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Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud (2010, primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
06 febrero 2026 | 0 |

Preludio

Domingo 1ro. de agosto del 2010

Luego de tres viajes en catamarán –uno el día 30 de julio y dos el 31 – y de transportar 36 bicicletas en un camión desde La Habana hasta Batabanó y después en la patana de carga, el domingo primero de agosto, en horas de la mañana, partimos 41 malnombristas desde el parque El Ahao en Nueva Gerona, en busca de la Sierra de La Cañada. Así empezaba nuestro cuarto periplo por el Sur de la Isla de la Juventud.

La pandilla sobre ruedas

La caravana era bien pintoresca. Luisito y Bety, con once y diez años respectivamente, iban a la delantera. Abiel, aún menor que ellos, avanzaba con una bicicleta 20, como para desafiar a cualquier expectativa. Hery y Juliet se movían en una doble, llevando a Lian en el caballo delantero. María Emilia llevaba también a la pequeña y conversadora Amelie en el caballo e Ichi a Naibeth y Hainer a Alejandrito. Ailyn pedaleaba con una bici prestada por Sosa, con más óxido que un almacén de chatarra. Alejo y yo nos movíamos en sendas 28 chinas, que pesaban por dos, cada una.

Algunos tenían “chivos” modernos, incluso con velocidades, aunque ya Martica, en uno de ellos, anunciaba problemas con un pedal. La mayoría de las bicicletas llevaba en la parrilla una caja plástica donde descansaba cómodamente la mochila. Raine, Alberto y el Arquitecto conformaban la retaguardia del día, equipados con ponches, cámaras de repuesto y una bomba de aire.

Cómo se rueda con lluvia

Comenzó la lluvia y al pasar el entronque de La Demajagua y tomar rumbo sur, el regalo del cielo se convirtió en un aguacero desenfrenado, acompañado por frecuentes truenos para poner los pelos de punta. Al Tin se le vio en una cuneta, no para hacer sus “necesidades” como se pensó, sino en busca de un resguardo de los truenos. Ailyn y Giselle alternaban el pedaleo con caminata, pues sus fuerzas disminuían, en lo que María Emilia se detenía un rato, porque la pequeña Amelie, empapada, temblaba de frío sentada en el caballo de la bicicleta de su mamá. Entre las peripecias ciclísticas que ya se sucedían, era notable la “destreza” con la que Mary y Bethsy montaban, al punto de que era necesario sostenerles las bicicletas para empezar a pedalear.

El ascenso a la loma de La Cañada, la mayor altura de la Isla

Lunes 2 de agosto del 2010

Arrancamos 19 malnombristas desde la finca de Flora y Fauna ubicada en las cercanías de La Cañada, para subir la loma. Íbamos con un guía de la finca. Cruzamos una cerca y nos adentramos en un potrero. Un letrero anunciaba “Pinos sobre esquistos” y el guía nos explicó que esta es una rareza en Cuba. La poca capa vegetal del suelo es propicia a la erosión, sin embargo, las lajas de esquistos que en la loma abundan, evitan el deterioro del suelo sobre el que crecen a sus anchas los pinos hembras, endémicos del occidente cubano.

Luego de la interesante información, bordeamos un montecito de hicacos, seguimos junto a unas matas de guayabitas del pinar y nos arrimamos por la derecha a otra cerca que dividía el trillo de un tupido monte de marabú. Avanzamos por un camino paralelo a la cerca, pasamos un charco de agua y cogimos izquierda en un entronque hasta arrimarnos a la base de la loma.

Allí el guía se despidió para partir de regreso. Comenzamos la subida por la ladera anegada en pinos, que daban sombra e impedían así que creciera la maleza debajo. Esto facilitaba el ascenso, aunque las lajas de esquistos requerían poner atención en cada pisada. Un incendio forestal ocurrido hacía un año mostraba sus recias huellas en la falda.

Alcanzamos un peñasco, nos reagrupamos y disfrutamos de la vista al suroeste que desde allí se regalaba. Debajo, hacia adelante, el colorido de las tiendas de campaña nos señalaba el campamento. Detrás, al horizonte, la costa serpenteaba. Vinieron unas fotos, mientras respirábamos un aire envidiable.

Seguimos loma arriba hasta llegar al firme. Ya en él, enfilamos hacia la derecha. Una zanja se presentó como opción para saltar, y entonces Amelie, tan pequeña, fue lanzada por Lorenzo y recibida por mí del otro lado, llevándose un buen susto la niña conversadora.

En la cima de la Cañada

Continuó la ascensión hasta que, sin mucho trabajo comparando con otras alturas conquistadas, nos plantamos sobre los 303 metros de altura sobre el nivel del mar que tiene la cima de La Cañada. Hallamos más pinos en el lugar y algo de hierba de guinea. Un pedestal con cabillas que le brotaban, marcaban el sitio donde se hallaba el monumento a Martí, pero el busto que debía posar sobre la base de concreto estaba ausente. Lamentamos aquello, pensando en lo injustificado de que una mano fuera la causante.

Una cartacuba nos alegró el momento, con sus bellos tonos verde y rojo. Las fotos completaron la escena, para luego partir, pues para la tarde se ofrecía un monótono menú: pedaleo.

Comenzó la bajada, pero al llegar a la zanja, Amelie dio su “perreta”. Para nada quería que la volvieran a lanzar; ella no era una pelota. La solución la dio el elástico Hainer, que extendió su cuerpo de un extremo a otro de la zanja para que la criatura pasara. Continuó el descenso sin más preocupaciones hasta llegar a la base. Allí Leyva y yo experimentamos por un incipiente camino, que se perdió sin más rastro, hasta obligarnos a volver sobre nuestros pasos. Todos juntos nuevamente, regresamos sin más complicaciones a la finca de Flora y Fauna.

Un alto en Pino Alto, y valga la redundancia

Rodando ya en busca del Sur, indiqué hacer un alto en el poblado de Mella, para reagruparnos, pero la vanguardia de la caravana, sin conocer la zona, siguió de largo al pasar por allí, y dos kilómetros después se detuvo finalmente, rebasando la cafetería del caserío de Pino Alto. Al ver lo ocurrido, aceleré el pedaleo hasta alcanzarlos en Pino Alto y soltarles su correspondiente refriega.

En la cafetería cercana pedí 41 panes, algunos con queso, otros con jamonada y otros con chorizo, pues no alcanzaban para todos de un mismo producto. Un refresco acompañante facilitó la merienda, que fue despachada mientras iba llegando la gente. Ana aprovechó para comprar en una bodega aledaña chocolate en polvo para los venideros desayunos con leche.

Una acampada inesperada

En el puesto de control de Cayo Piedra, justo frente a la caseta donde estábamos, había un amplio césped y le propuse al que estaba al frente de Guardafronteras acampar allí, pero este se negó y me sugirió un pelado ubicado unos cientos de metros hacia adelante. La idea no me convenció y Caballo Loco, un combatiente del Ejército Rebelde, conocido del grupo, dio la solución: una antigua cantera de caolín, ubicada a kilómetro y medio de allí, siguiendo la carretera a Punta del Este. El lugar era amplio y tenía un foso con agua para el baño. Sin más, partimos.

Recorrimos la distancia que nos separaba del lugar y, frente a unas ruinas de la procesadora del caolín, entramos por la derecha hasta plantar en la antigua cantera, un amplio y blancuzco llano con charcos de agua esparcidos. El mentado foso tenía unos cinco metros de diámetro y se daba pie en él.

Comenzó la acampada y a la vez el baño en el foso y en algún que otro charco. El foso terminó en diversión, provocada por la tiradera de Ichi y cierta empujazón de gente. No se hizo redistribución de los bultos de comida para no perder tiempo y evitar así que la noche y la plaga nos sorprendieran.

Como no había abastecimiento de agua de tomar en el lugar, concentramos unos pomos de cinco litros llenos, previstos para la guerrilla desde los días de preparativos. El grupo Dos de cocina preparó un menú italiano. Cayendo la noche, nos vestimos para el “frío”. Terminó la cocina y se disparó el tiroteo. Un supuesto pomo de “agua” se prestó para que Idalmis intentara enjuagarse las manos con aceite. Detrás fui más allá y me enjuagué la cara con el líquido viscoso.

Barrigas llenas, corazones contentos, tiendas alistadas, plaga aguantada y tropa durmiendo, fue el final de la noche en aquel inimaginable e improvisado lugar para acampar.

Los mosquitos se dan gusto en el Rincón del Guanal

Martes 3 de agosto del 2010

Los primeros llegaron al entronque con el Rincón del Guanal y dejaron una flecha de madera en la vía, señalando hacia adentro, pues acordamos hacer un alto en el Rincón. Poco a poco fuimos entrando en el lugar, que estaba separado de la carretera por unos 300 metros. Una cerca de madera rodeaba al Rincón, que tenía delante una pintoresca casa, también de madera. En el año 2001 había otra casa a la derecha, ya inexistente, tal vez como consecuencia de los ciclones del 2008. La gente fue recostando las bicicletas a la cerca mientras llegaba.

Un amplio césped ocupaba parte del espacio interior a la cerca y detrás, a la derecha, un vistoso ranchón llamaba a un descanso. A un lado del ranchón, un añejo pozo de agua esperaba por nosotros como en las veces anteriores. Detrás, hacia la izquierda, un terraplén surcaba el monte en dirección a la playa de Guanal, distante a tres kilómetros y medio.

En el frente de la casa del Rincón, dos trabajadores de Flora y Fauna nos dieron una buena acogida, invitándonos a pasar. Pronto comprendimos que no estaban solos, pues una vasta población de mosquitos negros ya se hacía la boca agua –o mejor dicho, las trompas – por nuestro arribo.

Pasamos al ranchón y sin más formamos un oportuno tiroteo. Con agua del pozo y bendito hielo ofertado por los anfitriones, preparamos refresco en la tanqueta sobre una larga mesa, mientras unas barras de maní nutrían el bocado. Todo se completó con un jarro de café donado por los hospitalarios trabajadores de Flora y Fauna. Hubo fotos y, a pesar del aire que batía, los mosquitos se dieron gusto.

Tiroteo con mosquitos

Acampada en Carapachibey

En la ensenada de Carapachibey, cercana al faro, una pequeña playita atrajo la atención de parte de la tropa. Reinaldo, Hery y el Rafa se lanzaron en busca de pesca, consiguiendo finalmente una langosta y varios peces, mientras un grupo de mirones subacuáticos les seguíamos la pista. Un pez león posó para los buzos. La transparencia del agua era notable.

Carapachivey

Después la gente fue subiendo los cientos de escalones que nos llevaban a la altura del faro. La interminable escalera, aunque con una baranda, provocaba inquietud, pues los largos escalones solo tenían un apoyo en el centro. Ya arriba, la vista hacía olvidar cualquier temor o cansancio en la subida.

Antes de la noche, ya todos estábamos abajo y forrados para el “frío”. Concluyó la cocina, llegó la noche, y con ella, los mosquitos y jejenes, aunque no en proporción infernal como algunos conocíamos. Carne con revoltillo en salsa con langosta, arroz y refresco, fueron repartidos entre los pedazos de hormigón y cabilla que desperdigaron los ciclones por los alrededores. El farero de guardia y un muchacho que lo acompañaba, recibieron de la cuota como unos malnombristas más. Salvo la langosta, el resto de la pesca fue freída más tarde para servir de bocado antes de acostarnos.

Todo repartido, el sueño fue apareciendo y cada cual penetró en su tienda o mosquitero, salvo algunos silenciosos que escogieron lo más alto del faro para pasar la noche con fresco y alejados de la plaga.

En Cocodrilo

Miércoles 4 de agosto del 2010

Al mediodía nos fuimos apareciendo en el poblado de Cocodrilo para extrañar a cuantos veían a aquella pandilla de ciclistas. Cocodrilo, con el mar de frente, se extiende alrededor de un kilómetro a lo largo de la carretera. Salvo algunos biplantas levantados al final del pueblo, las construcciones son sencillas. La gente allí vive fundamentalmente de la pesca.

Un teléfono público atrajo a unos cuantos malnombristas, deseosos de comunicarse con su gente en La Habana. Algunos aprovechamos para tirarnos al mar desde una roca. El agua tenía una transparencia notable.

Poco a poco nos fuimos agrupando en una cafetería ubicada unos 200 metros después del teléfono. Compramos centralizadamente panes con tortilla, y con jamón y queso, más refresco. También vendían coquitos, que la gente compró a su gusto. Conociendo las carencias de agua en Punta Francés, que era nuestro destino para los próximos días, insté a rellenar los envases de agua allí o en un pozo ubicado a siete kilómetros, en un lugar conocido como “El Hato de Milián”.

Ponches y más ponches

La bicicleta de Martica volvió a dar malas señales en un desvío del terraplén a Punta Francés. Paré para indagar y noté una rajadura en mi goma trasera, por la que se asomaba parte de la cámara. Ni cortos ni perezosos, los mosquitos acudieron al lugar. Por el acoso de los zancudos, Hainer y yo cambiamos aceleradamente ambas cámaras y gomas para situar a la delantera la goma rajada.

Pero el desastre no pudo ser peor. En el apuro, ponchamos con las herramientas las dos cámaras. Pasó Alejo por el lugar y me dio una cámara para salir del trance. Hice el nuevo cambio y partí. Pero la felicidad duró poco, porque quedaba una cámara ponchada. Al salir del desvío al terraplén, me bajé y comencé a caminar –chivo en mano – los seis kilómetros que me faltaban.

De la odisea al paraíso

La delantera de la caravana fue llegando hasta un entronque del que habíamos sido alertados para coger a la izquierda y penetrar por un anunciado “Bosque Encantado”, sin que apareciera el cartel que lo nombraba. Una nueva flecha quedó en el suelo como señal.  Tras un kilómetro de monte bello y tupido, los primeros llegaron a la costa. Una hermosa caleta con farallón en el extremo izquierdo y playa de un kilómetro hacia la derecha, se abrió a la vista, cuando el sol brillaba en lo alto. Una franja de uvas caletas completaba el panorama.

En aquel perdido lugar, los punteros, al coger un trillo por la arena alta, comenzaron una verdadera odisea. El desgaste que implica empujar una bicicleta con una pesada mochila por la arena seca, con el sol encima y durante un buen tramo, no es descriptible. Quien lo dude, que haga la prueba. El sudor salía a chorros, la sed se exacerbaba y los muslos se fatigaban.

Al fin llegaron los primeros al final de la ensenada, con el aliciente de que en los últimos metros bajaron a la playa, donde la arena mojada, algo más dura, facilitaba un poco el andar. Entrar al agua era casi automático. ¡Quién se resistía a aquella playa tropical con el rigor del día y, sobre todo, tras el calvario sufrido por el camino de arena!

Mientras esto sucedía, continuaba yo mi andar halando la bicicleta –a veces en trote – en lo que el Tin, el Rafa y Reinaldo llegaron a mi lado. Al ver mi odisea, me llevaron la bicicleta para rotársela mientras pedaleaban. Me quedé con la mochila y, cuando partieron, hice más frecuentes los tramos de carrera.

Allá por la playa, Ichi salió del agua y dobló la punta de la ensenada. El camino de arena se adentró en un monte, donde abundaban los mangles colorados, las yanas, y por supuesto, los mosquitos. Eran frecuentes los charcos por lo que Ichi se orillaba para esquivarlos.

Así llegó a una playa paradisíaca, de algo más de dos kilómetros de extensión. Ni la más envidiable postal de alguna playa tropical podría opacar lo que ahora veían sus ojos. Las distintas tonalidades de verde y azul del agua, y la blanca, limpia y ancha franja arenosa, se derrochaban bajo un sol que coloreaba a la playa con su brillo. Una pintoresca casa de madera y guano en el centro, un largo puente playa adentro con una caseta intermedia y varias tumbonas sobre la arena dispuestas para dorarse al sol, se adicionaban al hermoso panorama. Era Punta Francés.

El paraíso de Punta Francés (de día)

Tarde-noche en Punta Francés

Después de atracarnos de comida, fuimos en masa hasta el final del puente para disfrutar de un verdadero acuario natural. Una manta se paseó tranquila por los alrededores del puente, mientras una mancha de peces, nada pequeños, iba y venía ante nuestras maravilladas miradas. Algunos nos bañamos en pleno relax.

Con la cercanía de la noche nos vestimos para el “frío” y, ya al oscurecer, la plaga se desató en toda su magnitud. Jejenes y mosquitos se daban cabezazos buscando un resquicio para picarnos. Algunos acudimos al petróleo para rociarlo sobre las paredes de los mosquiteros y ventanas de las tiendas de campaña, tratando de evitar que los diminutos jejenes se nos colaran. Finalmente, cada cual en su lugar, el silencio se posó sobre Punta Francés.

Agustín el pescador

Jueves 5 de agosto del 2010

Con el sol afuera nuevamente, Agustín (un trabajador de Flora y Fauna en Punta Francés) y Reinaldo, ambos con escopetas, partieron a pescar submarino. Pero no fueron solos, pues un séquito de curiosos, entre los que me incluí, los acompañó. Caminamos toda la playa hasta que el mangle nos recibió en la orilla.

Casi en la punta oeste de la Isla de la Juventud, entramos en el agua y, tras unos cientos de metros nadando, nos detuvimos sobre unos vistosos cabezos de coral. En el lugar, algunos arrecifes sobresalían de la superficie. El fondo marino, la fauna y la transparencia del agua eran especiales.

Agustín –el lugareño – mostró pronto sus cualidades como pescador. Llegó a cazar dos peces de un disparo. Un pargo suculento, langostas y otros pescados se incluyeron en su sarta. Reinaldo cogió lo suyo, sin reparar en el tamaño de la víctima. Hery, el Rafa y el Tin también pescaron. Finalmente regresamos, ora nadando, ora caminando por la arena.

Tiroteo y a dormir (con plaga)

La cocina empezó tarde, pues algunos de los buzos formaban el grupo de turno. La cuota de pesca y cangrejos para la visita se incluyeron en el menú. A la par, se redistribuyeron los bultos de comida para la partida al día siguiente. El tiroteo se anunció también tardío, con la noche cayendo y la plaga invadiendo; serio error. 

Un caldero de mariscos aguardaba por la tropa, pero el disfrute de su exquisitez se vio mermado por el ataque indiscriminado de los jejenes, a pesar de estar vestidos para el “frío”. En un momento, Luisito se desesperó por las picadas y a Hery, el padre, le costó trabajo calmarlo. Los de Flora y Fauna comieron de lo nuestro.

Finalmente nos fuimos a acostar bajo el acoso de la plaga. Un buen piquete nos fuimos para el puente, adonde también llegaron los jejenes. Lugares como estos son paraísos de día e infiernos de noche, si no se está protegido.

(Continuará la próxima semana)

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