Con 1734 metros de altura sobre el nivel del mar, el Pico Suecia es la tercera mayor elevación del país, después de los aledaños picos Turquino y Cuba. El exotismo de la vegetación que posee el pico Suecia, con árboles de ramas enrevesadas y lianas colgantes, en contubernio con la humedad que allí reina, unos raros peñascos que hay en las cercanías de la cumbre y se atraviesan por su interior, y lo difícil de su acceso, le dan un halo misterioso a esta elevación.
El nombre de dicho pico fue dado por un botánico de nacionalidad sueca, que lo visitó con dos campesinos cubanos llamados Joaquín y Regino. Con los nombres de dichos campesinos el botánico nombró al pico bicúspide Joaquín-Regino, que se alza entre el estribo del Turquino y el firme de la Maestra.
La cima del Suecia está cubierta de árboles. Desde su altura es habitual escuchar el canto del tocororo. El firme sobre el que se asienta la cumbre, posee a ambos lados sendas laderas sumamente inclinadas, principalmente la que desciende en su vertiente sur. El Pico se levanta sobre un estribo que nace en la vertiente oriental de la cima del Turquino y continúa descendiendo en dirección al este. En el suelo de la cima los trabajadores de la revista “Somos Jóvenes” construyeron una pequeña base de concreto ahuecada, con una tapa metálica.

Para acceder al Pico Suecia es preciso llegar primero a la cima del Turquino. En la explanada de la cumbre cimera de Cuba debe mirarse al este y adentrarse por unos arbustos que hay en esta vertiente. Es importante tomar algo a la izquierda del monumento a Martí y no recto, para evitar una ladera casi vertical que allí desciende. Entrando por los arbustos, se debe seguir más al norte, rompiendo maleza, hasta llegar a una vieja senda que desciende con rumbo este. Si no quedan vestigios de la senda, entonces se debe explorar el área hasta encontrar el filo del estribo que baja del Turquino con rumbo este. El estribo llega a un paso pedregoso, mentado como “Paso de Pichardo” por Antonio Núñez Jiménez. Se sigue descendiendo con laderas a ambos lados –muy brusca la de la derecha–, hasta que el firme se estrecha y guía el avance.
Tras rebasar el tramo más estrecho del firme, se comienza el ascenso hacia el Pico Suecia. La subida implica pasar entre grandes peñascos, para finalmente llegar a la exótica cima.
De leer textos escritos por Antonio Núñez Jiménez surgió en Mal Nombre la idea de llegar al Pico Suecia y el primer intento lo hicimos en la segunda guerrilla de verano del grupo, en 1989. Un mediodía, estando en la cima del Turquino, hicimos una exploración entre la vegetación, pero, a falta de tiempo, no encontramos el firme, y el objetivo quedó aplazado. El nuevo intento sería en la guerrilla de verano de 1994, después de construir el monumento al Che en la cima del Hombrito.
Jueves 28 de julio de 1994
Comenzó a aclarar en la serranía y poco a poco la tropa se fue levantando en el campamento del Alto del Cojo. Maikel se sentía algo mejor, aunque le seguía la fiebre. Por eso nos distribuimos sus bultos, dejándolo a él sin mochila. El desayuno fue a base de cerelac, refresco y cinco mangos por persona. El plan para el día era llegar al Turquino y, desde allí, un grupito exploraría en busca del Pico Suecia. La acampada sería en el campamento del Pico Cuba.
Luego de recogerlo todo, y de agradecerles y despedirnos de los dos trabajadores de Flora y Fauna, partimos pendiente arriba. La imponente pendiente llamada “La Cabrona” por los lugareños, nos sacó las energías del desayuno en los primeros cientos de metros. El camino, en sus tramos más inclinados, tenía barandas de madera a cada lado, y en el suelo, los troncos allí colocados ayudaban a las pisadas. Aquello lo había hecho la gente de Flora y Fauna. Durante todo el camino íbamos bajo una elevada vegetación, sintiendo una notable humedad, que nos sacaba más fácil el sudor.
Con la tropa extenuada por el violento comienzo, hicimos un alto en un pequeño planito a mitad de loma, donde había unos bancos de madera. A los diez minutos continuamos, siguiendo una marcha lenta. Por fin cedió la pendiente y apareció la cima del Pico Joaquín. Nuevos bancos de madera y un cartel anunciando el lugar, nos recibieron. Por la derecha se asomaba el camino que desciende hasta el campamento del Joaquín. Al frente seguía el trillo que lleva al Turquino.
Tras una media hora de descanso, continuamos. Pronto rebasamos el Pico Regino –bicúspide con el Joaquín – y comenzamos a descender el Paso de los Monos. A diferencia de excursiones anteriores, el Paso tenía ahora barandas a los lados, por lo que el descenso se hizo mucho más fácil. Seguimos el tramito llano que faldea y luego subimos hasta el mirador. Allí nos detuvimos un rato para descansar y aprovechar la vista que nos regalaba el Pico Suecia, por el que iríamos más tarde en exploración.
Finalmente, ascendimos la extensa pendiente que termina en la cima del Turquino. Allí “nos esperaba Martí” y la alegría de una nueva conquista del tope de Cuba. Tras tirarnos varias fotos junto al monumento, descansamos una media hora sobre la explanada, pasando ya el mediodía.
Partimos del Turquino en dos direcciones, cuando ya el frío empezaba a sentirse en nuestros cuerpos por la inactividad a aquella altura. El grueso de la tropa enfiló rumbo al campamento del Pico Cuba, mientras seis comenzábamos la exploración del Suecia para al día siguiente guiar al resto hacia su cumbre. Con rumbo este, nos introducimos en el monte y dejamos ocultas las mochilas. Un pequeño trillo me ilusionó, pero este pronto desapareció.
Yo iba a la delantera sin machete, descalzo, como me era más cómodo, mientras los otros cinco iban con machetes, ensanchando la senda por donde yo pasaba. Una de las cosas que más disfruto en una guerrilla es explorar, y ahora estaba en mi “salsa”. Pronto la maleza minada de tibisí y uña de gato enmarañó el avance. Entonces me subí a una mata y, con la brújula, les orienté a los chapeadores. La intención era avanzar un poco hacia el norte para evitar un enorme barranco y después enfilar hacia el este, por el firme que une a los dos picos.
De pronto apareció un trillo no muy claro, que bajaba en dirección al este. Partimos por él con gran embullo. Aunque el trillo tenía sus marañas –sobre todo por el tibisí –, caminarlo era una panacea, comparado a lo anterior. El descenso se fue haciendo abrupto, hasta llegar a un paso sobre piedras. Supuse que era el Paso de Pichardo, mencionado por Antonio Núñez Jiménez en un libro que yo había leído. Descendimos con cuidado y continuamos bajando a la sombra de una impresionante vegetación. La pendiente fue disminuyendo y comenzamos a ver entre nubes el enorme barranco que se abría de súbito a nuestra derecha. A la izquierda, aunque con gran pendiente también, la ladera era menos agreste.
Poco a poco la pendiente del camino fue disminuyendo, hasta seguir sobre un terreno plano con descenso a ambos lados. Es decir, íbamos por un filón de firme que unía a las dos cumbres. Como los chapeadores seguían esforzados, los empecé a agitar diciéndoles que solo cortaran las ramas atravesadas, pues el trillo era claro y, si nos demorábamos, nos podía coger la noche. Una noche allí sin las mochilas era mejor ni imaginarla; la noche en el firme de la Maestra, vivida dos jornadas atrás, sería un paseo comparada con aquello. Gerardo era el más empecinado en abrir una “carretera” por aquel lugar. Poco a poco fueron dejando de chapear y el avance tomó un paso apresurado.

Comenzó entonces el ascenso al Suecia. A medida que avanzábamos, la vegetación se iba haciendo más exuberante y la humedad crecía. Las hermosas lianas colgantes le daban un toque mágico al paisaje que recorríamos. Un enorme árbol atravesado en el camino nos detuvo unos instantes para admirarlo. Por su majestuosidad, parecía el rey de aquel “bosque encantado”. Más adelante se interpusieron unos enormes peñascos de formas irregulares, cubiertos de musgos, que, por suerte, nos dejaron pequeños espacios para pasar entre ellos.
Avanzamos un tramo entre mis subidas a las matas y la complicada chapea. El Oso, el Chocky y Adrián eran la avanzada de la chapea. Tras ellos, Gerardo y Geovanni ensanchaban el camino. En el primer tramo, el trabajo de los chapeadores fue bien duro; a cada rato se enganchaban con la uña de gato, mientras el tibisí buscaba sus cuellos para arañarlos.
Seguimos en ascenso, hasta que la pendiente cedió y llegamos finalmente a un alto donde una caja de concreto empotrada en el suelo nos detuvo en seco. Una placa servía de tapa a la caja y sobre ella pudimos leer con claridad: “Pico Suecia.” Era el segundo intento en la historia malnombrista, y con este, al fin lográbamos nuestra meta. La alegría del sexteto se hizo notar en aquel extraño y bello monte. Levantamos la placa y hallamos el interior de la caja. La placa había sido colocada por los trabajadores de la revista Somos Jóvenes, lo cual supimos a través de un artículo de dicha revista.

Como el trillo continuaba, avancé unos metros por él y regresé al notar que este comenzaba a descender. Eran las cinco de la tarde; habíamos logrado nuestro objetivo, pero debíamos partir de inmediato para evitar la noche en aquella jungla donde la claridad languidecería más temprano de lo habitual.
Arrancamos los seis llevando un paso apurado, que pronto se convirtió en una carrera. Ya no había por qué detenerse. Rebasamos las grandes piedras y el enorme árbol con la facilidad que da un buen descenso. Atravesamos el filón de firme y la emprendimos por la pendiente del Turquino. Cuando la pendiente se hizo más pronunciada, las manos hicieron su trabajo, agarrándonos de lo que aparecía a la vista. Pasamos gateando el supuesto “Paso de Pichardo” y rebasamos el tramo final de la subida sin perder el ritmo. Recogimos las mochilas ocultas y salimos a la explanada del Turquino. En solo 45 minutos habíamos hecho el trayecto de regreso.
Nos merecíamos un descanso, y unos mangos guardados desde el desayuno completaron el relax. Partimos hacia el Cuba con un paso más suave, no solo por la seguridad que ya teníamos de llegar de día, sino también por llevar la carga de las mochilas. Descendimos hasta el Paso de las Angustias y, en plena contemplación del mar del sur cuando las nubes nos daban espacio, una abeja le clavó su aguijón al Chocky en un brazo. Perdimos un ratico en lo que el flaco rebasaba el dolor inicial. Luego emprendimos el pedregoso ascenso del Pico Cuba. Finalmente, descendimos hasta el campamento sumergido en el hermoso pinar que allí tiene asiento, tras contemplar el gran busto de Frank País que se levanta al comienzo del pinar.
De las dos casas que conformaban el campamento, la mayor ya no existía, pero en cambio, una nueva más pequeña y también de madera, había sido construida. En ella radicaba el trabajador de turno de Flora y Fauna. A nuestra llegada, el hombre hacía estancia con sus dos hijos y había acogido cordialmente a la tropa.
La casita tenía un pequeño televisor en blanco y negro y una planta de transmisión. Ambos equipos recibían la energía eléctrica de dos baterías que, a su vez, la recibían de un panel solar instalado afuera. Aunque el abastecimiento de agua siempre ha sido el mayor problema en ese lugar, ahora se atenuaba por una canal que había sido instalada en el techo de la casita, el cual dirigía el agua hacia un tanque colocado debajo. Cerca del pinar, un charquito era formado por un hilito de agua que descendía entre la vegetación. Leopoldo había cargado agua del charco, la cual puso a hervir en un caldero con leña prendida.
Cuando los seis llegamos, la comida estaba casi lista. Con solo unos minutos más, se formó el tiroteo, aunque no alcanzó a llenarnos a los más comilones. La tarde se fue muriendo y la temperatura empezó a bajar ostensiblemente. En ese lugar, en el año 89 habíamos tenido la noche más fría en la historia malnombrista, y esta no se iba a quedar atrás. El barranco que teníamos a un lado permitía la llegada libre del viento. Maikel seguía con fiebre y Déborah se le había sumado, con un dolor en un tobillo además.
Ya de noche, viendo la televisión, supimos del secuestro de la Lanchita de Regla, la llamada “Baraguá”, con la intención de los secuestradores de realizar una salida ilegal del país. Se acercaban los sucesos del cinco de agosto, que conllevaron a la llamada “Crisis de los balseros.”
En lo que cada cual sacaba toda la ropa que tenía y buscaba un lugar para dormir, Leopoldo, el Chocky, Gerardo y Valeri comenzaron a hervir agua, con el pretexto de que se usaría para tomarla así. En realidad estaban preparando té, ocultos de mí, pues iban a consumir azúcar y esta ya escaseaba. Un viento de “película” soplaba por los alrededores, mientras nos acurrucábamos cada vez más para calentarnos sobre el suelo de tablas. Algunos cupieron en la casa chica y otros pernoctamos bajo el techo que unía a las dos casas. Realmente la otra casa estaba en mal estado y no se prestaba para dormir.
Viernes 29 de julio de 1994
El tremendo frío de la madrugada nos hacía despertarnos a cada rato, pero nadie abandonaba su posición, ni siquiera para vaciar la vejiga. El viento no dejó de rugir en toda la noche.
Al amanecer parecíamos petrificados en la posición que cada uno tenía, por lo que dejamos pasar un rato de claridad para comenzar a incorporarnos. Pero no podíamos perder mucho tiempo porque la jornada era larga. Teníamos previsto acampar esa noche en el campamento de La Majagua, ubicado en el camino hacia la costa. Ya se vislumbraba que un grupo no subiría al Pico Suecia, pero los que lo haríamos, debíamos regresar por el mismo camino y seguir después en bajada.
Desayunamos refresco y tostadas, y comenzamos a recoger. Al comentar que íbamos al Suecia, el trabajador de Flora y Fauna nos dijo que no podíamos ir porque la zona era área reservada, con mucho endemismo y en buen estado de conservación. La gente le comentó que ayer ya habíamos llegado. Ante la persistencia del hombre, le dije que yo me responsabilizaba con la decisión y con el cuidado de la zona, pero la decisión estaba tomada. El hombre no replicó más y quedamos con él en dejar allí las mochilas de los que subiríamos, para recogerlas al regreso.
Para el Suecia iríamos 13. De los que fuimos el día anterior, solo el Chocky no subiría; este estaría al frente de la tropa que iba directo hasta La Majagua. Dos mujeres conformaban el grupo del Suecia: Alina y Yudimí. El Puro se lamentaba de no haber ido el día anterior, pues partió del Turquino apresurado sin recordar que un grupo iba de exploración; ahora se sumaba a la nueva expedición al tercer pico más alto de Cuba. El grupo lo completaban Lorenzo, el Gaby, Pedrito, Alfredo y Joel.

Llevando una botella que tenía adentro el listado de los 35 malnombristas –pensábamos dejarla dentro de la caja de concreto sobre la que se asentaba la placa que estaba en el Suecia –, partimos los 13 un poco antes de las nueve de la mañana, mientras el resto lo hacía algo después en dirección a La Majagua. El frío de la mañana se nos fue en los primeros metros de la subida al Pico Cuba. Como andábamos sin carga, llevábamos un ritmo ligero, por lo que el Cuba, el Paso de las Angustias y el ascenso al Turquino se nos fueron en poco tiempo.
Tras hacer un breve alto en la cima del Turquino, la emprendimos por el trillo abierto en la anterior jornada. Pusimos cuidado en el descenso del supuesto Paso de Pichardo y al poco tiempo ya estábamos frente al árbol gigante, donde un tocororo posado sobre él, nos regaló la imagen de sus bellas plumas. Luego continuamos, rebasamos las grandes piedras y llegamos a la cima del Suecia. Tras colocar la botella dentro de la caja de concreto, nos tiramos unas fotos y demoramos algo la estancia en el lugar, para ganarnos un descanso. Sobre las 11 de la mañana partimos de vuelta.
El largo descenso, primero hasta el campamento del Cuba y después hasta el de La Majagua, no tuvo contratiempos. Allí nos reencontramos con el resto de la tropa. Atrás quedaba el enigmático Pico Suecia. Detrás quedaba otra meta alcanzada por Mal Nombre en su séptimo año de peregrinar por Cuba.
