Veo mejor en lo oscuro

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
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18 Junio 2015
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Crédito de fotografía: 

Daymaris Martínez Rubio

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Todas las veces que quise entrevistarlo especulé sobre el punto donde un astrofísico está más cerca de ser solo él mismo. Imaginé colinas, bruma, domos fríos, y ese tipo de silencio contenido en el disco más insólito del que escuché hablar jamás: 40 minutos de mutis y luego aplausos. La disquera que lo produjo lo tituló Lo mejor de Marcel Marceau. Y, Marcel Marceau, todos saben que fue un mimo.

De no ser por su rara afición a hablar sin respiro y de pronto azuzar el silencio con porqués, puntos suspensivos y el arco de la ceja levitando, Ernesto Rodríguez Flores habría sido un buen mimo. Tiene talento para ver lo invisible y un afán muy suyo de llenar el espacio.

En 2013, en una estrecha región del plano de nuestra galaxia (1800 grados cuadrados), Rodríguez, junto a otros investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), completó 14 nuevos descubrimientos de estrellas simbióticas, un tipo de sistema binario tan escurridizo que hallar el resto de sus similares conocidos (11), solo en esa franja, requirió el esfuerzo de todo un siglo.

 “Nosotros encontramos 14 en apenas cuatro años”, dice sin empaque, aunque convencido de que publicar en Astronomy & Astrophysics bajo el audaz título de “nuevos descubrimientos” precisa de un andamiaje lo suficientemente sólido como para soportar el aluvión de dudas que desata cualquier cosa semejante a un “hito”.

Al año siguiente, en 2014, la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) le premió entre lo más descollante de la investigación en un ámbito no muy conocido en la Isla, aunque con sorprendente habilidad para asombrar. No solo por el precioso caudal humano formado a lo largo de décadas, enfatiza, sino por lo insuficientemente aprovechado en función de centrales objetivos como equidad social o soberanía.

De hecho, de un tiempo a esta parte, Rodríguez puede pasar horas discutiendo sobre reestructuración del sistema de ciencia y tecnología en Cuba. ¿En qué códigos se moverá?, ¿cuáles serán las prioridades? Su “temor” es que la Astronomía no genera demasiado dinero: “No se puede cobrar muy caro por las fases de la Luna ni la salida o puesta del sol”, dice irónico, pero insiste en que desarrollar el país en torno a estos ámbitos del conocimiento es un paso ineludible hacia un futuro próspero.

“El área de las telecomunicaciones, por ejemplo, sin tecnología espacial no es nada. Por tanto, si realmente queremos no quedar retrasados, tenemos que montarnos en ese carro como participantes activos, no como consumidores ni espectadores pasivos. La dependencia en estos asuntos no es favorable. Depender significa ceder soberanía y creo que todos sabemos qué implica.

“¿Quieres ver algo más importante que los parámetros de la órbita de un satélite? ¿Y qué lo permite?, ¿de dónde sale ese conocimiento? Pues de la mecánica celeste que es la que estudia la dinámica de las órbitas. Eso es astronomía y ya estaba fundamentado desde los siglos XVII y XVIII, cuando se calculaban las órbitas de cometas y asteroides ‘a mano’. Es solo un pequeño ejemplo de cómo sin satélites no hubiera desarrollos en las telecomunicaciones, como tampoco en la meteorología ni sistemas de vigilancia contra incendios forestales ni otras tantas cosas”.

¿Cuán difícil es para un astrónomo cubano estar en órbita hoy con las prioridades nacionales?
La dificultad está en que se entienda el tipo de trabajo que hacemos. Si el pensamiento es que todo lo que no produzca tuercas o alimentos o algo “material” no sirve, pues entonces está errado… Hay quienes piensan así.  Pero, la astrofísica estelar da una enorme preparación para abordar temas prácticos, algunos de los cuales no son publicables.

Como los que conciernen a seguridad nacional, ¿cierto?
Claro. ¿Y si como país no tuvieras a tus propios astrofísicos?

Exacto, ¿si no los tuvieras? Parece que hay un punto neurálgico en la educación. ¿Cómo lo ves?
Yendo a temas medulares como la educación. Está la curricular, que es la que se enseña en las escuelas; pero existe otra parte que tiene que ver con ese conocimiento general que se va adquiriendo a través de los medios de comunicación, de visitas a centros históricos, científicos, de divulgación, como el Planetario, y con la participación en charlas de personas reconocidas en la materia. 

“En esa, la astronomía tiene un papel importante. Porque históricamente ha sido fundamental en la concepción científica del mundo. La discusión entre sistemas heliocéntrico y geocéntrico, por ejemplo, fue medular y era un tema puramente astronómico. Fue, por así decirlo, el centro de ese cambio de concepción científica del mundo: del oscurantismo vivido en el Medioevo o del mecanicismo –hablando en términos conceptuales–, a la libertad en el pensamiento. Y en esto el papel de la Astronomía fue clave”.

De hecho, eres fruto de ese acercamiento “informal” a la ciencia…
¡Claro! Comencé por una afición que hoy continúa. Porque el día que no sienta como un divertimento el trabajo que hago, hasta entonces llegará mi ocupación como astrónomo. Cuando dejas de divertirte con lo que haces, entonces, comienzas a ser un asalariado, y el producto que sale de ahí no podrá ser bueno. Es mejor, mucho mejor, en calidad cuando disfrutas lo que haces. Para mí la astronomía es un placer.

¿Qué aporta el trabajo en equipo a ese disfrute?
Es importante. Ya se acabaron los tiempos en que el investigador se aislaba del mundo para hacer su trabajo. Hay un famoso refrán que dice que dos cabezas piensan más que una… Yo agregaría que mientras más haya mejor. Siempre en un equipo todos aportan, el que más y el que menos. El punto de vista por el cual no te decidiste, lo tomó otro, y puede ser que esa sea la solución a una parte del problema. Porque, en la investigación, cuando “atacas” un problema, en realidad estás atacando muchos problemas a la vez. Y lo que haces es intentar poner luz sobre un asunto.

¿Cuáles son tus referentes en el campo de la astronomía en Cuba?
El profesor Jorge Pérez Doval, a quien llamo Maestro, y el doctor Ramón Rodríguez Taboada. Ambos fueron tutores de mi tesis de licenciatura sobre un tema nunca antes tratado en Cuba. Era el año 1994 y nos dedicamos al estudio de un astro con técnicas digitales. El trabajo consistió en el estudio de la estructura fina del Sol, en regiones de campos magnéticos muy fuertes de su fotosfera (la superficie visible del sol), utilizando técnicas de alta resolución.

Con los tutores de sus años de estudiante de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, Jorge Pérez Doval (a la derecha) y Ramón Rodríguez Taboada, el día en que le fuera conferido su segundo Premio de la Academia de Ciencias de Cuba, en 2014 (Foto: Daymaris Martínez Rubio).

 ¿Cuál era la novedad?, ¿el tema?
El tema en sí. No solamente la introducción de técnicas digitales de procesamiento de imagen, esencialmente, después de la interpretación física de ese procesamiento digital y sus resultados. El estudio de la estructura fina del Sol era la primera vez que se hacía en Cuba.

Pero hablas de 1994, en una Cuba que era una isla dos veces (pleno Periodo Especial, extrema escasez, nada de Internet…). ¿Cómo se las arreglaron para conseguir la bibliografía, por ejemplo? 

A los 28 años Ernesto Rodríguez se convirtió en el primer (y único) cubano que ha tomado parte en un curso de la prestigiosa Escuela de Verano del Vaticano convocada por el Observatorio de esa ciudad-estado. En la foto, es el tercero de izquierda a derecha, junto a estudiantes y profesores de la séptima edición, en 1999. Al fondo, la cúpula de la Basílica de San Pedro. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Fue interesante. Durante esos años tuve la suerte de que se recibiera un donativo de un importante astrónomo alemán, el doctor Hermann Schmidt. Él había sido editor de la Solar Physics (SP), una de las más importantes revistas arbitradas en astronomía solar y tenía una colección que donó a Cuba. Esas publicaciones cuestan y para nosotros era imposible el acceso a esa información. Llegamos a tener SP desde los setenta y tanto hasta ese momento. En la tesis utilicé revistas prácticamente del año. Sí, fue una suerte.  

Y otra muestra de lo importante que han sido la colaboración internacional y las redes sociales para la ciencia hecha en Cuba…
¡Por supuesto! No había trabajado con Schmidt, pero había recibido clases suyas en la Escuela de Jóvenes Astrónomos en 1989. Había asistido en calidad de oyente porque no tenía la edad para participar. Tenía solo 18 años y la convocatoria era para estudiantes de últimos años de las carreras de matemática, física y astronomía.

“Pero coincidió con que se había convocado al concurso, yo había ganado una de las tres menciones y los premios consistían en el derecho a participar en esa escuela... Así que era, de los seis premiados, el más joven. Después asistí a la Escuela de Argentina en 2002, donde tuve que explicar (muy en detalle) que había ido a la de Cuba solo como alumno oyente”.

Por cierto, te gradúas como físico en la Universidad de La Habana…
En la Facultad de Física de la Universidad de La Habana. Me gradué como físico del estado sólido, pero mis tesis de diploma la hice como estudiante insertado en el Instituto de Geofísica y Astronomía (IGA). Mi tesis de diploma era puramente astronómica, no tenía nada que ver con física del estado sólido… Estudié física porque no había una carrera de astronomía en Cuba. Fue por una cuestión estratégica, porque no había ninguna otra carrera que me diera el basamento físico-matemático que necesitaba para entrar en esto.   

¿Cuánto le agradeces al azar y cuánto no?
Física me dio las herramientas. No se daba prácticamente nada de astronomía, apenas par de temas, como las leyes de Kepler en mecánica teórica…, pero el sentido era otro, no se adentraban en las implicaciones astronómicas de esas leyes. El resto de las herramientas me las busqué con el estudio autodidacta y con el hecho de que desde muy temprano fui aficionado ‘en serio’ de la astronomía. En serio, porque desde antes me llamaba la atención el cielo.

¿Cómo se volvió un asunto de rigor?
A eso de los 12 años comencé a leer mis primeros libros y cuando tenía 16, construí mi primer telescopio. Porque llegó el momento en que ya necesitaba mirar al cielo con un instrumento.

¿Con qué materiales?
Es una historia larga. Era, en esencia, un tubo de plástico, un lente muy malo de una lupa que tenía seis centímetros de diámetro y veinte de distancia focal… (¿?). Sí, bueno, ¿cómo mides la distancia focal de un lente? Voy a explicar una variante casera, porque hay instrumentos para determinarla con precisión: apuntas con el lente al Sol y el punto donde se reúnen todos los rayos, ese es el foco; la distancia que hay desde ese foco al lente es a lo que se le llama distancia focal. Eso es lo que determina el largo del telescopio, más o menos. De manera que mi primer instrumento era eso: seis centímetros de diámetro y veinte de distancia focal. ¡Te podrás imaginar!

¿Qué determinan el diámetro y la distancia?
El diámetro determina la resolución con la que vas a observar y la distancia focal, junto con la del ocular, el aumento con que verás la imagen.

¿No cuán lejos ves, sino cuán preciso…?
La distancia es una medida lineal, cosa que carece de sentido en un ámbito tan aparente como el cielo. De lo astros nos llega su luz, y la razón por la cual un astro es más brillante que otro no es solo por estar más cercano a nosotros. Por eso, en astronomía el concepto que se usa es el de magnitud estelar relativa que es, esencialmente, el brillo que tiene el astro observado desde la Tierra.

Como en las vidrieras…
Efectivamente. Es como si estuvieras  viendo desde una vidriera y el telescopio lo que hace es aumentar el ángulo bajo el cual estás viendo ese objeto, o sea, aumentar la imagen mucho o poco (como lo hace una lupa).  Fíjate que los conceptos de resolución y de aumento son distintos. Puedes tener una buena resolución en tu telescopio, pero estar usándolo con un aumento inapropiado para llegar a ver todo lo que te permite el poder resolutivo que tiene el instrumento.

En el Pico Turquino, a 1974 metros sobre el nivel del mar, proyectando la imagen del Sol en la traja del monumento de Martí. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Ernesto in the sky with diamonds
Las noches sin Luna, un sextante, el soplo pedernal de Ostia Antica, los pies pelados sobre cualquier camino o sus dedos sobre un original de los Philosophiae naturalis principia mathematica, de Newton, con sus páginas rugosas y absolutamente frágiles…Tales privilegios, junto a su minuciosa colección de unos 30 telescopios construidos por él mismo, le hacen un raro ejemplar de la especie en medio de un planeta… no tan divertido. Su diamante está en el cielo.

A sus 43 años, Rodríguez aún conserva la figura de un cometa y la franja de asteroides que halló en un libro de Ciencias Naturales, donde se zambulló “de una manera increíble” y ya no pudo salir jamás. “No atendí al resto de la clase. Aquello me fascinó. Quizá fue la primera llamada de atención acerca de cuál iba a ser mi vocación. Y por momentos también recuerdo que alguna vez, jugando por la noche en el barrio, levanté mi cabeza y me quedé maravillado con aquel reguero de estrellas.

- ¿En qué momento aquel caos se volvió orden?
No lo sé. Es curioso, porque hoy levanto la vista y todo está donde tiene que estar. Pero, ojo, todo eso se mueve, no está todo el tiempo en un mismo sitio. Durante la noche la Tierra rota y, en cuestiones de lo que puede verse, es tal vez el cambio más brusco que tendrás a la vista.

¿Existe un símil para eso que ves?
Es como un mapa. De hecho, lo que tienes de esfera celeste es una gran ventana a través de la cual ves el universo y las constelaciones son como pequeños trozos de un rompecabezas. Son 88 piezas en total.

¿Podrías reconocerlas de un golpe de vista?
A la gran mayoría, para no ser absoluto. Desde Cuba dejamos de ver algunas, como las que están en el entorno del polo sur celeste, por ejemplo. Cuando estuve en Argentina sí vi cosas que nunca antes había observado… He visto todas las constelaciones. Todas. Octante, Tucán…

¿Qué son las estrellas simbióticas?
En realidad lo correcto sería hablar de sistemas donde se manifiesta el simbiotismo estelar. Para que ocurra tiene que haber un sistema de dos estrellas donde una es más masiva otra. Esa diferencia de masa hace que una de ellas llegue al final de su vida más rápido. La más masiva, evoluciona más rápido y muere. Entonces se convierte en una enana blanca después de una larga historia. Cuando eso ocurre, la más retrasada es una gigante roja. Y ahí es donde comienza a manifestarse el fenómeno del simbiotismo estelar, generalmente.

“¿Qué sucede? Que siendo estrellas de masa baja o intermedia que son las que más abundan en toda nuestra galaxia, no se explica que se conocieran tan pocas. Solo 173”.

¿Sigues construyendo telescopios? ¿Cuántos llevas según tu cuenta?
Hasta el día de hoy he construido unos 30. Y seguiré, es uno de mis hobbies. El último lo terminé en abril de 2014. Es pequeño, casi completamente de aluminio para que pese poco y tiene piezas de plástico, además de un objetivo –pero ya esto sí es un lente de calidad, de cinco centímetros–, y veinte centímetros de distancia focal. Lo uso cuando quiero irme a algún lugar de difícil acceso. También tengo dos telescopios de fábrica. 

¿Las marcas dicen algo?
Sí. Y que no se vea esto como un comercial capitalista… ¡no, no! Detrás de una marca hay una garantía de calidad. Uno de los que tengo es de la extinta RDA, específicamente de la prestigiosa casa óptica Carl Zeiss Jena. Para mí, una de las mejores casas ópticas que existen en todo el mundo. Puedo dar fe de eso, porque durante mis años como profesional he utilizado muchos de sus instrumentos.

¿Además de placer, qué te aporta la construcción de tus propios instrumentos?
Independencia. Se hacen maravillas con el conocimiento. Hace años tengo un inventico que consiste en un sistema para multiplicar por varias veces la distancia focal de un objetivo (sea lente o espejo). Con eso, un telescopio de 20 centímetros se convierte en uno de un metro de distancia focal. Además necesita un solo ocular para obtener un rango de aumento. De hecho, muchos de estos trabajos en el área de óptica me sirvieron para que en el año 1998 me otorgaran un sello Forjadores del Futuro de las Brigadas Técnicas Juveniles (BTJ).

Eres, hasta donde conocemos, el único cubano que ha registrado una observación de Plutón desde Cuba, concretamente desde el observatorio de Arroyo Naranjo…
Fue en 1997. Tengo las cartas que hice identificando el campo de estrellas y a Plutón. Era un puntico.

Pero pongámonos escépticos, ¿cómo prueba un astrónomo que su observación es auténtica? 
Tengo los dibujos de lo que vi en el campo, además de la carta de búsqueda de Plutón de ese año. Con eso y mi ética de científico… En mi dibujo puse todas las estrellas, identificadas. Por cierto, el primer intento me salió mal, porque esa noche había un brillo inusual en el cielo. No sabía quién estaba dando esa contaminación luminosa… Y no era la Luna.

Es curioso, la brillantez ¿contamina?
Sí, contaminación luminosa. Como la que da el estadio Latinoamericano cuando hay juego. Como la de la Luna, aunque sea un objeto natural. Por eso es que cuando vamos a observar tratamos de escoger noches sin Luna. Cuando quiero ver más, busco la oscuridad total. Es cuestión de contraste. Veo mejor en lo oscuro.

Y te haces doctor …
Fue interesante. Porque llegó el momento en que necesitaba dar un paso como ese. 

¿Por qué escoges el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) para hacer el doctorado?
Es uno de los tres mejores lugares del mundo para hacer observación astronómica. Y de esos tres no puede hablarse en un orden descendente, porque cada uno tiene su temporada. Te digo: Desierto de Atacama, en Chile, ahí está la base de los observatorios europeos en el hemisferio sur; Hawái, donde después de la década de 1980 Estados Unidos se ha dedicado a instalar sus mejores telescopios; y Canarias, que es la base de los observatorios europeos en el hemisferio norte.

Actualmente, el IAC alberga el GRANTECAN (gran telescopio de Canarias), el más grande del mundo con un espejo segmentado de 10,4 metros. El último artículo que publicamos en Astronomy & Astrophysics trata sobre 18 objetos más descubiertos. Eso, aparte de las 14 estrellas simbióticas por las cuales obtuve el premio de la ACC.

¿Qué significó en términos prácticos?
El hecho de estar en un lugar de excelencia como Canarias, fue un salto de calidad en todos los órdenes. Fue trabajar en un centro de investigación de primer orden mundial, con investigadores como mis tutores: Romano Corradi, toda una personalidad en el mundo de las nebulosas planetarias y las estrellas simbióticas, y Antonio Mampaso, que además de ser uno de los investigadores principales del IAC, es una de las referencias cardinales en el mundo de las nebulosas planetarias.

En la cima del Teide (Tenerife, Islas Canarias), la más alta elevación del territorio español, localizada sobre un volcán extinto a unos 3718 metros sobre el nivel del mar. (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Canarias fue, además, una nueva forma de trabajar sin paternalismos. Significa que hay que sudar, aprender a ‘buscarse los frijoles’. Esa aparente adversidad te hace crecer. Y lo agradezco porque soy de esas personas que gustan de los retos. Además, mi tema era fascinante. Mira si lo ha sido que compartir autoría en el descubrimiento de nuevos astros me ha hecho remitirme a mis orígenes y ver la vida con más humildad. Ahora sé que no puedo dejar de ser quien soy”.

Eso, ¿quién eres? (risas)
Un guajirito… ¿Quieres verme enteramente feliz? Short, pies descalzos y mucho monte. Cuando voy a Cuatro Caminos, en Bejucal, donde nací, me pongo nostálgico. Llevo el campo en la sangre y quizá le deba el modo en que veo la vida. Que, por cierto, ¿te digo algo?, es más sencilla de lo que parece.

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