Satoshi Nakamoto: Desencriptado el creador del bitcóin

Autor: 

Dariel Pradas
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27 Abril 2022
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El bitcóin ya no impresiona. Es parte de nuestra cotidianidad, aun en Cuba. Con múltiples criptomonedas, tokens y grupos de compra y venta de activos digitales, en la Isla nadie se desboca por el hecho de que estos posean tanta liquidez como una moneda convencional.

La oleada de criptoactivos partió desde finales de 2008, en plena crisis financiera, cuando Satoshi Nakamoto publicó, en una lista de correo de criptografía metzdowd, el protocolo (“libro blanco”) del bitcóin. En el encabezado del documento aparece el título del artículo científico, el alias del autor, un correo electrónico y un dominio registrado meses atrás.

En enero de 2009, Nakamoto liberó la versión 0.1 del cliente de Bitcoin, un software de código abierto que interconectaba varias computadoras e iniciaba una red de dimensiones globales. Sus tareas parecían simples: permitir y registrar transacciones, verificar que no se gaste dos veces la misma moneda y emitir nuevas unidades.

El bloque génesis del bitcóin se fabricó o “minó” ese mismo día –así se obtuvieron las primeras unidades–, con un mensaje grabado que testimoniaba la fecha de creación: “Ministro de Hacienda al borde del segundo rescate para los bancos” (un titular del 3 de junio de 2009 del diario británico The Times, que aludía a la crisis financiera). Unas 72 horas después se efectuó la primera transacción de esa criptomoneda.

Nakamoto siguió perfeccionando el software con otros programadores hasta mediados de 2010, cuando entregó el control del repositorio de código fuente y la clave de alerta de la red a Gavin Andresen, uno de sus colaboradores. Luego, a hurtadillas, desapareció para siempre de la red, sin que nadie llegara a conocer su verdadera identidad.

Las especulaciones respecto a Satoshi saturaron el vaso: que si no era japonés –porque hablaba un perfecto inglés y usaba expresiones muy de la Commonwealth–; que si él era Hal Finney –el primero que recibió bitcoines–; tal vez Wei Dai –informático referido en el libro blanco–; o Nick Szabo –criptógrafo estadounidense que diseñó el “bit gold”, un mecanismo teórico de moneda digital descentralizada, similar al de Satoshi. Incluso sonó Dorian Nakamoto, simplemente por su apellido. Y así, otros candidatos… y todos, en respuesta, negaron semejante “honor”.

Luego se pensó en una organización y no una persona; hasta se elucubró que Satoshi Nakamoto era un acrónimo de firmas tecnológicas: Samsung (Sa-), Toshiba (-toshi), Nakamichi (Naka-) y Motorola (-moto).

Hasta que las revistas Wired y Gizmodo aseguraron, en diciembre de 2015, que el creador del bitcóin era el australiano Craig Wright, según documentos supuestamente hackeados que lo conectaban con Satoshi.

A golpe de prensa y abogados, el informático australiano Craig Wright dice ser el verdadero Satoshi Nakamoto; sin embargo, la comunidad bitcóin le sigue llamando “Faketoshi”. (Foto: tomada de heaven32.com)

Wright negó aquella hipótesis, pero meses después la admitió y hasta brindó pruebas mediante firmas digitales, con claves criptográficas creadas por Satoshi durante la etapa temprana del bitcóin. Colaboradores de Nakamoto, como Gavin Andresen, apoyaron la aseveración de Wright. Sin embargo, la mayor parte de la comunidad bitcóin rechazó tal idea y rebautizó al informático austral como “Faketoshi”.

De cualquier manera, este solicitó, en 2019, ante la Oficina de Copyright de Estados Unidos, los derechos de autor sobre el libro blanco. Aquel trámite desbordaba las funciones de la entidad y tal autoría debía decidirla un tribunal. Wright se rodeó de abogados y, raudo, emprendió el camino hacia su propia legitimación.

Incluso presionó al repositorio de Bitcóin Core para que retirara el libro blanco de sus colecciones. La plataforma cedió y, en reacción, miles de bitcoiners replicaron dicho documento técnico por todo el mundo. De hecho, se unieron a la campaña los sitios web el gobierno de Estonia y oficinas estatales de Colombia, Estados Unidos y otros países.

La coacción de Wright no se detuvo ahí y orientó su cacería de brujas hacia la página bitcoin.org, espacio de consulta por excelencia para los novicios en esa criptomoneda. Sus abogados dieron un mes como plazo para que se removiera el libro blanco, un duelo que terminó esgrimiéndose en la Corte Superior de Londres, en junio de 2021.

Por defecto, el tribunal falló a favor del aspirante a Satoshi, pues el administrador de bitcoin.org –alias Cobra, quien siempre se había mantenido en el anonimato–, por el protocolo judicial debía identificarse y decidió no hacerlo. Por ello, Wright dice haber ganado la legitimidad, pero Cobra y muchos otros bitcoiners lo siguen tildando de mentiroso.

Para resolver la incógnita, Juventud Técnica, en colaboración con el Instituto de Criptografía, de la Facultad de Matemática y Computación de la Universidad de La Habana, se propuso escarbar en este tema identitario.

Sin estremecimiento alguno, los especialistas del Instituto lograron identificar, en el registro público de Bitcoin, una ruta de transacciones que se conectan con unidades de la moneda obtenidas a partir de uno de los primeros activos digitales de esa cadena de bloques (blockchain). La traza de aquel criptoactivo partió de una billetera virtual, de la cual se extrajo luego, de un cajero bitcóin, un monto de 160 dólares en efectivo.

Posteriormente, estos profesionales dieron con la ubicación del cajero en el pueblo pesquero salvadoreño de El Zonte, en un lugar de surfistas conocido como “la playa del bitcóin”. También resolvieron el nombre del propietario de la cuenta: Satoshi José Nakamoto Hernández.

Por supuesto, pusimos en duda aquella coincidencia que nos pareció risible. Pero una breve búsqueda en Facebook nos dejó perplejo: el perfil de veras existía. Rápidamente escribí al chat privado, hablé de nuestra investigación y pregunté a mi interlocutor si era realmente Satoshi, el creador del bitcóin. “Sí, lo soy”, respondió al instante.

Un bizantino en el Parque Central

Satoshi José vino a Cuba, como me había prometido. Prefería no hablar en línea y, de paso, deseaba visitar la Isla, curioso por el auge de la criptomoneda y –como más adelante reconoció– por la fama de sus playas. Nos citamos en el Palacio Central de Computación y Electrónica, en el centro de La Habana, y ahí lo encontré con ropas cómodas y sencillas, a lo Zuckerberg, aunque con los rasgos de un centroamericano.

Le pregunté por qué ocultaba su origen salvadoreño.

“¿Invertirías en una extraña moneda digital diseñada por un latino?”, se carcajeó. “¿Te imaginas que la gente, en vez de transferir satoshis (una milésima de bitcóin), transfiera joseses?”.

“Por cierto, ¿qué opina de Craig Wrigth?”, le lancé al pecho.

“Siempre aparecerán oportunistas. Él solo debería, si fuera el real, hacer una transacción de bitcoines de los primeros bloques minados”.

“Supongo que usted sí puede demostrarlo. Qué tal si me transfiere un millón de bitcoines… así saldríamos de dudas rápido”. Como me miró escéptico, suavicé el golpe: “Creo que con un solo bitcóin podemos zanjar la cuestión”, propuse mientras nos acercábamos al Hotel Inglaterra, a tomar un café invitado por mi entrevistado.

“Te pasaré un satoshi”, concluyó. Nos desviamos hacia la zona wifi del Parque Central, pero la conexión a Internet estaba mala y volvimos al plan inicial. “Te lo pasaré después, desde El Salvador”, prometió.

Al crear el bitcóin, Satoshi no solo generó una criptomoneda, sino que puso en práctica la tecnología blockchain (cadena de bloques para asegurar la no falsificación de los datos), que ayudó a encontrar una solución práctica al “problema de los generales bizantinos”. Es decir, varios jefes deben asaltar una fortaleza enemiga desde distintos puntos, coordinados por un comandante que ordenará un ataque simultáneo o una retirada total. La orden podría ser tergiversada por un traidor, incluso siendo este el comandante, por lo que el sistema de mensajería tenía que hallar cómo ejecutar la orden a pesar de una distorsión en la información.

En el plano informático, un conjunto de sistemas debe hallar un plan de acción común a partir de órdenes con estructura jerárquica, pues existe la posibilidad de que un nodo no sea fiable y provea información falsa.

“Cartas firmadas, claro. Esa es la solución”, resumió Satoshi José, quien con el protocolo Bitcoin creó un sistema de “mensajes” en una red pública, pero encriptados e inmutables estos, automáticamente verificados por terceros y con los datos personales protegidos.

“En la práctica –prosiguió–, cuando se realiza una transmisión de dinero sin un intermediario confiable, ocurre el mismo problema de los generales bizantinos que se preparan para asaltar la fortificación persa”.

“¿Persa?”, me extrañó tal precisión.

“Si eran bizantinos, la fortaleza a tomar era persa, árabe o búlgara”, se burló. O mongola, según el siglo. Me encanta la historia”, explicó. “Pero, créeme, con el algoritmo del bitcóin, no importa si un general habla griego, y el otro latín, que el mensaje llegará sin tergiversaciones”.

En febrero de 2009, Nakamoto publicó un post en la Fundación P2P, con el que fustigaba el funcionamiento de los bancos: “El problema fundamental del dinero convencional es toda la confianza que se requiere para hacerlo funcionar. Debemos confiar en el banco central para que no devalúe la moneda. Pero la historia del dinero fiduciario está llena de abusos de esa confianza”.

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Satoshi José aún defiende tal postura, pero ya en tiempos pandémicos:

“La crisis actual paraliza el trabajo y la producción, los grandes bancos prestan y prestan con un mínimo respaldo en sus arcas. Entonces el tesoro imprime dinero y salva los bancos, la inflación sube, los precios se disparan… estas crisis financieras son cíclicas y predecibles… y aburridas. Hay que eliminar de la ecuación a los bancos, encontrar una manera factible de que en el espacio digital las transacciones monetarias se hagan de persona a persona, sin necesidad de ‘terceros de confianza’”.

Por primera vez, Satoshi José sorbió su café, ya frío. “Por la confianza de una promesa de pago, la Cuarta Cruzada terminó desviándose hacia la guerra de sucesión bizantina y, luego, al declararse Alejo IV insolvente, los cruzados saquearon Constantinopla”, derrapó el entrevistado el hilo de la conversación. “Lo que quiero señalar es que hoy los bancos abusan continuamente de esa confianza y en ningún caso arde un imperio”.

“¿Cree que hace falta un incendio en alguna Constantinopla?”, inquirí.

“Digamos que no vendría mal otra cruzada”.

“Por cierto… –espanté las metáforas–, varios economistas aseguran que el bitcóin no ha logrado desempeñar la función cotidiana del dinero; si acaso es una especie de oro 2.0, pero intangible. Que se recesan estos activos en espera de aumentar su valor, y que quienes operan esta criptomoneda son casi siempre especuladores, pendientes de las alzas y bajas de sus precios bursátiles. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?”.

“No, ¡qué va!”, respondió sin titubear. “Mira mi caso: tengo un millón de bitcoines y desde que los miné casi ni los he tocado”.

“Pero existe la teoría de que usted quiere colapsar el sistema financiero vendiendo todo eso de golpe”, refuté.

“Eso no pasará. Yo no pienso vender nada, a menos que de pronto el precio (del bitcóin) llegue a 200 000 dólares. Uff, entonces lo pensaré”.

Satoshi José miró la hora y se disculpó por la fugacidad de la entrevista. Me quedé con deseos de preguntarle sobre su familia, su infancia, su mezcla centroamericana y japonesa, por qué abandonó tan temprano su propio proyecto, de dónde procede su inglés victoriano…

El visitante pidió la cuenta del consumo, pero el camarero no aceptó el pago en bitcoines. Se disculpó conmigo, pues no solía usar dinero fiat.

“Te saliste con la tuya, otaku”, pensé mientras pagaba la cuenta y lo veía bajar Prado y retomar su arcano anonimato. “Ahí va un genio”, le comenté al camarero, y le invité a quedarse con los satoshis del vuelto.

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