Y se hizo la palabra

Autor: 

Dania Ramos Martín
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22 Agosto 2013
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Que la ciencia requiere una creatividad sin límites es constatable hasta en el uso que hacen los científicos del lenguaje. La mayoría de los hablantes andamos a la caza de palabras que ya han sido creadas para expresar conceptos y comunicar sentimientos y sensaciones, a menos que queramos inventar un nuevo vocablo. Pero eso de querer crear voces no es un deseo al que accedamos con facilidad, porque ello requeriría tener que explicar qué significan y en qué contextos son más adecuadas cada vez que las queramos usar.

Los científicos, en cambio, no tienen opción: están obligados a nombrar todo el tiempo, luego de que su “creación” ha tomado cuerpo y exige un apelativo. Un requisito deberá ser inviolable a la hora de la innovación lingüística: evitar la ambigüedad. En consecuencia, en la jerga científica no hay lugar para sinónimos. Ya desde la Ilustración había dado frutos un esfuerzo por unificar la parafernalia de denominaciones dadas a seres vivos, animales o plantas, que hasta entonces variaban considerablemente: el resultado fue el Sistema Naturae de Linneo.

Con el tiempo ha quedado establecido que, para crear un término nuevo, los científicos cuentan fundamentalmente con dos recursos: el de la formación a partir de raíces clásicas, griegas o latinas: axón, encefalopatía, catalizador, isómero; y el de la formación de origen no clásico. Este último es acaso más divertido: los “nombradores” dan rienda suelta a su imaginación o incluso a su buen humor.

Así encontramos ribosoma, dedicado al Rockefeller Institute of Biology; velcro, contracción de las palabras francesas veloursy crochet; gas, invención de J. B. Van Helmont en el s. XVII; big bang, término burlesco que triunfó en contra de los deseos de su creador.

Entonces, usted que pensaba que la ciencia es solo cuestión de cálculos fríos, ¿qué dice ahora?

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