Foto: Generada con Gemini
Este año 2026 se ha predicho como el año de la verdadera explosión del uso de Inteligencias Artificiales. Si ya desde 2023 la IA viene ocupando todos los temas de conversación, los avances acelerados en este campo hacen que ya sea imposible de ignorar. En buen cubano, nos sale hasta en la sopa.
Está en la escritura, la fotografía, el audiovisual, la música, la arquitectura, el diseño, el videojuego. Nuestras redes sociales se llenan de contenido casi indistinguible de la realidad, IA-Influencers y tutoriales de cómo optimizar a esos mismos modelos que supuestamente nos robarán el trabajo (si no lo han hecho ya).
Para sufrimiento de los grandes detractores, la IA también está en la medicina, ayudando a detectar microtumores que los ojos humanos no pueden ver y diseñando fármacos que prometen ser más eficientes. En la meteorología, creando modelos climáticos hiperprecisos. Descubriendo materiales nuevos y estables en la física. Identificando todo tipo de cuerpos y fenómenos espaciales. Están en el tráfico de las grandes ciudades, los apabullantes espectáculos de drones y de proyección en edificios de China, las casas y urbes inteligentes (¡sí, ya tenemos de esas!).
Los fans y autores de ciencia ficción estamos viviendo nuestro gran sueño… y nuestra mayor pesadilla.
Esta escena te resultará muy familiar. Una IA avanzadísima, fría y omnipresente decide que la humanidad es un virus que necesita erradicar, o una herramienta inferior que no necesita derechos. Es Skynet iniciando el juicio final, HAL 9000 cantando “Daisy Bell” mientras desconecta a la población, la Matriz cultivando cuerpos humanos como baterías.
Cuando piensas en una historia sobre IA o cualquier tipo de robot, tu primer instinto es “esto va a cobrar conciencia y armar el caos”. Pero, ¿por qué? Si la IA es una herramienta, una creación de nuestra propia mente, una extensión de nuestros propios deseos, ¿por qué la imaginación colectiva decidió casi por unanimidad que era el malo?

El siglo XX nos enseñó que cada gran avance tecnológico viene con un costo humano y un potencial para aniquilarnos a todos. El costo ambiental de la Revolución Industrial y de todo lo que ha venido después es innegable. La bomba atómica, por no ir más lejos. El potencial que tiene la IA para ser la próxima gran arma es, ciertamente, temible. Pero vale la pena analizar el sesgo real detrás de esto: ¿tememos realmente a la herramienta… o a quienes la usan? Nuestro miedo no es al progreso, sino a las mentes (completamente humanas) que mueven sus hilos. Son los humanos con poder los que toman las pésimas decisiones. Las bombas no se lanzan solas.
Y hablando de Revolución Industrial: nos enseñó que podemos ser obsoletos muy rápido. Cuando surge una tecnología que hace mejor y más rápido el trabajo de un humano, lo sustituye. La automatización de las fábricas dejó sin trabajo a mucha gente. El Internet ha cambiado el mundo laboral con una rapidez pasmosa. Si una máquina puede pensar, crear y resolver más rápido que nosotros, ¿cuál es nuestro valor? La idea de la rebelión de las máquinas no es otra cosa que una manifestación de nuestro miedo a ser sustituidos.
Pero, ¿fue esto realmente así? En los primeros años del siglo XIX, los luditas irrumpían en las fábricas para romper los telares mecánicos. Esta máquina podía hacer el trabajo de varios tejedores en menos tiempo. La máquina era, por tanto, el enemigo del trabajador. Lo que sucedió al final es que se crearon empleos nuevos… y mejores. La máquina se rompe, luego hace falta alguien especializado que la arregle. Hace falta ingenieros que la mejoren o inventen nuevas tecnologías para la competencia.
Los operarios tienen que estar mejor educados: de repente, a los poderosos les conviene que la gente sepa leer y ponen menos impedimentos en ese sentido. Estos trabajos tienen, por ley, que pagarse mejor; y este trabajador especializado de pronto está en posición de negociar mejores condiciones. La producción en masa abarata los costos y crea nuevas industrias: se necesitan personas para atender la logística, el comercio, los servicios. La calidad de vida general aumenta. La clase alta siempre ha visto la producción en masa como algo de la plebe, así que tras el entusiasmo inicial por tener “lo último”, el trabajo artesanal se vuelve de nicho y, como es natural, mucho más caro.
Y la historia se ha repetido. La electrificación y la automatización posterior creó la línea de montaje. Misma crisis. Misma transformación: la economía se trasladó masivamente al sector de los servicios. Educación, ocio, finanzas, comida, turismo, marketing. La seguridad en el entorno laboral, antes un problema mayúsculo, mejora. Luego vino el Internet.
Los cajeros automáticos, los miles de software de oficina, los sistemas de reserva online, el libro digital… ¿acaso esos no sustituyeron o eliminaron empleos? ¿Y acaso no crearon otros? El desarrollo web, el marketing digital, el análisis de datos, la ciberseguridad, el comercio electrónico, todo el asunto de los influencers. Empleos que literalmente no existían hace unos años.
La humanidad se adapta a cualquier cosa, ese es nuestro rasgo más distintivo.
Los miedos hacia la IA son mucho más profundos que la lógica. Aquí toca hablar del Síndrome de Prometeo (o de Frankestein, como le llaman en otros sitios). La creación que se rebela y nos destruye. El humano jugando a ser Dios y provocando su propia desgracia. La IA es la encarnación de nuestra arrogancia tecnológica, sabemos que podría quedarnos grande, la odiamos instintivamente por eso.

El famoso Uncanny Valley o Valle Inquietante, es una teoría con muchísimos detractores (pero una lógica tremenda), nos dice que tememos instintivamente a lo que se nos parece demasiado pero no llega a ser real, humano. ¿Cómo confiar en algo cuyo razonamiento no podemos entender del todo? ¿Por qué se rebelan las máquinas de la ciencia ficción?
Porque nos juzgan y concluyen que somos deficientes, inferiores, peligrosos. El temor de que pueda pasarnos lo que tantas veces le hemos hecho a otros (esclavitud, colonización, genocidio… ¿les suenan?). No es la IA la que nos ve como monstruos, sino nosotros mismos.
En fin, son temas en los que pensar… y quería escribir sobre ellos antes de que una IA venga y me quite el trabajo.
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