materia porque la mayoría de los alumnos tampoco conocen acerca de escritores que hablen de números en la narrativa infantil”.

Cualquier entrevistador entonces hubiese tenido la impresión de escuchar el discurso de una investigadora y no de una adolescente. Un compañero de aula estaría escapando de su lado nada más comenzara la parte donde explica.

“No existe como tal una clase dedicada a buenas prácticas en redes sociales para adolescentes en el ambiente escolar. Las redes sociales son hoy una mala adicción, cuando deberían ser aprovechadas en cosas interesantes. Llego a mi aula y me dicen: ¿Puedes abrir mi perfil para ver cuántos likes tiene mi foto? Les interesa lo que la sociedad online vea de ellos. O pasa igual cuando se asocian con páginas que no aportan nada de sentido ni significado y llega la moda del durakismo como idioma de redes. La ciberignorancia se está comiendo la cultura.

“Lo mismo sucede con los turnos de Informática, que son muy informales. En Secundaria Básica rotas entre las clases y el tiempo de máquina, que debería ser para que los interesados intercambien”, explica.

Intuyo que en la mayoría de estos momentos ella quisiera aplicar la capa de invisibilidad que vio en la Hora del Código para desaparecerse de ciertas interpelaciones. Dice que a veces se siente Einstein en la etapa en que era un incomprendido.

“Las ciencias sirven para la vida. Existen teléfonos inteligentes gracias al desarrollo de la cibernética. Entonces te preguntan que si a lo que quieres dedicarte es a hacer jueguitos para móviles. Desde los motores de búsqueda hasta los populares grupos en Messenger podrían ser buenos para contrastar información o ampliar lo que se dice. Al final la nota máxima también es para quienes reproducen contenido. Necesitamos algo más que reproductoras humanas”.

Mientras activa la pantalla de cristal para mostrarme aplicaciones cubanas, muchas de ellas desarrolladas por universidades, recuerda que su papá recién usa un teléfono S9 y le preguntó cómo le ponía la huella digital.Otra cosa pasa con el abuelo: “dice que le han dado un teléfono complicado, que él estaba bien presionando teclitas”.

Retomamos un clásico de todas las edades: Pitágoras y su poema hecho catetos a rima con la hipotenusa. El mundo de ecuaciones y certezas modernistas de mi interlocutora no ha logrado en un modo extremo aislarla de tener amigos ni de salir a los espacios comunes. No es un hueso duro de roer para los trucos del consumismo lúdico: “la inteligencia artificial no ha conseguido pensar por sí misma, es cuestión de patrones. Es lo que pasa con los juegos del teléfono, están sujetos a las combinaciones”.

En un monólogo afectivo y silencioso, Maricarla se bate entre estudiar matemática o ciencias de la computación. Noveno grado en primavera tropical solo puede significar a estas alturas que es muy probable que pronto vista de azul. Tres años más tarde alguien verá que cruce ciertos pórticos tras los brazos del Alma Mater, la sala de parto improvisada cuando su madre dio a luz subiendo o bajando alguno de los 98 escalones.

Su personalidad es una especie de fiera solo saciada por cotidianidades insólitas. Eso lo explica todo. No ha cumplido los 15 y yo no sé si pedirle desde ahora una invitación a su futura tesis o un día más largo que estas horas de abril para transpirar ciencias por los cuatro costados.

 

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