La pregunta del millón y otro millón de preguntas

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
|
12 Enero 2016
| |
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Crédito de fotografía: 

Adrián Agüero Zardón

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Roberto Mulet es un físico que no escribe por placer sino por hacer. Casi toda su generación se fue, no está, y es un cubano en Cuba de 44 años que a veces hace del monólogo interior una piedra en el zapato de la inercia colectiva.

¿Un nerd cáustico, incendiario? ¿Un acróbata de la razón, impuro? ¿Qué hay detrás de sus textos disonantes sobre universidad, ciencia y tecnología? Algunos creen que simplemente se suicida. Él piensa que no ayuda quedándose callado. Sus críticos, desde lo oculto, le reprochan cierto verbo compulsivo. Pero mientras él se expone al colimador de la opinión pública, ellos no hacen nada público por imitarlo.

En mayo pasado, en medio de un Café Científico auspiciado por la Sociedad Cubana de Química, el joven vicedecano de investigaciones de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, sintetizó en una frase parte de su rebeldía: “estoy desesperado, no desesperanzado”. Frente al desgaste del sistema tecnocientífico en la Isla encuentra difícil cruzarse de brazos.

Y es que su generación creció en medio del fuego cerrado que siguió a la caída del Muro de Berlín, al periodo especial, y muy pronto se vio enfrentada al debate ideológico: “Pasamos de comer pizzas a 60 centavos en la cafetería universitaria a ninguna comida en la calle”.

De aquel round, donde tirar la toalla no fue nunca una opción, Mulet sacó una melena, “n” preguntas y una ley natural: “no se puede hacer ciencia sin la disposición a decir lo que se piensa”. Avanzar en ciencia, insiste, “implica romper con lo establecido. Trato de enseñarles eso a mis alumnos. Recuerdo que un viejo profesor me decía que ‘ser físico es también una actitud ante la vida’”.

Ahora, cuando preservar las conquistas sociales del conocimiento pasa por la entidad elemental poder de decisión=ciudadanía, escribir le parece forzoso: “No quisiera. Quisiera poder dedicarme a lo que me interesa, que es hacer ciencia”. Solo que le preocupan los “cómo”.

Su impresión es que cada vez será más difícil si la improvisación sigue detrás de automatismos como el recorte a cuatro años del ciclo formativo universitario, salvo casos “muy justificados”. De hecho, fue la eventual generalización de esa medida y, más aún, su método inconsulto, el origen de “Universidad: cinco es más que cuatro”, un polémico texto publicado en el sitio web de Juventud Técnica, donde pretendía meterse con la inercia y al parecer lo logró.

Callar, ¿un verbo incívico?

De la sobremesa a las líneas de teléfonos, de los e-mails a la “elocuencia del silencio”*, el debate real sobre ciencia y tecnología en Cuba se escurre con vigor por cauces alternativos. En el subsuelo, una fértil, encendida, esfera pública se expande como una corriente de sentido ¿imposible?

En contraste, los foros digitales de los principales periódicos lucen anémicos y es difícil arriesgar un puñado de causas. Obviando la tradición de una ciencia elitista, “de arriba”; quitando el estereotipo de la sabia “salida del plato”, cabría preguntarse ¿por qué en un país de decenas de miles de tecnólogos y científicos, de millares de doctores y centenares de académicos, la reforma del sistema de ciencia, tecnología e innovación (SCTI) en curso pareciera inexistente?

Es como hablar del Ártico sin nombrar el hielo.

Así, parte del mérito de un texto como “Universidad: cinco es más que cuatro” ha estado en su capacidad de alentar la polémica en el contexto de un proceso que, por su lentitud para explicarse a sí mismo, pareciera cargar con todos los vicios del burocratismo que combate.

¿La prueba?, su largo pendular entre la ausencia de escrutinio público y el aplazamiento asertivo (el sí, el luego, el ¿cuándo?) de reiterados llamados al diálogo y la participación colectiva.

Ni el Parlamento ni los académicos cubanos han logrado cambiar en el curso de dos años el vector de una transformación necesaria, pero carente de amplia consulta y consenso. Tampoco han conseguido hacerlo los medios.

Desde agosto de 2014 al cierre de este número, solo Granma y Juventud Rebelde habían merecido algún pronunciamiento por parte de autoridades del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente (CITMA) sobre la primera de siete políticas que tocan la médula de las organizaciones laborales en un sector de emigración ascendente, donde la falta de un solo ser humano puede hacer grandes diferencias.

Inteligencia de enjambres

Para septiembre de 2015, la sorpresiva convocatoria a la primera Conferencia Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación tomó “fuera de base” a buena parte de los intelectuales responsabilizados con algún tipo de discusión constructiva. Para el físico Ernesto Estévez, uno de los más activos pensadores de esa hora, tres avisos reformados al hilo y solo días para preparar ponencias, constituían razones de peso para dudar de los propósitos apenas declarados por el documento.

En un mensaje electrónico con copia a la presidencia de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) y a miembros de su sección de ciencias naturales y exactas, el académico titular de ese foro y presidente de la Cátedra de Cultura Científica Félix Varela, de la Universidad de La Habana, cuestionaba el espíritu de una iniciativa, cuya envergadura necesitaba “un proceso de maduración participativa que se le niega”, dijo.

Parecía como si se desconociera el Análisis del Estado de la Ciencia en Cuba, refirió, apuntando a un brillante diagnóstico redactado por la ACC hacia 2013, acompañado de propuestas de soluciones y una ruta crítica que aún no ve en el horizonte.

De hecho, el texto elogiado por la Comisión de Implementación de los Lineamientos ha sido evocado en el cuerpo del discurso oficial, pero rara vez citado como fuente, tal cual ilustraron las conferencias magistrales dictadas por los titulares del CITMA y del Ministerio de Educación Superior durante la cita celebrada en octubre.

Es parte de la dificultad de un sistema de ciencia y tecnología teóricamente conectado, pero donde la triangulación en la práctica escasea.

Eso explica la poca o nula participación de las entidades académicas en foros de la industria y viceversa, sostiene Idania Caballero, biotecnóloga superior del departamento de Gestión del Conocimiento del Centro de Inmunología Molecular (CIM).

Según Caballero, el hecho de que empresas e instituciones académicas asociadas a la ciencia y la tecnología sean cien por ciento estatales, “no solo es una fortaleza única en el mundo, sino un ambiente ideal para generar debates y zonas de consenso. Pero, esa fortaleza ¡se está desperdiciando!”.

No en balde, una de las principales conclusiones de un artículo del académico Emilio García Capote, publicado en 2015 por la Revista Anales, de la ACC, es que la idea de un SCTI en Cuba no debe contemplar “meramente una cuestión de políticas de ciencia y tecnología o de políticas de innovación más o menos acertadas”.

Luego, ¿una actualización exitosa en qué consistiría? “En estimar el papel de la creatividad de los individuos, los grupos de personas, las organizaciones laborales, desde la base”, precisa la investigadora y profesora de la CUJAE, Miriam Lourdes Filgueiras. Solo así las piezas encajan, suscribe Ada Triguero, doctora en Ciencias Biológicas y actual jefa del Departamento de Formación del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).

Desde hace unos tres años, Triguero afronta el “enorme desafío” de dirigir un área profesional distante de su formación básica y lo hace justo como en la teoría de enjambres: viendo a su alrededor y tomando decisiones en consecuencia.

Hoy la superación intelectual en el CIGB implica un tipo de sinapsis particular que Triguero, junto a su equipo, propicia apelando a tácticas de hormigas, caribúes y abejas. Porque un departamento de capacitación crea políticas, estrategias, cursos generales, pero el hecho va más allá, apunta convencida. “Implica un sistema de trabajo que parte del diálogo y la negociación persona a persona”, hasta crear ¿un enjambre?, donde el éxito depende en lo esencial de comunicarse, involucrarse, responsabilizarse…

El país ¿que viene?

Unos 280 kilómetros al este de la capital cubana, en una calle sin drenajes, cercada de casas tomadas por el limo, el profesor Alexander González-Seijo de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (UCLV), evalúa los progresos de la estrategia comunicativa de “Hábitat 2”, el mayor y más ambicioso programa social coordinado por el sistema de la educación superior en Cuba, con una arquitectura de panal sostenida por la inteligencia y el esfuerzo colectivos.

González-Seijo cree que “si queremos construir sociedades plurales, inclusivas, diversas, responsables y sostenibles”, no existe una premisa más fuerte que la disponibilidad y el libre acceso a los canales de información.

De lo que se trata, insiste, es de “potenciar espacios de diálogo y atraer a personas de todos los grupos sociales, responsabilidades administrativas y gubernamentales, para construir los nuevos referentes de la sociedad que pretendemos”.

“Hábitat 2”, iniciativa financiada por la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE) y coordinada desde la UCLV, levanta los techos de una mentalidad diferente, sobre cimientos de “un cambio de culturas de hacer”.

Y es que el tipo de acompañamiento que el Proyecto practica le acerca a una red social colaborativa, como un Facebook donde se toca el muro de la gente, y cuya meta principal apunta a un escenario “en que la localidad sea capaz de coordinar los esfuerzos y recursos colectivos en aras del mejoramiento de su propia calidad de vida”, explica.

¿Una nueva ciudadanía? Un ciudadano (más) cívico, asiente, mientras disfruta este grano de arena por revalorizar la dimensión comunicativa de cualquier proceso, que es transversal a todo, pero tantas veces se olvida.

Ahora mismo, el éxito de la actualización del sistema de ciencia, tecnología e innovación en Cuba pasa, también, por una sociedad mejor articulada; donde llenar los vacíos teóricos y prácticos de un campo como la comunicación no solo es necesario, sino urgente.

Solo para un subcampo profesional como el periodismo, la ausencia del reflejo de conflictos de intereses, tan propios del ámbito tecnocientífico, abre un preocupante signo de interrogación frente a la marcha inexorable de la socialización económica; mientras que el progresivo protagonismo del mercado no hace más que reforzar el desafío para la institución prensa, principalmente, ante el avance de enfoques reduccionistas en temas como la salud o la educación, donde la sociedad deposita reales expectativas de vida.

Si la comunicación social e institucional “deja su huella en la consolidación de valores y el desarrollo de la cultura, entonces, ¿cuánto se está perdiendo (cuando falla)?”, reflexionaba Hilda Saladrigas, profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, esta vez desde una tribuna sui generis: la audiencia de Cubadebate.

Y, si la tarea es cívica, de enjambres, colectiva… ¿qué tal si nos miráramos y rompiéramos la inercia y echáramos a correr (al menos una vez) en algún mismo sentido?

 

* “Elocuencia del silencio: ¿Qué nos enseña el debate sobre cultivos transgénicos?”, es el título de un artículo publicado en el número 69 de la revista Temas (marzo de 2012), a propósito de otro debate soterrado sobre transgénicos, opinión y participación en Cuba.

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