Orlando Garrido: Soy un humilde servidor de la ciencia

Autor: 

Yanel Blanco Miranda
|
04 Marzo 2020
| |
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Crédito de fotografía: 

Alba León Infante

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A sus casi nueve décadas, Or­lando Garrido mantiene la ilusión de realizar otro ha­llazgo; y desde el despacho de la casa donde fue criado y aún vive, planifica, mueve los hilos que lo conducirán al que pretende, no sea su último descubrimiento.

Para ello ha movilizado a conoci­dos y amigos: necesita con urgencia un ejemplar de jutía, para compararlo con las que tiene en su colección privada. Demostrar que entre ellas hay especies nuevas, es un empeño al que ha dedicado seis años.

Alto, delgado y aún fuerte a pe­sar del tiempo que cargan sus hue­sos, Garrido no para de trabajar. Siempre en busca de retos, su vi­da ha constituido un repertorio de profesiones: naturalista, atleta y “cantante de ducha”, como se au­todenomina.

Jutías perteneciente a la colección de Garrido. (Foto: Alba León Infante)

De pequeño, su interés por los animales lo llevó a pedirles a sus padres que le compraran pollitos para criar. La aprobación vino con el compromiso de salir entre los diez mejores de su clase, durante una semana seguida, y lo hizo.

Sin embargo, no fue hasta cum­plir los 17 años que se interesó, de manera más seria, por la biología.

“Estaba en mi último curso del ins­tituto cuando comencé a colectar insectos en el patio de mi casa y estudiarlos. Después, los días que tenía libre en la escuela los apro­vechaba para ir al Bosque de La Habana o Monte Barreto y cazar ejemplares nuevos para mi colec­ción”, recuerda.

Al obtener su título de bachi­ller en el colegio La Salle del Ve­dado, Orlando determinó que, an­tes de entrar a la Facultad, tomaría un curso de mecanografía e inglés, lengua que necesitaba para poder comunicarse con sus pares depor­tistas en las competencias a las que asistía.

Participó seis veces en los campeonatos mundiales de Wimbledon, Inglaterra. Su mejor actuación fue en 1956, al llegar a los últimos 16 en dobles mixtos.
(Foto: Cortesía del entrevistado)

A principios de la década de 1950, la Universidad de La Habana, le abrió sus puertas para ingresar a la carrera de Ciencias Naturales, y seguir su vocación. No obstante, poco duraría en esta casa de altos estudios, pues durante un torneo de tenis celebrado en Cuba, recibi­ría la oferta de integrar, mediante una beca, el equipo de la Universi­dad de Miami. Allí podría estudiar la licenciatura en Biología y conti­nuar en el deporte donde era un re­conocido campeón nacional en to­pes juveniles y juniors.

Unidos en 1952. Su obje­tivo, además de profundizar sus conocimientos sobre la naturaleza, fue aprender idiomas, por lo que matriculó también en Administra­ción de Negocios.

Cursar dos carreras a la vez y ju­gar tenis era tarea difícil. Por eso el joven de 21 años eligió solo las asignaturas afines con sus intere­ses. “En esos años cultivé el inglés, el italiano, francés y portugués. Además de prepararme para mi posterior profesión de naturalista”, refiere.

En 1956, aún sin graduarse, de­cide terminar la universidad. Debi­do a su notable desempeño como atleta, fue convocado a participar hasta 1961 en los torneos realiza­dos en los principales circuitos in­ternacionales de tenis.

“Para titularme necesitaba al menos concluir seis años y no es­taba interesado. Lo más impor­tante para mí era poseer el cono­cimiento, y ese lo tenía”, declara Orlando.

Incluso, fuera de Cuba, Garri­do nunca perdió el contacto con aquellos colegas con los que so­lía reunirse, antes de comenzar la universidad, todos los viernes en la noche en un café de la calle 12, en el Vedado.

Por eso, cuando a principios de la década del 60 es instituido el Museo Cubano de Ciencias Na­turales, en el Capitolio, él formó parte de los doce elegidos para tal empresa. Allí trabajaría como zoó­logo, creando las primeras colec­ciones.

En aquella época, había comen­zado el estudio de las aves y por tal razón, le escribió a James Bond, prestigioso ornitólogo estadouni­dense (cuyo nombre fue utilizado por el escritor Ian Fleming para su espía de ficción), y le pidió le man­dara literatura especializada al res­pecto.

La respuesta no se hizo esperar y poco después recibiría el catálogo de las aves. Se consolidaba así una relación que duraría hasta la muer­te del naturalista en 1989.

Silva y Garrido: amistad de más de medio siglo

– Mire, mi nombre es Gilberto Silva, estudio los murciélagos y me enteré que tiene algunos.

– Sí, –respondió un sorprendido joven de 17 años ante aquel extra­ño parado en su puerta–. Pase, se los enseño.

Aún hoy, Orlando no sabe có­mo fue que este erudito de los quirópteros se enteró de su pre­ciada colecta. Y aunque maneja alguna que otra teoría, lo cierto es que nunca le preguntó por quién lo había sabido.

“Yo estaba un día en el Náutico, un club de playa al que asistía y en las taquillas se metió un murcié­lago. Lo cogí, lo llevé para la casa y lo disequé. Ya poseía otro, caza­do en el Bosque de La Habana; así que cuando Silva fue a verlos le pe­dí que los identificara. También le ofrecí que se los llevara, pero me respondió muy serio, que solo que­ría saber de qué especie eran”.

Aunque Silva declinó la pro­puesta de quedarse con aquellos dos ejemplares, se estableció en­tre ellos una relación que toda­vía mantienen. Así que cuando los naturalistas comenzaron a reunir­se, Gilberto lo invitó a participar. Sabía de su interés por los anima­les y consideraba que aquellos en­cuentros lo beneficiarían académi­camente.

“Como yo estaba poco en la Is­la a causa de las competencias, no podía asistir a todas las veladas, pero cada vez que regresaba a Cu­ba, iba. Ese fue el motivo por el que me llamaron para formar parte de la creación del museo. Sabían de mi interés, además debido a mis incesantes viajes tenía una amplia colección, especialmente de insec­tos”, señala.

Orlando Garrido ha estado en 63 países:en 57 como deportista y en seis comobiólogo. Foto tomada durante su visita
a Egipto. Es el segundo de derecha a izquierda. (Foto: cortesía del entrevistado)

Para 1961, tres eran los grupos estudiados por Orlando Garrido: insectos, aves y reptiles. Para ello hacía continuas visitas a los cam­pos y cayos, donde después de lar­gas búsquedas, encontraba, si te­nía paciencia, el ejemplar deseado o uno totalmente nuevo.

En una de esas excursiones co­noció al reconocido barítono Ra­món Calzadilla quien, interesado por la malacología y las maripo­sas, se dedicada en su tiempo libre a reunir especies para su colección particular.

“Él me pedía que cuando fue­ra de expedición lo llevara conmi­go y así lo hice en varias ocasiones. Pero como era muy famoso, cada vez que llegábamos a un poblado la gente le solicitaba que actuara. Entonces, yo abría el espectáculo para él, cantando algunas arias de zarzuelas.

“Fue en uno de aquellos viajes que me bautizó con el sobrenom­bre de ‘barítono arrepentido’. Decía que yo era bueno y quería que to­mara clases con su profesora”.

Lo cierto es que Orlando ya sa­bía de sus potencialidades, pues­tas en práctica desde muy joven en las galas de premiaciones de los torneos a los que asistía como atleta.

“Tengo muy buena voz y lo que sé lo aprendí de forma autodidacta. Conozco alrededor de 150 arias de zarzuelas, operetas y cancio­nes antiguas. He cantado como aficionado en casi todos los paí­ses a los que he ido”, subraya Ga­rrido, quien ha estado en 63 na­ciones: 57 como deportista y seis siendo biólogo.

Las colectas en el campo

Contrario a lo que pudiera pen­sarse, la vida de los biólogos no es simple ni transcurre detrás de un microscopio en un laboratorio. Para Orlando ciertamente no fue así. Según cuenta, hubo una época (casi 20 años) donde estaba más tiempo desandando los montes que en La Habana.

“En la mayoría de los lugares a los que íbamos, buscábamos un sitio donde quedarnos. A veces en hotelitos, otras en cooperati­vas pesqueras, incluso, llegamos a instalarnos con los guardafron­teras cuando visitábamos algún cayo.

“Yo me llevaba uno o dos taxi­dermistas conmigo, para realizar una preparación previa de las pie­zas cazadas (sacarles las vísceras) y que no se echaran a perder. Des­pués, al llegar al museo se comple­taba la tarea de taxidermiarlos y eran convertidos en piel de estudio o montados para exhibición”.

Orlando Garrido tiene una ex­tensa lista de nuevas especies en­contradas. Sin embargo, hay un grupo donde se lleva el palmarés. Es el naturalista que más anolis ha descrito en el mundo (28 taxones). Entre ellos se encuentra el Anolis pumilus, Anolis juangundlachi y el Anolis birama, entre otros.

—De las especies descritas por usted, ¿cuál fue la más difícil de encontrar?

—La más difícil no la he encon­trado. Es la única especie que no he visto en Cuba, la Gallinuela de Santo Tomás. La sentí, la grabé, pe­ro no he podido colectarla.

Han pasado muchos años desde que Orlando se embarcó, por últi­ma vez, en un viaje de investigación: su avanzada edad se lo prohíbeAun así, su incesante búsqueda de conocimiento y nuevas espe­cies no cesa. Por eso, cuando es­pecialistas de diferentes partes del mundo acuden a su casa para ins­truirse sobre aves y reptiles, él gus­toso los recibe; sabe que de ellos también podrá aprender.

Vincular el deporte con la cien­cia, le trajo a Garrido grandes re­compensas. Su intensa vida como atleta lo llevó al Salón de la Fama del tenis cubano en Estados Unidos y su fructífera carrera como natura­lista, a ser reconocido por sus cole­gas, quienes han puesto su nombre a más de 20 especies nuevas.

Asimismo, ha sido nombrado Miembro honorario de la Sociedad Linneo, Investigador Asociado a la Academia de Ciencias Naturales de la Universidad de Drexel, en Fi­ladelfia y Miembro correspondien­te de la Unión de Ornitólogos de América del Norte, titulo alcanza­do solo por cinco latinos en el con­tinente.

No obstante, para él, lo más va­lioso es saber que el ejemplar co­lectado nunca ha sido descrito. Porque, según, sus palabras, “el mayor beneficio que se obtiene en esta profesión, es el reconocimien­to de haber descubierto una nueva especie”.

Junto a su esposa Gloria, el amor de su vida. (Foto: Alba León Infante)


 

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