“No estoy cansada ”

Autor: 

Dania Ramos Martín
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28 Octubre 2014
| |
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Crédito de fotografía: 

Luis Pérez y cortesía de la entrevistada

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De niñas, casi todas soñamos con ser bailarinas, cirujanas, maestras, peluqueras… roles cotidianos, prestigiosos y ‘correctos’, según la gente mayor. María Guadalupe Guzmán, sin embargo, aprendió desde pequeña a volar lejos: ¡astrónoma!, ¿astrónoma? ¿Cómo pretendería semejante sueño -dirían los mayores de la década del 50 en que nacióa quella rubita de ojos azules, cándida y penosa?

Entre películas de ciencia ficción y novelas de Julio Verne, la niña estaba obsesionada con los acontecimientos de “allá afuera”. No sabía cómo trepar a las estrellas, pero intuía que solo se lograba con muchas horas de estudio, metiendo ‘cabeza’ a lo desconocido. Fantaseaba desde entonces con ser investigadora.

Corrían buenos aires para las mujeres en la Cuba revolucionaria. Su madre no había llegado a la universidad, pero fue constante en sus consejos: debía estudiar, superarse, abrirse paso en la vida con una carrera, porque el conocimiento –afirmaba- engrandece a las personas.

La escuela le mostró a Guadalupe que era muy buena en ciencias, sobre todo en matemáticas. Con una sarta de resultados sobresalientes salió del preuniversitario y fue a parar a la licenciatura en esta rama, casi convencida de que era su vocación. Pero no.

“Quizás hubiera terminado exito­samente -dice imaginando el futuro que cercenó con su decisión de jovenzuela-, pero comencé a intuir que no alcanzaría buenos resultados, que no sería una buena profesional, y abandoné la carrera en el primer año”.

El próximo septiembre parecía aún muy lejos, y Lupe estaba decidida a no perder el tiempo. Pocas opcio­nes quedaron sin explorar: estudios de idiomas extranjeros, pedagogía, hasta un curso de aeromoza en el aeropuerto, ¡cualquier cosa que le permitiera aprender!, pero todas las especialidades habían cerrado sus matrículas.

Solo la carrera de Medicina aceptaba estudiantes para comenzar una nueva promoción en enero. Y allá fue.

“Ser médico nunca estuvo entre mis planes. Yo vengo de una familia en la que hay graduados de esta profesión, pero no me veía en el rol de un buen clínico asistencial. Esa era, sin embargo, mi última opción”, comenta la actual Doctora en Ciencias Médicas y Profesora Titular.

Una serie de cursos paralelos fuera del programa curricular, encaminados a acercar al estudiante a la investigación, encauzaron los destinos de Lupe hacia el laboratorio. Sus días como médico asistencial no sobrepasaron los años de estudiante uni­versitaria.

“Yo quería ir a la medicina, pero por otra vía. Hoy quizás lo hubiera hecho diferente, porque se piensa en el científico como aquel que se dedica solo a la investigación, pero la práctica médica tiene un gran campo para la exploración”.

Luego de obtener el título de doc­tora, la joven decidió matricular el internado en Ciencias Básicas, y en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC), que la acogió por espacio de cuatro años, terminó atra­pada en su gran pasión: los virus.

“La virología es una ciencia fascinante, apunta complacida; todos los virus son diferentes, cada día surgen nuevas cepas y nos estamos exponiendo constantemente a situaciones emergentes.

“Hay que estudiar mucho, pero provoca placer descubrir que un conocimiento que hasta ayer era un dogma, se reanaliza, se pone en duda, se reformula. Eso es precioso”.

Flechada
Rozaba los treinta cuando un acon­tecimiento inesperado definió su vida profesional. Una epidemia de dengue hemorrágico salió por vez primera del sudeste asiático y se instaló en Las Américas. Cuba fue la pionera en sufrir el azote de la enfermedad que cobraba, cuatro meses después de descubierto el primer caso, más de diez mil víctimas, 158 de ellas mortales.

“Cuando empezaron a aparecer los primeros enfermos, hubo que definir qué patología nos estaba afectando. Yo era parte de un grupo que no excedía la decena de compañeros, y trabajamos sin descanso. Fueron jornadas de mucha tensión, porque era difícil pronosticar qué iba a pasar, cómo iba a evolucionar la epidemia, que presentaba casos muy graves, sobre todo de niños. No sabías quién se iba a enfermar, quién iba a agravarse ni quién iba a morir.

“Afortunadamente, pudimos hacer el diagnóstico y terminar todos los estudios complementarios. Esa epidemia, una de las más grandes que ha sufrido el mundo en número de casos graves y fallecidos, me marcó para siempre. Desde entonces, le he dedicado mi vida laboral al dengue”.

 

Con una obra fecunda, María Guadalupe Guzmán ha recibido 14 premios de la Academia de Ciencias de Cuba y seis del Ministro de Salud Pública. Es, junto a Rosa María Más Ferreiro, una de las dos científicas cubanas con mayor productividad e impacto por sus investigaciones, según reveló un estudio reciente de la Academia. Sus resultados, dice, son fruto del esfuerzo colectivo. En la imagen, algunas de sus compañeras de laboratorio.


“Afortunadamente, pudimos hacer el diagnóstico y terminar todos los estudios complementarios. Esa epidemia, una de las más grandes que ha sufrido el mundo en número de casos graves y fallecidos, me marcó para siempre. Desde entonces, le he dedicado mi vida laboral al dengue”.
Guadalupe sonríe cuando indago por sus dotes de líder. Recuerda el exiguo equipo con el que trabajaba a inicios de los ochenta, en un laboratorio de arbovirus (virus transmitidos por artrópodos), instalado en una casa situada cerca del actual Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología. Luego de que la epidemia fuera controlada, pasó a ser la responsable del laboratorio, hasta que en 1993, cuando se crea el departamento de virología, en el actual Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), recibió la propuesta de ser su guía.

Dieciséis años transcurrieron antes de que, en Santiago de Cuba, resurgiera la epidemia. Pero el equipo prosiguió con las pesquisas, a pesar de opiniones agoreras sobre lo inútil de las investigaciones. “Recuerdo que algunas personas decían que para qué indagar sobre el dengue, si ya había sido controlado.

“Afortunadamente estaban equivocados, y no les hicimos caso, porque aunque en Cuba no hubo transmisión de dengue en todo ese período, gracias al intenso programa de erradicación del mosquito Aedes aegypti, pudimos exhibir un conocimiento útil a otros países del área. Eso lo hubiéramos perdido si no hubiéramos seguido investigando.

“No existen fórmulas para un líder -vuelve sobre mi pregunta-, creo que ser mujer ha sido una de las fortalezas. En general tendemos intuitivamente a sentirnos por debajo de los hombres, pero somos muy perseverantes. Yo creo que una mujer es capaz, todo está en que se dé cuenta. Por otra parte, me nutro mucho de mi grupo, personas buenas, a quienes les gusta mucho lo que hacen. Junto a ellos aprendo todo el tiempo. Siempre les digo que ellos son los que saben de virus; yo voy ahí…”.

Amantes en la ciencia

Su esposo e hijo son inspiración constante. Gustavo y Pedro Kourí, junto a Lupe, el día en que defendió su segundo doctorado, en el 2008.

Largo ha sido el romance de Guadalupe con la biomedicina; más de treinta años de relación intensa, solo comparable con la constante compañía de su esposo y compañero de trabajo, el doctor Gustavo Kourí, director del IPK.

Lo conoció cuando trabajaba en el CNIC. Pero el encuentro fue, aclara la doctora, un redescubrimiento para él: había quedado prendado desde que la conociera, siendo todavía estudiante. Su entusiasmo por la ciencia los unió irremediablemente.

“Gran parte de mi éxito profesional lo debo a mi esposo. Yo siempre fui muy tímida, con mucho miedo a hablar en público, y él me impulsó, me hizo creer que sí podía.

“Hemos sabido conjugar bien la relación personal y profesional, porque aprendimos a colegiar opiniones, aun cuando podamos pensar diferente sobre un tema específico. Es muy importante que las personas más cercanas a ti te comprendan y estimulen”.

Coqueta, ¿por qué no?



“Que me guste el dengue no quiere decir que esté desarreglada”, afirma la doctora Guadalupe que, con 58 años, impresiona por su figura elegante y sus avispados ojos azules. “Para poder agradar a los demás, necesitas sentirte bien contigo, por eso cuido mucho de mi apariencia”.

Entra al Instituto antes de las ocho y regresa a casa después de las nueve de la noche. Tararea alguna melodía suave mientras conduce, “excelente para relajar”, luego de una ex­tensa jornada laboral.

Persigue la novela, “el momento donde la vida se para y hago un paréntesis en mi mente”. Gusta de salir a comer fuera de casa, conversar con la gente, intercambiar opiniones fuera del ámbito de trabajo. Pero el tiempo libre escasea.


“Tengo responsabilidades administrativas que absorben mucho mi atención, pero qui­siera poder dedicarme a leer más sobre temas que me interesan”.

Doce horas en un laboratorio me parecen excesivas, extenuantes… Pero Lupe parece no aburrirse nunca.

“Eso de retirarme no está en mis planes. Quiero seguir escri­biendo. Mi mamá me reclama porque piensa que necesito descansar. Pero yo no estoy cansada, la investigación es algo que disfruto muchísimo. Creo que hay que vivir lo más que se pueda con lo que a uno le gusta. Y a mí me gusta el dengue”.

 

Jovial y conversadora, como suele ser, el primero de mayo del 2006 en Plaza de la Revolución.

 

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